Capítulo 20 #3
—Ten mucho cuidado —la ignoró—, porque si le llegas a hacer algo a mi hija para obligarla a mentir, te denunciaré, lo juro.
—Aquella mujer no se lo creía—. Y una cosa más…
Esta es mi última oferta: Universidad de Nuevo México —ella miró en los ojos de él un sentimiento que desconocía—.
Si Emily no va a la Universidad de Nuevo México, irá a parar al community college y eso…
¡Eso sí que te pesará! Es mi última palabra.
La soltó con brusquedad y Claire, como un gato hambriento que se ve descubierto en medio de un callejón al husmear en un tarro de basura, subió las escaleras verdaderamente huyendo.
Lo último que escuchó Lucas Harper por esa mañana fue el sonido de la puerta de la habitación que compartía con ella cerrarse como si la mitad de la casa allá arriba se hubiese venido abajo.
Respiró hondo. No sabía si la forma había sido la indicada, pero estaba seguro de algo: había cumplido su promesa.
II
El reloj, moviendo sus manecillas con pereza en la pared beige y monótona, marcaba las 12:19 cuando Daniel Ashford apareció en la oficina de Fiona Gallagher con la sonrisa que lo distinguía: genuina, sin prisa, cargada de expectativa contenida.
—¿Lista para conocer el lugar perfecto para afinar esos últimos detalles?
Ella alzó la mirada de cuanto estaba haciendo y correspondió a su gesto. El tono de él sugería que no tenía en mente el mismo café donde habían almorzado la vez anterior. Fiona guardó los documentos en los que había estado trabajando, tomó su abrigo y siguió al arquitecto hacia el estacionamiento.
El auto de Daniel era lo que habría esperado: elegante sin ser ostentoso, impecablemente limpio, clásico, pero a la vez con un toque juguetón que identificó de inmediato al ver unos dados de felpa que colgaban del retrovisor.
—Me los regaló Sarah en un Día del Padre —comentó al ver cómo Fiona los tomaba con la punta de sus dedos. El gesto de él la hizo reír—. Todo el que se sube al auto reacciona exactamente como usted.
—¿Y cómo se supone que reaccioné yo? —No quiso decirlo con coquetería, menos que menos con picardía, pero a juzgar por la forma como brillaron los ojos oscuros de Daniel Ashford, al parecer así se sintió y Fiona de inmediato se ruborizó un poco.
—Con ese gesto de incredulidad tan suyo… ¿Quiere que le confiese algo? —El auto ya se había puesto en movimiento.
—Por favor.
—Si no tuviera la profesión que tengo, si no me encargara de lo que me encargo, ¿sabe qué auto tendría?
—No lo puedo imaginar.
—Un camión de helados. —Fiona se echó a reír ante semejante confesión—.
Un camión de helados con un cono gigante de chocolate en el techo y recorrería las calles despacio, con la música del parlante encendida todo el tiempo para ver a los niños asomarse a las ventanas, a las personas salir de sus casas y a toda esa gente amontonarse alrededor de mi auto, con sonrisas golosas en sus caras, dispuestas a ser felices con algo tan simple como un helado.
La mujer a su lado estudió su perfil minuciosamente, como si contemplara a un niño de ocho años en el cuerpo de un hombre de casi cincuenta confesarle uno de sus mayores sueños.
Algunos querían ser pilotos, otros bomberos, la mayoría astronautas, pero Daniel Ashford quería conducir un camión de helados. Suspiró con ternura.
Mientras viajaban, él habló sobre el progreso de los documentos. No obstante, la forma en que conducía, con una previsión silenciosa, despertó una sincera curiosidad en ella sobre el lugar al que se dirigían.
El lugar al que la llevó era una pequeña casa de té ubicada en una esquina tranquila del centro histórico, el tipo de establecimiento que nada más los locales conocían y que había logrado mantener esa atmósfera de refugio urbano que hacía que las conversaciones importantes se sintieran naturales.
No era diferente del café donde habían estado antes, pero había una sutileza en la elección que comunicaba intimidad sin presión, cuidado sin pretensión.
Una vez sentados junto a la ventana que daba al jardín interior, Daniel pidió para ambos con naturalidad, evidente conocedor del lugar, aunque sin imponerse sobre sus preferencias.
—Bueno —dijo, inclinándose hacia delante una vez que llegaron sus bebidas—, tengo que confesarle que estoy emocionado por la presentación de mañana.
—¿Puedo saber por qué? —preguntó ella, notando cómo sus ojos se iluminaban cuando hablaba del proyecto.
—Porque creo que vamos a sorprender a la junta como no lo esperan —respondió—. No solo con datos técnicos o proyecciones financieras, sino con algo mucho más poderoso.
—¿Qué sería eso?
Daniel sonrió de esa manera que había aprendido a asociar con sus momentos de mayor creatividad profesional.
—Historias. Las historias que usted me ha estado contando.
