No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 18 #2
60%

Capítulo 18 #2

El almuerzo continuó envuelto en la comodidad serena de las celebraciones familiares logradas, donde cada conversación encontraba su cauce sin esfuerzo y el tiempo parecía ceder, permitiéndoles permanecer un poco más dentro de ese instante.

Pero no fue el bajo el único regalo que llegaría a las manos de Rowan ese día.

Los abuelos y su hermano también habían preparado algo especial para ella.

Pops le obsequió un libro con una colección de partituras de piezas clásicas del cine adaptadas para ser interpretadas en guitarra.

Moira una pequeña caja de música, definitivamente más tradicional, le parecía un obsequio delicado para una niña que ya se hace toda una señorita, y Rory…

—¿Qué es esto? —dijo con un gesto que hizo reír a todos. A simple vista parecía un cinturón, pero no se semejaba a ningún otro que hubiese visto.

—Te diré… —Su hermano ya le sonreía con una picardía irresistible—.

Cuando mamá trajo el bajo, yo fui el primero en verlo, porque me pidió que le echara una mano cambiándole las cuerdas.

Me pareció también que la correa estaba un poco desgastada, así que compré esta para ti —tenía detalles púrpura, su color favorito.

La niña miró boquiabierta el listón y Rory se puso de pie para buscar el bajo, sacarlo de su estuche ante la atenta supervisión de su hermana y reemplazar la correa original que, además de estar un poco desgastada y pasada de moda, no tenía nada que ver con ella.

—¡Listo!

—¡Fantástico! —Y se lo colgó de los hombros menudos, aunque se tambaleó un poquito.

—Rory —pidió la madre aún en la mesa, disfrutando de lo poco que quedaba de postre—, ya que estás allí, ¿podrías ayudarla a conectarlo y explicarle cómo se hace?

—¡Claro! —Y los ojos ávidos de Rowan no le perdieron ni pie ni pisada a las manos del hermano y a todo lo que hacía para lograr que su bajo hablara .

Cuando sonó el timbre de la entrada del teatro a las 15:03, Rowan estaba en la buhardilla experimentando con las primeras notas del bajo eléctrico, con Fiona sentada a su lado observando con curiosidad cuanto hacía.

El sonido era diferente al del contrabajo: más inmediato, más definido, con una capacidad de sostener notas que parecía expandir las posibilidades musicales como una sorpresa que apenas estaba comenzando a entender.

—Deben ser los Harper —dijo Cormac, dirigiéndose hacia la escalera que bajaba a la cochera—. Lucas dijo que vendrían después del almuerzo para celebrar contigo.

Rowan dejó el bajo en su soporte y siguió a su abuelo, con la emoción de compartir su regalo nuevo compitiendo con la expectativa de ver a Indie y mostrarle todo lo que había estado descubriendo .

Cuando Cormac abrió la portezuela lateral, encontró no solo a Lucas, sino también a Emily e Indie, los tres cargando paquetes envueltos en papel de colores brillantes y con las sonrisas que acompañan las visitas de cumpleaños.

—¡Feliz cumpleaños! —gritó Indie, saltando hacia Rowan con un abrazo que amenazaba con derribar a ambas niñas.

—¡Indie! —Rowan la abrazó de vuelta, sintiendo esa felicidad pura proveniente de compartir momentos importantes con la persona que más la entendía en el mundo.

Subieron a la buhardilla con la energía que únicamente puedes tener en la adolescencia y los Harper se acomodaron en casa, con las atenciones de Moira facilitando las cosas para que se sintieran a gusto, pero fue entonces cuando Cormac notó algo que hizo que su expresión se volviera más observadora.

Emily y Rory se habían saludado con gestos casuales, propios de las parejas jóvenes que intentan no delatarse frente a los adultos, pero la forma en que se movían el uno alrededor del otro; en cómo Emily ajustó su postura cuando Rory se acercó; en cómo él se colocó, casi sin pensarlo, lo suficientemente cerca como para rozar su brazo al pasar…

Pops había visto suficientes romances en su vida, tanto en las pantallas de su teatro como en la vida real, para reconocer el lenguaje corporal de dos personas que habían cruzado el umbral de la intimidad física.

Era sutil, pero inequívoco: la forma en que se conocían mutuamente el espacio personal, la manera en que sus cuerpos se comunicaban sin palabras, esa energía que surge entre personas que han descubierto la geografía del amor físico.

Se acercó con discreción a Fiona, que luego de intercambiar un saludo con Lucas se había retirado a la cocina para traer unas bebidas mientras Moira servía el postre para la visita.

—Estas golondrinas ya están anidando —le susurró al oído con una sonrisa pícara bailándole en los labios.

Fiona siguió la dirección de su mirada y observó por un momento a Emily y Rory, notando lo mismo que había captado la atención de su padre: esa intimidad inconsciente que habla de barreras derribadas, de territorio explorado, de una relación que había evolucionado hacia la adultez física.

—Lo sé —susurró de vuelta—. Hace mucho que lo sé.

Cormac la miró con sorpresa genuina.

—¿Interrogaste a Rory?

—No fue necesario —respondió Fiona, observando cómo su hijo ayudaba a Emily con su abrigo con una gentileza que trascendía la simple cortesía—.

