Capítulo 22 #2
Ella dejó su bolso en el sofá y comenzó a despojarse en silencio de la chaqueta que la ayudaba a abrigarse del frío de finales de otoño.
—Estoy haciendo unas hamburguesas. No son tan buenas como las tuyas —admitió abochornado, viendo de soslayo los envoltorios de las carnes congeladas que había comprado en la tienda al salir de su trabajo esa noche—, pero te prometo que les pondré suficiente queso y tocino para compensarte…
Ella se aferró a su espalda con amor, rodeándolo con sus brazos, pero él fue capaz de identificar algo más que eso.
—¿Estás bien, Em?
—Sí —musitó—. Aunque hay algo de lo que quiero hablarte.
—¿Pasó algo? —Se asustó—. ¿Sucedió algo en el trabajo?
—No, no, mi amor… —Lo besó en el centro de la espalda y se dio la vuelta—. Atiende las hamburguesas, que no queremos que se quemen, ¿verdad?
Él rio con suavidad mientras ella calentó un poco de agua para prepararse una bebida caliente.
Además, comenzó a poner la mesa. Entre los dos, como si hicieran el mejor equipo del mundo, sirvieron la cena y en pocos minutos ya estaban allí, hombro con hombro en la pequeña mesada de la kitchenette , compartiendo la comida.
Rory estaba hambriento y no lo disimulaba.
Mientras devoraba con gusto su primera hamburguesa, miraba de soslayo a Emily, que terminaba de aderezar la suya.
Parecía desanimada. No tenía ese brillo radiante que la caracterizaba desde que había salido de Willowbrook.
¿Cansancio? ¿Preocupación? ¿Problemas con una materia? ¿Nostalgia?
—Rory… —Se decidió por fin a hablar mientras él estudiaba cada milímetro de su perfil—. Hoy sucedió algo muy extraño. Muy extraño.
—¿En el trabajo?
—Sí y no —dio un mordisco pequeño a su hamburguesa y con un gesto adorable, felicitó a Rory por su buen trabajo con la cena—. En la librería, digamos.
—¿Tuviste algún contratiempo?
—Para nada. De hecho, no me quiero adelantar, pero me siento muy bien allí.
—Me hace feliz saberlo, mi amor.
—Rory —lo miró a los ojos—, hoy vi a papá entrar a la librería…
Al principio los ojos de él brillaron con emoción, pero al ver el gesto indeterminado de Emily, su expresión se volvió confusa.
—¿Y?
—No estaba solo, Rory —ahora el chico entendía menos—. Es decir, llegó solo, pero allí lo estaban esperando una mujer que podía tener la edad de mamá y un joven, idéntico a él, pero de tu edad o un poco más.
—¿Cómo? —Casi se atraganta con la hamburguesa y ella le alcanzó en el acto la bebida. Se incorporó un poco y, cuando pudo recuperar el habla, insistió—: ¿Cómo?
—Así. Así como lo oyes.
—¿Tienes primos en Albuquerque, Em?
—¡Mi amor! —Ella rio por lo bajo—. ¡No seas tonto! ¡No creerás que no conozco a mis primos!
—¿Y si no los conoces a todos? —Emily reflexionó—. ¿Y si es una media hermana? Una hermana de otro matrimonio, ya sabes… O… ¡O una hermana no reconocida!
—Papá lo habría mencionado, Rory… —dijo en tono suave. Ella apenas había mordido un par de veces su hamburguesa y él ya había terminado las dos suyas—. Papá no suele tener reparos con esas cosas…
—¿Y si lo ocultó por tu mamá? Ya sabes que tu mamá tiene normas muy estrictas con eso de cómo deben constituirse las familias… Es muy correcta y conservadora, ¿no?
Sí. Claire era tremendamente conservadora, por eso maldijo mil veces cuando supo que su hija se iba a vivir con un hombre a sus diecinueve años sin que tuvieran ningún tipo de vínculo serio , como si el compromiso que habían hecho ellos dos al amarse necesitase de algún papel que lo validara.
—No lo sé, Rory…
—¿Y si esa mujer no es su hermana, sino una prima? Una prima muy querida de Albuquerque que tuvo un hijo que heredó todos los rasgos de los Harper… ¡Tú e Indie se parecen mucho a tu papá!
—No sé qué pensar —retomó su cena. Las opciones que le daba Rory no le sonaban muy lógicas, pero qué otra cosa podía concluir.
—¿Le dirás a tu papá que lo viste?
—No. —No dudó en lo más mínimo.
—¿Qué harás entonces, Emily?
—Justo ahora no lo sé —se miraron a los ojos—, pero seguiré manteniendo el secreto de que estoy trabajando en esa librería.
—¿Por qué?
—Porque si papá nos está ocultando algo tan serio como lo que estoy imaginando, quiero ser yo la que llegue al fondo de eso antes que mamá, ¿comprendes?
—Suena lógico —cruzó sus brazos por encima de la mesa y la miró a los ojos—. ¿Y cómo pretendes llegar al fondo de eso?
—Aún no lo sé, pero… —Suspiró—, pero ya se me ocurrirá algo.
Fue inevitable pensar en Índigo y en cuánto daño podría hacerle una confesión como esa, si sus sospechas resultaban ser ciertas.
II
Rory hizo un repaso mental antes de pasar el cerrojo a la puerta del departamento.
