No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 14 #6
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Capítulo 14 #6

La nena frunció el ceño sin entender por qué tendría que disculpar a su mamá.

La abrazó mucho más fuerte, tan fuerte como se lo permitieran sus bracitos, y Fiona se sintió diminuta y reconfortada en ese abrazo.

Puede que lo que les había entregado a sus hijos no fuese suficiente, pero ellos, sin duda, tal y como se los estaba entregando la vida, eran su bendición.

IV

Todo había comenzado durante la segunda semana de julio, cuando el calor del verano había transformado las tardes en Willowbrook en una especie de letargo dorado donde el tiempo parecía moverse más lento y las aventuras nacían de la necesidad de escapar del aburrimiento.

Rowan estaba ayudando a Moira a limpiar el aparador art déco que había permanecido arrinconado en un extremo de la buhardilla durante años, acumulando polvo y objetos olvidados como un imán para recuerdos perdidos.

El mueble había pertenecido a la bisabuela de Moira, una mujer irlandesa de temperamento feroz que había llegado a América con tres vestidos, dos pares de zapatos y una obsesión inexplicable por coleccionar llaves.

—¡Rowan! —Había exclamado Moira cuando sus dedos encontraron la caja de galletas danesas escondida en el compartimento secreto del aparador—. ¡Mira lo que encontramos!

La caja era pesada y hacía un sonido musical cuando se movía, como si contuviera monedas de oro o campanillas diminutas, pero cuando Rowan la abrió, descubrió algo mucho más interesante: decenas de llaves de todas las formas, tamaños y épocas imaginables, organizadas sin orden aparente, pero con el cuidado de alguien que considera cada pieza un tesoro.

Había llaves victorianas con mangos decorados, llaves de hierro forjado que parecían haber abierto las puertas de catedrales góticas, llaves diminutas que sugerían cajas de música y joyeros secretos y llaves modernas que habían perdido hace mucho tiempo los objetos que alguna vez protegieron .

Pero en el centro de la caja, como si hubiera sido colocada allí para ser encontrada por las manos correctas, había una llave que hizo que Rowan contuviera el aliento.

Era de bronce oxidado, con una cabeza en forma de luna creciente grabada con pequeñas constelaciones que parecían mapas estelares en miniatura.

El mango tenía un peso perfecto en la palma de su mano, como si hubiera sido diseñado para sus dedos.

—¿Qué crees que abra? —Le preguntó Moira, notando cómo su nieta sostenía la llave como si fuera una reliquia sagrada.

—Algo importante —respondió Rowan con la certeza absoluta de alguien que acaba de encontrar el primer indicio de un misterio que está destinada a resolver.

Cuando Indie llegó esa tarde para una de sus visitas regulares de verano, Rowan la condujo hacia la caja de llaves con la emoción de alguien que ha descubierto un tesoro pirata.

—Es como en El jardín secreto [58] —declaró Indie después de examinar la llave de la luna creciente—. Mary encuentra la llave enterrada y resulta que abre la puerta del jardín que había estado cerrado durante años.

—O como en Coraline [59] —añadió Rowan—. La llave que su madre le da abre la puerta hacia el mundo paralelo.

—O los armarios de Narnia —susurró Indie con los ojos brillantes—. Aunque no necesitaban llaves, el principio es el mismo. Puertas que llevan a lugares mágicos.

Habían pasado el resto de esa tarde creando teorías elaboradas sobre qué tipo de puerta podría abrir una llave tan especial.

Indie estaba convencida de que tenía que ser algo relacionado con música, dada la forma en que las constelaciones grabadas parecían seguir patrones rítmicos.

Rowan pensaba que podría abrir un cuarto secreto lleno de libros prohibidos o películas que nunca habían sido proyectadas.

—Solo hay una manera de averiguarlo —había declarado Indie al final de la tarde—. Tenemos que probarla en todas las cerraduras del teatro hasta encontrar la correcta.

Y así había comenzado su expedición de verano: la «Misión de la Llave Luna» como la habían bautizado en secreto.

Durante las siguientes dos semanas, habían dedicado cada tarde a explorar cada rincón del Harmony Theatre en busca de la cerradura que correspondiera a su llave especial.

Habían probado en el armario de suministros de la proyección, donde Cormac guardaba latas de películas y repuestos para el proyector.

Habían intentado con los cajones del escritorio victoriano del segundo piso, que Cormac usaba para guardar los registros financieros del teatro.

Habían probado en cajas de herramientas, gabinetes de limpieza y hasta en el pequeño cofre donde Moira guardaba sus joyas de bisutería.

Cada intento fallido solo intensificaba su certeza de que la llave tenía un destino específico esperándolas. Era como si el teatro mismo estuviera jugando con ellas, ocultando su secreto hasta que estuvieran listas para descubrirlo.

