Capítulo 15 #7
Ella también tomó sus tibias iniciativas.
Ella también lo despojó de la camiseta, porque no podía esperar a sentir sus senos oprimiéndose con suavidad, desnudos, sobre su pecho igualmente desprovisto.
En aproximaciones anteriores sí, le había subido la camiseta, había tenido un ligero atisbo de su torso, lo había acariciado, pero gracias a la luz dorada que entraba por las ventanas, filtrada por las cortinas de lino, cuando Rory por fin dejó caer la remera al suelo y sacudió un poco la cabeza revolviendo su cabello, ella pudo contemplar sus hombros, sus pectorales, sus brazos íntegros y se maravilló.
Se maravilló tanto como lo estaba él con sus senos.
Le gustó todo lo que vio y más. Le gustó que, aunque era un chico de contextura delgada, era fuerte.
De pecho, hombros, espalda y brazos firmes.
Le gustó que su torso estuviera desprovisto de vello y que unas pecas hermosas lo salpicaran por completo, en especial sobre sus hombros.
Le gustó cómo la rodeó con sus brazos, cómo tomó con sus manos sus nalgas con delicadeza y la empujó despacio contra su cuerpo, donde ella pudo vislumbrar, contra su vientre, a través de la tela de sus jeans, la dureza de su erección.
Constatar esto la hizo sentir nerviosa y apremiante, todo al mismo tiempo y hasta le arrebató un gemido suave que estalló en la oreja de Rory, mientras él besaba su cuello y bajaba hasta sus senos.
—¿Estás bien? —constató, deteniéndose por un segundo, y ella solo se limitó a cabecear un sí, porque hablar, justo ahora, no podía.
Estaba no solo entregada a las caricias de él, a sus labios paseándose por el centro de sus senos, aferrándose con tibieza enloquecedora a sus pezones; estaba obnubilada por la insoportable curiosidad que le provocaba sentirlo así, contra su cuerpo.
¿Era ella capaz de provocar eso en él? Casi no se lo creía y como no se lo creía, sentía que debía comprobarlo.
Una de sus manos se descolgó de sus hombros, bajó por su pecho y llegó allí, a ese lugar en el que el jean ocultaba una prueba contundente de que ese amor no estaba peleado con la pasión.
Al principio con una torpe vergüenza, pero después con más coraje lo acarició y Rory se apartó un poco de ella para mirarla a los ojos como nunca.
Emily no se detuvo por esto y con su insistencia le dejó más que claro que estaba lista para todo, todo lo que pudiera ocurrir esa tarde.
Volvieron a besarse, pero esta vez ella se deshizo del jean de él, empujándolo al menos hasta las rodillas, donde el chico se encargó de lo demás, desnudándola también a ella.
Se abrazaron de nuevo y Emily creyó que estaba experimentando un orgasmo solo de constatar ciertas cosas, como esa nueva opresión contra su pubis y el deseo genuino que sentía de experimentarlo más cerca; dentro de sí.
Rory la ayudó a tenderse con una delicadeza suprema sobre la cama.
La puso en el lecho como un marinero cansado que rescata de una tormenta a una sirena y deshaciéndose de su prenda íntima, la tuvo desnuda solo para sí.
La contempló, la recorrió, la besó, por supuesto no desaprovechó la oportunidad de probarla, y ella, desvariando, sintió que ya su cuerpo no resistiría más.
Lo sintió incorporarse y abrió a medias los ojos.
Vio a Rory agacharse, recoger del suelo su jean, sacar del bolsillo posterior su billetera y de ella un envoltorio que la hizo fruncir un poco el ceño.
Él también se desnudó al completo y Emily pudo ver, sin nada que se lo impidiera, la magnitud de su pasión.
Vio cómo se preparó adecuadamente y se preguntó de dónde podía sacar cabeza para tener tanta calma en un momento así.
Volvió a subirse de a poco en la cama. Besó las piernas, los pies, los tobillos de la chica, como si le pidiera autorización con dulzura para colarse entre ellos y una vez que estuvo allí, en la antesala de su intimidad, se tomó un tiempo enloquecedoramente delicioso.
Emily sintió amagos. Amagos que la estaban enloqueciendo.
No sabía qué estaba haciendo Rory, porque sus ojos estaban cerrados, pero a juzgar por las sensaciones, bien que podía jurar que se estaba paseando por todos los caminos posibles, haciendo énfasis en uno; el mismo que no se atrevía a transitar de una maldita vez, aunque ella con sus gemidos parecía estarlo suplicando.
Entonces la intuición le indicó a Rory que era el momento y con una calma tremenda, con una serenidad única, se abrió paso y se acomodó por completo en su espacio más íntimo.
Él exhaló un quejido maravilloso, fascinado por la ardorosa estrechez de ese recoveco tibio que ahora era suyo.
Ella gimió, experimentando una mixtura de sensaciones: por un lado, una punzada contundente, latente; por otro, una sensación de placer y completud jamás imaginada.
Rory no se movió. Se quedó allí, sobre ella, mientras Emily se aferraba con frenesí a su espalda, a sus hombros. Se sintió demasiado bien contar con esos hombros fuertes, con aquella espalda amplia para que sirvieran de sustento a sus desvaríos.
—Quedémonos así un momento —sugirió Rory con torpeza, haciendo acopio de toda su voluntad para conducir la situación con la calma merecida—.
Quedémonos así para sentirnos… —Puso su frente sobre la de ella y los jadeos suaves de ambos se estrellaban contra sus rostros—.
Me... —balbuceó—. Me gusta demasiado tenerte así —declaró él casi sin sentido—.
Me gusta demasiado estar dentro de ti… ¿Te... Te gusta?
Emily se humedeció los labios con la punta de la lengua. Estaba en otro lugar ahora mismo.
—Me estoy acostumbrando a la sensación...
—Su voz era un gemido sostenido y profundo—, pero sí, sí me gusta...
Siento que eres parte de mí y eso... —Su voz se entrecortó un poco, esta vez conmovida por un sentimiento que, definitivamente, era en ese instante colosal y difícil de manejar para ella—.
Eso me encanta. Me encanta y me hace feliz.
Se sonrieron dichosos. No podían verse, porque ambos mantenían los ojos cerrados, pero les bastaba con sentirse e inmortalizar ese momento.
—Vamos despacio, ¿sí? —sugirió Rory, aunque él mismo no sabía cómo lo lograría. Se miraron a los ojos y la conexión fue definitiva—. Vamos poco a poco... —Y esa primera embestida dulce y profunda le nubló el pensamiento a Emily, que ya no lo escuchaba—. Y hagamos este momento...
No pudo decir nada más. Sus instintos tomaron el control sobre la razón y con una dulzura, con una calma, con una tersura que parecía imposible en un momento así, le hizo el amor a Emily como si nunca más fuese a amarla en su vida.