Capítulo 15
I
Los domingos por la mañana en casa de los Gallagher tenían una cadencia muy suya, un ritmo doméstico que había evolucionado a lo largo de los años hasta convertirse en una especie de danza familiar donde cada uno conocía su papel.
Moira se ocupaba de la cocina y los espacios comunes con la meticulosidad de alguien que encuentra en el orden doméstico una forma de meditación, mientras Rowan la seguía como una sombra útil, ayudando con tareas que requerían brazos jóvenes y flexibilidad para alcanzar espacios altos o bajos.
Cormac, fiel a su naturaleza, desaparecía en los misterios técnicos del teatro, revisando proyectores, organizando el repertorio de la semana o perdido en esa comunión silenciosa que mantenía con las máquinas que habían sido sus compañeras durante décadas.
Fiona había asumido la responsabilidad de mantener orden en los espacios privados, una tarea que la relajaba, aunque no pudiese explicar esa calma.
Era reconfortante doblar sábanas recién lavadas, organizar cajones que se habían desordenado durante la semana, crear pequeños espacios de tranquilidad en medio de las vidas ocupadas que todos llevaban.
Esa mañana de domingo, a finales de julio, estaba en la habitación de sus padres clasificando la ropa que necesitaba ser lavada de la que podía esperar una semana más.
Era una habitación que guardaba la esencia de casi cincuenta años de matrimonio: muebles de madera oscura que habían envejecido con dignidad, fotografías familiares que documentaban décadas de cumpleaños y graduaciones, y ese aroma que surge de dos personas que han compartido el mismo espacio durante tanto tiempo que han creado su propia atmósfera.
Moira era meticulosa con la ropa, pero Cormac tenía la costumbre irlandesa de colgar las chaquetas en cualquier sitio disponible cuando llegaba cansado por las noches.
Fiona encontró una de sus chaquetas favoritas, la de tweed gris que usaba para ocasiones semiformales, colgada de manera precaria del respaldo de una silla junto a la ventana.
Al examinarla a contraluz, le pareció que estaba en buen estado, sin manchas evidentes ni arrugas que requirieran atención inmediata, pero cuando la alzó para sacudirla y colgarla en el armario, notó que los bolsillos tenían esa deformación característica de alguien que guarda cosas y las olvida allí.
Fue cuando la agitó por segunda vez, con un movimiento más enérgico para alisar las solapas, que el sobre salió disparado del bolsillo interior y cayó a sus pies con un susurro de papel contra madera.
Fiona se inclinó para recogerlo y cuando vio el membrete dorado de Wainwright & Associates , Real Estate Development , sintió que algo frío se instalaba en su estómago.
El sobre estaba abierto y aunque no tuvo la intención inicial de leer su contenido, las primeras líneas eran visibles desde el ángulo en que el papel se había doblado.
En vista de que nuestra anterior oferta no recibió respuesta favorable… desarrollo urbano proyectado para esta zona… modernización de las estructuras actuales…
No necesitó leer más para entender de qué se trataba.
Dobló la carta, la devolvió al sobre y la guardó en el bolsillo de su delantal con manos que temblaban ligeramente.
Tenía que terminar lo que había empezado allí, tenía que pasar por el almuerzo familiar fingiendo normalidad y entonces podría abordar a su padre con la seriedad que esta situación requería.
El almuerzo transcurrió con la tranquilidad dominical habitual.
Moira había preparado uno de sus guisos irlandeses, el tipo de comida que llenaba la casa con aromas que hablaban de hogar y tradición.
Rowan contó anécdotas sobre su última semana de aventuras y ensayos con Indie, guardándose muy bien el secreto del tejado y su descubrimiento.
Cormac escuchaba, una sonrisa indulgente apenas insinuada en sus labios, mientras su mente seguía ordenando la programación de la tarde.
Fiona participó en la conversación lo suficiente como para no levantar sospechas, pero su mente estaba ocupada formulando las palabras correctas para la plática que sabía que tenía que tener con su padre.
Cuando Cormac se excusó después del postre para dirigirse a la sala de proyección, Fiona esperó quince minutos antes de seguirlo. Era tiempo suficiente para que él se instalara en su rutina dominical, pero no tanto como para que se perdiera por completo en sus tareas.
La sala de proyección del Harmony Theatre era el santuario personal de Cormac Gallagher.
El corazón de un universo que había construido durante décadas.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías metálicas que albergaban cientos de latas de películas organizadas con un sistema que solo él entendía.
Había carteles enmarcados de producciones que habían tenido éxito en el teatro, fotografías en blanco y negro de actores que habían visitado Willowbrook durante giras regionales y un escritorio de madera que había pertenecido al primer dueño del teatro.
Cuando Fiona entró, lo encontró clasificando latas de película con la concentración de un bibliotecario medieval ordenando manuscritos preciosos. Con los anteojos de lectura en la punta de la nariz, tenía una satisfacción serena en el rostro: estaba exactamente donde quería estar.
