Capítulo 20 #2
Lucas frunció el ceño. Ensimismado como estaba, podía escuchar esa extraña conversación que parecía en códigos, así como la voz radiante de Fiona, la misma mujer que hace solo unos minutos le estaba riñendo.
—No —aseguró con una sonrisa—. Ninguno.
—Excelente. Quiero afinar solo dos detalles más para la reunión de mañana… ¡Le va a encantar!
—No lo dudo.
—La veo después entonces… —Por fin bajó su mirada hacia Lucas y le tomó el hombro con respeto—.
¡Señor Harper! Me disculpo, no lo había reconocido antes —mintió.
Lucas alzó la mirada más por compromiso que por educación y su sonrisa fue incómoda.
Ambos sujetos se estrecharon las manos y el arquitecto por fin se marchó.
Fiona miró disimuladamente a Daniel Ashford alejarse y salir del café. Volvió a reparar en su reloj y le restaban cuatro minutos.
—Debo irme ya, señor Harper.
—¿A qué se refería ese sujeto cuando le dijo lo que le dijo? —Ahora Lucas parecía muy serio. Ya no lucía avergonzado. Ahora tenía el semblante de alguien a quien algo no le hace mucha gracia.
Fiona volteó a verlo abismada. Movió la cabeza con un asombro tal, que su cabello rojizo se abanicó un poco en el aire.
—¿Disculpe?
—¿Qué quiso decir con eso de las cosas que toman su curso y…? ¿Y todo lo demás?
Fiona se enderezó en la silla con una expresión muy seria. Se tomó sus segundos en responder.
—Rory. Hablaba de Rory, porque lo crea o no, señor Harper, mi hijo también está sufriendo con el circo de cinco plazas que hay ahora mismo en su casa.
Y ya que lo pregunta, le diré algo, no como su amiga, o como la potencial suegra de su hija, tampoco como la integrante de la familia que adora a esas niñas como si fuesen nuestras…
No. Le diré algo como madre: le exijo —Lucas palideció—.
Escúchelo bien: le exijo que aclare la situación en su casa hoy mismo.
Si Emily va a tomar una decisión que también afecta la felicidad y la tranquilidad de mi hijo, quiero que sea una decisión responsable e informada, porque lo crea o no; le parezca a su mujer un juego de niños, una distracción o no, esos dos jovencitos están planificando su futuro juntos y se merecen, por el respeto que les debemos, hacer sus planes sobre bases firmes, sobre la verdad y no sobre un castillo de naipes construido de presunciones y de vanidad —se puso de pie—.
Que tenga un buen día, señor Harper. Mucha suerte en la conversación que le espera con su esposa.
Fiona Gallagher se marchó.
Lucas volvió cuanto antes a la librería.
Cuando dobló en la esquina, notó con asombro que aún la cortina metálica estaba abajo e imaginó que Claire estaba en el mismo estado en el que la había dejado por la mañana cuando salió a dejar a las chicas en el colegio para que no caminaran por las calles de Willowbrook a merced del frío: postrada en su cama.
Dejó que la ancianita que le había sonreído desde la esquina terminara de cruzar y enfiló el SUV familiar hacia la cochera, donde lo estacionó.
Bajó del vehículo respirando profundamente, preparándose para lo que se le venía encima.
En el fondo de su corazón agradeció que su esposa siguiese hundida en su propia conmiseración.
Creyó que de ese modo sería más fácil hacerla entrar en razón, a diferencia de una mujer colmada de energía beligerante y obsesiva.
Atravesó el depósito, decidió que la apertura de la librería podía esperar unos minutos más y subió las escaleras.
Con pasos largos se encaminó a su habitación y su sorpresa fue singular al notar que la cama estaba hecha y que no había ni rastros de Claire.
La buscó en el baño, la cocina y en minutos recorrió toda la residencia de los Harper, sin éxito. ¿A dónde podría haber ido?
De algo podía estar seguro. A donde sea que se hubiese dirigido, no podía estar muy lejos, puesto que había ido a pie.
Bajó nuevamente y decidió que era mejor esperarla haciendo algo productivo que solo sentarse con cara pensativa en el sofá, y una vez comenzó a atender los asuntos propios de la librería, escuchó el inconfundible sonido de la portezuela de la cochera.
—Allí estás… —musitó sin alzar la vista del computador, donde verificaba algunos datos del inventario.
—¡Lucas! —La voz de Claire colmó todo el lugar y el marido sintió la diferencia. La amarga diferencia. Había pasado de una quietud apacible, de una soledad reconfortante, a la energía frenética que ella parecía traer consigo—. ¡Lucas, te tengo noticias!
Se detuvo apenas pasar la puerta del depósito y al verlo sentado al final del pasillo que estaba detrás del mostrador, no tuvo nada mejor que decir que un reproche:
—¿Por qué no has abierto aún la librería?
—No sé —dijo sin ánimos de más sermones.
Estaba harto. La acalorada conversación con Fiona Gallagher, por muy justificada que fuera, había sido suficiente por ese día.
Pensó en ese individuo de cabello blanco y traje elegante y eso sirvió para amargarlo aún más—.
Dímelo tú. En lugar de ir a la calle, pudiste haber abierto la tienda, ¿no?
Como sueles hacerlo casi todos los días mientras yo dejo a las chicas en la escuela.
