Capítulo 15 #3
—No mucho —admitió—. Mamá no habla de él muy seguido.
Sé que era músico, que tocaba en bares y pequeños locales por todo Nuevo México.
Sé que era hermoso —sonrió. Pensó además en cuán parecido era a Rory—, porque he visto las fotografías y sé que mamá lo amaba tanto, que aún ese sentimiento la hace llorar cuando cree que nadie la está viendo.
—¿Y cómo se siente no haberlo conocido?
Era una pregunta que la mayoría de los adultos habrían evitado, considerándola demasiado directa o dolorosa para una niña de once años, pero Indie tenía esa capacidad de ir directo al corazón de las cosas importantes y Rowan había llegado a valorar esa honestidad sin filtros.
—Es extraño —respondió, tocando una cuerda individual y escuchando cómo el sonido se perdía en la inmensidad del cielo—. Es como tener hambre de algo que nunca has probado. No sé qué me estoy perdiendo, pero siento la ausencia de eso.
—¿Pero ahora tienes su guitarra?
—Ahora tengo su guitarra —confirmó. El instrumento representaba más que un simple objeto—. Y cuando toco las cuerdas, a veces siento como si mis dedos estuvieran rozando los suyos. Como si hubiera dejado parte de sí mismo en la madera y las cuerdas.
Indie sintió que algo se movía en su pecho, una comprensión intuitiva de lo que Rowan estaba experimentando. Sin decir palabra, extendió su mano hacia la de su amiga y cuando sus dedos se entrelazaron sobre la guitarra, ambas sintieron que habían creado un momento sagrado.
—¿Ya sabes tocarla?
—Un poco —Rowan sonrió, conteniendo algo que no podía ocultar del todo—.
No te había dicho nada de la guitarra hasta ahora, porque primero quería entenderla.
Resulta que todos estos meses tocando contrabajo han entrenado mis dedos para los diapasones.
No solo la siento pequeñita y liviana en comparación con mi elefante.
También la siento familiar. ¿Crees que es porque era de papá?
—Podría ser —admitió pensándolo por segundos—. Tiene sentido.
Con cuidado, colocó la guitarra en posición y comenzó a tocar una melodía simple pero hermosa.
No eran acordes complejos, pero había una naturalidad en la forma en que sus dedos encontraban las cuerdas correctas, una comprensión instintiva del instrumento que sugería tanto talento heredado como horas de práctica secreta.
—Es hermoso —murmuró Indie, observando cómo el rostro de Rowan se transformaba mientras tocaba, volviéndose más sereno, más conectado con algo que iba más allá del momento presente.
—¿Sabes qué estaba pensando? —dijo Rowan, deteniendo la melodía pero manteniendo las manos en posición sobre las cuerdas—. Que podríamos experimentar. Tú con el piano y yo con esto. Ver qué tipo de música podemos crear juntas cuando no estamos limitadas por partituras o expectativas de otros.
—¡Sí! —exclamó, pero luego bajó la voz, recordando que estaban en su refugio secreto—. Podríamos crear nuestro propio estilo, nuestra propia forma de hacer música.
—Exacto. —Rowan tocó algunas notas experimentales—. No jazz, no clásico, no nada que ya tenga nombre. Solo nosotras.
Se quedaron allí sentadas, con la guitarra de Fernando entre ellas y Willowbrook extendiéndose como un mapa de posibilidades a sus pies, cuando Rowan verbalizó algo que había estado ocupando su mente durante días:
—Indie, hay algo más que quiero contarte. Algo que me dijo el señor Abernathy en mi última clase.
—¿Qué?
—Me dijo que tengo potencial para ser una gran bajista. No solo contrabajista, sino bajista. Bajo eléctrico.
Indie parpadeó, procesando las implicaciones de esa declaración.
—¿Bajo eléctrico? ¿Como en las bandas de rock?
—Sí —sonrió—. Dijo que mi forma de abordar el pizzicato , mi comprensión rítmica, mi capacidad para crear líneas melódicas que sostienen, pero también innovan... Todo eso se traduciría al bajo eléctrico.
—¡Eso es increíble! ¿Se lo vas a decir a tu mamá?
La sonrisa de Rowan se desvaneció.
—No sé. Un bajo eléctrico es caro y ya sé que mamá tiene muchas preocupaciones económicas. No quiero agregarle más presión pidiendo algo que tal vez no podemos permitirnos.
Indie consideró esto durante un momento, contemplando a su amiga que sostenía la guitarra de su padre fallecido mientras soñaba con un instrumento que podría definir su futuro musical.
—¿Pero lo quieres? ¿Realmente lo quieres?
—Creo que sí —admitió—. Cuando Abernathy me habló de eso, sentí algo aquí —se tocó el pecho— que fue como cuando vi el contrabajo por primera vez. Como reconocimiento.
—Entonces tienes que intentarlo —dijo Indie con la certeza absoluta que solo poseen las personas de doce años cuando creen en algo—. No ahora, tal vez, pero algún día. Y mientras tanto, podemos experimentar con esto.
Gesticuló hacia la guitarra y luego hacia el espacio entre ellas que había llegado a representar todo su potencial musical compartido.
—¿Quieres que toque algo para que puedas improvisar encima?
