No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

El calor del final de la primavera amenazaba con la llegada del verano a Willowbrook, convirtiendo las tardes en una promesa de noches largas y ventanas abiertas.

En la buhardilla del teatro, Emily y Rory estaban sentados en la mesa del comedor con una cantidad ridícula de documentos esparcidos entre ellos, todos marcados con el logo oficial de la Universidad de Nuevo México.

—¿La transcripción de calificaciones? —preguntó Rory por tercera vez esa tarde, revisando su lista con la meticulosidad obsesiva que lo caracterizaba cuando estaba nervioso.

—Ahí —Emily señaló una carpeta manila—. La que está certificada por el registrador del community college .

—¿El ensayo de solicitud de transferencia?

—En el sobre verde.

—¿Las cartas de recomendación?

—Rory —Emily le puso una mano en el brazo—, hemos revisado esto como cinco veces. Todo está ahí, adjunto en tu aplicación. Si falta algo, te van a contactar, pero no va a faltar nada.

Él se quedó mirando la pantalla de su laptop, donde tenía abierto el portal de admisiones de UNM. El cursor parpadeaba sobre el botón de «Enviar solicitud» como si fuera la cosa más aterrorizante del mundo.

—Es que una vez que lo envíe… —comenzó.

—Una vez que lo envíes, va a estar enviado —terminó Emily con una sonrisa— y vamos a estar un paso más cerca de lo que queremos.

—¿Y si no me aceptan ?

—Te van a aceptar. Tienes un promedio excelente, cartas de recomendación increíbles y, además, ya sabes que el programa de Business necesita transferencias.

Rory respiró hondo, miró a Emily una vez más buscando confirmación final e hizo clic.

—Listo —dijo, casi susurrando—. Ya está.

La sonrisa de Emily fue como un amanecer súbito.

Se puso de pie y, antes de que Rory pudiera entender lo que ocurría, ya estaba sentada sobre él, besándolo con una urgencia que hizo desaparecer el lugar y la hora.

Al separarse, compartieron una sonrisa luminosa, atravesada por ese alivio casi vertiginoso que sigue a las certezas recuperadas.

—Ya está —repitió él, esta vez con más convicción—. Ahora solo queda esperar.

—Y planificar —añadió Emily, acomodándose en su regazo— porque vamos a necesitar un plan para cuando llegue ese anuncio , que de sobra sabemos que llegará.

Rory la rodeó con los brazos, disfrutando del peso familiar de ella contra su pecho.

—Tienes razón. Tengo que empezar a buscar comprador para la Econoline .

Emily sintió algo contraerse en su pecho al escuchar la resignación en su voz.

—Te duele la idea de venderla.

—Era el auto de mi papá —admitió—, pero no podemos estar trasladándonos todos los días entre Willowbrook y Albuquerque en un vehículo que se descompone cada dos semanas.

Emily se quedó callada por un momento, jugueteando con el cuello de la camisa de él.

—¿Y si no tuviéramos que trasladarnos?

—¿Cómo?

Ella se levantó y fue hacia la laptop, que aún mostraba la página de confirmación de UNM.

—He estado investigando algo —dijo mientras navegaba hacia una nueva pestaña—. Mira esto.

Rory se acercó para ver la pantalla, donde Emily había abierto una página de clasificados de apartamentos.

—Monoestudios —explicó ella—. Están fuera del campus, pero muy cerca de la zona universitaria. Los precios son razonables y la mayoría acepta estudiantes con contratos flexibles.

Rory estudió las imágenes: espacios pequeños, pero acogedores, cocinas compactas, áreas de estudio junto a ventanas grandes.

—Emily… ¿Estás sugiriendo que…?

—Estoy sugiriendo que nos mudemos a Albuquerque. Completamente. Que vivamos allá durante el semestre y vengamos a visitar a nuestras familias una o dos veces al mes.

La idea era tan perfecta y tan aterrorizante al mismo tiempo que Rory se quedó sin palabras por un momento.

—¿Crees que con un trabajo de medio tiempo podría costear el alquiler?

—Podríamos —corrigió—. Porque yo también voy a trabajar.

—¿En serio?

—En serio. Y mira esto —abrió otra pestaña—. El salario promedio para trabajos estudiantiles en Albuquerque está casi veinte por ciento por encima de lo que podrías ganar aquí haciendo el mismo tipo de trabajo .

Rory se arrimó un poco en la silla, procesando las cifras que ella le mostraba. Los números tenían sentido. Más que sentido: la propuesta era genuinamente atractiva.

—Nos ahorraríamos el combustible —murmuró, empezando a ver las ventajas— y el desgaste del auto. Y podríamos vivir la experiencia universitaria en lugar de estar viajando todo el tiempo.

—Exacto. Y nuestras familias no están tan lejos. Es un poco más de una hora en auto. Podríamos venir los fines de semana que quisiéramos.

—¿Ya miraste precios específicos?

—Algunos. Hay un par de opciones que me llaman la atención. Podríamos ir a verlos antes de tomar una decisión final.

Rory se quedó mirando la pantalla, pero en realidad estaba imaginando una vida diferente: despertarse con Emily todas las mañanas, compartir un espacio propio, construir una rutina que fuera solo de ellos dos.

—Me gusta la idea. Me gusta mucho.

—¿En serio?

