Capítulo 22
I
Emily sonrió cuando notó que fuera de la tienda, a través de las enormes vidrieras, podía ver a Rory esperándola sentado en un banco de concreto.
Cuando abrió la puerta y salió a la acera, él se puso de pie.
Estaba cada vez un poco más alto y sus entrenamientos de waterpolo con el equipo de la universidad se notaban a simple vista.
La chica lo contempló arrobada y se sintió ridículamente afortunada.
Era el hombre más apuesto y maravilloso que había conocido en su vida.
—Hola, chica guapa… —dijo él con picardía, haciéndola reír—. ¿Te tomarías algo conmigo?
—¡Por supuesto que sí! —Lo tomó de la mano con disimulo y comenzó a avanzar junto a él a paso veloz—.
No te besaré frente a la tienda —le aclaró—.
El sujeto con el que me entrevisté casi me acompañó hasta el mostrador, así que creí que no estaría bien que me viera besándote como suelo hacerlo después de mi entrevista de trabajo…
—Rory rio con ganas ante esa declaración, pero una vez estuvieron un par de establecimientos más allá, ella se volcó en sus labios con la pasión habitual con la que solía hacerlo—.
Hola —susurró sobre su boca—. ¿Cómo estuvieron las clases?
—Lo de siempre —aseguró hipnotizado, mirando sus ojos verdes maravillosos—, pero quiero que me cuentes ahora mismo cómo estuvo la entrevista.
Sabía cuánto le había entusiasmado a Emily esa posibilidad desde que vio la oferta de empleo y se postuló a ella semanas atrás, por eso, porque entendía que era importante para ella y cuán nerviosa estaba, la esperó a las afueras de esa librería enorme de Albuquerque para enterarse de todos los detalles al momento.
—Honestamente, creo que me fue muy bien —caminaban de la mano, risueños—. El sujeto que me entrevistó es uno de los encargados de la tienda y me parece que quedó muy impresionado con todos mis conocimientos.
—Claro, con todos esos años que estuviste trabajando en la librería de tus padres…
—¡Y lo mejor de todo es que el mismo software que usamos en la librería de papá, lo manejan aquí!
Cuando le dije eso al sujeto, me hizo algunas preguntas técnicas y quedó agradado.
Me aseguró que le parecía un punto enorme a mi favor que tuviera ya ese conocimiento, porque podían ahorrarse toda la capacitación.
Básicamente, podría llegar el lunes, sentarme en mi escritorio y comenzar a trabajar.
—¡Genial! —Se alegró por ella.
—Mis responsabilidades serían más administrativas. Tendría que encargarme de los proveedores, del inventario, de la reposición de artículos en vitrinas y anaqueles, de la devolución de copias que se hayan quedado frías y deban ser enviadas a los autores o a las editoriales…
—¿Y eso te gusta?
—¡Me encanta, sí! Lo prefiero antes que la cafetería… ¡Especialmente por el sueldo!
—¿En serio?
—¡Sí! ¡Es casi tan bueno como el tuyo! —Emily estaba eufórica—. No solo es un trabajo que tiene más que ver conmigo y con mis intereses, también es un ambiente más tranquilo, aunque al ser una librería tan grande y tener ese café abajo, durante el desayuno o el almuerzo debe ser insoportable…
—Pero tú no te encargarías de eso…
—Para nada —dijo sacudiendo la cabeza—. Solo cumpliría labores administrativas. Estaría todo mi turno sentada en mi escritorio y algunas veces reponiendo libros en los anaqueles.
—Así que nada de estar de pie por horas, yendo de un lado para otro, cubriendo turnos interminables.
—¡No! La mejor parte es que los dos tendríamos muy buenos sueldos —desde luego, lo consideraba con la ilusión de una chica de diecinueve años recién cumplidos que tenía su primera o segunda experiencia profesional en su vida—, eso quiere decir que tendremos más dinero para estar más cómodos en casa y ahorrar…
—¿Y para qué te gustaría ahorrar? —preguntó con una sonrisa dulce en los labios. Jamás se imaginó que construir su vida junto a alguien le iba a parecer tan naturalmente maravilloso. Dio gracias para sus adentros porque el destino le había puesto a Emily Harper en su camino.
—¡Podríamos ahorrar para viajar el próximo verano! —Ambos se miraron con emoción—. ¿Qué te parece?
—¡Me gusta mucho esa idea! ¿Cuándo te darán la respuesta?
—Me dijeron que se comunicarían conmigo a más tardar a finales de esta semana, pero… ¿Sabes? —Se miraron—. Tengo una buena corazonada con esto y algo me dice que todo saldrá bien.
Emily Harper no se equivocó. Esa mañana fría de mediados de noviembre, antes de salir del pequeño departamento que compartía con Rory para asistir a sus clases de ese jueves, recibió una llamada de un número local de Albuquerque que atendió con una sonrisa esperanzada y un temblor leve en las manos.
Le hablaba el señor Silverstein, el mismo que la había entrevistado, para comunicarle que había obtenido la vacante y que debía presentarse lo más pronto posible para ajustar algunos detalles previos a su incorporación.
