Capítulo 13 #2
Para las 18:00, el Harmony Theatre había recuperado su propósito original.
Las butacas victorianas que habían presenciado décadas de representaciones teatrales, conciertos de cámara y recitales de baile antes de convertirse en refugio cinematográfico, ahora acogían a un público expectante ante un escenario vivo.
Cormac había observado desde el balcón cómo se llenaba su teatro, sintiendo una nostalgia agridulce por los tiempos en que eventos como este eran la norma, no la excepción.
Pensó en la carta que había recibido unos días atrás y abajo, cerca del escenario, vio a su hija, a su esposa y a su nieto.
¿Cómo se supone que les contaría de esta nueva oferta?
¿Cómo se supone que iba a mantener en pie el feudo emocional de los Gallagher si la presión crecía?
Resopló y no quiso sentirse prisionero de una situación, aún no se había puesto sobre la mesa la última carta y lo mejor estaba por verse.
—Lo mejor o lo peor —musitó allá arriba, en la balaustrada donde nadie le escuchaba—; ya veremos qué rumbo toman las cosas.
Bajó por la escalera del gran balcón, salió al lobby del teatro en el que vio a algunos padres hablando con sus hijos, llegando apurados al evento o llamando por teléfono, así como a las voluntarias del conservatorio que se habían ofrecido para formar un cuerpo de protocolo para la ocasión.
Se encaminó a la puerta que conducía a la sala inferior, le pareció extraño y hasta absurdo que una de esas chicas serviciales le apartara la cortina para que él pudiera pasar y se dirigió hacia la tercera fila, donde Fiona, Moira y Rory habían guardado un asiento para él.
El muchacho se había tomado la tarde libre en la floristería para este momento y llevaba puesto un suéter azul marino que Fiona le había comprado para ocasiones especiales.
Detrás de él, en la fila posterior, Emily Harper se había sentado estratégicamente donde podía ver tanto el escenario como a Rory, dividida entre su orgullo fraternal y la nueva intimidad que había florecido entre ella y el hermano mayor de Rowan durante estos meses de tregua familiar.
Claire y Lucas la acompañaban, expectantes por el recital.
La señora Blackwood subió al escenario con la elegancia formal que caracterizaba todos los eventos oficiales del conservatorio.
Su vestido negro de concierto y su cabello recogido contrastaban con el ambiente más relajado que Aria Sinclair había cultivado en el taller de jazz, pero su sonrisa era cálida.
—Buenas tardes y bienvenidos al recital de clausura del período académico del Conservatorio Municipal de Willowbrook —su voz se proyectaba claramente en el espacio sin necesidad de amplificación—.
Este año hemos tenido el honor de ser invitados por el señor Gallagher a utilizar este hermoso teatro histórico y debo decir que la acústica ha superado todas nuestras expectativas.
Desde su asiento, Lucas Harper ajustaba el programa impreso, mientras Claire, a su lado, había logrado mantener durante todo el día esa expresión de orgullo maternal que había estado practicando desde que Indie comenzó a florecer bajo la tutela de Aria Sinclair.
La tregua entre ellos se había sostenido durante ocho meses, alimentada por los evidentes resultados del cambio musical de su hija menor y por el cuidadoso equilibrio que Lucas había mantenido entre apoyar a Indie y no confrontar a su esposa.
—Durante este año académico —continuó la señora Blackwood—, nuestros estudiantes han explorado no solo la técnica musical, sino también la expresión personal y la colaboración artística.
El programa de esta tarde presenta a aquellos estudiantes que, a través de audiciones, han demostrado un crecimiento excepcional y una comprensión musical que va más allá de sus años.
En el backstage , Indie revisaba por última vez las partituras de Adiós Nonino , aunque a estas alturas podría tocar la pieza con los ojos cerrados. Rowan, a su lado, afinaba su contrabajo con movimientos precisos y automatizados.
—¿Nerviosa? —Le preguntó Indie, aunque la interrogante era más ritual que preocupación real. Ambas habían superado hace tiempo los nervios de presentarse en público.
—No exactamente —respondió Rowan, ajustando una última cuerda—. Pero este es diferente.
—¿Diferente cómo?
Rowan pausó, buscando las palabras. Tenía razón; este recital era diferente.
No solo porque era el cierre del año académico o porque se presentaban en el teatro de su abuelo.
Era diferente porque tanto ella como Indie habían llegado a un punto en su desarrollo musical donde ya no se trataba solo de demostrar lo que habían aprendido, sino de compartir lo que habían creado juntas.
Adiós Nonino era la pieza más desafiante que habían abordado.
Piazzolla había vertido en ella toda la complejidad emocional del duelo, el amor filial y la nostalgia, creando una obra que exigía no solo destreza técnica, sino también madurez emocional.
