Capítulo 15 #6
Pasaron las siguientes horas explorando el festival como si fuera su propio reino privado.
La atmósfera del evento hacía que todo pareciera más vibrante, más significativo.
Los colores de las artesanías nativas brillaban más bajo el sol del desierto, la música tradicional que flotaba desde varios escenarios se sentía como la banda sonora perfecta para el momento más importante de sus vidas y la comida que compartían tenía sabores que Emily sabía que asociaría para siempre con este día.
Compraron pequeños recuerdos que sabían que conservarían durante décadas: un atrapasueños tejido por una mujer navajo que les explicó el significado de cada elemento, una fotografía Polaroid de ellos dos con los globos de fondo, tomada por un fotógrafo itinerante que capturó algo en sus rostros que hablaba de amor joven y decisiones importantes.
Pero fue durante el almuerzo, sentados en una mesa de picnic bajo un toldo de lona que los protegía del sol del mediodía, que tuvieron la conversación más relevante del día.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Emily, jugando con los restos de su sándwich—. ¿Alguna vez te arrepientes de no haber tenido más opciones? Como las que yo tengo ahora.
Rory consideró la pregunta antes de responder.
—Creo que durante mucho tiempo me convencí de que no necesitaba opciones.
Que estaba bien con mi vida en Willowbrook, con trabajar en la floristería y ayudar en el teatro, con un futuro predecible y modesto.
Pero conocerte... conocerte me hizo darme cuenta de que tal vez me estaba conformando, no porque estuviera contento, sino porque tenía miedo de querer más.
—¿Y ahora qué sientes?
—Ahora siento que querer más no es malo, siempre y cuando sepas por qué lo quieres.
Tú quieres Berkeley porque sabes que tienes el talento para aprovecharlo.
Yo quiero más educación porque me di cuenta de que soy más inteligente de lo que pensaba y lo estoy dando todo para lograr esa transferencia a UNM el próximo año.
Queremos cosas diferentes, es verdad, pero las queremos por las razones correctas.
Emily sintió una punzada de algo que podría haber sido orgullo mezclado con tristeza.
—¿Sabes lo que más me asusta de Berkeley? —preguntó.
—¿Qué?
—Que tal vez me guste tanto que no quiera volver. Que me convierta en alguien tan diferente que ya no encaje en Willowbrook. Que ya no encaje contigo.
Rory extendió la mano a través de la mesa y tomó la suya.
—Em, si te conviertes en alguien diferente porque estás creciendo y aprendiendo y convirtiéndote en la persona que estás destinada a ser, entonces esa es la persona de la que voy a enamorarme de nuevo y si resulta que ya no encajamos…
Y si resulta que después de todo eso ya yo no soy el hombre que tú quieres, bueno —bajó sus ojos castaños con una tristeza que no podía disimular—, al menos sabremos que tratamos de crecer juntos en lugar de quedarnos estancados por miedo.
Era una perspectiva tan madura, tan generosa, que Emily sintió que el corazón se le hinchaba y se le rompía al mismo tiempo .
—¿Cómo puedes ser tan... tan noble con todo esto? —preguntó.
—Porque me enseñaste a serlo. Antes de conocerte, nunca había pensado en el amor como algo que requiere valor. Pensaba que era solo algo que sentías, pero el amor real, el tipo de amor que vale la pena, requiere que seas valiente incluso cuando duele.
Emily sintió que las lágrimas volvían a acumularse en sus ojos.
—No quiero perderte.
—No me vas a perder. Tal vez las cosas cambien, tal vez se vuelvan más complicadas, pero no me vas a perder. El amor que sentimos, el que yo siento, no es el tipo de cosa que desaparece porque la geografía se vuelve complicada.
Era una promesa hermosa, incluso si ambos sabían que no había manera de garantizar que fuera cierta.
A las tres de la tarde, cuando el sol había alcanzado su punto más alto y el festival comenzaba a tener esa cualidad soñolienta del mediodía en el desierto, Rory sugirió que fueran a dar un paseo por Old Town .
El cambio de escenario fue perfecto. Después de la energía vibrante del festival, las calles sombreadas y los edificios de adobe de Old Town ofrecían una intimidad diferente.
Caminaron por galerías de arte y tiendas de antigüedades, deteniéndose para examinar algo que les llamaba la atención, pero principalmente disfrutando de la sensación de estar juntos en un lugar que se sentía separado de Willowbrook y todas sus complicaciones.
Fue mientras caminaban por una calle tranquila, bordeada de álamos que filtraban la luz del sol en patrones dorados, que Rory al fin mencionó el bed and breakfast .
—Está a dos cuadras de aquí —dijo, como si estuviera comentando sobre el clima—. ¿Te gustaría verlo?
Emily sintió que su pulso se aceleraba, pero la sencillez con la que lo sugirió, la tranquilizó. No había presión, no había urgencia. Solo una invitación a continuar su día juntos en un lugar más privado.
—Sí —respondió—. Me gustaría verlo.
