Capítulo 14 #4
Se puso de pie y caminó hacia una de las neveras de flores, fingiendo revisar algo en su lista de inventario. Emily lo observó, notando la tensión en sus hombros, la forma en que sus movimientos habían perdido esa gracia natural que lo caracterizaba.
—Sabes qué creo —dijo, sin volverse hacia ella—. Creo que deberías ir.
Emily sintió como si el suelo se hubiera movido debajo de ella.
—¿Qué ?
Rory se volvió y, cuando la miró, había algo diferente en sus ojos. Una resolución que la aterró porque no la entendía.
—Creo que deberías ir a Berkeley.
—Rory, no. Ese no era el plan. Nosotros habíamos...
—Los planes cambian, Em —la interrumpió—. Y a veces cambian para mejor.
Emily se puso de pie, acercándose a él con una urgencia que la sorprendió.
—¿De qué estás hablando? No quiero ir a Berkeley. Quiero quedarme aquí. Quiero ir a UNM. Quiero estar contigo.
Rory la miró con una expresión que parecía contener años de comprensión dolorosa.
—¿Quieres estar conmigo o no quieres arrepentirte de no haber intentado algo más grande?
La pregunta la golpeó como un puñetazo en el estómago. Emily abrió la boca para protestar, para insistir en que lo que quería era quedarse, pero las palabras no salieron.
—Rory...
—Emily, te he visto estos últimos meses. Te he visto cuando hablas de literatura, cuando discutes ideas, cuando escribes. Hay algo en ti que necesita más espacio del que Willowbrook puede ofrecerte.
—Eso no es cierto.
—¿No? —Rory se acercó más, tomándola por los hombros—. ¿Cuántas veces has mencionado a escritores que estudiaron en la costa oeste? ¿Cuántas veces has hablado de programas de escritura creativa que están fuera de Nuevo México?
Emily sintió lágrimas comenzando a acumularse en sus ojos.
—Eso no significa que quiera irme.
—No —concordó él—. Pero significa que deberías tener la opción de hacerlo sin sentir que estás traicionando a alguien.
Había allí una tristeza subyacente que Emily empezó a reconocer. Aparentemente, la alentaba a considerar Berkeley porque él ya había llegado a sus propias conclusiones sobre lo que eso significaría para ambos.
—¿Me estás dejando ir? —preguntó en voz baja.
Rory la miró durante un largo momento y Emily vio pasar por sus ojos toda una conversación silenciosa entre el joven que la amaba y el joven que la conocía lo suficientemente bien como para saber lo que era mejor para ella, incluso si eso lo destruía.
—Te estoy amando lo suficiente como para no retenerte.
Y en esas palabras, Emily escuchó tanto una declaración de amor como el sonido de algo rompiéndose irrevocablemente entre ellos.
III
A las 21:30 de la noche, cuando las luces de la floristería eran las únicas encendidas en esa cuadra de Willowbrook, Fiona Gallagher estacionó su auto frente a la entrada y observó a través del vidrio a su hijo mayor organizando las últimas cajas del inventario.
Rory se movía más lento de lo usual, con los hombros caídos, y eso activó ese radar maternal que había desarrollado durante años de criar a dos niños prácticamente sola.
Tocó la puerta con suavidad, consciente de que los comerciantes vecinos ya habrían cerrado y no quería parecer una emergencia.
Rory alzó la vista desde una caja de semillas que estaba sellando y cuando vio a su madre, su expresión cambió de concentración laboriosa a algo parecido al alivio, aunque trataba de disimularlo.
—Mamá —dijo al abrir la puerta—. ¿Qué haces aquí?
—Vine a recogerte. —Fiona entró y cerró la puerta a sus espaldas, inhalando el aroma nocturno de la floristería, más concentrado y melancólico que durante el día—.
Hablé con Jimmy en el taller esta tarde.
Dice que la camioneta estará lista mañana temprano, pero que necesitas ir por ella antes de las ocho.
Rory asintió, volviendo a su trabajo de cerrar las cajas.
—Gracias por ayudarme con la reparación. Te voy a devolver la mitad cuando cobre el viernes.
—No hay prisa, amor.
Fiona lo observó mientras él terminaba de sellar la última caja, notando cómo evitaba mirarla.
Era un gesto que conocía bien, uno que había visto cientos de veces en Fernando Luna cuando algo lo preocupaba, pero no sabía cómo verbalizarlo.
Su hijo había heredado esa manía de cerrar los ojos un poco más de lo necesario cuando se concentraba en una tarea manual, esa forma de usar el trabajo físico como escudo contra las emociones complicadas.
—Rory, ¿está todo bien?
—Sí —respondió automáticamente, pero algo en su tono la hizo fruncir el ceño.
—Estás haciendo esa cosa que hacía tu padre.
Rory se detuvo con las manos sobre la caja y la miró.
—¿Qué cosa?
—Esa forma de concentrarte demasiado en lo que tienes en las manos cuando algo te está molestando por dentro.
Hubo un silencio largo, lleno de reconocimiento mutuo. Fiona vio pasar por los ojos de su hijo una oleada de emociones que no logró identificar, pero que la preocuparon lo suficiente como para acercarse.