—Tenía cosas más importantes que atender —se lo dijo con una sonrisa y caminó hacia él llevando papeles, carpetas de colores en las manos.
—Ah, vaya… —musitó, cínico—. Así que siempre se tratará de eso, ¿no? Las normas de la casa se aplican a todos, menos a ti… Así fue como le dijiste a Emily hace un par de noches, ¿no es verdad?
—No estoy para discusiones estúpidas justo ahora, Lucas. Estuve en busca de soluciones… —Volvió a agitar los papeles y él empezó a verlos con recelo—. ¡Soluciones!
—¿Soluciones?
—Sí. Fui al banco —su sonrisa era triunfal—. Pedí toda la información sobre los créditos estudiantiles y traje varias propuestas para que decidamos a cuál vamos a aplicar…
Pero Lucas no la dejó terminar. Se paró de la silla en la que estaba sentado de un solo movimiento y, por encima del mostrador, le arrancó de las manos el manojo de documentos a su esposa, quien vio, atónita, cómo los hacía pedazos al instante y los tiraba sin remordimiento en el tarro de la basura.
—¿Qué mierdas acabas de hacer?
—Se acabó, Claire.
—¡He estado buena parte de la mañana buscando esos papeles, entrevistándome con…!
—¡Me tiene sin cuidado con quién te hayas entrevistado! —gritó y ella enmudeció—. ¡Se acabó! ¡No! ¡No tomaremos ningún crédito, no pediremos dinero prestado a nadie más, no adquiriremos ninguna deuda para costear una universidad que no se ajusta a nuestro nivel de vida y esa es mi última palabra!
—¡Te volviste loco! —Lo acusó.
—¡No! ¡La única demente aquí eres tú! —Se defendió como pocas veces en su vida lo había hecho y salió de detrás del mostrador para encarar mejor a Claire, que palideció un poco al verlo moverse así—.
Si quieres tomar un crédito de cuarenta mil dólares para satisfacer tu maldita ambición, lo harás a tu nombre.
No permitiré que involucres nuestro negocio en esto, tampoco permitiré que me involucres a mí.
¡Esta vez no! —puntualizó con furia—. ¡No volverás a poner contra las cuerdas a nuestra familia por esa herida de tu infancia en la que, supuestamente, no pudiste demostrarle a los arrogantes de tus padres que eras suficiente, cuando es evidente que para ese par de imbéciles nadie, nadie es suficiente!
Así como alguna vez te dije que me haría cargo de la educación musical de Indie, con éxito, ahora mismo te digo que el que se hará responsable de la educación universitaria de Emily seré yo.
Ya no tienes ni voz ni voto en este asunto.
—Lucas…
—¡No! ¡No quiero escucharte! ¡Lo único que quiero oír de tus labios es la explicación que le darás esta noche a tu hija cuando le cuentes que no podemos, que nunca pudimos, costear una matrícula en Berkeley, menos que menos su manutención en California!
Esta noche le darás la cara a toda la familia y muy especialmente a tu hija y le dirás toda la verdad.
—¿Te volviste loco? —Reaccionó como una frenética—. ¡Si Emily se entera de que no tenemos los recursos, no irá a Berkeley! ¡Pero sí los tendremos! —aseguró como si de verdad estuviese fuera de sí—. ¡Sí los conseguiremos! ¡Hay créditos, Lucas! ¡Hay opciones que…!
—¡No más créditos! —Volvió a gritar y lo que siguió a continuación fue un silencio sordo en toda la librería.
Un silencio que ni siquiera el Kit-Cat Klock tuvo el valor de desafiar—.
No comprometeré la economía de la familia, en especial cuando Emily tiene una beca parcial asegurada en la Universidad de Nuevo México, que nos saldrá considerablemente más económica que cualquier otra opción que consideremos.
—¡No lo permitiré!
—¡Lo permitirás, claro que sí, y te diré por qué!
¡Índigo lo sabe todo! —Claire palideció un poco más y sus ojos se movieron de un lado a otro como si por un instante hubiese enloquecido—.
¡Índigo escuchó, aterrada, toda la mierda que se dijeron tú y tus padres allá arriba en la desafortunada visita de ayer y ahora mismo, que está sola en el colegio con su hermana, puede haberle dicho todo! ¿Me oyes? ¡Todo!
—¡Lucas! —Sintió que le faltaba el aire—. ¿Cómo permitiste que…?
—¿Qué? —replicó al instante a la defensiva—. ¿Cómo permití que tú y tus padres se gritaran hasta que sus reproches se escucharan a media cuadra de distancia? ¿O cómo permití que metieras a toda la familia en esto?
—¿Cómo permitiste que Indie se enterara? ¡Debiste haberla amenazado!
—¿Amenazado? —No se lo creía—. ¿Amenazar a mi hija por ocultar una verdad? ¿Amenazar a mi hija para obligarla con eso a mentir y encubrir un hecho que además puede cambiar la vida de su hermana y de la familia para siempre?
—Si Indie habla, le va a pesar… —dijo para sí misma.
Lucas la tomó por el brazo con una fuerza inimaginada y la sacudió un par de veces. Claire pareció reaccionar por un segundo.
—Ten mucho cuidado, Claire …
—Lucas… —Se quejó de dolor—. Me… Me haces daño, Lucas…