No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

Durante un momento que se sintió suspendido en el tiempo, Daniel permaneció inmóvil, como si estuviera esperando confirmación de algo que no estaba seguro de haber escuchado. Luego, tan súbitamente como habían comenzado, los sonidos cesaron.

El arquitecto se volvió hacia Cormac con una expresión que combinaba diversión con genuina perplejidad.

—¿Señor Gallagher, tendría la amabilidad de decirme si su teatro está habitado por espíritus particularmente juguetones?

Cormac sintió que una sonrisa se extendía por su rostro a pesar de la seriedad de la situación.

—¿Por qué lo pregunta?

—Porque acabo de escuchar lo que sonaba como pequeños pasos y susurros viniendo de dentro de esa pared —Daniel señaló el lugar donde Cormac sabía que estaba el lugar predilecto de las palomas para anidar— y a menos que este edificio tenga pasajes ocultos y un par de duendes residentes, no tengo explicación para lo que acabamos de presenciar.

La risa que brotó de Cormac fue genuina y cálida, colmada de una alegría que solo surge cuando alguien hace una observación tan acertada que no queda más opción que apreciar la ironía.

—Señor Ashford —dijo, con los ojos brillando de diversión—, ¿qué teatro que se precie de serlo no tendría uno que otro duende ?

—¿Duendes? —Davies los miró como si ambos hombres hubieran perdido la razón.

—Duendes —confirmó Daniel, aunque Cormac pudo ver que estaba luchando por contener una sonrisa—. Por supuesto. ¿Cómo pude ser tan tonto como para no considerarlo?

—Los duendes de teatro son conocidos por ser particularmente protectores de sus dominios —continuó Cormac, entrando en el juego—. En especial cuando perciben amenazas a su hogar.

—¿Y supongo que estos duendes tienen una opinión sobre las propuestas de desarrollo comercial?

—Oh, absolutamente. Los duendes tienen gustos muy sofisticados en cuanto a arquitectura. Prefieren el hierro forjado victoriano a los centros comerciales modernos.

Daniel asintió con seriedad fingida.

—Eso explica mucho. En mi experiencia profesional, he descubierto que es siempre una buena señal cuando los duendes residentes aprueban un proyecto de preservación.

Davies los miraba como si no estuviera segura de si esto era parte de algún ritual de evaluación patrimonial que desconocía, pero antes de que pudiera comentar, Daniel había retomado su inspección profesional.

—¿Podríamos ver los sistemas mecánicos? —preguntó—. Calefacción, eléctrico, plomería. Necesito entender qué tipo de modernizaciones serían necesarias para cumplir con los códigos actuales.

Mientras descendían hacia los niveles inferiores del teatro, Cormac sintió que algo fundamental había cambiado en la dinámica de la visita.

Ya no se sentía como si estuviera siendo evaluado para una posible sentencia de demolición.

Se sentía como si estuviera compartiendo algo precioso con alguien que tenía la capacidad de protegerlo.

En el sótano, Daniel se movía entre las tuberías y los sistemas eléctricos con la familiaridad de alguien que había pasado tiempo en los intestinos de edificios antiguos.

Hacía preguntas específicas sobre la antigüedad del cableado, la eficiencia del sistema de calefacción, la integridad de la plomería, pero lo hacía con el aire de alguien que estaba buscando soluciones, no problemas.

—La infraestructura está en mejor estado de lo que esperaba —comentó después de examinar la caldera—. Con algunas modernizaciones estratégicas, este lugar podría operar durante otros cincuenta años.

—¿Qué tipo de presupuesto estaríamos considerando para esas modernizaciones? —preguntó Davies.

Daniel se enderezó, limpiándose las manos con un pañuelo que había sacado del bolsillo interior de su blazer.

—Esa es una pregunta compleja —dijo—. Depende de cuán ambiciosos queramos ser.

Una renovación básica para cumplir códigos y mejorar eficiencia, tal vez cuarenta a sesenta mil dólares.

Una restauración completa que devuelva este lugar a su gloria original y lo posicione como un destino cultural regional... eso sería una inversión mayor.

—¿Cuánto mayor? —insistió Davies.

—Entre doscientos y trescientos mil —respondió Daniel sin vacilar—, pero también estaríamos hablando de un retorno de inversión diferente. Un teatro completamente restaurado podría generar ingresos anuales de cien mil dólares o más, sin contar el impacto económico indirecto en el área circundante .

Cormac sintió que algo se contraía en su pecho. Trescientos mil dólares. Era una suma que estaba tan lejos de las posibilidades económicas de su familia que podría haber estado hablando en una moneda extranjera, pero Daniel pareció notar su expresión, porque añadió:

—Por supuesto, un proyecto de esa magnitud nunca sería financiado privadamente.

Estaríamos hablando de una combinación de fondos federales para preservación histórica, subvenciones estatales para desarrollo cultural, posibles asociaciones público-privadas, tal vez incluso crowdfunding comunitario.

