Capítulo 22 #7
Fue entonces cuando Rowan levantó la cabeza y Fiona vio en sus ojos algo que la sorprendió: no era shock ni negación, sino una comprensión terrible y madura que ninguna niña de trece años debería tener que cargar.
—¿Por eso no ha venido a las clases? ¿Por eso faltó al recital?
—Por eso, sí. Él… él quería venir, Rowie. La señora Blackwood me dijo que le habría encantado despedirse de todos sus estudiantes, especialmente de ti, pero la enfermedad se lo impidió.
Las lágrimas comenzaron a formarse en los ojos de Rowan, pero no cayeron de inmediato. En lugar de eso, se quedó muy quieta, como si estuviera procesando algo muy complejo.
—Mamá —dijo después de un momento que se sintió eterno—, ¿puedo ir a verlo?
La pregunta llegó con tal determinación que Fiona sintió como si hubiera sido golpeada por una onda de orgullo y dolor al mismo tiempo. Esta era su hija: valiente hasta en los momentos más difíciles, dispuesta a enfrentar lo que fuera necesario.
—No sé si será posible, mi amor. Está en su casa, con su familia, y…
—Por favor —la interrumpió Rowan, y ahora las lágrimas sí comenzaron a caer—. Por favor, mamá. Necesito despedirme de él. Necesito decirle… necesito decirle que no me voy a olvidar de lo que me enseñó.
Fiona sintió que la garganta se le cerraba. Rowan no hablaba desde la emoción, sino desde un lugar más profundo. Había en su voz una urgencia contenida que no admitía duda. No se trataba de un simple impulso. Se trataba de una necesidad. Lo sabía.
—Está bien. Voy a averiguar si es posible. Te prometo que voy a intentarlo.
Rowan la miró a los ojos, buscando confirmación de que esta promesa era real.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Mamá —Rowan se limpió las lágrimas con la manga del hoodie de Rory—, si puedo ir a verlo… ¿Puede venir Indie conmigo?
La petición tomó a Fiona por sorpresa, pero cuando lo pensó, tenía perfecto sentido. Indie había estado presente en tantos momentos importantes de la educación musical de Rowan. Era natural que quisiera que su mejor amiga estuviera allí para este momento también.
—¿Por qué quieres que Indie esté contigo?
—Porque… —Rowan vaciló por un momento, buscando las palabras—. Porque ella sabe lo importante que es el señor Abernathy para mí y porque cuando las cosas son muy tristes, es mejor estar con ella.
Fiona sintió que el amor maternal la abrumaba. Su hija de trece años acababa de articular algo sobre el duelo y el apoyo que muchos adultos nunca llegaban a entender.
—Sí, cariño. Si podemos ir a verlo, Indie puede venir con nosotras.
Rowan asintió y se dejó caer contra su madre, permitiendo que las lágrimas fluyeran.
Fiona la abrazó, sintiendo cómo el cuerpo pequeño de su hija temblaba contra el suyo, pero también sintiendo la fortaleza que había en ese temblor.
No colapsó como había temido; lloró como lo hace alguien que entiende la magnitud de lo que está perdiendo y que tenía el valor de sentirlo por completo.
—Mamá —susurró contra su hombro—, ¿duele mucho morirse?
—No lo sé, mi amor —respondió con honestidad—, pero creo que cuando alguien ha vivido una vida llena de música y de estudiantes que lo aman, como el señor Abernathy, tal vez no duele tanto como podríamos pensar.
Se quedaron abrazadas en silencio, madre e hija, en la habitación donde resonaban los ecos de todas las lecciones de música que habían llenado esa casa, y Fiona sintió que había hecho algo bien.
No había minimizado el dolor, no había prometido que todo estaría bien, pero había confiado en la fortaleza de su hija y había sido recompensada con una honestidad que era, a su manera, hermosa.
Rowan se separó de su madre y se limpió la cara con ambas manos.
—Mamá, cuando lo veamos… si podemos verlo… ¿Qué le digo?
—Le dices lo que sientes, cariño. Le dices la verdad sobre lo que él ha significado para ti.
—¿Y si no puedo hablar? ¿Y si me pongo a llorar y no puedo decir nada?
Fiona sonrió con ternura y apartó un mechón de cabello de la frente de su hija.
—Entonces tocas para él, mi amor. Creo que no hay palabras más verdaderas que la música que has aprendido de él.
Rowan asintió y Fiona vio cómo algo se tranquilizaba en su expresión. Tenía un plan ahora, algo concreto hacia lo cual dirigir toda la emoción que había estado sintiendo.
—¿Mañana llamarás para preguntar si podemos visitarlo?
—Mañana mismo —prometió Fiona— y te tendré noticias antes de que regreses del conservatorio.
Esa noche, cuando Fiona apagó las luces de la buhardilla y escuchó los sonidos suaves de su familia durmiendo, se sintió extrañamente en paz.
La conversación había sido todo lo difícil que había anticipado, pero también había sido algo más: había sido un momento de conexión real entre ella y su hija, un momento en el que ambas habían confiado en la fortaleza de la otra.
Y mañana, de una forma u otra, encontrarían la forma de darle a Rowan la oportunidad de despedirse del hombre que había encendido su pasión por la música.
