Capítulo 22 #5
El conservatorio de música a primera hora de la mañana tenía una cualidad etérea que cautivó a Fiona.
Los pasillos aún resonaban con el eco silencioso de las prácticas del día anterior y la luz de febrero se filtraba a través de la cúpula de cristal, creando sombras geométricas sobre el piso de madera pulida.
Ese día, sin embargo, no encontraba el sosiego habitual en esa atmósfera.
Sus pasos resonaban con una urgencia sutil mientras se dirigía hacia el despacho de la señora Blackwood.
Había pospuesto esa conversación durante semanas, pero la tristeza de Rowan, las lágrimas silenciosas que creía que su madre no notaba y, sobre todo, las clases perdidas con el señor Martínez por pura nostalgia, la habían empujado a actuar.
Daniel Ashford tenía razón: necesitaba saber qué estaba pasando y fue precisamente por eso que pidió esa audiencia con la señora Blackwood esa mañana de jueves, aprovechando que se tomaría la mañana en el ayuntamiento.
Tocó la puerta con suavidad y esperó a escuchar la voz familiar desde el interior.
—¡Adelante!
La señora Blackwood estaba de pie junto a su ventana, mirando hacia el patio trasero del conservatorio donde el jardinero hacía su trabajo.
Cuando se volvió para ver quién había entrado, su expresión cambió.
La sonrisa profesional que solía llevar se desvaneció y fue reemplazada por algo que se parecía mucho a la resignación, había olvidado por completo que ese día, a esa hora, se reuniría con Fiona Gallagher.
—Señora Gallagher… —Su voz tenía una calidad diferente, más grave—. Buenos días. ¿Cómo está? —Señaló una silla vacía—. Por favor, tome asiento.
Fiona se acomodó en la silla frente al escritorio, notando cómo la directora parecía estar armándose de valor para algo.
Ella también la acompañó tomando asiento.
Las manos de la mujer mayor temblaron cuando alcanzó su taza de té y ese detalle mínimo confirmó los temores que Fiona había estado alimentando.
—Señora Blackwood, vengo a hablar con usted sobre Rowan —comenzó, manteniendo su voz firme a pesar del nudo que sentía formándose en su garganta—. Como usted sabe, desde que el señor Abernathy dejó de venir, ella… Bueno, no ha sido la misma.
La directora asintió, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre el escritorio.
—Lo sé, señora Gallagher. Lo he notado en todos los estudiantes que trabajaban con él, pero especialmente en Rowan.
—Ella está faltando a sus clases con el señor Martínez —continuó Fiona—. No porque no le guste, sino porque… porque echa de menos a su maestro. Creo que ne cesita saber qué está pasando. Necesita poder despedirse apropiadamente o al menos entender por qué las cosas han cambiado.
La señora Blackwood respiró profundamente y por un momento, el silencio entre ellas se comportó como lo haría una cuerda tensa. Cuando por fin habló, su voz temblaba con una emoción apenas contenida.
—Señora Gallagher… Hay algo que debería haber compartido con los padres de familia hace tiempo, pero… pero el propio señor Abernathy me pidió discreción. Él no quería… —Se detuvo, llevándose una mano al pecho como si necesitara ayuda para continuar—. No quería que sus estudiantes se preocuparan.
El corazón de Fiona comenzó a latir más rápido. En ese momento supo, con una certeza terrible que a veces llega antes que las palabras, que lo que estaba a punto de escuchar cambiaría todo.
—¿Qué sucede con él? —preguntó, aunque parte de ella ya conocía la respuesta.
—El señor Abernathy está muy enfermo, señora Gallagher —las palabras salieron como un suspiro doloroso—. Muy enfermo. Ha estado luchando contra esto desde el verano pasado, pero en los últimos meses… su condición se ha deteriorado considerablemente.
La habitación pareció inclinarse. Fiona se aferró a los brazos de la silla, sintiendo cómo toda la preocupación acumulada de las últimas semanas se transformaba en una comprensión devastadora.
—¿Es…? ¿Es grave?
Los ojos de la señora Blackwood se llenaron de lágrimas que luchó por contener.
—Me temo que sí. Los médicos… —Su voz se quebró por un momento—. Los médicos han sido muy claros. No es una cuestión de cómo, sino de cuándo. Podría ser cuestión de semanas.
Fiona sintió como si el aire hubiera sido aspirado de la habitación. Pensó en Rowan, en su cara de confusión cuando preguntaba por qué el señor Abernathy no había venido, en la manera en que sus ojos se iluminaban cada vez que hablaba de él.
—¿Lo sabe él? ¿Sabe que… que el tiempo es limitado?
—Sí, lo sabe —la directora se limpió discretamente una lágrima—.
Y me pidió que cuando llegara el momento adecuado, cuando fuera absolutamente necesario contarle a sus estudiantes, les dijera que…
que le habría encantado despedirse de cada uno de ellos personalmente.
Que le duele en el alma no poder hacerlo, pero que la enfermedad se lo impidió.