Durante meses, Indie y Rowan habían trabajado no solo en dominar las notas, sino en encontrar su propia interpretación de esos sentimientos.
—Es diferente porque ya no estamos mostrando lo que sabemos hacer. Estamos mostrando quiénes somos.
Indie asintió, entendiendo. A lo largo de estos meses, su música había evolucionado de ser una demostración de habilidades a convertirse en una forma de comunicación íntima.
Cuando tocaban juntas ahora, había una comprensión silenciosa que iba más allá de lo musical, una sincronización que había comenzado en el piano y el contrabajo, pero que se había extendido a sus vidas diarias, a sus conversaciones, a la forma en que se movían por el mundo.
En el auditorio, la señora Blackwood había comenzado a presentar las primeras actuaciones del recital.
Un trío de violines interpretó Minuet in G de Christian Petzold con precisión técnica admirable.
Una jovencita de catorce años ofreció una versión delicada de Momento musical n.º 3 en Fa menor de Franz Schubert que animó y sorprendió a las madres del público.
Un dúo de flautas navegó por el Andante de la Sonata en Do Mayor de Wolfgang Amadeus Mozart con la alegría propia de la música clásica.
Cada presentación era competente, hermosa, musicalmente sólida, pero Abernathy, sentado en un lugar de la cuarta fila, esperaba algo específico.
Durante el año académico, había sido testigo de la evolución de Rowan Luna de estudiante prometedora a música auténtica.
Había visto cómo su comprensión del contrabajo había madurado desde la imitación técnica hacia una expresión personal genuina, pero más que eso, había observado la química musical entre Rowan e Indie Harper y sabía que lo que estaba a punto de presenciar no sería solo una interpretación técnicamente sólida de Piazzolla.
Sería una conversación musical entre dos jóvenes que habían encontrado en su colaboración algo que ninguna podría lograr sola.
Cuando la señora Blackwood anunció el final de la primera parte del programa, el público se acomodó para el intermedio. Fiona aprovechó para intercambiar unas palabras con Lucas, quien estaba casi a sus espaldas, con Emily a su lado.
—¿Cómo se sienten las niñas? —preguntó él, aunque su expresión sugería que estaba más nervioso que las propias intérpretes. Claire miró de soslayo cómo se inclinaba hacia delante con una sonrisa para intercambiar un par de palabras con aquella mujer pelirroja.
—Tranquilas —respondió Fiona con una sonrisa—. Más tranquilas que nosotros, al menos.
Era cierto. En el backstage , Indie y Rowan habían entrado en el modo concentración relajada que caracteriza a los músicos experimentados antes de una actuación importante.
Cuando el público regresó a sus asientos para la segunda parte, la atmósfera había cambiado.
Era como si la primera mitad del recital hubiera sido el preámbulo necesario y ahora llegaba el momento de las presentaciones que importaban.
Varios estudiantes, en solitario o acompañados de otros, desfilaron por el escenario para dejar el listón de ese recital muy alto.
La señora Blackwood regresó al escenario, pero esta vez su introducción fue más personal en comparación con todas las anteriores.
—Para cerrar nuestro programa de esta tarde, quiero presentar a dos estudiantes que han demostrado durante este año académico no solo excelencia técnica, sino también una comprensión musical y una capacidad de colaboración excepcionales.
Su interpretación de Adiós Nonino de Ástor Piazzolla representa el tipo de crecimiento artístico que esperamos de nuestros músicos más dedicados.
Hizo una pausa y su sonrisa formal se suavizó hacia algo más genuino.
—Índigo Harper y Rowan Luna han trabajado durante meses para traernos esta interpretación y estoy segura de que comprenderán por qué fueron seleccionadas para cerrar nuestro recital. Por favor, acompáñenme en recibirlas.
El aplauso que siguió fue diferente al que había recibido el resto del programa. Era expectante, cargado de anticipación, como si el público hubiera estado esperando este momento específico durante toda la tarde.
Indie y Rowan aparecieron en el escenario con una serenidad inquebrantable. Se acomodaron en sus lugares, Indie al piano, Rowan con el contrabajo, como si repitieran un gesto antiguo.
No había urgencia. No había temor. Solo dos músicas habitando el espacio que les pertenecía, el lugar donde su vínculo había aprendido a respirar.
Cuando se miraron antes de comenzar, fue una mirada de entendimiento profesional, pero también de algo más profundo.
Era la mirada de dos personas que habían crecido juntas, no solo musicalmente, sino también emocionalmente, y que habían encontrado en su colaboración una forma de expresión que era solo suya.
Indie puso sus manos sobre las teclas, Rowan posicionó el arco y, en el silencio expectante del Harmony Theatre, comenzaron a contar la historia de quiénes se habían convertido.