Capítulo 20 #4
—Reconocí de inmediato al señor Harper —continuó— y recordé que usted me había mencionado que Emily Harper era la novia por la que su hijo había estado sufriendo.
No fue difícil atar los cabos —se detuvo, estudiando su reacción antes de continuar—.
Sé que no estoy en posición de entrometerme, pero me quedé preocupado —la miró a los ojos—.
¿Estaba usted bien después de esa conversación?
La pregunta la conmovió. No había simple curiosidad en ella, sino una preocupación sincera, dicha con el cuidado que él siempre mostraba al acercarse a lo que dolía.
—Me conmueve que se preocupe por mi bienestar —respondió con honestidad— y le agradezco enormemente que sea tan gentil conmigo.
—Hizo una pausa, considerando cuánto revelar—.
En cuanto a haber notado la discusión, le puedo asegurar que no hay nada malo en eso.
Le hablé de tal manera al señor Harper que quizás más de uno en ese café se enteró de la situación.
Daniel sonrió ante el comentario, pero su expresión siguió siendo de preocupación atenta.
Fiona vaciló. No tenía el hábito de compartir problemas familiares con personas fuera de su círculo inmediato, pero había algo en la manera en que Daniel había hecho la pregunta, algo en su energía maravillosa y su atención genuina, que la hizo sentir que tal vez era seguro ser honesta.
—La verdad es que estaba furiosa —admitió—. Los Harper han estado mintiendo a Emily sobre su capacidad de pagar Berkeley. Han estado permitiendo que tome decisiones basándose en información completamente falsa, y eso no solo afecta a la chica, sino directamente a Rory.
Le contó todo: la crisis financiera de los Harper, la obsesión de Claire con Berkeley, la manera en que Emily había estado sufriendo sin entender por qué, la presión emocional que había estado afectando a Rory durante semanas.
—Le exigí al señor Harper que antes de que termine el día todo esté en orden —concluyó—, porque, francamente, sería capaz de tomar acciones, aunque no me correspondan.
Daniel la escuchó con atención plena, asintiendo de vez en cuando, con una calma que dejaba claro que no se le escapaba nada.
—¿Sabe lo que me impresiona de lo que me está contando? —dijo cuando ella terminó.
—¿Qué?
—Que esté dispuesta a arriesgar relaciones personales para proteger a su hijo y para asegurar que una joven tome decisiones basándose en la verdad —se inclinó hacia delante—.
Ese tipo de integridad moral no es común, Fiona, y tampoco es fácil —hizo una pausa, considerando sus próximas palabras—.
Mi experiencia me dice que cuando las personas por fin enfrentan las verdades que han estado evitando, el alivio casi siempre supera al dolor inicial.
Emily necesita saber la realidad de su situación para poder tomar decisiones que sean solo suyas.
—¿Cree que estoy haciendo lo correcto?
—Creo que está haciendo lo único que puede hacer alguien que ama de corazón a su familia —respondió sin vacilación— y creo que tanto Emily como Rory van a agradecerle por su valor, incluso si eso no es inmediatamente evidente.
—Gracias. Me siento abrigada y contenida por su comprensión.
—Para eso estamos —respondió Daniel sonriendo como si en ese preciso instante el mundo fuera un lugar más manejable—, para cuidarnos mutuamente cuando las cosas se ponen difíciles.
Mientras regresaban al ayuntamiento, Fiona se encontró pensando no solo en la conversación que habían tenido, sino en la manera en que se había sentido durante ella.
Se sintió diminuta ante un cuidado, una atención que creía no merecer.
¿De dónde había llegado ese desconocido, como caído del cielo, para animarle los almuerzos e indagar en su pasado de una forma en la que nadie, nunca, lo había hecho hasta ahora?
Pero junto con sentirse diminuta, se sintió ridícula.
Ruborizada sutilmente, volteó a ver al sujeto a su lado y sintió vértigo.
¿Daniel Ashford estaba comenzando a gustarle?
«No, no, Fiona, no seas estúpida, por Dios.
» No fue un romance lo que floreció entre ellos durante esa hora en la casa de té.
Fue algo tal vez más valioso: reconocimiento mutuo.
El reconocimiento de que habían encontrado en el otro algo que no sabían que estaban buscando: alguien que entendía, alguien que se preocupaba, alguien en quien podían confiar cuando el mundo se sentía demasiado complicado para navegarlo solos.
Y eso se sentía como el mundo lleno de color, una vez Dorothy abría la puerta.
III
Indie estaba abismada al ver los dedos de Rowan pasearse con una seguridad absoluta por las cuerdas de la guitarra que había pertenecido a su padre y que ahora era de ella. Intentaba con todas las fuerzas de su corazón entender qué era eso que interpretaba, sin éxito.
—¿Qué canción es? —insistió por segunda vez desde que había empezado a tocarla.
Estaban sentadas sobre la cama de la chica rubia, con las piernas cruzadas, frente a frente.
—Ninguna —aclaró sin dejar de tocar—. Es algo que está en mi cabeza.
—¿De verdad? —La miró sorprendida—. Es como si… ¿Como si compusieras una canción?
—No sé —la melodía paró y se miraron a los ojos—. ¿Esto es componer una canción?
