Capítulo 17
I
Esa tarde dominical de enero, cuando el sol invernal se filtraba por las ventanas del techo con pereza, como si pidiera permiso, creando motas de luz y de sombra sobre los muebles antiguos y el aire olía a café recién hecho y al guiso irlandés que Moira había preparado para el almuerzo, Fiona estaba sentada en la mesa pequeña junto a la ventana, revisando documentos municipales que había traído a casa, tratando de encontrar momentos de tranquilidad para el papeleo que nunca parecía terminar.
Era uno de esos momentos domésticos perfectos que había aprendido a valorar durante los años de crianza solitaria: Cormac dormitaba en su sillón favorito con el periódico doblado sobre el pecho, Moira organizaba la cocina después del almuerzo y Rory estaba en su habitación estudiando con una concentración determinada que había desarrollado desde que Emily se había convertido en su motivación académica.
Sabía de sobra que se estaba preparando con un ahínco tremendo para lograr esa transferencia a UNM a como diera lugar.
Rowan había estado silenciosa durante el almuerzo, empujando la comida por el plato.
En su rostro precioso de niña que amenaza con hacerse adolescente, la expresión pensativa que Fiona había aprendido a reconocer como señal de que su hija estaba formulando alguna petición importante.
Con los doce años a la vuelta de la esquina, la nena había desarrollado su propio camino para acercarse a las conversaciones difíciles: primero venía el silencio contemplativo, luego la observación cuidadosa del estado de ánimo familiar y finalmente, cuando había evaluado que el momento era propicio, la aproximación directa con determinación y nerviosismo a partes iguales.
Fiona la vio acercarse desde la cocina, caminando con pasos deliberados, pero lentos, como si estuviera ensayando las palabras correctas.
Llevaba puesto el suéter púrpura que había elegido contra las sugerencias maternas desde que tenía memoria, aunque ya le quedara pequeño, especialmente en las mangas, y su cabello rubio irlandés estaba recogido en una cola de caballo que la hacía parecer más decidida.
—Mamá —dijo, deteniéndose junto a la mesa donde Fiona trabajaba—, ¿puedo hablar contigo sobre algo?
Fiona alzó la vista de los documentos municipales, notando el tono cuidadoso de su hija. Era la misma voz que había usado cuando pidió permiso para inscribirse en el conservatorio, cuando se decidió por el contrabajo, cuando necesitaba abordar territorio emocional complejo.
—Por supuesto, amor. Siéntate —cerró la carpeta de trabajo y se volvió hacia Rowan, dándole toda su atención—. ¿Qué tienes en mente?
La chica se sentó en la silla frente a ella, pero no de inmediato. Primero ajustó el cojín, luego puso las manos sobre la mesa, las retiró, las volvió a poner. Era un ritual de nerviosismo que Fiona conocía bien.
—Es sobre mi cumpleaños —comenzó—. Sé que es en dos semanas y nunca pido nada específico, pero... —Se detuvo, como si estuviera reconsiderando la sabiduría de continuar.
—Pero esta vez hay algo que quieres —animó Fiona, manteniendo su voz neutral, aunque ya sentía una pequeña punzada de aprensión. Las peticiones de cumpleaños que requerían este tipo de preparación emocional involucraban gastos que el presupuesto familiar no podía cubrir con facilidad.
—Sí —respiró hondo—. Quiero un bajo electroacústico.
Las palabras cayeron en el aire de la tarde con un peso que Fiona sintió en el estómago.
Las palabras cayeron en el aire de la tarde con un peso que Fiona sintió en el estómago.
La petición en sí misma era lo de menos; se trataba de todo lo que implicaba: la transición de su hija del mundo clásico al contemporáneo, la evolución musical que había estado observando durante meses, y sobre todo, el costo que sabía que un instrumento así conllevaba.
—Un bajo electroacústico —repitió, tratando de procesar no solo las implicaciones financieras, sino también las musicales—. Eso es... eso es bastante diferente del contrabajo.
