Capítulo 12 #2
—No, papá —la hija se volvió para mirarlo y la tristeza en sus ojos le partió el corazón—. Gracias por apoyarme. Significa todo para mí —y con eso, desapareció escaleras abajo, dejando a Lucas y Claire solos en un silencio cargado de todo lo que no habían dicho.
La madre se quedó de pie por un momento, temblando de ira, antes de hundirse de nuevo en el sofá.
—¿Estás contento? —Le preguntó a Lucas sin mirarlo—. ¿Estás contento de haber perdido a nuestra hija?
—No la perdí —respondió Lucas—. ¡Tú la alejaste, que es muy distinto!
Sin esperar respuesta, siguió a Emily escaleras abajo, dejando a Claire sola con su furia y su sensación creciente de que el mundo se estaba desmoronando a su alrededor.
II
Emily pedaleaba por las calles de Willowbrook con las lágrimas nublándole la vista, el viento de la tarde le secaba las mejillas tan pronto como las nuevas lágrimas las mojaban.
Sus piernas se movían mecánicamente, llevándola por una ruta que había recorrido tantas veces que podría hacerla con los ojos cerrados.
No hacia su casa, esa ya no se sentía como un refugio, sino hacia el único lugar donde sabía que encontraría paz.
La floristería de la señora Wolfe se alzaba ante ella como un oasis de color en medio de su tormenta emocional.
Los girasoles en la entrada parecían inclinar sus cabezas doradas hacia ella, como si fueran centinelas silenciosos que la recibían después de la batalla.
Emily se bajó de la bicicleta y la apoyó contra la pared de ladrillo, sus manos aún temblando por la adrenalina de la confrontación.
A través del cristal empañado de la puerta, pudo ver la silueta de Rory moviéndose entre las flores, conversando con la señora Wolfe.
Se le daba tan bien estar entre adultos.
Llevaba puesto su delantal de trabajo, ese delantal verde que siempre olía a tierra húmeda y pétalos frescos, y tenía las mangas de su camisa arremangadas, revelando esos antebrazos que se habían fortalecido por meses de cargar macetas, ramos, cajas de productos o paquetes de mercadería.
Ahora la dueña del negocio se retiraba a la trastienda, dejando a Rory concentrado en algo, preparando el último encargo del día, y esto impidió que notara la llegada de Emily.
La chica Harper se quedó inmóvil por un momento, observándolo a través del vidrio como si fuera una escena de una película silente.
La luz dorada de la tarde se filtraba por las ventanas de la floristería, creando un halo suave alrededor de su figura.
Rory alzó la cabeza para alcanzar unas rosas que colgaban del techo y el movimiento hizo que un mechón de cabello castaño cayera sobre su frente.
La concentración en su rostro, la delicadeza con la que manejaba las flores, la manera en que la luz acariciaba su perfil, le recordó por qué había corrido hasta allí.
¡Era maravilloso! Alto, atractivo, dulce y hasta esa forma tan singular de vestir le daban a su personalidad, a su sola presencia, una extensión maravillosa.
Emily empujó la puerta y el pequeño timbre anunció su entrada con un tintineo musical. Rory alzó la mirada y su expresión cambió de concentración laboriosa a preocupación instantánea cuando vio su rostro.
—¡Em! —Dejó caer las tijeras de podar que tenía en las manos y se acercó a ella en dos zancadas largas—. ¿Qué pasó?
Ella no pudo responder. La calidez de la floristería, el aroma a jazmín y eucalipto, la presencia de Rory tan cerca, todo se combinó para quebrar la compostura que había mantenido durante el trayecto en bicicleta.
Las lágrimas volvieron a brotar, pero esta vez no eran lágrimas de furia o frustración, sino de alivio.
Rory no hizo más preguntas. La tomó entre sus brazos y Emily se fundió contra su pecho, inhalando ese aroma familiar que siempre la tranquilizaba: tierra, flores y algo indefiniblemente suyo que ningún perfume podría replicar.
—Shh —murmuró él, su voz grave vibrando contra la mejilla de ella—. Estás aquí. Estás bien.
Emily alzó la cabeza para mirarlo. Tenía una pequeña mancha de polen amarillo en la mejilla izquierda y sin pensarlo, extendió la mano para limpiarla. El gesto fue tan íntimo, tan natural, que por un momento olvidó por qué había estado llorando.
—Les dije —susurró—. Les hablé de nosotros.
Los ojos castaños de Rory se oscurecieron.
—¿Cómo fue?
—Horrible. —Emily se apartó lo suficiente para poder verlo, pero mantuvo las manos apoyadas en su pecho—. Mamá… mamá dijo cosas terribles. Sobre ti, sobre nosotros, sobre …
—Emily —Rory le tomó el rostro entre las manos, sus pulgares limpiando las lágrimas que aún corrían—. No me importa lo que haya dicho sobre mí.
—A mí sí me importa —respondió ella con fiereza—. Me importa porque no es cierto. Nada de lo que dijo es cierto.
Rory sonrió y fue esa sonrisa pequeña y triste que Emily había aprendido a reconocer, la que aparecía cuando él estaba fingiendo que algo no lo lastimaba.
—¿Qué dijo exactamente?
