No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 22 #6
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Capítulo 22 #6

Daniel llamó a la camarera y pidió café para él y sopa de pollo para ambos, ignorando la protesta silenciosa que Fiona le dirigió con la mirada.

—Vas a comer algo —le dijo con firmeza gentil— y luego me vas a contar qué te dijo la señora Blackwood.

Durante los siguientes minutos, mientras esperaban la comida, Fiona le contó todo: la confesión de la directora, la gravedad de la enfermedad de Abernathy, el tiempo limitado que le quedaba y, sobre todo, el dilema de cómo comunicarle la noticia a Rowan.

—Ella lo adora, Daniel —dijo Fiona cuando terminó de relatar los hechos—. Ha sido más que un maestro para ella. Ha sido… no sé, como un abuelo musical y ahora tengo que decirle que se está muriendo y que tal vez no podrá despedirse de él.

Daniel la escuchó en completo silencio. Toda su atención estaba volcada por completo en ella. Cuando Fiona terminó, él se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa.

—¿Qué es lo que más te preocupa de contárselo? —preguntó.

—Todo —admitió Fiona—. Que sea demasiado joven para entender, que la devaste, que la haga sentir culpable por algo que no puede controlar. Que… que esto sea su primera experiencia real con la muerte y yo la maneje mal.

—Fiona —dijo Daniel con voz tranquila—. ¿Rowan es una niña especialmente sensible?

—Sí, muy sensible, pero también es sorprendentemente madura para su edad.

—¿Y confía en ti?

—Sí, creo que sí.

—Entonces ya tienes todo lo que necesitas —la miró a los ojos—. Los niños sensibles y maduros pueden manejar la verdad mucho mejor de lo que pueden manejar la incertidumbre. Ahora mismo, ella sabe que algo está mal. Probablemente, está creando escenarios en su cabeza que son peores que la realidad.

Fiona consideró esas palabras mientras tomaba una cucharada de la sopa que había llegado sin que se diera cuenta.

—¿Pero cómo empiezo esa conversación? ¿Cómo le digo a mi hija de trece años que su maestro favorito se está muriendo?

—Empiezas con la verdad simple —Daniel respondió sin dudar—. Le dices que hablaste con la señora Blackwood, que hay noticias sobre el señor Abernathy y que aunque son noticias difíciles, quieres compartirlas con ella porque confías en su capacidad para entenderlas.

—¿Y si me pregunta cosas que no sé cómo responder?

—Entonces le dices que no sabes. Está bien no tener todas las respuestas, Fiona. Lo que importa es que sepa que no está sola para enfrentar esto. —Daniel hizo una pausa, estudiando la expresión de ella—. ¿Puedo preguntarte algo? ¿Esto te trae recuerdos de cuando perdiste a Fernando?

La pregunta la tomó por sorpresa, pero no de manera desagradable. Daniel la había hecho sin presionarla, pero con la clara intención de ayudarla a procesar, y eso le hizo darse cuenta de que sí, había una conexión.

—Sí —admitió—. Pero cuando… Cuando perdí a Fernando, Rowan era demasiado pequeña para entender lo que había pasado. Esta vez es diferente. Esta vez ella va a sentir la pérdida completamente.

—Y eso puede ser terrible, pero también puede ser una oportunidad —Daniel se inclinó un poco más hacia ella—.

Una oportunidad para que aprenda que se puede sobrevivir a la pérdida sin que eso signifique que el amor desaparece, para que entienda que las personas importantes dejan legados que van más allá de su presencia física.

Fiona sintió que algo se relajaba en su pecho. Por primera vez desde que había salido del conservatorio, no se sentía abrumada.

—¿Crees que debería ofrecerle la posibilidad de visitarlo? La señora Blackwood dijo que tal vez…

—Creo que deberías preguntarle qué quiere hacer —la interrumpió Daniel—. Cuéntale la situación completa, incluyendo esa posibilidad, y luego deja que ella decida. Dale el poder de elegir cómo quiere manejar esto.

Fiona asintió, sintiendo que tenía algo parecido a un plan.

—¿Y si se derrumba? ¿Si es demasiado para ella?

—Entonces la acompañas mientras se derrumba. —respondió con una simplicidad que era, de alguna manera, profundamente consoladora—. La tristeza no es el enemigo, Fiona. El enemigo es sentirse sola con la tristeza.

Ella lo miró a través de la mesa, notando cómo la luz del mediodía creaba pequeñas líneas doradas en sus ojos oscuros y sintió una gratitud tan intensa que casi la sobrepasó.

—¿Cómo haces eso? —preguntó impulsivamente.

—¿Hacer qué?

—Hacer que las cosas complicadas suenen… manejables.

Daniel sonrió. El gesto tímido en esa sonrisa contrastaba con la seguridad con la que había estado hablando.

—Supongo que viene de haber aprendido que la mayoría de las cosas complicadas son, en realidad, una serie de cosas simples que se han enredado. Si puedes desenredarlas una a la vez…

—Todo se vuelve más claro —terminó Fiona.

—Exacto.

Terminaron el almuerzo hablando de cosas más ligeras: el progreso de la restauración del teatro, los aburridos asuntos del ayuntamiento, los libros que Daniel había estado leyendo, pero cuando llegó el momento de decirse adiós por los momentos, ella sintió que llevaba consigo algo más que consejos prácticos.