Risueña, mirando a Rory con una emoción incontenible bailándole en los ojos, le aseguró al sujeto que estaría allá temprano al día siguiente y acordaron verse en el local a las 10:00 ese viernes.
Una vez cerró la llamada, corrió a los brazos de su novio, se colgó de sus hombros y festejó junto a él un nuevo logro.
Ese miércoles era su tercer día de trabajo y sin ánimos de jactarse, mucho menos con intenciones de confiarse demasiado, se sentía como pez en el agua.
Los días previos estuvo visitando la librería para familiarizarse con todas sus secciones, acompañada del señor Silverstein y de la señora Vásquez, quienes eran los encargados del lugar y con los cuales tendría que trabajar de acuerdo con el turno que le tocara, dependiendo del horario de sus clases y compromisos académicos.
Ese miércoles le habían asignado la tarea de incorporar a la base de datos todos los libros y artículos que estaban en almacén y que se exhibirían en la sección de novedades y en vitrina en los próximos días, de cara a la Navidad.
Le sorprendió notar que, en comparación con las listas de la librería de los Harper, estas eran enormes, en especial porque su trabajo no solo era incorporar tomos, sino también juguetes, artículos de manualidades, insumos para artistas, objetos para coleccionistas…
La diversidad de productos era variadísima.
Allí, sentada en el escritorio que le habían asignado al lado del ventanal del segundo piso, desde el cual se veía prácticamente todo el café, comenzó su labor con la minuciosidad y la eficiencia que la caracterizaba.
Le gustó notar que en las oficinas de la librería el ambiente era tranquilo y silencioso, así que podía concentrarse sin problemas.
Cerca de las 13:33, fue por un poco de café y al volver a su escritorio, lanzó la mirada hacia abajo, desde donde se veía el enorme mostrador, donde al menos unas siete personas atendían a los clientes, las mesas del café y una porción apenas de los libreros de ese enorme establecimiento.
Emily casi se derrama el líquido caliente sobre su uniforme nuevo al notar que Lucas Harper, su propio padre, cruzaba las puertas de ese local, mirando a un lado y a otro, distraído.
¡Claro! ¡Lo había olvidado! ¡Era miércoles y de seguro estaba desde temprano en Albuquerque para ir a pescar nuevos títulos que llevar a Willowbrook!
Pero eso no fue lo único que Emily notó, también recordó que no le había dicho nada de su nuevo trabajo y creyó que ese era el momento perfecto, no solo para comunicarle la buena noticia, sino también para planificar un encuentro, aunque fuese fugaz.
Cada vez que Lucas Harper pisaba la ciudad, siempre se tomaba unos minutos para verlos y asegurarse de que tanto ella como Rory estaban bien.
Emily se giró para tomar el teléfono sobre su escritorio y cuando estuvo a punto de marcar el número de su padre, vio con curiosidad de qué forma un par de personas parecían haberlo estado esperando en una de las mesas del café.
Una mujer, a la cual le calculó quizás la misma edad de su madre, se puso de pie y le sonrió con afecto.
Junto con ella estaba un hombre que parecía de la misma edad de Rory, tal vez un año más, pero lo más curioso no fue cuán joven era, lo más curioso es cuánto se parecía a Lucas y, por ende, a ella y a Índigo.
Emily bajó el teléfono despacio y notó cómo la mujer peinaba con sus manos la barba de Lucas, para luego besarlo con cariño en la mejilla y de qué manera su padre se giraba hacia ese joven, lo abrazaba con fuerza, lo estrechaba contra su cuerpo y lo besaba un par de veces.
Los vio sentarse despacio. La mujer y el joven ya tenían bebidas sobre la mesa y Lucas no tardó en pedir la suya.
En minutos, se dispusieron a comer. Aunque Emily intentaba recuperar la eficiencia que mostró al principio, sus ojos iban de la lista de códigos a la pantalla del computador y a la mesa en la que su padre, amenamente y risueño, compartía con esos desconocidos que a la chica se le hacían familiares.
Estuvieron allí al menos hasta las 14:54, cuando se pusieron de pie y se marcharon juntos.
Lucas rodeaba con su brazo los hombros del muchacho, que parecía conversar con él muy animado, mientras la mujer caminaba a su lado, prácticamente rozando su hombro.
Quiso llamar a Rory, pero de solo ver la hora, supo que él también estaría en sus asuntos y decidió recomponerse como mejor pudo.
No iba a tirar su tercera tarde de trabajo por aquel singular incidente, ya tendría tiempo de sobra para pensar en eso, así que comprometida con su anhelo de conservar ese empleo, se enfocó y retomó el ritmo lo mejor que pudo.
Cuando Rory escuchó las llaves de Emily entrar en la cerradura, alzó sus ojos castaños al reloj que estaba en la kitchenette de ese departamentito y se sintió orgulloso de sí mismo.
—¡Justo a tiempo !
La puerta se abrió, Emily susurró un hola sutil y Rory la recibió con una buena noticia:
—Llegaste en el mejor momento, mi amor, porque la cena está casi lista.