Las palabras golpearon a Fiona como ondas, cada una más fuerte que la anterior. Se imaginó a Abernathy, ese hombre gentil que había visto el potencial en Rowan desde el primer momento, luchando no solo contra su enfermedad, sino también contra el dolor de no poder despedirse de sus estudiantes.
—¿Hay alguna posibilidad de que Rowan pueda verlo? ¿Una última vez?
La señora Blackwood la miró con una expresión que era pura compasión mezclada con incertidumbre.
—No lo sé, querida. Él está en casa ahora, con cuidados especializados.
Su familia ha sido muy protectora y entiendo por qué.
Pero… —Hizo una pausa, como si estuviera considerando algo—.
Pero sé que Rowan era especial para él. Muy especial.
Si existe la posibilidad de un encuentro, creo que sería con ella.
Fiona asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad maternal asentándose sobre sus hombros. Tendría que encontrar las palabras para explicarle a su hija de trece años que a veces las personas que amamos se van sin que podamos hacer nada para impedirlo.
—¿Cómo se lo digo? —preguntó. Lo dijo en voz alta, pero en realidad era una reflexión para sí misma.
—Si me lo pregunta, yo le diría que con la verdad —respondió la señora Blackwood con suavidad, mientras Fiona la miraba un poco desencajada—.
Con amor, pero con la verdad. Los niños son más fuertes de lo que creemos, en especial cuando sienten que confiamos en ellos para manejar las cosas difíciles.
Fiona se puso de pie, sintiendo como si hubiera envejecido años en el transcurso de esa conversación.
—Gracias por contármelo. Sé que no debe haber sido fácil.
—No lo fue —admitió la directora—. Pero Rowan merece saber y el señor Abernathy… el señor Abernathy merece que sus estudiantes entiendan que su ausencia no tiene nada que ver con abandono, sino con una batalla que está librando con toda la dignidad que puede reunir.
Mientras caminaba de regreso a través de los pasillos del conservatorio, Fiona se sintió extrañamente agradecida por el silencio matutino.
Le daba tiempo para procesar, para encontrar la fuerza que necesitaría para ser el sostén que Rowan requeriría en los días por venir y entendió por qué Daniel Ashford le había sugerido que tuviera esa conversación: algunas verdades, por dolorosas que sean, son los únicos cimientos sólidos sobre los cuales se puede construir la esperanza.
Fiona se detuvo en la acera frente al conservatorio, sintiendo el aire frío de febrero llenando sus pulmones como si hubiera estado conteniendo la respiración durante toda la conversación con la señora Blackwood.
Sus manos temblaron cuando sacó el teléfono del bolsillo de su abrigo.
No había planeado hacer esa llamada, pero la necesidad de no estar sola con esa información la golpeó con una fuerza inesperada.
Marcó el número que ya conocía, aunque raramente lo usaba durante horas de trabajo.
—¿Hola?
Su voz sonaba concentrada, profesional y, por un momento, Fiona dudó si interrumpirlo había sido una buena idea.
—Daniel, soy Fiona —logró decir, sorprendiéndose de lo frágil que sonaba su propia voz—. ¿Estás… estás muy ocupado ahora mismo?
El tono de él cambió al instante, volviéndose más cálido, más atento.
—No, para nada. ¿Estás bien? Suenas…
—Acabo de salir del conservatorio —lo interrumpió—. Hablé con la señora Blackwood sobre Abernathy y… bueno, las noticias no son buenas. Me preguntaba si… si podrías almorzar conmigo. Necesito hablar con alguien sobre esto antes de ir al ayuntamiento.
Hubo una pausa que duró apenas unos segundos, pero que le permitió a Fiona escuchar el ruido de papeles siendo apartados al otro lado de la línea.
—Por supuesto. ¿Dónde te gustaría que nos viésemos?
—¿Conoces el Central Coffee ? Está en la calle principal, a unas cuadras del Harmony.
—Sí, lo conozco. Estaré allí en veinte minutos.
—Daniel… —Vaciló por un momento—. Gracias.
—No tienes que agradecerme nada, Fiona. Nos vemos en unos minutos.
Cuando llegó al restaurante, Fiona eligió una mesa desde la cual podía ver la calle mientras esperaba.
El lugar tenía la típica calidez acogedora de los establecimientos familiares que han existido durante décadas: manteles de cuadros rojos y blancos, el aroma de café recién hecho mezclándose con el de sopa casera y el murmullo suave de conversaciones que creaba un fondo perfecto para hablar sin ser escuchado.
Daniel apareció a tiempo y cuando entró al café, su mirada la encontró en el acto.
Llevaba puesto su abrigo de lana gris y una bufanda que se quitó mientras caminaba hacia ella.
Fiona notó cómo algunos otros comensales lo siguieron con la mirada, pero él parecía ajeno a eso, enfocado únicamente en llegar hasta donde ella estaba.
—Hola —dijo al sentarse frente a ella y había tal preocupación en su voz, que Fiona sintió que sus defensas, ya debilitadas por la mañana difícil, amenazaban con desmoronarse.
—Hola —respondió, regalándole una sonrisa pequeña—. Gracias por venir tan rápido.
—¿Ya ordenaste algo?
—Solo café. No estoy segura de tener mucho apetito ahora mismo.