—Sí, pero no aquí. Necesitamos un piano.
—¿El de la buhardilla?
—El de la buhardilla.
Se pusieron de pie con la energía de dos personas que acababan de descubrir una nueva aventura. Rowan guardó la guitarra en su estuche, consciente de que estaba manejando no solo un instrumento, sino un pedazo de la historia de su familia y una llave hacia su propio futuro musical.
II
Emily reconoció de inmediato la expresión en el rostro de Rory nomás de verlo pasar por la puerta de la librería de sus padres: era esa fusión de determinación y nerviosismo tan propia de él cuando había tomado una decisión importante y estaba a punto de actuar sobre ella.
Llevaba puesta la camisa azul claro que ella le había dicho que le favorecía y había hecho un esfuerzo visible por domesticar su cabello rojizo, aunque algunos mechones rebeldes aún se escapaban de su intento de formalidad.
Emily estaba detrás del mostrador principal cuando lo vio entrar. La urgencia en sus movimientos la alertó de inmediato. Dejó lo que tenía en las manos y se acercó con una sonrisa que le pertenecía solo a él.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja después de darle un beso, consciente de que Claire estaba en la trastienda revisando cajas de libros y Lucas con ella, ocupándose de la sección de historia—. Tienes esa cara de cuando estás tramando algo.
Rory sonrió, y en ese gesto convivían la timidez y algo más luminoso. Emily sintió, una vez más, que todo encontraba su lugar.
—¿Conoces esa cara?
—Conozco todas tus caras —respondió ella, acercándose lo suficiente como para poder hablar en susurros—. Esta en particular es la que pusiste cuando decidiste presentarte ante mis padres. ¿Qué tienes en mente?
Él echó un vistazo rápido hacia la trastienda, asegurándose de que tenían privacidad al menos momentánea y luego tomó las manos de Emily entre las suyas.
—El Festival Internacional de Globos de Albuquerque —dijo simplemente, como si esas seis palabras contuvieran la respuesta a alguna pregunta importante que había estado formulándose.
Emily parpadeó, procesando las implicaciones. El festival de globos era famoso en todo el estado, uno de esos eventos que la gente planeaba con meses de anticipación.
—El festival de globos —repitió—. ¿Quieres ir?
—Quiero ir contigo —corrigió él y su tono le ratificó que esto no era una invitación casual a pasar una tarde divertida—. Este sábado. Los dos solos.
El corazón de Emily comenzó a latir más rápido, no solo por la perspectiva de ver uno de los espectáculos más hermosos de Nuevo México con Rory, sino porque intuía que había algo más detrás de la invitación.
Había una intensidad en sus ojos que reconocía, la misma que había aparecido semanas atrás cuando hablaron sobre el futuro, sobre las promesas que se habían hecho, sobre el tiempo que había estado pasando.
—¿Los dos solos? —murmuró, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas—. Rory, estamos a dos días de mi cumpleaños. ¿Estás sugiriendo lo que creo que estás sugiriendo?
Él se acercó un poco más, hasta que pudo ver todos los visos hermosos que aparecían en los ojos verdes de Emily cuando estaba emocionada o nerviosa.
—Estoy sugiriendo que hace casi un año dijimos que esperaríamos —dijo en voz tan baja que ella tuvo que inclinarse para escucharlo—. Y creo que… Creo que ya esperamos suficiente .
Emily sintió que algo se liberaba en su pecho: emoción, nerviosismo y un amor tan intenso que por un momento se sintió mareada.
Habían hablado de esto en conversaciones susurradas en el cuarto de proyección del teatro, en momentos robados cuando nadie podía escucharlos.
La promesa de esperar hasta que ambos estuvieran seguros, hasta que el momento fuera correcto, hasta que pudieran tomar esa decisión con la madurez que merecía.
—¿Ya esperamos suficiente? —repitió, buscando en su rostro alguna señal de duda y no encontrando ninguna.
—Em, cumplí 19 en abril. Tú cumples 18 en dos días. Nos amamos. Nos conocemos. Sabemos lo que queremos —su voz se volvió aún más suave—. Y si va a suceder, quiero que sea perfecto para ti. Quiero que sea hermoso. Como esos globos elevándose al amanecer.
Emily cerró los ojos por un momento, sintiendo cómo todas las emociones que había contenido durante meses se agolpaban en su pecho. Cuando los abrió, Rory la estaba mirando con una ternura que la dejó sin aliento.
—¿Ya tienes todo planeado? —preguntó y había diversión en su voz mezclada con algo más profundo.
—Tengo algunas ideas —admitió él con una sonrisa pequeña—. Pero primero necesitamos el permiso de tus padres y necesito saber que tú realmente quieres esto. No porque yo lo quiera, sino porque tú lo quieres.
Emily lo miró durante un largo momento, pensando en el año que habían pasado conociéndose, amándose, creciendo juntos.
Pensó en las conversaciones que habían tenido sobre Berkeley, sobre el futuro, sobre cómo algunos momentos en la vida son tan importantes que definen quiénes llegas a ser y supo, con una certeza que la sorprendió, que esto era uno de esos momentos.
—Sí. Sí, lo quiero. Lo quiero de una forma casi loca. Nos quiero juntos, de esa manera.