No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Y Rory… Rory la amaba con una paciencia casi devota, como si cada reacción suya mereciera ser observada y comprendida, como si cada suspiro fuera un secreto que él quería aprender.

El resultado era que Emily pasaba gran parte de sus días en una nebulosa perpetua, físicamente presente, pero emocionalmente habitando los recuerdos de esos momentos íntimos y la anticipación de los próximos.

— Cumbres Borrascosas es un gran libro —murmuró para sí misma, dándose cuenta de que había estado limpiando la misma esquina de la portada durante al menos cinco minutos—, pero no tanto como para limpiarlo hasta el infinito.

Se obligó a concentrarse y continuó con su tarea, pero incluso mientras organizaba los libros por orden alfabético, su mente se escapaba hacia la promesa que Rory le había hecho esa mañana: «Mis abuelos van mañana temprano a Santa Fe a visitar a un buen amigo, mamá estará en el ayuntamiento y Rowan en el conservatorio.

Yo no entro a la floristería sino hasta las 14:00.

Tendremos la buhardilla solo para nosotros. »

El sonido del teléfono la sacó de sus ensoñaciones. Escuchó cómo su padre se levantaba del mostrador y atendía, pero no prestó verdadera atención hasta que notó que Lucas había comenzado a caminar hacia la trastienda con el teléfono en la mano.

—Un momento, por favor —lo escuchó decir en voz baja antes de que la puerta de la trastienda se cerrara casi por completo, dejando apenas una rendija.

Emily frunció el ceño. Su padre no solía tomar llamadas en privado, en especial durante horas de trabajo, pero la curiosidad duró apenas unos segundos antes de que su mente regresara a territorios más interesantes, como la manera en que Rory había trazado pequeños círculos con sus dedos sobre su espalda la última vez que habían estado juntos, o cómo su voz cambiaba cuando estaban siendo íntimos, volviéndose más ronca, más vulnerable.

Estaba tan perdida en esos pensamientos que no escuchó la campanilla de la puerta principal cuando Claire regresó de sus diligencias bancarias.

Su madre entró a su librería con la satisfacción de alguien que había completado una serie de tareas administrativas complicadas en tiempo récord.

El banco había sido eficiente, la oficina de correos sorprendentemente rápida y había logrado resolver el problema con la factura de la distribuidora de libros que le había estado causando dolores de cabeza durante semanas.

—Lucas —llamó mientras colgaba su abrigo en el perchero junto a la puerta—, conseguí que Wilson me diera una extensión de treinta días para el pago de...

Se detuvo a media frase. La librería estaba silenciosa, sin la presencia habitual de Lucas detrás del mostrador. Podía escuchar ruidos suaves provenientes de la sección posterior, probablemente Emily organizando libros, pero no había señales de su marido.

—¿Lucas? —volvió a llamar, caminando hacia el mostrador donde encontró las facturas que él había estado revisando, dispuestas en pilas ordenadas junto a una taza de café a medio terminar que aún despedía vapor.

Fue entonces cuando notó que la puerta de la trastienda estaba entreabierta y pudo escuchar el murmullo bajo de una conversación telefónica.

Claire frunció el ceño. Lucas tomaba llamadas de proveedores o distribuidores, pero en general las manejaba en el mostrador principal, no escondido en la trastienda. La manera furtiva en que había cerrado la puerta despertó su curiosidad.

Se acercó a la trastienda, justificando su espionaje con el argumento de que necesitaba buscar unas cajas de inventario que estaban almacenadas allí, pero cuando estuvo cerca como para escuchar la conversación, lo que oyó la detuvo.

—...puedo estar en Albuquerque mañana por la mañana —escuchó que decía en voz baja—. No le voy a decir nada a Claire todavía.

Claire sintió una punzada de algo que no pudo identificar inmediatamente. ¿Por qué Lucas planearía un viaje a Albuquerque un sábado sin mencionárselo? Y más importante, ¿por qué no quería decirle?

Hubo una pausa mientras Lucas escuchaba a quien estaba del otro lado de la línea y luego su voz se volvió más suave, casi íntima:

—Después de tantos años, es lo menos que puedo hacer.

Permaneció inmóvil justo donde estaba. No escuchó nada más salvo un «Adiós, hasta mañana» y esa fue la banderilla verde que la empujó a entrar en la trastienda como un resorte, dejando a Lucas perplejo en el acto.

—¿Albuquerque mañana? ¿Y los cuentos de los abuelos? ¿Y las actividades infantiles de la tarde? —Fue más inquisitiva que nunca—: ¿Y por qué no puedes decírmelo todavía? ¿Qué es lo que no puedes decirme todavía?

—Que un buen amigo me encontró un ejemplar único…

—Le guiñó el ojo con picardía y comenzó a avanzar hasta la puerta de la trastienda—.

Debo ir por él cuanto antes, porque no me asegura que lo tenga hasta el próximo miércoles.

—Pasó por su lado como una ráfaga y volvió a donde lo esperaba su café aún humeante.

Ella lo miraba boquiabierta—. ¡Y no me veas con esa cara!

Es una sorpresa y no te adelantaré nada hasta mañana —bebió un sorbo de su taza—. Por cierto… ¿Cómo te fue en el banco?