—Creo que sí.
—No las escribo… —admitió mirando la guitarra con un gesto de duda.
—¡Pues deberías! —Se levantó de la cama de un salto, husmeó en las gavetas de su amiga, que conocía bien, y sacó de ella un cuaderno con partituras casi sin usar. Lo puso abierto sobre la cama y apoyó de él un lápiz—. ¡Aquí! ¡Aquí debes escribir todo eso que acaba de sonar!
—Vaya… —Le dio un poco de pereza—. Creo que me gusta más tocarlo y ya… —La melodía volvió a colmar la habitación mientras ella la tocaba con ojos cerrados y con sonrisa soñadora.
—Entonces lo haré yo —refunfuñó, pero recapacitó en un segundo—. Espera… —Volvieron a mirarse. La música se escapaba de los dedos de Rowan sin parar—. No sé escribir tablaturas… —Miró el pentagrama—. ¿Debería aprender?
—No sé —Rowan se alzó de hombros.
La guitarra para ella era como estar sobre una alfombra mágica que la llevaba a lugares insospechados. Indie la miró con detenimiento y frunció un poco el ceño con determinación.
—Quiero aprender —declaró.
—¿Guitarra? —Rowan se detuvo al instante.
—Sí. Quiero aprender.
—Puedo enseñarte —le pasó el instrumento y ella lo tomó con determinación—. Ya me sé todas las notas… ¿Por cuál quieres empezar?
—Por la más fácil, claro está.
Rowan hizo sonar la primera cuerda y le sonrió a Indie con picardía.
—Ya está, esa es la más fácil. Es un mi.
—¡No te hagas la graciosa! —protestó y Rowan se echó a reír en su cara—. ¡Estoy hablando en serio!
—Ven acá… —Se puso de pie detrás de ella, con su mano guió la suya sobre el diapasón hasta que de la guitarra salió un do.
—Do —reconoció al instante.
—Exacto, y esta cuerda al aire… —Hizo sonar la quinta—. Es un la, ¿ves?
—Parece fácil… —musitó confiada.
—¿Eso crees? —Sonrió con suficiencia—. Te reto a que toques un fa.
Indie la miró con graciosa indignación mientras la otra reía y volvía a sentarse en la cama.
—Ven acá, sabelotodo, y dime cómo es ese supuesto fa tuyo…
—Indie, no podrás tocarlo a la primera. Se necesita fuerza y técnica con el diapasón para lograrlo… Practica tu do ahora y luego te enseño otras notas.
—¡No! —insistió—. Quiero que me muestres primero el fa y luego sigo con el do.
—Ah, vaya… —Suspiró y volvió a ponerse de pie—. Déjame tocarla a mí primero, ¿sí? —Le pasó la guitarra y Rowan la ejecutó sin esfuerzo. Indie intentó memorizar dónde estaba cada dedo—. Bien —le devolvió el instrumento—. Ahora inténtalo tú.
Ni siquiera podía recordar la posición exacta de los dedos sobre las cuerdas en el diapasón.
Rowan se echó a reír y se puso de pie de nuevo detrás de ella.
Comenzó a guiar sus dedos hacia la posición correcta, pero era un verdadero esfuerzo que los pudiera mantener en su lugar con uno de ellos extendido, presionando por igual las seis cuerdas.
La rubia se inclinó un poco más sobre ella.
Su mejilla rozaba casi su oreja y su pecho estaba reclinado sobre sus hombros.
Rowan no apartaba la atención de los dedos de Indie sobre el diapasón, pero ya la otra chica, la que sostenía la guitarra, había olvidado por completo el fa y su esfuerzo por tocarlo bien.
Estaba incomprensiblemente abrumada por la proximidad de la otra, por el peso de su cuerpo sobre su espalda, por el roce de sus rizos sobre sus mejillas, por el calor de su rostro casi pegado al suyo.
Sin entender el porqué, dejó de escucharla, pero no dejó de ver sus labios de un color rosa claro moverse mientras le daba las indicaciones.
Sobre ellos, de una forma que ella entendió como intensamente encantadora, se posaba un rebote de luz que venía desde la ventana y se quedó hipnotizada en su contemplación hasta que la otra, percibiéndola ausente, se giró hacia ella.
La expresión irresoluta de Indie fue también una sorpresa para ella y despacio, muy despacio, se vieron a los ojos con sus rostros muy cerca.
No sintieron miedo ni vergüenza. Tampoco estupor.
No se sintió como si esa forma que tenían de mirarse a los ojos en ese preciso instante estuviera mal o prohibida, pero ambas coincidieron tácitamente en el hecho de que lo que sea que estuviesen sintiendo, era desconocido, fascinante, envolvente e intenso. Muy intenso.
La voz de Fiona entrando a la buhardilla y saludando las hizo dar un salto a las dos, reacción que vino acompañada del sonido descontrolado de todas las cuerdas de la guitarra.
El instrumento volvió a su estuche; las emociones de ellas, posiblemente, a donde debían estar y haciéndose las desentendidas, como si de verdad tuvieran algo que ocultarle a los demás, salieron de la habitación para saludar a la madre de Rowan, que se había detenido en la mesa del comedor a charlar con Emily y Rory, que en ese instante estaban estudiando.