Emily lo miró desde el pasillo sonriendo, sabía que los días que tenía práctica de waterpolo siempre solía olvidar algo: un libro que debía devolver en la biblioteca, un cuaderno de apuntes, algún implemento de su equipo de natación… En el peor de los casos, la billetera…
—Pero esta vez no olvido nada —le aseguró haciéndose el listo, mientras ella reía mirando su perfil—, porque traje mi mochila y mi bolso de natación, así que dudo que haya dejado algo por fuera.
Salieron a la calle y comenzaron a caminar rumbo al campus.
Era una fría mañana de otoño y Rory llevaba sus manos en los bolsillos de la chaqueta, permitiéndole a Emily colgarse amorosamente de su brazo y avanzar a su lado.
Eran felices. Eran felices y ya no tenían miedo, porque en esos meses que llevaban viviendo en Albuquerque se habían adaptado a esa nueva ciudad, sus rutinas y sus matices.
La chica reflexionaba sobre lo asombroso que había sido para ella acostumbrarse a su nueva realidad, en especial porque se sentía tranquila.
¡Tan tranquila! Pensó en su padre, en esas personas que lo habían acompañado en ese café, y eso la llevó a reflexionar sobre lo difíciles que eran ahora las cosas en su casa.
Lo cargado, lo tóxico, lo agobiante que era el ambiente en comparación con la ligereza, con la paz, con la dicha genuina que reinaba ahora en el hogar que había construido junto a Rory.
Era tan fácil para ellos simplemente avanzar en silencio y acompañarse, por el mero placer de acompañarse sin que nada los obligara a hablar, sin que nada los forzara a sentir que si callaban, era porque no tenían nada bueno que decirse.
Todo lo contrario. Podrían hablarse sin palabras y eso era muchas veces una bendición.
El teléfono de Emily comenzó a sonar. Eran las 8:21 del segundo miércoles de noviembre y eso solo podía significar algo:
—Es papá —aseguró ella mientras sacaba el aparato del bolsillo de la chaqueta—. Te lo apuesto.
Pero no fue necesario que Rory se esforzara en contradecirla, ya conocía bastante bien la rutina de Lucas Harper cuando se trataba de trasladarse a Albuquerque para ir en busca de libros que pudiesen enriquecer el catálogo de su librería.
—Hola, papá… —La escuchó decir con la pizca de esfuerzo que solo él y nada más que él, sabiéndola como la sabía, podía reconocer en su voz cuando algo la incomodaba.
Prestó atención y ella continuó—: ¿Sí? ¿Ya estás aquí desde tan temprano?
—La voz de Lucas era inentendible en la bocina que ella presionaba contra su oreja—.
Claro… Si no madrugas, dudo que consigas ejemplares buenos, así que…
—Volvió a callar por algunos segundos—. ¡Sí!
¡Sí, claro! ¡Como solemos hacer siempre!
¿Te parece bien a las 19:30? Rory y yo salimos del trabajo a las 18:00, pero me gustaría pasar antes por el supermercado para hacerte algo especial…
¡No! ¡No! ¡Si no es molestia, no seas tonto!
—Volvió a escuchar a Lucas—. Creo que bastará con que lleves un buen postre…
¡Nos vemos en la noche, papá! —Se le hizo un nudo en la garganta, pero pudo musitar—: ¡Te amo!
Respiró profundamente y devolvió el teléfono a su lugar. Rory sacó su mano del bolsillo de la chaqueta y la rodeó con fuerza por la cintura, cobijándola en su costado con amor. Ella se abrazó a él y siguieron caminando.
—¿Por qué le dijiste que fuera a la casa tan tarde?
—Porque no quiero correr el riesgo de que me vea con el uniforme de la librería.
—¿Y qué haremos para la cena?
—¿Te parece bien carne asada y puré? —Ella miró el perfil de él que veía hacia el frente.
—De acuerdo. Yo salgo antes de mi trabajo y estoy más cerca de la casa. Pasaré por el supermercado a comprarlo todo, mientras tú tienes tiempo de llegar, darte una buena ducha y cambiarte. ¿Te parece?
—Suena bien —pensó algunos minutos—. ¿Notaste lo que yo noté?
—¿Qué cosa exactamente? —La miró con curiosidad.
—La semana pasada me consta que estuvo en Albuquerque, pero no llamó para que nos viéramos.
—¡Es cierto! —lanzó con asombro. Pensó un poco—. Claro… Hoy es el segundo miércoles de noviembre, ¿verdad?
—Sí. Suele aprovechar las ferias de libros usados que hacen la segunda semana del mes…
—Eso quiere decir que la semana pasada vino a Albuquerque sin razón…
—Sin razón no. —dijo sin dudar—. Alguna buena excusa le debe haber inventado a mamá. Ella podrá ser muchas cosas, Rory, pero estúpida definitivamente no… Y a pesar de todo… —Rio con un dejo de desdén—. ¡Y a pesar de todo, mira esto! ¡Al menos veinte años de mentiras!
—No nos adelantemos, mi amor —la detuvo, le tomó el rostro entre las manos y se lo acarició—. No nos adelantemos. Ella aún puede ser una prima de Albuquerque que… Que tuvo la suerte de que su hijo heredara todos los genes de los Harper…
—¡Sí! —soltó irónica—. ¡Especialmente los de mi papá!