Capítulo 18 #6
Las ruedas de la bicicleta crujían sobre la fina capa de nieve que cubría el asfalto, creando un ritmo constante que contrastaba con los latidos erráticos de su corazón.
Cada pedaleada la acercaba más al Harmony Theatre, y con cada metro que avanzaba, Emily sentía que se alejaba más de la versión de sí misma que había sido hasta esa mañana.
No había podido comer en todo el día. No había podido concentrarse en la tarea de historia que tenía pendiente, ni en la novela que llevaba semanas tratando de terminar.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el cursor parpadeando sobre las palabras que había escrito la noche anterior, palabras que ahora parecían haber sido escritas por una extraña.
Me dirijo a ustedes para confirmar formalmente mi aceptación de la plaza que me han ofrecido para el semestre de otoño 2008.
Formalmente. Como si hubiera algo formal en destrozar el corazón de la persona que más amaba en el mundo.
Cuando llegó al teatro, Emily se detuvo por un momento frente a la fachada victoriana, encontrando la reja de entrada a medio cerrar para evitar que entrara alguien más al recinto.
Sabía que Rory estaría encargándose de limpiar después de la última función nocturna.
Los domingos por la noche, después de que los pocos que acudían al Harmony en invierno se marchaban, Rory se quedaba para asegurarse de que todo estuviera en orden para la semana siguiente.
Era una de esas responsabilidades silenciosas que había asumido sin que nadie se lo pidiera, una de las mil pequeñas formas en que demostraba su cuidado por las cosas y las personas que importaban.
Emily entró al lobby con su bicicleta y la dejó apoyada contra una pared, encaminándose a la sala. Sus pasos sonaron amplificados en el silencio de Harmony Theatre, como si incluso ese lugar entendiera la importancia de lo que estaba a punto de suceder.
La chica apartó la cortina espesa que velaba la entrada al patio inferior del cine y se deslizó al interior, donde el aroma familiar de madera antigua y terciopelo la recibió como un abrazo melancólico.
El teatro tenía la calidad de los espacios que acababan de ser vaciados de voces humanas: no silencioso, sino lleno de ecos de la vida que había contenido durante las últimas horas.
Pudo escuchar el sonido suave de pasos y el roce ocasional de una escoba contra el piso de madera del auditorio principal.
Caminó por el pasillo que conocía de memoria, sus pisadas amortiguadas por la alfombra roja que había sido instalada décadas antes y que había presenciado innumerables dramas, tanto en el escenario como en las vidas de quienes habían caminado sobre ella.
Cuando llegó al umbral del auditorio, Emily se detuvo y observó.
Rory estaba en el escenario, moviéndose con una gracia casi inconsciente, fruto de años de trabajo físico.
Llevaba jeans desgastados y una camiseta de manga larga gris que se ajustaba a su torso, ahora más ancho y definido que cuando se habían conocido dos años atrás, moldeado por las prácticas de waterpolo .
Su cabello rojizo brillaba bajo las luces mientras barría con cuidado cada rincón.
Su serena concentración hablaba de alguien que encontraba satisfacción genuina en el trabajo bien hecho.
Emily sintió una oleada de amor tan intensa que tuvo que apoyarse contra el brazo de una butaca para mantener el equilibrio.
Pensó en Beppo Barrendero, el personaje de Momo , la novela de Michael Ende, y sintió que podría echarse a llorar ahora mismo.
Este era el hombre que había reorganizado toda su vida alrededor de la posibilidad de estar cerca de ella.
El hombre que se había levantado antes del amanecer durante meses para estudiar antes de ir a trabajar, determinado a conseguir las calificaciones necesarias para la transferencia a UNM.
El hombre que había leído libros que no le interesaban porque quería poder hablar con ella sobre las cosas que la apasionaban y ahora ella estaba a punto de decirle que todo ese esfuerzo, toda esa esperanza construida, había sido en vano.
—Rory —dijo suavemente, su voz apenas un susurro en la acústica perfecta del teatro.