—Tiene que ser algo que no hayamos visto todavía —había concluido Indie una tarde frustrante después de que la llave no funcionara en ninguna de las cerraduras del sótano—. Algo que está ahí, pero que hemos estado ignorando.

—Como las cartas robadas de Edgar Allan Poe —había añadido Rowan—. A veces las cosas más importantes se esconden a plena vista.

El descubrimiento había llegado de la manera más accidental posible.

Indie estaba esperando a Rowan en el pasillo de la buhardilla, recostada contra la pared mientras leía un libro de cuentos de hadas que había tomado prestado de la biblioteca de su amiga, cuando algo en su visión periférica la molestó.

Era como cuando tienes una palabra en la punta de la lengua, pero no logras recordarla, excepto que en este caso era algo visual que sabía que debería estar notando, pero que su cerebro se negaba a procesar.

Alzó la vista del libro y estudió el pasillo con nueva atención. La puerta de la buhardilla era familiar, por supuesto, con su pintura descascarada y su manija de bronce gastado, pero justo al lado, integrada tan perfectamente al diseño del pasillo que se había vuelto invisible, había otra puerta.

Era una puerta tan normalizada por años de ser ignorada que había desaparecido de la percepción consciente. Era más angosta que la puerta de la buhardilla, pintada del mismo beige desvaído que las paredes, con una pequeña cerradura que parecía más ornamental que funcional.

—Rowie —había susurrado cuando escuchó los pasos de su amiga subiendo las escaleras—. Ven acá. Despacio.

Rowan había aparecido con la caja de llaves en las manos, lista para otra tarde de exploración.

—¿Qué pasa?

—Mira esa puerta —Indie señaló con el dedo—. ¿Alguna vez te has preguntado qué hay detrás de ella?

Rowan siguió la dirección de su dedo y parpadeó varias veces, como si estuviera enfocando la vista después de una siesta.

—Yo... —Comenzó, luego se detuvo—. Es raro. Sé que está ahí, pero es como si nunca la hubiera visto en realidad.

—Exacto. Es como si fuera parte del fondo de escena y nosotras fuéramos las actrices que nunca prestamos atención al decorado.

Se acercaron a la puerta con la reverencia de arqueólogas que han encontrado un artefacto importante. La cerradura era pequeña y estaba parcialmente oculta bajo capas de pintura que alguien había aplicado con más entusiasmo que precisión, pero era funcional.

Rowan sacó la llave de la luna creciente de la caja, sintiendo cómo su peso familiar le daba confianza. La insertó en la cerradura con cuidado, casi esperando resistencia o que la llave no encajara como había pasado tantas veces antes.

Pero esta vez fue diferente. La llave se deslizó en la cerradura como si hubiera estado esperando regresar a casa y cuando Rowan la giró, el mecanismo cedió con un clic suave y definitivo que resonó en el pasillo como una nota musical afinada.

—¡Funcionó! —susurró Indie, aunque su exclamación sonó más como una oración de gratitud que como una expresión de sorpresa.

La puerta se abrió hacia adentro, revelando una escalera angosta que subía hacia la oscuridad. Los peldaños eran de madera vieja, pero sólida, y había una cuerda que servía como barandal, sugiriendo que alguien había usado esta escalera en algún momento del pasado.

—¿Subimos? —preguntó Rowan, aunque ambas sabían que la duda era solo una formalidad. Habían llegado demasiado lejos en su búsqueda como para detenerse ahora.

Subieron la escalera paso a paso, con Indie primero y Rowan siguiéndola de cerca, el sonido de sus pies sobre la madera creando una melodía suave en la penumbra. Al final de la escalera había otra puerta, esta más pequeña y sin cerradura, que se abría con un empujón suave.

Y entonces estuvieron en el tejado.

El Harmony Theatre se alzaba sobre el resto de Willowbrook como un barco navegando en un mar de techos más bajos y desde esa perspectiva, las niñas podían ver su mundo entero extendido ante ellas como un mapa tridimensional.

Podían ver la librería de los Harper con su letrero familiar, la floristería donde Rory trabajaba, la escuela donde habían pasado tantas mañanas aburridas y más allá, el río que bordeaba el pueblo y la carretera que llevaba hacia horizontes que aún no habían explorado.

—Es perfecto —murmuró Indie, girando para absorber la vista de 360 grados.

—Es nuestro —respondió Rowan con una sonrisa que transformó su rostro.

Y así, después de dos semanas de búsqueda, la llave de la luna creciente había cumplido su propósito: no solo había abierto una puerta física, sino que había abierto un espacio en el mundo que era completamente suyo, un lugar donde podían estar juntas sin la interferencia del mundo adulto y todas sus complicaciones incomprensibles.

Esa tarde marcó el comienzo de una nueva rutina de verano.

Cada día, después de que Indie terminara cualquier obligación familiar y Rowan completara sus tareas con Moira, se encontraban en la buhardilla, subían por su escalera secreta y pasaban las horas doradas del atardecer en su reino privado entre las nubes.