—Papá —dijo con suavidad, cerrando la puerta a sus espaldas.
Cormac alzó la vista de inmediato y algo en el tono de su hija le dijo que esta no era una visita casual.
—¿Qué pasa, pequeña?
Fiona sacó el sobre del bolsillo de su delantal y lo puso sobre el escritorio, entre ellos. Cormac lo miró durante un momento que se sintió eterno y ella vio pasar por sus ojos una secuencia completa de emociones: reconocimiento, resignación, cansancio y algo que se parecía al alivio.
—¿Cuándo llegó? —preguntó Fiona, manteniendo su voz neutral.
—Hace dos semanas —respondió él, quitándose los anteojos y frotándose los ojos con un gesto que de repente lo hizo parecer mayor de lo que ella lo recordaba—. El mismo día del recital de las niñas, por la mañana.
—¿Y no ibas a decirle a nadie?
Cormac se recostó en su silla, mirando hacia las estanterías llenas de películas como si cada lata contuviera no solo una historia, sino un fragmento de su propia vida.
—¿Decirles qué? ¿Que una empresa de desarrolladores inmobiliarios quiere comprar el teatro para demolerlo y construir otro centro comercial genérico?
¿Que están ofreciendo suficiente dinero como para resolver todos nuestros problemas económicos, pero que aceptar significaría destruir todo por lo que he trabajado durante cincuenta años?
Había dolor en su voz, pero no autocompasión. Era el dolor específico de alguien que ha llegado a un punto donde no hay decisiones fáciles, solo diferentes tipos de pérdida.
—Papá, no tienes que cargar con esto solo.
—¿No? —La miró con una sonrisa triste—. Fiona, este teatro es mi responsabilidad.
Ha sido responsabilidad de los Gallagher durante tres generaciones.
Mi abuelo lo compró por un precio absurdo a un soñador fracasado que necesitaba una cifra a como diera lugar y lo remodeló adecuadamente, manteniéndolo próspero durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, con la ayuda de mi padre y yo...
—Su voz se quebró—. Yo soy el que no supo mantener esa tradición.
Fiona se acercó y se sentó en la silla que estaba frente al escritorio, la misma donde se había sentado cuando era niña y venía a verlo trabajar, fascinada por las máquinas que proyectaban sueños en pantallas gigantes.
—Eso no es justo contigo mismo.
—¿No lo es? —Cormac se puso de pie y caminó hacia una de las ventanas que daba hacia la sala principal del teatro—.
Fiona, cuando yo tenía unos cinco o seis años, se presentó aquí la Compañía de Ballet de Santa Fe.
Era finales de los cuarenta, cuando las compañías de ballet hacían giras por todo el país llevando cultura a pueblos pequeños, y este lugar estaba lleno de gente hasta la bandera.
La gente se vestía con sus mejores ropas para venir aquí, como si fuera una catedral.
Sus ojos se perdieron en la distancia y Fiona pudo ver al niño que había sido, sentado en una de esas butacas victorianas, observando con asombro cómo la magia se desplegaba ante él.
—Recuerdo cada detalle de esa noche —continuó—.
Las bailarinas parecían flotar sobre el escenario, la música llenaba cada rincón del teatro como si las paredes mismas estuvieran cantando y mi padre me puso la mano en el hombro y me dijo: «Algún día, Cormac, todo esto será tuyo y tu trabajo será asegurarte de que la magia nunca se detenga».
Se volvió hacia ella y Fiona vio lágrimas en sus ojos que él no estaba tratando de ocultar.
—Durante treinta años creí que lo estaba logrando.
Mantuve el teatro funcionando, traje buenas películas, cuidé del edificio, preservé la tradición, pero en algún momento, sin darme cuenta, dejé de ser el guardián de la magia y me convertí en el administrador de un negocio que se estaba muriendo lentamente.
—Los tiempos cambiaron, papá. No es tu culpa que la gente prefiera ir a los multicines de Albuquerque.
—¿No? —Su sonrisa fue amarga—. Tal vez debería haber sido más visionario. Tal vez debería haber encontrado maneras de adaptarme sin perder la esencia del lugar. Tal vez debería haber...
—Tal vez nada —lo interrumpió Fiona con una firmeza que lo sorprendió—. Papá, has mantenido vivo algo hermoso en un mundo que cada día se vuelve más homogéneo y sin alma. Has dado cultura a este pueblo durante décadas. Has sido el custodio de algo que importa.
Cormac regresó a su silla, tomó el sobre y lo sostuvo como si pesara mucho más de lo que debería.
—Pero mira a lo que nos ha llevado todo eso. Fiona, esta oferta podría resolver todos nuestros problemas económicos. Podría garantizar que tu madre y yo tengamos una vejez digna. Podría asegurar que Rory y Rowan tengan dinero para la universidad. Podría liberarte de la carga de mantenernos.