Él se volvió al instante y, cuando la vio, su rostro se encendió con la sonrisa que guardaba solo para ella. Esa sonrisa que la hacía sentir única, como si en ese momento no existiera nada más digno de su mirada.
—Em —dijo, dejando la escoba apoyada contra un costado—. ¿Qué haces aquí? Está helando afuera.
Se acercó al borde del escenario y saltó al piso del auditorio, caminando hacia ella feliz de verla, como si su simple presencia hiciera que todo en su mundo se acomodara en su lugar correcto.
—Necesitaba verte —dijo Emily, y su voz hizo que Rory se detuviera a medio camino, su expresión cambiando de alegría a preocupación.
—¿Está todo bien? Te ves… —Sus ojos la estudiaron, notando las señales que había aprendido a leer durante más de un año de amarla—. ¿Pasó algo?
Emily respiró, tratando de encontrar las palabras que había estado ensayando durante todo el día, pero que ahora se sentían inadecuadas, demasiado pequeñas para contener todo lo que necesitaba decir.
—Tomé una decisión —comenzó y vio cómo algo cambiaba en la expresión de Rory. No alarma, sino una especie de preparación cautelosa, como si su cuerpo entendiera antes que su mente consciente lo que estaba a punto de escuchar.
—¿Sobre qué? —preguntó, aunque Emily sospechaba que ya lo sabía.
—Sobre Berkeley .
El silencio que siguió se extendió entre ellos como una cuerda tensa.
Rory se quedó inmóvil por un momento que se sintió eterno y Emily pudo ver cómo procesaba las implicaciones de esas dos palabras.
No había necesidad de elaborar; ambos sabían que si había venido hasta aquí en una noche de invierno para hablar sobre Berkeley, solo podía significar una cosa.
—Vas a ir —no era una pregunta.
—Sí —susurró Emily. Esa sola palabra se sintió como una traición y una liberación al mismo tiempo.
Rory asintió, sus ojos alejándose de los de ella desde que había entrado al teatro.
Emily lo vio luchar por un momento, vio pasar por su rostro una serie de emociones que incluían dolor, decepción y algo que se parecía peligrosamente a la desesperación, pero entonces, como si estuviera tomando una decisión consciente sobre qué tipo de hombre quería ser en este momento, su expresión se transformó.
Recordó las sabias palabras de su madre y su expresión fue distinta.
Cuando volvió a mirarla, sus ojos reflejaban otra emoción.
No alegría, porque eso habría sido imposible, pero sí una especie de determinación que Emily reconoció.
Era la misma expresión que ponía cuando enfrentaba tareas difíciles en el trabajo, cuando se comprometía a hacer algo bien sin importar cuánto le costara.
—Berkeley es… Berkeley es una oportunidad increíble, Em —dijo y su voz era controlada—. Es exactamente donde deberías estar.
Las palabras la golpearon con una fuerza que no había anticipado.
No era lo que había esperado escuchar. Había venido preparada para lágrimas, para reproches, para la clase de conversación dolorosa donde ambos dirían cosas de las que se arrepentirían después.
No había venido preparada para esta generosidad, para esta gracia que trascendía su propio dolor.
—Rory, no tienes que… —comenzó, pero él la interrumpió.
—Sí tengo que —dijo—. Tengo que decirte que estoy orgulloso de ti. Que siempre supe que eras demasiado extraordinaria para quedarte en Willowbrook para siempre.
Emily sintió lágrimas acumulándose en sus ojos, pero no las de alivio que había esperado.
Lágrimas de algo más complejo, más doloroso, porque en ese momento entendió lo que estaba presenciando: estaba viendo a Rory elegir ser el hombre que su madre había esperado que fuera, el hombre que celebraba el éxito de la persona que amaba incluso cuando ese éxito significaba perderla.
—¿Cómo puedes decir eso? —susurró—. ¿Cómo puedes estar feliz por mí cuando esto significa…?