La manera en que ese teatro ha estado conectando con su familia durante generaciones, cómo se ha convertido en un ancla cultural para toda la comunidad —hizo una pausa, estudiando su reacción—.
Cuando las personas entienden que no estamos hablando solo de preservar un edificio, sino de preservar el corazón emocional de un lugar, las decisiones se vuelven muy diferentes.
La forma en que se expresó le dio a Fiona la sensación de que él comprendía, a un nivel más profundo que el meramente profesional, la importancia del Harmony.
—¿Y cómo planea presentar esas historias?
—Ahí es donde viene la sorpresa —respondió, con un destello juguetón en la expresión que la hizo sonreír—.
Pero puedo adelantarle que involucra algunas de las anécdotas que me ha compartido sobre su bisabuelo, sobre las primeras funciones, sobre cómo el teatro se convirtió en hogar para su familia —tomó un sorbo de té y la observó con la atención plena que ella tanto valoraba—.
Sin embargo, para que esas historias cobren vida, necesito entender mejor algunos detalles.
Aspectos más personales de lo que el teatro ha significado para usted.
—¿Qué tipo de cosas?
—Por ejemplo —Daniel se acomodó en su silla, adoptando una postura de escucha activa que la hacía sentir como si fuera la única persona en el mundo—, ¿cuál es su primer recuerdo realmente vívido del teatro? No algo que le contaron, sino algo que usted experimentó .
La pregunta la tomó por sorpresa, no porque fuera difícil de responder, sino porque nadie se la había hecho antes de esa manera.
—Tenía cuatro años —comenzó, sintiendo cómo la memoria se aclaraba—. Era una noche de invierno y había una tormenta de nieve terrible. Mi padre estaba proyectando El mago de Oz y yo no podía dormir por el viento. Bajé de la buhardilla y me escondí en la última fila del auditorio.
Daniel asintió, absorto en la historia.
—¿Y qué pasó?
—La película llegó a la parte donde Dorothy abre la puerta y todo se vuelve de colores —Fiona sonrió al recordar— y en ese momento exacto, paró la tormenta.
El silencio fue tan súbito que toda la audiencia se volteó hacia el techo, pero yo me quedé mirando la pantalla, viendo ese mundo que acababa de transformarse de blanco y negro a tecnicolor, y pensé que mi padre tenía poderes mágicos.
—¿Porque había hecho que parara la tormenta?
—Porque había hecho que el mundo se volviera de colores justo cuando yo más lo necesitaba —respondió y se sorprendió de la emoción en su propia voz—. Durante años, cada vez que algo difícil pasaba en mi vida, volvía a esa butaca de la última fila y esperaba que la magia sucediera de nuevo.
Fiona recordó cuántas veces había ido a parar a esa silla en su niñez, en su adolescencia.
En su juventud temprana. Muy especialmente cuando Fernando Luna nunca más volvió.
¿Sabría ella que era la misma silla que Rowan ocupaba esa tarde cuando conoció a Índigo Harper durante una proyección de Spellbound ? Era de dudarse.
Daniel la miró durante un momento largo, deleitándose en todas las emociones silentes que se pasaron por su rostro y por sus ojos, que en un instante se volvieron acuosos.
¿Cuántas presentaciones ante la junta necesitaría para ir detrás de todos esos recuerdos que se le antojaron en ese preciso momento?
Supo que necesitaba excusas mejores. Cuando Fiona regresó de su corto viaje por el pasado y miró el rostro de Daniel Ashford, se sorprendió.
Su expresión hizo que ella sintiera que había entendido no solo la historia, sino por qué era importante.
—¿Y siguió sucediendo? ¿La magia?
—De diferentes maneras —admitió—. No siempre como lo esperaba, pero sí. El teatro siempre ha sido el lugar donde las cosas imposibles se vuelven posibles.
—Esa —dijo Daniel con convicción— es la historia que necesitaba escuchar.
Continuaron hablando durante casi una hora, Daniel haciendo preguntas que conseguían que ella compartiera recuerdos que no había revisitado en años: la primera vez que había operado el proyector, las noches de lluvia cuando se quedaba dormida escuchando el sonido en el techo del auditorio, cómo había conocido a Fernando en una función de medianoche que su padre había organizado para recaudar fondos.
La conversación fluía con una naturalidad íntima, como si se entendieran más allá de las palabras. Cada pregunta revelaba algo nuevo y el tiempo parecía diluirse, porque estar allí se sentía, simplemente, correcto.
Cuando Daniel consultó su reloj, Fiona se sorprendió de descubrir que habían estado hablando durante más de una hora.
—Tengo que confesarle algo —dijo él, adoptando una expresión más seria.
—¿De qué se trata?
—Esta mañana, cuando llegué al café donde estaba usted, la vi desde que entré — comenzó cuidadosamente— y no pude evitar darme cuenta de que estaba muy molesta con el hombre que la acompañaba.
Fiona sintió que algo se tensaba en su pecho, pero no había nada invasivo en el tono de Daniel.