Emily dudó. ¿Cómo repetir las palabras venenosas de su madre sin envenenar este momento? ¿Cómo explicar la crueldad sin perpetuarla?
—Dijo que no tienes futuro. Que yo merezco algo mejor. Que lo nuestro no es amor real —las palabras salieron en un susurro entrecortado—. Pero papá… papá te defendió y me defendió a mí.
Rory asintió, como si hubiera esperado esa reacción.
—¿Y tú qué dijiste?
—Le dije que te amaba. —Emily se puso de puntillas para estar más cerca de él—. Le dije que eras el hombre más noble que había conocido en mi vida. Le dije que me hacías feliz.
—¿Y es cierto? —preguntó él, su voz apenas audible—. ¿Te hago feliz?
—Más feliz de lo que jamás imaginé que era posible ser —respondió ella sin dudarlo.
Rory cerró los ojos por un momento, como si estuviera memorizando esas palabras. Cuando los abrió, había algo diferente en ellos, algo más resuelto.
—Tengo que terminar una entrega, pero después… después tenemos que hablar con tus padres.
—Rory, no. Mamá estaba furiosa y si apareces ahí…
—Emily —la interrumpió—. Si vamos a hacer esto, si vamos a estar juntos de verdad, no puede ser escondiéndonos. No puede ser con mentiras o a medias.
Emily lo miró, viendo en ese momento toda la fortaleza que había en él, toda la integridad que su madre se negaba a reconocer.
—¿Estás seguro?
—Jamás he estado más seguro de algo en mi vida —respondió él—. Pero primero, ayúdame con esto.
Se dirigió hacia el mostrador donde había estado trabajando y Emily vio que estaba preparando un arreglo de lirios blancos y rosas rojas, envuelto en papel satinado color crema.
—Es para el restaurante italiano —explicó mientras ajustaba la posición de una rosa—. Celebración de aniversario. Cincuenta años de casados.
Emily sonrió a pesar de todo.
—¿Cincuenta años?
—Los señores Benedetti, ¿los conoces? —Ella negó con la cabeza mientras miraba absorta cómo él daba los últimos toques al arreglo.
Imaginó que la señora Wolfe lo había enseñado y se preguntó si había algo que no pudiera hacer bien.
Rory terminó de envolver el ramo y lo alzó para mostrarle—.
Él viene cada mes a comprarle flores a ella.
Dice que el día que deje de hacerlo será el día que deje de amarla.
Rory lo dijo con una honestidad que la desarmó. Emily sintió el calor abrirse paso en su pecho, como una promesa.
Por un instante, quiso eso.
Una vida entera con él .
Parecía demasiado hermoso para ser real.
—Ven acá —dijo él de repente y la chica se acercó.
Rory se sacó del bolsillo las llaves de su camioneta, estacionada a un lado de la fachada de la tienda y se las entregó—.
Súbete a la camioneta y espérame allí. Iré a mostrarle el ramo a la señora Wolfe para que me dé su visto bueno y a anunciarle que saldré a entregarlo.
Necesito saber si ella quiere que vuelva para ayudarla a cerrar la tienda o si puede encargarse sola.
Después de hacer la entrega, iremos juntos a tu casa.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
Rory se acercó a ella y le tomó las manos. Las suyas estaban ásperas por el trabajo, pero cálidas y firmes.
—Emily Harper —dijo con una solemnidad que la hizo contener el aliento—, te amo. Te he amado desde el momento en que te vi sonreír por primera vez en esa librería y si tu madre necesita escuchar eso de mis labios, entonces eso es lo que va a pasar.
Emily sintió que el corazón se le hinchaba tanto que podría explotar.
—Yo también te amo —susurró—. Te amo tanto que duele.
—Entonces no dejemos que nadie nos diga que eso está mal —dijo él, besando su frente—. Anda, no me tardo.
Rory recogió el arreglo floral y se dirigió hacia la puerta trasera de la floristería, por la cual desapareció.
Emily lo siguió con la mirada antes de salir de la tienda, sintiendo como si estuviera flotando.
No tenía miedo de lo que vendría después, porque con Rory, incluso enfrentar la furia de su madre parecía posible.
III
Cuando la Econoline de Rory se detuvo frente a la librería Harper, Lucas y Claire estaban en la planta baja organizando los libros que habían quedado dispersos durante la confrontación anterior.
El silencio entre ellos era casi sólido y el sonido del motor diésel de la vieja camioneta no solo ayudó a mitigarlo, también los hizo alzar la vista al mismo tiempo.
—Oh, por favor —murmuró Claire, dejando caer los libros que tenía en las manos—. Esto es el colmo. Le va a pesar a ese chico poner un pie en mi tienda.
—Claire —Lucas se puso de pie—, es un chico joven. Su madre trabaja en el ayuntamiento y tiene un buen cargo en él.
—¿Y qué me importa? —replicó Claire con soberbia—. ¿Crees que le temo a Fiona Gallagher?
Lucas la miró, con una expresión que Claire no le había visto antes. Había algo en sus ojos que la hizo sentir incómoda.
—Deberías —le dijo en un tono tan serio, con un gesto tan grave, que Claire sintió una punzada de incertidumbre por primera vez en toda la tarde.