Daniel Ashford tenía razón: los niños podían manejar la verdad cuando se les daba con amor y a veces, esa verdad, por dolorosa que fuera, era lo que necesitaban para crecer.
A propósito del arquitecto, en el preciso instante en el que Fiona estaba a punto de retirarse a su habitación, recibió un mensaje inesperado:
—¿Puedo llamarte? —Era Daniel.
Ella accedió y un par de segundos más tarde ya hablaba a los susurros con él, sentada en el sillón.
—¿Cómo estás?
—Mejor de lo que pensaba —admitió con una sonrisa leve—. Rowan lo tomó con mucha madurez.
—Ya lo imaginaba. Tu hija tiene un temple que… Que no sé cómo explicar con palabras.
—¿A qué te refieres?
—Cuando la vi ese día tocando el contrabajo, cuando me miró a los ojos al conocernos, sentí en ella una energía impresionante.
Es como si en su cabecita se formara una reflexión sin esfuerzo: hacer lo que tienes que hacer, aceptar lo que debes aceptar, con una emoción profunda y contenida, pero sin dramas.
Con una gestión casi estoica de los hechos.
—No lo había considerado, pero sí… Ahora que lo mencionas, no podría definir a Rowan mejor.
Es estoica. Es sensible, es intensa, tiene un punto de vista que no siempre agrada a otros y que defiende con aplomo, vive con una pasión que, cuando se desborde, no dudo que se llevará todo por delante, pero a su vez es muy estoica.
—Ya ves… Lo dijiste mejor que yo… Tiene un temple admirable y solo tiene doce años —Daniel sonrió con calidez—. ¿Ya te he dicho que hiciste un trabajo excepcional con esos chicos, Fiona Gallagher?
Ella rio con suavidad y se ruborizó enseguida.
—Algo comentaste alguna vez. Siendo justa, debo aclararte que no lo he hecho sola. Papá y mamá me han ayudado muchísimo.
—Y no dudo que el abuelo y la abuela complementaran muy bien el trabajo de mamá, pero si el día de mañana dudas de si lo hiciste bien, de si lo estás haciendo bien, te basta con mirarlos para darte cuenta de que tanto Rory como Rowan son tu gran logro.
—Gracias, Daniel. Significa mucho para mí que me digas todo esto.
—¿Rowan duerme?
—No lo sé con exactitud… Quise darle su espacio, pero no me sorprendería que justo ahora esté llorando en su almohada o viendo las sombras del techo, reflexiva.
—Déjala. Ella hallará la manera de edificar su duelo.
—Y yo estaré ahí para ella incondicionalmente…
—Así es, como yo para ti…
Fiona sintió que se le abría un abismo de emociones en el pecho al escuchar a Daniel Ashford decir esas palabras .
—Yo estaré aquí para ti incondicionalmente, cada vez que me necesites. Tienes mi palabra.
IV
La casa de Abernathy estaba ubicada en una calle tranquila donde los árboles centenarios creaban un dosel natural que filtraba la luz de esa tarde de febrero.
Era una construcción modesta, pero digna, con un jardín delantero que hablaba de décadas de cuidado paciente.
Cuando Fiona detuvo el auto frente a la entrada, Rowan e Indie permanecieron en silencio por un momento, como si necesitaran tiempo para procesar que habían llegado al lugar donde se encontraba su maestro.
—¿Están listas? —preguntó Fiona, girándose para mirar a las dos niñas en el asiento trasero.
Rowan asintió, aferrándose a la pequeña partitura que había escrito durante la semana. Indie buscó su mano libre y la sostuvo con suavidad, sin decir nada.
La mujer que abrió la puerta tenía los mismos ojos gentiles de Abernathy, pero marcados por la fatiga que es producto de cuidar a alguien que se está despidiendo lentamente del mundo.
Debía tener unos cuarenta años, con cabello castaño recogido en una cola de caballo práctica y una sonrisa que luchaba por mantenerse firme.
—Usted debe ser la señora Gallagher —dijo, extendiendo la mano—. Soy Maggie, la hija de Abernathy. Gracias por llamar con anticipación.
—Gracias a usted por permitirnos venir —respondió Fiona—. Estas son Rowan e Índigo.
Maggie se agachó para quedar a la altura de las niñas.
—Papá ha estado esperándolas desde ayer. No ha hablado de otra cosa. —Su voz temblaba—. Está en su habitación, descansando, pero completamente lúcido. Solo… solo recuerden que se cansa con facilidad ahora.
Caminaron por un pasillo que olía a té de hierbas y medicina, pero también a algo más sutil: partituras viejas, resina de arco, el aroma indescriptible de una vida dedicada a la música.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías: Abernathy joven con diferentes orquestas, graduaciones del conservatorio, estudiantes que habían crecido y se habían convertido en músicos profesionales.
La puerta de la habitación estaba entreabierta. Maggie tocó antes de empujarla.
—Papá, tienes visitas muy especiales.
Abernathy estaba recostado en una cama alta, rodeado de almohadas que lo mantenían incorporado.
Parecía más pequeño de lo que Rowan recordaba, como si la enfermedad hubiera encogido no solo su cuerpo, sino también el espacio que ocupaba en el mundo, pero cuando vio a las niñas, sus ojos se iluminaron con una luz que parecía venir de algún lugar más profundo que la enfermedad.