No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

I

Esa mañana de domingo Rowan despertó con la sensación única que solo llega una vez al año: la certeza de que el día le pertenecía.

A los doce años, ya no era la niña que saltaba de la cama gritando: «¡Es mi cumpleaños!

» Pero el silencio de la casa se sentía cargado de expectativa y eso la hizo sonreír antes de abrir los ojos.

Desde la cocina llegaba el sonido familiar de Moira preparando el desayuno dominical especial, ese ritual que la abuela irlandesa había mantenido intacto durante décadas y que incluía panqueques de buttermilk , tocino crujiente y el café más aromático que existía en todo Willowbrook.

Pero hoy había algo más: el aroma profundo y complejo del guiso que solo emergía en ocasiones extraordinarias, el mismo que había perfumado cada cumpleaños de Rowan desde que tenía memoria.

Se levantó, estirándose como un gato perezoso, y se dirigió hacia la ventana.

Willowbrook se extendía bajo la luz dorada del domingo, tranquilo y hermoso, con las montañas distantes enmarcando la ciudad como si fuera una postal.

En algún lugar de esas calles estaba Indie, probablemente también despertando con la emoción de saber que era el cumpleaños de su mejor amiga.

—¡Feliz cumpleaños, mi amor!

La voz de Fiona desde la puerta de su habitación la hizo volverse. Su madre estaba allí con una sonrisa que combinaba todo el amor maternal del mundo con algo más, algo que parecía excitación apenas contenida.

—Gracias, mamá. —Rowan la abrazó y creyó intuir cómo su madre estaba memorizando el momento.

—¿Cómo se siente tener doce años? —preguntó Fiona, apartándose para estudiar el rostro de su hija.

—Se siente más serio —admitió Rowan con honestidad—. Como si fuera una persona diferente a la de ayer.

Fiona asintió, entendiendo lo que su hija quería decir. Los cumpleaños a los doce años eran umbrales genuinos, no solo celebraciones.

—Hay algo que quiero darte antes del desayuno —dijo, y Rowan notó cómo la voz de su madre se había vuelto más cuidadosa, más significativa—. Algo que he estado pensando desde nuestra conversación de hace unos días.

El corazón de Rowan se aceleró. ¿Sería posible…?

—Primero, necesito que entiendas algo —continuó Fiona, adoptando ese tono que usaba cuando quería asegurarse de que sus palabras fueran comprendidas—. Lo que voy a darte no es nuevo. No pude permitirme algo nuevo, al menos no por ahora.

Rowan sintió una punzada de desilusión que trató de no mostrar en su rostro, pero Fiona la conocía demasiado bien.

—Pero —añadió rápidamente—, a veces las cosas que han sido amadas por otros tienen una magia que las cosas nuevas no poseen. A veces llevan historias dentro de ellas.

Fue entonces cuando Rowan notó el estuche que estaba apoyado contra la pared del pasillo, oculto detrás de la puerta. Era negro, más delgado que el del contrabajo, parecía de un material resistente, como la lona, y se veía impecable. A sus pies, reposaba un amplificador pequeño.

—Mamá… —susurró, apenas atreviéndose a completar el pensamiento.

—El señor Jenkins, el profesor de música de tu colegio que se jubiló el año pasado, tenía un bajo eléctrico que apenas usaba —explicó Fiona, caminando hacia el estuche—.

Cuando se enteró de que una de sus antiguas estudiantes necesitaba uno, insistió en vendérmelo por una fracción de su valor real.

Dijo que prefería que fuera a manos de alguien que lo iba a amar de verdad.

Rowan se quedó inmóvil, procesando las palabras de su madre. Un bajo eléctrico. Un bajo eléctrico real, en su casa, para ella.

—¿Puedo…? —comenzó, pero su voz se quebró ligeramente.

—Es tuyo. Feliz cumpleaños, mi música.

Cuando Rowan abrió el estuche, lo que encontró fue más hermoso de lo que había imaginado.

El bajo era de un color azul profundo que capturaba la luz matutina como el agua, con cuatro cuerdas que prometían mundos sonoros nuevos.

No era perfecto; había pequeños rasguños imperceptibles que hablaban de años de uso cariñoso, pero eso solo lo hacía más real, más auténtico.

—Es perfecto —murmuró, pasando los dedos sobre las cuerdas—. Mamá, es absolutamente perfecto.

Y lo era. No porque fuera nuevo o caro, sino porque representaba todo lo que había soñado: la transición del mundo clásico al contemporáneo, la conexión con la música de su padre, la posibilidad de explorar sonidos que ni siquiera sabía que existían.

—Después del almuerzo te enseño lo básico —prometió Fiona, refiriéndose a asuntos técnicos, como que el instrumento debía conectarse al amplificador para que funcionara y cuán cuidadosa debía ser con este aparato, porque con respecto a lo musical, la madre no tenía ni la más mínima idea de nada—.

El señor Abernathy ya sabe que vas a empezar a experimentar con él, de hecho, él fue el que me sugirió que hablara con el señor Jenkins. Está muy entusiasmado.