—En serio. Es ambiciosa, pero… pero creo que podríamos hacerlo.

Se sonrieron de un modo radiante y como soñar, curiosear no les costaba ni un solo centavo, se dedicaron por completo a imaginar cómo sería vivir juntos en esa ciudad.

Fiona llegó al teatro esa tarde con la sensación de que el tiempo se había acelerado sin avisarle.

Era extraño cómo los meses podían pasar volando cuando uno no estaba prestando atención.

Mientras caminaba hacia la entrada principal, notó que alguien había puesto un cartel cerca de la boletería anunciando el recital de cierre del conservatorio.

«Recital anual de estudiantes - Viernes 18 de junio - 19:00»

¿Comienzos de junio? Le parecía que apenas ayer había sido febrero, apenas ayer Daniel había conseguido la aprobación del proyecto. Y ahora…

Se detuvo en seco cuando vio los camiones estacionados a un costado del teatro.

Materiales de construcción organizados en pilas cuidadosas, herramientas cubiertas con lonas y una estructura temporal que parecía una oficina de obra.

Los fondos habían llegado, las obras habían comenzado oficialmente, y eso significaba…

—¿Fiona?

Se volvió y ahí estaba Daniel Ashford, emergiendo de detrás de uno de los camiones con un casco de construcción en una mano y planos arquitectónicos en la otra. Se veía diferente: más bronceado, como si hubiera pasado tiempo al sol a merced del trabajo físico.

—Daniel —se sorprendió del alivio que sintió al verlo—. No sabía que ya había regresado.

—Llegué ayer —se acercó. Fiona notó que tenía el cabello despeinado y asumió que tal vez estaba ayudando a los trabajadores.

No lo sabía con exactitud, pero no parecía un hombre que le tuviera miedo a la faena—.

Terminé los proyectos en Massachusetts la semana pasada, y Elizabeth liberó los fondos desde Los Ángeles. Pensé que era hora de empezar en serio.

Su sonrisa hizo que Fiona se diera cuenta de que ella también había extrañado verlo, una constatación que la incomodó.

—¿Cuánto tiempo estuvo fuera? —preguntó, tratando de sonar casual.

—Un poco más de tres meses. Marzo, abril y mayo.

Un poco más de tres meses. Tiempo suficiente para pensar que quizá todo había sido una proyección. Tiempo suficiente para prometerse que la distancia profesional sería fácil.

Y sin embargo, al verlo allí, sólido, inevitable en el corazón del teatro, supo que no había inventado nada.

Se sintió absurda.

—¿Cómo van las cosas en el ayuntamiento? —preguntó. Su tono sugería que la pregunta era más personal que profesional.

—Bien. Ocupadas. Los proyectos de verano siempre traen complicaciones administrativas.

—¿Y su familia?

—Bien también. Los chicos están creciendo. Tomando decisiones importantes.

Se quedaron en silencio por un momento, rodeados por las evidencias del proyecto que los había conectado inicialmente. Fiona miró hacia el teatro, hacia los materiales, hacia la oficina temporal.

—Esto se ve muy real —comentó.

—Va a ser real. Durante los próximos seis a ocho meses, este va a ser prácticamente mi lugar de trabajo principal.

Ahí estaba. Los hechos que había estado evitando: Daniel no sería una presencia ocasional en su vida.

Iba a estar aquí todos los días, supervisando, construyendo, transformando el espacio que había sido su hogar durante toda su vida.

No habría manera de evitarlo, no habría manera de mantener la distancia cuidadosa que había estado cultivando.

—Supongo que nos vamos a ver mucho, entonces —dijo, intentando sonar práctica.

—Supongo que sí.

Lo dijo con ese equilibrio entre profesionalismo y una suavidad casi imperceptible, y Fiona supo que estaban pensando lo mismo: los próximos meses serían más difíciles de lo que cualquiera de los dos había imaginado.

—Debería subir —susurró—. Los chicos están arriba y probablemente se preguntan dónde estoy.

—Por supuesto.

Cuando se dirigía hacia la entrada, Daniel la llamó una vez más.

—Fiona.

Ella se volvió.

—Me alegra estar de vuelta.

La sonrisa que le devolvió fue automática, pero cuando subía las escaleras hacia la buhardilla, se dio cuenta de que parte de ella también se alegraba de que hubiera regresado y esa sensación la perturbó más de lo que quería admitir.

Emily y Rory estaban tan absortos en su planificación que no escucharon los pasos de Fiona subiendo la escalera hasta que la puerta de la buhardilla se abrió.

—Hola —saludó ella distraída, como si parte de su mente estuviera en otro lugar.

Emily y Rory intercambiaron una mirada. Era obvio que Fiona tenía algo en la cabeza, pero también era obvio que estaban a punto de explotar de emoción por compartir sus noticias.

—Mamá —dijo Rory—, tenemos un anuncio que hacerte.

—¿Un anuncio? —La atención de Fiona se enfocó en ellos—. ¿Todo bien?

—Mejor que bien. —Emily se acercó y prácticamente arrastró a Fiona hacia la mesa—. Siéntate. Tienes que escuchar esto .

Durante los siguientes veinte minutos, Emily y Rory le contaron todo: el envío de la solicitud, la idea de los apartamentos, los cálculos económicos, la posibilidad de mudarse a Albuquerque.