Capítulo 15 #2
—¿Y después qué? ¿Te imaginas viviendo en una casita de suburbio, regando el césped los domingos por la mañana, pintando bardas de madera, comprando en centros comerciales idénticos al que construirían donde antes estaba tu teatro?
La imagen que Fiona había pintado resonó en el aire entre ellos con la fuerza de una profecía terrible. Cormac cerró los ojos y ella pudo ver cómo toda su postura se desplomaba, como si acabara de visualizar ese futuro y hubiera entendido que sería una forma lenta pero segura de muerte espiritual.
—Cuando me imagino aceptando esa oferta, cuando me imagino entregando las llaves a esos desarrolladores y viendo cómo las máquinas de demolición reducen este lugar a escombros, siento como si estuviera traicionando no solo a mi padre y a mi abuelo, sino a cada persona que alguna vez encontró algo hermoso entre estas paredes.
—Entonces no lo hagas.
—¿Y cómo vamos a salir adelante? Fiona, los números no mienten. El teatro está perdiendo dinero cada mes. Sin ayuda, en dos años tendremos que cerrar de todas formas.
Fiona se inclinó hacia delante, tomando las manos de su padre entre las suyas. Eran manos que habían operado proyectores durante décadas, que habían cuidado de máquinas complicadas y delicadas, que habían mantenido viva la magia del cine en un pequeño pueblo de Nuevo México.
—Papá, encontraremos la manera. No sé cómo todavía, pero la encontraremos. Este lugar significa demasiado, no solo para nuestra familia, sino para toda la comunidad. Mira lo que pasó con el recital de las niñas hace dos semanas. Mira cómo se llenó de familias que querían compartir algo hermoso.
—Pero eso fue una sola noche, Fiona.
—Fue una noche que demostró que la gente todavía necesita lugares como este. Lugares donde la belleza importa más que las ganancias, donde las tradiciones se preservan, donde la magia todavía es posible.
Cormac la miró durante un largo momento y en sus ojos ella vio algo que se parecía a la esperanza y la determinación renovada.
—¿De verdad crees que podemos encontrar una solución?
—Creo que tenemos que intentarlo —respondió Fiona—. Y creo que no estás solo en esto. Tienes una familia que te ama, una comunidad que necesita este espacio y cincuenta años de experiencia en hacer que cosas imposibles funcionen.
Cormac asintió, dobló el sobre y lo guardó en el cajón del escritorio.
—Está bien —dijo—. No voy a responder a esa carta todavía. Vamos a darnos tiempo para pensar, para explorar opciones, para ver si de verdad existe una manera de preservar este lugar sin arruinar a la familia en el proceso.
Fiona sonrió, sintiendo como si acabaran de evitar una catástrofe, aunque sabía que la amenaza no había desaparecido, solo se había pospuesto.
—Vamos a encontrar la manera, papá. Te lo prometo.
En esa promesa, hecha en una sala llena de sueños conservados en latas de metal, había tanto la determinación de una hija que amaba a su padre como la esperanza de que algunas cosas hermosas del mundo todavía podían ser salvadas.
Rowan irrumpió en la librería Harper esa tarde de domingo con una luz inconfundible en el rostro. Indie lo reconoció de inmediato: estaba al borde de una revelación.
La mochila colgaba pesada de su hombro, y en sus ojos ardía esa promesa silenciosa que precede a los descubrimientos.
—Tengo algo que enseñarte —le había susurrado a Indie cuando se encontraron en la sección infantil de la librería—. Algo increíble.
Pero antes de que pudieran planear su fuga hacia el teatro, Claire las interrumpió desde el mostrador, levantando la vista de las facturas con una desaprobación apenas contenida, la misma que mostraba cada vez que Rowan aparecía sin supervisión ni aviso previo.
—Lucas —había dicho sin apartar los ojos de sus papeles, sin esforzarse en lo más mínimo por disimular—, ¿no te parece irresponsable que esa niña ande sola por la ciudad?
—Indie arqueó los ojos solo de escuchar eso y Rowan sintió una pizca de indignación—.
Su madre debe ser muy descuidada para permitir que una niña de once años camine desde el teatro hasta acá sin acompañamiento.
Lucas levantó la vista de su inventario, el rostro sereno. Antes de atender a Claire, vio a las niñas: quietas, tensas, atrapadas en la incomodidad de lo que acababan de oír. Si Rowan había albergado alguna duda sobre el lugar que ocupaba en la librería Harper, esa duda acababa de desaparecer.
—Claire, Willowbrook no es una metrópolis peligrosa —aclaró él con paciencia, intentando no solo reivindicar a Fiona, sino también tranquilizar a las niñas—.
Y el teatro está a un poco más de cuatro cuadras de aquí.
Cuando nosotros teníamos su edad, caminábamos distancias mucho mayores sin que nadie pensara que era irresponsable.
