Capítulo 13
I
El sobre llegó un martes por la mañana, justo cuando Cormac Gallagher revisaba las carteleras del mes de julio en la entrada del Harmony Theatre.
El cartero, un hombre de rostro curtido que llevaba años entregando correspondencia en esa ruta, le extendió el sobre con expresión neutra, pero algo en su mirada sugería que sabía que aquella carta no traía buenas noticias.
—Para usted, señor Gallagher —murmuró, inclinando la cabeza antes de continuar su recorrido por Harmony Road.
Cormac tomó el sobre sin mucha atención, concentrado en decidir si la secuencia de Los siete samuráis merecía una semana completa o si era mejor alternarla con algo más ligero para atraer a las familias durante las vacaciones de verano.
Fue hasta que vio el membrete impreso en lettering dorado ( Wainwright ya sea porque le causaba una emoción inclasificable.
La expresión de Pops se volvió indescifrable.
Desaparecieron detrás del cortinaje que velaba la puerta y las risas se fueron tras sus pasos.
El abuelo sabía muy bien a dónde iban esas dos y a qué.
Tres semanas atrás, la directora del conservatorio había propuesto a Cormac usar el Harmony Theatre como sede del recital de cierre de actividades.
La acústica natural del espacio victoriano y su capacidad para albergar a las familias de todos los estudiantes lo convertían en el venue perfecto para un evento que el conservatorio no podría costear en el auditorio municipal.
Cormac había aceptado encantado (cualquier oportunidad de ver el teatro lleno de música en lugar de solo proyecciones era un regalo) y como parte del acuerdo, habían instalado temporalmente un piano vertical en el escenario.
Durante las últimas dos semanas, ese piano había transformado las mañanas de julio en algo mágico.
Cuando el teatro permanecía cerrado al público, se había convertido en el refugio privado de ensayo de Indie y Rowan, donde podían explorar las posibilidades acústicas del espacio sin las limitaciones del pequeño piano de la buhardilla.
Indie, que había cumplido doce años apenas un mes atrás, se había estirado considerablemente durante el año transcurrido.
Ya no era la niña regordeta y algo torpe del año anterior; había adquirido una elegancia natural que se reflejaba tanto en su postura al piano como en la forma en que se movía por el mundo.
Sus manos, más largas ahora, danzaban sobre las teclas con una confianza que habría sido impensable bajo la tutela rígida de la hermana Margaret.
Rowan, a punto de cumplir doce en enero, había experimentado su propia transformación.
El contrabajo, que antes parecía empequeñecerla, ahora era una extensión natural de su cuerpo.
Sus dedos encontraban las cuerdas con precisión instintiva y el pizzicato que había descubierto meses atrás se había convertido en su firma personal.
—¿Lista para intentarlo otra vez desde el compás 32? —preguntó Indie, volviéndose hacia su amiga con una sonrisa que irradiaba la seguridad que había ganado durante esos ocho meses de crecimiento musical.
—Siempre —respondió Rowan, ajustando la posición del contrabajo con un gesto que habría hecho sonreír de orgullo al señor Abernathy.
Lo que siguió fue pura magia. Los primeros acordes de Adiós Nonino de Piazzolla llenaron el espacio del teatro con una melancolía adulta que contrastaba con la juventud de las intérpretes.
Indie había domado las complejas armonías del tango, encontrando en ellas un lenguaje emocional que ni siquiera sabía que poseía.
Rowan, por su parte, había transformado la línea de bajo en algo vivo y conversacional, cada nota un susurro íntimo que dialogaba con el piano.
¡Qué ironías las de la vida! Años atrás sintió cada día, en el ardor de sus dedos, en la fragilidad de sus manos, que no podría sostener entre ellas al elefante en toda la expresión de la palabra y ahora…
¡Ahora sus dedos volaban por el diapasón con una confianza que no solo había sido forjada por la magistral enseñanza de Abernathy y de Sinclair!
También por una disciplina rigurosa que ella misma se había impuesto, impulsada por la mera pasión de ver hasta dónde podía llegar si daba un paso más, y otro más y otro, cada día.
Amaba su contrabajo y cómo él, con su sonido profundo, hacía que su pecho se expandiera de emoción incontenible, pero lo más notable era la comunicación entre ellas.
Se miraban por encima de sus instrumentos con una comprensión que trascendía las palabras, anticipando los rubatos, los crescendos, los momentos de silencio que hacían que la música respirara.
Ya no eran las niñas tímidas e inseguras del año anterior. Habían encontrado sus voces, tanto musical como personalmente, y esas voces se entrelazaban sugiriendo algo más profundo que una simple amistad musical.
Cuando terminaron la pieza, el silencio que siguió estuvo cargado de significado. Se miraron por un momento que se extendió más de lo necesario y en esa mirada había un reconocimiento mutuo de que algo había cambiado entre ellas, algo que ninguna de las dos sabía aún cómo nombrar.
—Creo que ya estamos listas para el recital —susurró Indie, aunque ambas sabían que habían estado listas desde hace semanas.
—Más que listas —coincidió Rowan y en el tono de su voz había una nueva madurez que no tenía que ver solo con la música.
Desde el umbral del teatro, sin que ellas lo notaran, Cormac las observaba con orgullo y preocupación.
La carta que llevaba en el bolsillo parecía pesar más mientras contemplaba a su nieta y a la hija de los Harper crear algo tan hermoso en el espacio que alguien quería destruir para construir un centro comercial.
Pero había algo más en su expresión mientras las observaba. Algo que tenía que ver con la forma en que se miraban las niñas, con la intimidad natural de sus intercambios musicales, con la manera en que parecían existir en su propio universo cuando estaban juntas.
Cormac Gallagher había vivido lo suficiente para reconocer los síntomas del primer amor, incluso cuando se manifestaba en forma de armonías compartidas y miradas prolongadas entre dos niñas de doce años que aún no tenían palabras para lo que sentían.
La carta en su bolsillo amenazaba el futuro del teatro, y con él, momentos como este: el conservatorio usando el espacio para nutrir el talento local, las niñas encontrando en esas paredes centenarias la acústica perfecta para su música, pero observando a Indie y Rowan, se preguntaba si esa no sería la menor de las batallas que tendría que librar en los meses venideros.
II