—Lo sé —Rowan se inclinó hacia delante y Fiona pudo ver en sus ojos esa pasión que aparecía cuando hablaba de música—, pero el señor Abernathy dice que mi técnica de pizzicato y mi comprensión rítmica se transferirían muy bien. Dice que tengo intuición natural para las líneas de bajo.
Fiona asintió, recordando las conversaciones que había tenido con Abernathy durante los últimos meses sobre el progreso excepcional de Rowan, pero también recordó las cartas de Wainwright sentía que con su presencia había interrumpido una conversación importante.
—¿Todo bien? —preguntó, mirando entre Fiona y Rowan.
La hermana lo vio con una expresión que pedía ayuda.
—Le estaba contando a mamá sobre el bajo eléctrico —dijo en voz queda la chica y Rory se acercó para sentarse en el brazo del sofá cercano— y estaba tratando de explicar de dónde viene el interés.
Fiona dirigió su atención hacia su hijo mayor, notando algo en el tono de la niña que sugería que él sabía más de lo que había estado compartiendo.
—¿Tú sabes algo sobre esto?
Rory intercambió una mirada con Rowan, uno de esos momentos de comunicación silenciosa entre hermanos que Fiona había observado durante años sin entender del todo.
—Mamá, Rowan ha estado aprendiendo guitarra.
—¿Guitarra? —Fiona parpadeó, sintiéndose como si acabara de perderse una parte importante de la conversación—. ¿Cuándo? ¿Dónde?
—Aquí en casa —continuó Rory—. Con la guitarra de papá que le diste después del recital de julio. Ha estado practicando por su cuenta durante meses.
El silencio que siguió fue denso, con implicaciones que Fiona no estaba segura de cómo procesar. Su hija menor había estado aprendiendo a tocar el instrumento de Fernando, conectándose con la memoria de su padre.
—¿Por su cuenta? —repitió, sorprendida y casi después, preocupada—. ¿Sin lecciones? ¿Sin... sin hablar conmigo sobre ello?
Rowan se encogió, como si se diera cuenta de que tal vez había navegado territorio emocional delicado sin permiso.
—No pensé que fuera malo —dijo con voz pequeña—. La guitarra estaba ahí y después de que me la entregaste esa noche, seguí pensando en ella. Así que empecé a intentar tocar acordes, a ver si podía hacer que sonara como la música que escucho en mi cabeza.
Fiona sintió que algo se movía en su pecho, una combinación de orgullo maternal y algo más complejo que no sabía cómo nombrar. Su hija había estado buscando una conexión con Fernando sin pedirle permiso, sin guía, navegando sola esa relación emocional con el padre que nunca había conocido.
—¿Y eso te llevó a interesarte en el bajo eléctrico? —preguntó, tratando de mantener su voz neutral mientras procesaba las implicaciones emocionales de lo que acababa de descubrir.
—Sí —Rowan se animó—. Cuando toco la guitarra, puedo sentir cómo las cuerdas graves crean la base de la música y con el contrabajo, ya entiendo cómo funciona eso en la música clásica, pero el bajo eléctrico...
—Su voz se volvió más intensa—. Es como combinar ambos mundos.
La profundidad del contrabajo con la flexibilidad de la guitarra.
Fiona la miró, reconociendo en ella no solo a su hija menor, sino a una joven músico que había estado desarrollando una comprensión sofisticada de su arte sin supervisión adulta.
Era impresionante, pero también la asustaba un poco.
¿Qué más estaba sucediendo en la vida emocional de Rowan que ella no había notado?
—Rowan, ¿cómo te sientes cuando tocas la guitarra de tu papá ?
La pregunta pareció tomar a su hija por sorpresa. Rowan parpadeó varias veces antes de responder.
—Se siente... como si estuviera conociendo una parte de mí misma que no sabía que existía. Como si mis manos recordaran algo que nunca aprendieron.