Llevaba la sensación de estar acompañada.

Estaba viviendo en su propia piel la dicha, la tranquilidad de saber que luego de doce años luchando sola contra todos los reveses de la vida, ahora podía vislumbrar a un compañero. ¿Se estaba adelantando?

—Fiona —dijo Daniel cuando ya estaban parados afuera del restaurante—. Si necesitas hablar después de la conversación con Rowan, o si surge cualquier cosa, no dudes en buscarme si aún estoy en el teatro o en llamarme, si es que ya me he ido. No importa la hora.

—Lo haré —prometió. Esa promesa no se sintió como una carga adicional, sino como un alivio.

Ella debía volver a sus obligaciones en el ayuntamiento; él, a hacerse cargo de sus asuntos en el teatro.

Mientras lo veía alejarse caminando hacia la camioneta que ahora usaba y que había sustituido al sedán plateado, de no ser porque en ella también llevaba los dados de felpa que alguna vez le había regalado Sarah, Fiona se dio cuenta de que tenía la fuerza suficiente para volver a casa y tener la conversación más difícil que había tenido que enfrentar como madre.

Esa noche, la buhardilla de los Gallagher tenía una quietud que solo llegaba después de que Cormac y Moira se hubieran retirado a sus habitaciones.

Los sonidos del teatro se habían apagado, no había función nocturna ese día y desde las ventanas altas se filtraba la luz de las farolas de Willowbrook, creando sombras suaves sobre los muebles de madera que habían sido testigos de tres generaciones de conversaciones familiares.

Fiona estaba en la cocina, fingiendo organizar los platos de la cena que ya había lavado, mientras veía de reojo hacia el pasillo donde sabía que estaba la habitación de Rowan.

Desde que había regresado a casa esa tarde, cada momento había estado cargado de la anticipación de esta conversación.

Las palabras de Daniel Ashford resonaban en su mente como un ancla: Los niños sensibles y maduros pueden manejar la verdad mucho mejor de lo que pueden manejar la incertidumbre .

El sonido suave, pero inconfundible del contrabajo llegó desde la habitación de Rowan, no la práctica estructurada que solía hacer por las tardes, sino esas improvisaciones melancólicas que su hija tocaba cuando algo la inquietaba.

Era un poco tarde para eso, pues los abuelos ya descansaban y le parecía desconsiderado que la chica hiciese ruido, pero Fiona creyó que lo necesitaba.

Además, había aprendido a conocer tan bien la diferencia entre los sonidos provenientes de sus instrumentos y su intención emocional, como llegó a conocer los diferentes tonos de llanto de Rowan cuando era bebé.

Respiró hondo, se secó las manos en el delantal y caminó por el pasillo hacia la habitación de su hija. Tocó suavemente la puerta.

—¿Rowie? ¿Puedo pasar?

La música se detuvo de inmediato.

—Sí, mamá.

Fiona empujó la puerta y encontró a Rowan sentada en el borde de su cama, con el contrabajo apoyado contra su hombro, el arco aún suspendido en el aire como si hubiera sido sorprendida en medio de un pensamiento musical.

La niña tenía puesto uno de los hoodies que había heredado de Rory, uno color gris que le quedaba enorme, y sus pies descalzos apenas rozaban el suelo.

—¿Te importa si me siento contigo? —preguntó Fiona, señalando el espacio libre en la cama .

Rowan negó con la cabeza y apartó el contrabajo, dejándolo con cuidado contra la pared.

Al girarse hacia ella, Fiona vio cómo algo se encendía en sus ojos: una alerta contenida, la señal inequívoca de que Rowan sabía que algo estaba por cambiar.

—Rowie —comenzó Fiona, tomando las manos de su hija entre las suyas. Le sorprendió lo largos y fuertes que se habían vuelto sus dedos—, hoy hablé con la señora Blackwood en el conservatorio.

Los ojos verdes de Rowan se concentraron en los de su madre.

—¿Sobre el señor Abernathy?

—Sí, cariño. Sobre el señor Abernathy.

Rowan esperó en silencio, pero Fiona pudo ver cómo su respiración se había vuelto más cuidadosa, más contenida.

—La señora Blackwood me contó que el señor Abernathy está enfermo, Rowie. Muy enfermo.

La palabra enfermo levitó en el ambiente, creando una atmósfera de desoladora incertidumbre. Rowan no dijo nada, pero Fiona vio cómo sus manos se cerraron en puños pequeños sobre sus rodillas.

—¿Se va a mejorar? —preguntó y su voz sonaba más joven de lo que había sonado en meses. Ahora que lo consideraba, con la pubertad Fiona había notado que el tono de voz de su hija se había vuelto grave.

Fiona sintió que el corazón se le partía un poco. Esta era la pregunta que había estado temiendo, la duda para la cual no existía una respuesta suave.

—No, mi amor. No se va a mejorar.

Rowan bajó la mirada hacia sus manos y por un largo momento, la habitación se llenó de un silencio que era denso y pesado, como si todas las palabras no dichas ocuparan espacio físico.

—¿Se va a morir? —susurró, sin levantar la vista.

—Sí, cariño. Se va a morir.