La niña cargó el instrumento y le sorprendió que fuera macizo, firme.

No tan pesado como su contrabajo, pero sí con más presencia que la guitarra.

Lo contempló como hipnotizada por minutos y minutos.

Jugó con el diapasón e intentó tocar algunas cuerdas, desde luego mudas, y giró con timidez las perillas inferiores, preguntándose para qué servirían.

Rowan devolvió su bajo a su sitio, cerró el estuche y se volvió hacia su madre con lágrimas en los ojos que no eran de tristeza, sino de una gratitud tan profunda que no tenía palabras para expresarla.

—Te amo —dijo, y en esas dos palabras estaba contenido todo: su agradecimiento por el sacrificio económico que sabía que el regalo representaba, su emoción por las posibilidades musicales que se abrían ante ella y su comprensión de que su madre había encontrado una manera de darle lo que necesitaba, incluso cuando parecía imposible.

El almuerzo de cumpleaños de Moira era una obra de arte culinaria que había perfeccionado a lo largo de décadas.

La mesa principal de la buhardilla estaba cubierta con el mantel de encaje de la bisabuela, que solo salía en ocasiones especiales, y sobre él se desplegaba una sinfonía de aromas y sabores que convertían cualquier día ordinario en una celebración.

El guiso irlandés era el centro de todo: carne tierna cocida con papas, zanahorias y cebollas en un caldo que había sido perfeccionado receta por receta durante tres generaciones de mujeres Gallagher.

Junto a él, el pan de soda irlandés recién horneado esperaba ser partido, con una corteza dorada que crujía al tacto y un interior suave que se deshacía en la boca.

—Cada año me pregunto cómo logras que sepa exactamente igual —dijo Cormac, inhalando el aroma que llenaba la buhardilla mientras se sentaba en su lugar habitual en la cabecera de la mesa.

—Los secretos culinarios irlandeses no se revelan así nomás —respondió Moira con una sonrisa conspiratoria—. Además, hay ingredientes que no se pueden medir.

—¿Como cuáles? —preguntó Rowan, curiosa.

—Como el amor, la tradición y la certeza de que este guiso ha alimentado a generaciones de Gallagher antes que tú —Moira sirvió una porción generosa en el plato de la cumpleañera—. Y la esperanza de que alimentará a generaciones después de ti.

Aquella conversación era la típica de los cumpleaños, cuando la familia se permitía hablar de continuidad, de legado, de la manera en que los pequeños rituales crean los hilos que conectan el pasado con el futuro.

Rory había salido de su habitación con el cabello aún húmedo de la ducha. Llevaba la camisa gris que Rowan había mencionado que le gustaba, ese tipo de detalle que demostraba cómo la familia Gallagher prestaba atención a las pequeñas cosas que importaban.

—¿Ya viste tu regalo? —preguntó, sentándose junto a ella con un gesto que combinaba orgullo fraternal con genuina curiosidad.

—Es increíble. Es lo que necesitaba, pero más que eso… se siente como si hubiera estado esperándome.

Fiona intercambió una mirada con Cormac por encima de la mesa. Era la reacción que habían esperado, pero escucharla expresada con tanta claridad los tranquilizó.

—¿Vas a extrañar el contrabajo? —preguntó Moira mientras pasaba el pan de soda.

Rowan consideró la pregunta con expresión seria, masticando un trozo del guiso de su abuela.

—No creo que se trate de extrañarlo. Creo que se trata de llevarlo conmigo. Lo que aprendí con el contrabajo, todo lo que el señor Abernathy me enseñó, toda la música que Indie y yo hemos creado juntas… eso no desaparece porque ahora tenga también un bajo eléctrico.

—Es como aprender un segundo idioma —añadió Rory con comprensión—. No olvidas el primero; solo tienes más formas de expresarte.

Era una analogía perfecta, y Rowan asintió agradecida de que su hermano mayor hubiera encontrado las palabras para algo que ella había estado sintiendo, pero no sabía cómo explicar.

—Además —continuó Cormac—, los mejores músicos siempre han sido políglotas musicales. Tu padre tocaba guitarra, pero también sabía piano. Charlie Chaplin componía música además de hacer películas. La creatividad no tiene límites artificiales.

La mención de Fernando cayó con naturalidad en la conversación, sin la incomodidad que a veces acompañaba las referencias al padre ausente. En los cumpleaños de Rowan, Fernando era una presencia bienvenida, una parte de la historia familiar que añadía profundidad en lugar de dolor.

—¿Crees que a él le habría gustado que aprenda bajo eléctrico? —preguntó Rowan, una duda que había estado en su mente, pero que no se había atrevido a hacer hasta ahora.

—Creo —dijo Fiona con un nudo en la garganta— que a él le habría encantado escucharte tocar cualquier cosa, pero en especial le habría gustado verte explorar, experimentar, encontrar tu propia voz musical.

—Era ese tipo de persona —añadió Moira—. Nunca le interesó que las cosas se hicieran como siempre se habían hecho. Le interesaba que se hicieran con pasión y autenticidad.