El Casa de Paz Bed and Breakfast resultó ser lo que Emily había esperado sin saber que lo estaba esperando.
Era un edificio de adobe de dos pisos rodeado de jardines llenos de flores nativas y fuentes pequeñas que creaban un sonido suave de agua corriente.
La habitación que Rory había reservado estaba en el segundo piso, con una vista hacia las montañas Sandia y una terraza privada decorada con plantas en macetas y una mesa pequeña perfecta para dos personas.
El interior era simple, pero hermoso: paredes blancas de estuco, vigas de madera expuestas en el techo, una cama blanca y suave, y ventanas que dejaban entrar luz dorada filtrada por cortinas de lino.
—Es perfecto —susurró Emily, caminando hacia la ventana para mirar la vista.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Rory, manteniéndose cerca de la puerta como si quisiera asegurarle que podía cambiar de opinión en cualquier momento.
—Sí —admitió ella—. Pero del tipo de nervios que son buenos. Del tipo que sientes cuando estás a punto de hacer algo importante y hermoso.
Rory se acercó, dándole tiempo para procesar, para cambiar de opinión, para establecer el ritmo.
—¿Tienes hambre? —preguntó—. Podríamos pedir algo del servicio a la habitación. O salir a cenar más tarde. O...
Emily se volvió hacia él y lo que vio en su rostro la tranquilizó. No había prisa, no había agenda oculta, solo amor y paciencia y el deseo de que este momento fuera perfecto para ella.
—Rory. Deja de ofrecerme alternativas. Estoy aquí porque quiero estar aquí. Contigo. Ahora.
Él sonrió y era una sonrisa que contenía tanto alivio como alegría.
—¿Estás segura?
—Completamente segura.
—Prométeme algo —dijo mientras la rodeaba con sus brazos con suavidad suprema. Se sentía como si tuviera entre sus manos una fina pieza de porcelana.
—Lo que quieras…
—Prométeme que si te sientes incómoda, fuera de lugar o si te arrepientes de todo, me lo dirás sin importar las consecuencias.
—Lo prometo —se miraron a los ojos—, pero te recuerdo que entre tú y yo, en todo este año que tenemos juntos, han pasado cosas muy intensas y… Y si las hemos frenado, no ha sido por gusto.
—Sé que no —rio. Era tierno ver cómo él también estaba nervioso, aunque conducía con su dulzura las riendas de todo aquello—, pero esta tarde no tendremos que frenar nada. —Emily contuvo el aliento—. Esta tarde nos podemos entregar hasta las últimas consecuencias y eso… Eso podría asustarte.
—Enséñame a ser valiente —dijo sobre sus labios y Rory se estremeció de pies a cabeza—. Te aseguro que si me llevas de la mano, no temeré a nada.
—Bien… —Su expresión, antes tierna y adorable, ahora adquirió un matiz más profundo—. Ven conmigo, entonces…
Y la besó, la besó de esa forma absoluta, lenta y expansiva que Emily ya conocía bastante bien.
¿Cuántas veces se dejaron llevar por esa misma necesidad, por ese mismo furor, en los lugares menos imaginados?
A veces en la trastienda de la librería, mientras los padres de ella estaban ausentes.
A veces en el cuarto de proyecciones de Pops, a pesar de que Rory sabía que de enterarse su abuelo, le daría la reprimenda de su vida.
Otras tantas usando como refugio temporal la van de Rory, con su característico aroma a lavanda.
Muchas veces desfilaron por la cuerda floja de la locura, a punto de lanzarse al vacío, pero siempre, siempre, el comedimiento pudo más que sus instintos.
Sorprendentemente, era Rory el que decidía detenerse, consciente de que podría ocasionarle un problema a Emily, pero ahora…
Ahora se habían dado licencia mutua para amar y no dejarían de sacarle provecho a esa libertad.
Era la primera vez que ella se aproximaba así a un chico.
Inexperta, entendió que con nadie como con Rory se sentiría tan segura y mientras él se volcaba con aquella empalagosa dulzura expansiva por su boca y por su cuerpo, que fue desnudando muy despacio, recordó apenas las anécdotas de las chicas que estudiaban con ella en la escuela.
Algunas habían tenido ya la oportunidad de hacer el amor por primera vez y las experiencias pasaban de corrientes a tibiamente alentadoras.
Ciertas chicas confesaban, sin ocultar su decepción, lo lamentable e irrelevante que había sido la experiencia, mejorando un poco con la práctica .
Otras alardeaban de cierto romanticismo tibio, adecuado para un momento de semejante torpeza, sin embargo, Emily sentía que en ese momento podía juzgarse de afortunada.
Rory estaba conduciendo la situación con una elegancia, con una ternura, con una dedicación, que justo en ese instante no podía siquiera vislumbrar que alguien más, en lo que le restaba de vida, pudiese amarla de esa manera hermosa y absoluta en la que él lo estaba haciendo esa tarde de comienzos de octubre en Albuquerque.