Hay maneras de hacer que estos proyectos sucedan cuando hay voluntad política y comunitaria suficiente.

Davies había estado tomando notas durante todo el intercambio.

—¿Y usted estaría dispuesto a ayudar a coordinar algo así?

—Concejal Davies —Daniel se volvió hacia ella con una sonrisa que combinaba profesionalismo con algo más personal—, este es el tipo de proyecto por el que me metí en este negocio.

Teatros como este no solo preservan historia arquitectónica; preservan la capacidad de una comunidad para crear experiencias compartidas de belleza.

Lo que dijo hizo que Cormac sintiera un nudo en la garganta. Lo que dijo hizo que Cormac sintiera un nudo en la garganta. Había abogado por aquel lugar alguien que entendía, a un nivel fundamental, por qué lugares como el Harmony importaban.

Cuando regresaron al lobby principal, Daniel se detuvo una vez más en el centro del espacio, contemplando el teatro como si estuviera memorizando cada detalle.

—Señor Gallagher, ¿puedo hacerle una pregunta personal?

—Por supuesto.

—¿Qué significaría para usted ver este lugar restaurado a su potencial completo? No financieramente, sino personalmente.

Cormac consideró la pregunta durante un largo momento, consciente de que Davies estaba escuchando y que su respuesta podría influir en decisiones municipales futuras.

—Significaría que no fallé. Que mi abuelo y mi padre no construyeron algo en vano. Que las historias que se han contado en este escenario durante más de un siglo tendrán la oportunidad de continuar siendo contadas.

Daniel asintió, como si esa respuesta hubiera confirmado algo que había estado esperando escuchar.

—Entonces vamos a encontrar la manera de que eso suceda.

Mientras se despedían en la entrada del teatro, Cormac vio a Daniel detenerse una vez más para contemplar la fachada del edificio. Su postura sugería que esta no había sido una evaluación profesional de rutina.

—Señor Ashford —dijo Cormac impulsivamente—, ¿puedo preguntarle qué lo trajo a Willowbrook? Porque algo me dice que no fue solo una sugerencia casual de la oficina del gobernador.

Daniel se volvió hacia él, y por un momento, Cormac vio algo en sus ojos que se parecía a la vulnerabilidad.

—Digamos que a veces las mejores cosas de la vida son las que vale la pena salvar, señor Gallagher. Y a veces, cuando encuentras algo que vale la pena salvar, descubres que salvarlo te salva a ti también .

III

Lucas Harper no recordaba cuántas veces en su vida había entrado al Ayuntamiento de Willowbrook, sin embargo, no le sorprendió para nada ver esa eficiencia funcional de los edificios gubernamentales construidos en los años setenta, con pasillos amplios de linóleo beige y luces fluorescentes que zumbaban sobre las cabezas de empleados y visitantes.

En un solo segundo sintió que el tiempo se había detenido ahí dentro y se creyó por instantes el protagonista de una distopía.

Era poco después del mediodía cuando empujó las puertas de vidrio de la entrada principal, llevando consigo el aroma invernal del exterior y una expresión tensa que había estado cargando durante días.

Había venido con la intención específica de buscar a Fiona Gallagher, aunque no estaba seguro de cómo explicar esa necesidad sin revelar más de lo que estaba preparado para compartir.

Dudó por un par de segundos. ¿Y si solo giraba sobre sus pasos y regresaba a sus ocupaciones?

¿Estaría bien aparecerse de un momento a otro en el lugar de trabajo de esa mujer?

Se sintió torpe y aprensivo. Durante los últimos días, había cargado con un peso en el pecho que se había vuelto casi insoportable y por alguna razón que no sabía cómo explicarse, Fiona Gallagher se había convertido en la persona en la que pensaba cuando necesitaba hablar con alguien que entendiera las complejidades de criar hijos en circunstancias difíciles.

Así que sí, después de todo estaba bien haber ido al ayuntamiento esa tarde y siguió adelante.

Estaba a mitad del pasillo principal, dirigiéndose hacia las oficinas administrativas, cuando escuchó la risa de Fiona flotando desde el área de recepción.

Era una risa que había llegado a conocer bien durante los últimos meses, cálida y genuina, el tipo de sonido que hacía que las personas se sintieran bienvenidas incluso en los entornos más burocráticos.

Sin embargo, cuando dobló la esquina hacia la recepción, Lucas se detuvo.

Fiona estaba de pie junto al mostrador principal, con una carpeta de documentos en una mano y su característico gesto de atención profesional, pero no estaba sola.

A su lado, inclinado hacia ella con una sonrisa que parecía iluminar todo el espacio circundante, estaba un hombre que Lucas no reconocía, pero que captó toda su atención.

Era de estatura media, tal vez a principios de los cincuenta, con cabello blanco, peinado hacia atrás y una presencia que llenaba el espacio de manera inmediata. Llevaba una chaqueta de tweed marrón con coderas de cuero que le daba un aire académico y práctico.