Me basta con ver más allá de lo evidente.

Las parejas tienen un lenguaje corporal, después de que han consumado su amor, que es inexplicable, pero a la vez está a la vista.

Es como una comprensión distinta de sus cuerpos, ya conocidos, como una energía diferente al comunicarse.

Era una observación tan perspicaz que Cormac sintió una punzada de orgullo por la sabiduría de su hija, mezclada con preocupación por las implicaciones futuras.

—Claire Harper no soportará esto —murmuró y dirigió de nuevo la mirada hacia su nieto, justo ahora, solo tenía ojos para su novia—. Son el uno para el otro, querida, y eso no hay nada en el mundo que lo cambie.

Fiona asintió, compartiendo la misma preocupación.

—Lo sé. Y por eso me preocupa más lo que pueda pasar cuando decida darse por enterada .

—¿Crees que ya lo sabe? —La miró con curiosidad.

—Rory y Emily no pasan tanto tiempo en la librería con los Harper como aquí, con nosotros. Me atrevería a decir que los Gallagher son su lugar seguro, pero… Así como yo lo noté en mi hijo, ella podría verlo en la suya, ¿no? —Se miraron a los ojos.

—A veces creo que le das mucho crédito a esa mujer.

—Sea como sea, tiene un olfato innato para entrometerse, así que…

Cormac la tranquilizó con una sonrisa paternal que combinaba comprensión con determinación.

—Quiero que sepas que desde que Rory era muy joven me tomé ciertas atribuciones y, si de algo me he encargado en todos estos años, es en hacer de mi nieto un caballero considerado y responsable —ya Fiona sonreía agradecida—.

No tengo detalles, porque Rory es elegantemente discreto y no expondría su intimidad con Emily ante nadie, por nada, pero te doy fe de que la cuida como si fuese una pieza delicadísima de cristal.

—Lo sé —respondió Fiona con orgullo maternal—. Es imposible ver a esos dos juntos y no entender que hay amor genuino, respeto mutuo y cuidado real.

Cormac dirigió su mirada hacia Lucas, que parecía ajeno a las dinámicas que se desarrollaban frente a él, ocupado en cambio en explicarle algo a Moira sobre un libro que había traído como regalo adicional.

—Aunque debo decir —añadió Pops con ese humor seco tan suyo que hizo reír a Fiona a los susurros— que el padre parece haber decidido sumergirse en un submarino. ¿No será que no se da cuenta de nada o está tan sobrepasado por los hechos que prefiere evitar la realidad?

Fiona siguió su mirada y confirmó sus sospechas acerca de la tendencia de los Harper a manejar situaciones complejas con evasión elegante.

—Los Harper tienen una capacidad notable para no ver lo que no quieren ver —observó—. Es como si hubieran perfeccionado el arte de la negación educada.

—Bueno —concluyó Cormac con una sonrisa—, al menos eso significa que nuestros jóvenes tortolitos tendrán paz por un tiempo más. Aunque la realidad tiene una manera de imponerse, sin importar cuánto la evites.

Mientras tanto, Indie había comenzado a bombardear a Rowan con preguntas sobre el bajo eléctrico, su entusiasmo genuino por el regalo de su amiga llenaba toda la buhardilla con su energía contagiosa, la misma que caracterizaba todas sus interacciones.

—¡Tienes que tocar algo! —insistía—. ¡Tienes que mostrarme cómo suena diferente!

—Todavía estoy aprendiendo lo básico —protestó Rowan, pero su sonrisa traicionaba su propia emoción por compartir su nueva aventura musical.

Con el té servido y los regalos adicionales abiertos (un libro de técnicas de bajo de Emily, partituras contemporáneas de Lucas y un hermoso soporte para el nuevo instrumento de parte de Indie), llegó el momento que Rowan había estado anticipando con nerviosismo y emoción.

—¿Quieren escuchar algo? —preguntó, dirigiéndose hacia donde tenía el contrabajo en su lugar habitual—. No con el bajo eléctrico todavía, porque apenas me lo dieron hoy, pero… tengo algo que Indie y yo hemos estado preparando.

Era la primera vez que mencionaba la existencia de un proyecto musical secreto y todas las miradas se concentraron en las dos niñas con interés renovado.

—¿Algo que han estado preparando? —preguntó Emily con curiosidad genuina .

—Es una pieza contemporánea —explicó Indie, caminando hacia el piano vertical que ocupaba la esquina de la buhardilla—. Algo que nos gusta mucho y que pensamos que… que podría sonar hermoso con contrabajo y piano.

Rowan había tomado su contrabajo y lo estaba ajustando con los movimientos precisos que había perfeccionado durante tres años de práctica diaria.

—¿Qué pieza es? —preguntó Lucas con interés genuino.

Las dos niñas intercambiaron una mirada que contenía casi tres años de complicidad musical y comprensión mutua.

—Se llama Comptine d’un autre été —dijo Rowan—. Es de la banda sonora de esa película francesa.

— Amélie —añadió Indie—. La hemos estado practicando en el conservatorio y desde que la oímos por primera vez, supimos que tenía que ser nuestra.