No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 11 #4
35%

Capítulo 11 #4

Quizás Claire, vuelta hacia su marido, lo ignoraba, pero lo que Lucas no pudo pasar por alto es que Fiona, sentada a apenas centímetros de distancia, había escuchado cada palabra.

Su expresión no cambió, pero algo se endureció en sus ojos grises, siempre tan vivaces, mientras dirigía su atención hacia Aria, que se preparaba para presentar la siguiente pareja.

—Y ahora —dijo Aria con una sonrisa, ajena a la tensión que acababa de generarse entre el público—, quiero presentarles a James y Phoebe, quienes han estado trabajando con una pieza que requiere mucha valentía musical…

James tomó su saxofón alto con el nerviosismo evidente de quien nunca había tocado en público, mientras Phoebe se sentó al piano con la confianza de alguien que había nacido para hacer música.

Comenzaron con las estructuras repetitivas del Canon en Re de Pachelbel, pero James pronto encontró su voz.

Su saxofón tomó la melodía principal y la convirtió en algo que sonaba a aventura, a caminos por explorar.

El piano de Phoebe sostenía la base, pero agregaba variaciones que sonaban como paisajes cambiantes en esa aventura musical.

Gradualmente, se alejaron más y más de la estructura original de Pachelbel, hasta que el Canon se convirtió en una historia nueva que solo ellos entendían.

Los padres de James intercambiaron miradas de asombro. Su hijo, que en casa apenas se animaba a tocar una escala completa, estaba allí arriba transformando a uno de los compositores más estructurados de la historia en pura libertad musical.

El maestro de saxofón, desde el fondo, murmuró a su colega de piano:

—Pachelbel en jazz… Nunca lo habría creído. Siempre pensé que la única capaz de lograrlo er a Hiromi Uehara [54] .

Volvieron los aplausos. Aunque Lucas tenía un sobresalto en el pecho porque sabía de sobra que la siguiente era su hija, no podía dejar de mirar de soslayo a Fiona. ¿Le habría agriado Claire ese momento con su inoportuno comentario? Esperaba que no. Cruzaba los dedos porque no.

—Y ahora —dijo Aria con una sonrisa especial—, quiero presentarles a nuestra última pareja de esta tarde.

Índigo y Rowan han desarrollado algo muy especial durante estos meses.

Una conexión musical que va más allá de la técnica o la teoría.

Cuando tocan juntas, créanme, es como presenciar una conversación entre dos personas que se conocen desde siempre.

Claire sintió que se le aceleraba el corazón. Lucas le tomó la mano.

—Indie y Rowan —las llamó Aria—, es su turno.

Desde diferentes puntos del estudio, las dos niñas se acercaron a sus instrumentos.

Indie, con once años recién cumplidos y una seguridad en sí misma que jamás había tenido con la hermana Margaret, se dirigió al piano.

Rowan, con sus diez años aún y esa determinación silenciosa que la caracterizaba, caminó hacia su contrabajo.

Rowan se acercó a su instrumento de forma diferente. En lugar de tomar el arco, lo dejó apoyado contra la pared hasta que se sentó frente al contrabajo como si fuera un viejo amigo con quien estaba a punto de tener la conversación más importante de su vida.

El estudio quedó en silencio. Los padres, los maestros, incluso los otros niños, parecían sentir que algo especial estaba a punto de suceder.

Aria se había retirado a un costado, pero no lo suficientemente lejos como para que Indie no pudiera verla, y ese fue el primer puñal que atravesó el corazón de Claire: ver cómo su hija buscaba los ojos de su maestra, como si necesitara esa aprobación silenciosa antes de comenzar.

El gesto de asentimiento que Aria le dio a Indie fue casi imperceptible, pero estaba cargado de una complicidad que hizo que Claire sintiera que estaba siendo testigo de una conversación íntima entre madre e hija . Una conversación de la que ella estaba excluida.