—Los tiempos eran diferentes —replicó Claire—. Ahora hay que ser más cuidadoso.
Indie había escuchado este intercambio con la impaciencia de alguien que está mucho más interesada en descubrir el misterio que Rowan había traído que en las preocupaciones de seguridad de su madre.
—¿Puedo ir al teatro con Rowie? —preguntó sin que le importara nada, interrumpiendo la discusión de sus padres antes de que escalara hacia territorio familiar conocido.
—Absolutamente no —respondió Claire en el acto—. No voy a permitir que dos niñas vayan solas a ningún lado. Emily salió con sus amigas, así que no hay quien las acompañe.
—Yo puedo llevarlas —se ofreció Lucas, reconociendo en los ojos de su hija menor esa expresión que significaba que algo importante estaba esperándola.
Antes de que Claire le recriminara por facilitarle las cosas a las chiquillas, se le adelantó—: Tengo que pasar por la ferretería de todas formas a buscar la pieza que falta para reparar una de las lámparas de la trastienda.
El rincón de la derecha se quedó a oscuras desde el jueves. El teatro me queda de camino.
Había sido la solución perfecta. Media hora después, Lucas las había dejado en la entrada del Harmony Theatre con la promesa de regresar por Indie en dos horas, tiempo suficiente para que las amigas pudieran compartir cualquier secreto que hubiera motivado la visita de emergencia de Rowan.
Cormac estaba en su sala de proyección, aún clasificando películas y quizás procesando la conversación que había tenido con Fiona después del almuerzo.
Moira se había retirado a la buhardilla para su siesta dominical habitual y el teatro tenía esa quietud especial de los edificios antiguos en reposo.
Era el momento perfecto para una expedición secreta.
—Sígueme —había susurrado Rowan, guiando a Indie por el pasillo familiar hacia la puerta que solo ellas sabían cómo abrir.
Cuando Rowan insertó la llave de la luna creciente en la cerradura, Indie notó que su amiga manejaba la puerta distinto. Había una urgencia nueva, una emoción apenas contenida que hacía que cada movimiento pareciera cargado de significado.
—Entra rápido —murmuró Rowan mientras la puerta se abría hacia la escalera secreta—. La abuela está en su habitación y no quiero que nos escuche.
Fue entonces cuando Indie vio el estuche viejo de guitarra apoyado contra la pared, justo detrás de la puerta. Era de cuero gastado por el tiempo, con esquinas reforzadas con metal que habían adquirido una pátina verdosa y tenía esa apariencia de haber sido muy querido y cuidado durante décadas.
—¿Qué es eso? —preguntó, aunque algo en su pecho ya había comenzado a latir más rápido, como si supiera que estaba a punto de ser testigo de algo importante.
—Te lo explico arriba —respondió Rowan, tomando el estuche con una reverencia que hizo que Indie entendiera que no se trataba de cualquier guitarra—. Sube rápido.
La escalera hacia el tejado nunca había sido ascendida con tanta anticipación. Cada peldaño parecía llevarlas más cerca no solo de su refugio secreto, sino de algún tipo de revelación que cambiaría la forma en que entendían la historia de la familia Gallagher.
Una vez en el tejado, con Willowbrook extendiéndose dorada bajo el sol de la tarde y la manta familiar desplegada sobre las tejas tibias, Rowan puso el estuche entre ellas y lo abrió con el cuidado de alguien que está revelando un tesoro sagrado.
La guitarra que emergió de su refugio de terciopelo desgastado era hermosa; poseía una belleza que trascendía su valor material.
Era una guitarra acústica de madera oscura, con incrustaciones de nácar alrededor de la boca que capturaban la luz del atardecer como pequeñas lunas.
Las cuerdas habían sido cambiadas y todo el instrumento había sido cuidado y mantenido con amor a pesar de los años.
—Era de mi papá. —En esas cuatro palabras estaba contenida toda la complejidad emocional de crecer sin conocer al hombre que había contribuido a crearla.
Indie se quedó sin palabras por un momento, entendiendo que estaba en presencia de algo sagrado para la familia Gallagher.
—¿Tu mamá te la dio?
—Después del recital —Rowan pasó los dedos sobre las cuerdas, produciendo un sonido susurrado que se perdió en el aire del atardecer—. Dijo que había llegado el momento de que conociera esta parte de él.
Se sentaron en silencio por un momento, contemplando el instrumento que representaba la presencia fantasmal de Fernando Luna, el hombre que había sido esposo y padre durante tan poco tiempo que se había convertido más en leyenda que en memoria.
—¿Qué sabes de él? —La pregunta fue directa, pero dicha con una suavidad que respetaba la fragilidad del momento.
Rowan consideró la pregunta durante un largo momento, como si estuviera organizando fragmentos dispersos de información que había recolectado a lo largo de los años a través de conversaciones a medias, fotografías silenciosas y los pocos objetos que habían sobrevivido a su ausencia.