—¿Quieres que vayamos a cenar algo? —preguntó, adoptando ese tono casual que usaba cuando quería crear espacio para que sus hijos se abrieran sin presión—. Conozco un lugar donde hacen unas hamburguesas decentes y estará abierto hasta tarde.
Rory la miró durante un momento, como si estuviera calibrando si tenía la energía emocional para una conversación real. Asintió.
—Sí. Me gustaría.
El Moonlight Diner era uno de esos restaurantes que parecían existir fuera del tiempo, con bancos de vinilo rojo, una máquina de discos que solo funcionaba a medias y una mesera llamada Dolores que llevaba trabajando allí desde antes de que Rory naciera.
A esa hora de la noche, el lugar estaba casi vacío, lo que le daba la intimidad que Fiona había estado buscando.
Se sentaron junto a la ventana. Las luces de neón teñían sus rostros de rojo y azul. Rory pidió una hamburguesa con queso que dejó enfriarse frente a él. Fiona bebía su café en silencio, observándolo con una preocupación que no intentaba ocultar.
—¿Fue un día largo en la floristería? —preguntó después de dejar que el silencio se extendiera lo suficiente.
—No más que otros.
—¿Emily vino a verte ?
La pregunta fue casual, pero Fiona vio cómo los dedos de Rory se tensaron alrededor de su vaso de Coca-Cola.
—Sí.
—¿Todo bien con ella?
Rory alzó la vista y por un momento, Fiona vio en sus ojos a su niño de cinco años, el que solía correr a ella cuando el mundo se sentía demasiado grande y complicado.
—Mamá —su voz se quebró en esa sola palabra—. ¿Alguna vez has querido algo que sabías que nunca podrías tener?
La pregunta la sacudió de la misma manera que si le hubiesen sacado la silla. Fiona dejó su taza de café sobre la mesa, sintiendo que algo frío y terrible se instalaba en su pecho.
—¿De qué estás hablando, amor?
—Emily fue aceptada en Berkeley.
Las palabras salieron como una confesión, cargadas de una tristeza que hizo que Fiona sintiera que el corazón se le partía.
—Rory, eso es maravilloso para ella...
—Sí —la interrumpió él, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Es maravilloso. Es lo que se merece. Es brillante, es talentosa, es... es todo lo que yo nunca podré ser.
—No digas eso.
—¿Por qué no? Es la verdad.
Rory se inclinó hacia delante y Fiona vio cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos sin derramarse, como si incluso en este momento estuviera tratando de mantener algún tipo de control.
—Mamá, he estado trabajando como un loco estos últimos meses. Estudiando matemáticas hasta las tres de la mañana, leyendo libros que me cuestan el doble de esfuerzo que a ella, tratando de subir mis calificaciones para conseguir una beca que me permita transferirme a UNM cuando ella esté ahí.
—Y estoy orgullosa de ti por eso...
—Pero no es suficiente —su voz se quebró—. Nunca va a ser suficiente. Incluso si consigo la transferencia, incluso si logro graduarme, nunca voy a poder aspirar a Berkeley. Ni que vuelva a nacer, mamá. Ese mundo... ese no es mi mundo.
Las lágrimas se derramaron, silenciosas pero devastadoras, corriendo por las mejillas de su hijo de diecinueve años, que de repente se veía mucho mayor y mucho más joven al mismo tiempo.
—Y hoy, cuando me contó sobre la aceptación, le dije que debería ir. Le dije que la amaba lo suficiente como para no retenerla, y era cierto, pero también... también me di cuenta de que la estoy perdiendo de todas formas.
Fiona sintió que se ahogaba. Cada palabra de Rory era como una bofetada que le recordaba todas las oportunidades que no había podido darle, todas las puertas que habían permanecido cerradas por circunstancias fuera de su control.
—Rory...
—¿Sabes lo que es eso, mamá? ¿Saber que la persona que amas se merece cosas que tú nunca vas a poder darle? ¿Saber que, por más que te esfuerces, por más que trabajes, siempre vas a ser el chico de Willowbrook que maneja flores y ella va a ser la escritora que estudió en Berkeley?
La culpa que Fiona sintió en ese momento fue tan intensa que físicamente la lastimó.
Era como si todo el peso de las decisiones económicas, de las limitaciones, de los sacrificios que había tenido que hacer desde la muerte o desaparición de Fernando Luna, se materializaran en esa mesa de un restaurante cualquiera perdido en un rincón de Nuevo México y la aplastara.
—Mi amor —logró decir, extendiendo la mano para tomar la suya—, lo siento tanto...
—No es tu culpa. —Rory se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. Tú has hecho todo lo que has podido. Es solo que... es solo que me duele darme cuenta de que he estado viviendo mi vida tratando de alcanzar el nivel de Emily en lugar de descubrir cuál es el mío.
Fue así como se develó la verdad que Fiona había estado viendo desarrollarse durante meses, pero que no había sabido cómo abordar.
—¿Has estado estudiando por ella o por ti?
Rory la miró durante un largo momento, como si la pregunta lo hubiera obligado a enfrentarse con algo que había estado evitando.