Indie miró a Rowan, Rowan miró a Indie y, sin necesidad de palabras, ambas sonrieron.

Era hora de mostrarle al mundo lo que habían aprendido.

Índigo puso las manos sobre las teclas y tocó las primeras notas de una melodía que Lucas reconoció en el acto.

—Dios mío —susurró y su voz se quebró—. Es La valse d’Amélie .

Claire volteó a mirarlo sin entender. ¿Cómo era posible que él reconociera una pieza que ella nunca había escuchado? Pero antes de que pudiera preguntarle algo, la música la envolvió por completo.

Indie tocaba con una madurez emocional que no tenía seis meses atrás. Cada nota parecía pensada, sentida, vivida. Esto era música que respiraba, que contaba una historia, que hablaba en un idioma que Indie había aprendido a dominar por completo.

Rowan se unió con el contrabajo, siguiendo la melodía con el arco y, por un momento, todo parecía desenvolverse según lo esperado. Hermoso, técnicamente sólido, emocionalmente resonante, pero entonces algo cambió.

Las niñas se miraron y en ese intercambio de miradas había una pregunta silenciosa que solo ellas entendían. Una pregunta que sonaba a: «¿Estás lista para mostrarles quiénes somos en realidad?»

Sin previo aviso, Rowan dejó el arco apoyado contra la pared.

El sonido que salió del contrabajo cuando sus dedos tocaron directamente las cuerdas fue como si el instrumento hubiera estado esperando toda su vida ese momento.

Era más inmediato, más íntimo, más suyo.

El pizzicato transformó la melodía, dándole una calidez y una personalidad que el arco nunca había conseguido.

Indie no se sorprendió. Como si hubieran ensayado esa transición miles de veces, adaptó su interpretación al nuevo sonido de Rowan. El piano se volvió más conversacional, más juguetón, respondiendo a cada nota pulsada del contrabajo como si fuera la respuesta más natural del mundo.

Lo que siguió no fue ya La valse d’Amélie de Yann Tiersen. Era La valse d’Amélie de Indie y Rowan; del dúo Gallagher Harper.

La transformaron, la hicieron suya, le agregaron silencios que no estaban en la partitura original, cambios de ritmo que surgían de su comunicación silenciosa, momentos donde el piano susurraba secretos que solo el contrabajo podía entender.

Lucas tenía lágrimas corriendo por las mejillas. Cormac se había puesto de pie al fondo, incapaz de mantenerse sentado ante lo que estaba presenciando. Fiona se llevó las manos al pecho, sintiendo que su corazón podría explotar de orgullo.

Pero fue Abernathy quien tuvo la reacción más extraordinaria.

El hombre que había dedicado su vida entera a la enseñanza tradicional del contrabajo, que había formado a generaciones de músicos clásicos con disciplina y método, estaba viendo nacer algo que jamás había imaginado posible.

Rowan había abandonado el arco con naturalidad, con instinto, con una comprensión musical que iba más allá de cualquier técnica.

—Dios santo —murmuró para sí mismo—. No estoy viendo a una contrabajista. Estoy viendo a una bajista .

Y tenía razón. En ese momento, frente a todos, Rowan había dejado de ser la niña que luchaba por dominar un instrumento demasiado grande para ella y se había convertido en la música que siempre había estado destinada a ser.

Indie, por su parte, brillaba. Literalmente brillaba.

Cada nota que tocaba era una extensión de su personalidad, cada frase musical era una conversación con su mejor amiga, cada silencio era una pausa llena de significado.

Esto era lo que había estado buscando desde que se sentó ante un piano a los seis años: no la perfección técnica, sino la libertad de ser ella misma a través de la música.

Y en medio de toda esa magia, Claire se estaba desmoronando silenciosamente.

Veía a su hija tocar con una pasión y una autenticidad que jamás había presenciado.

Veía a Indie comunicarse con Rowan de forma casi telepática.

Veía todo el talento que siempre había sospechado que su hija tenía, floreciendo ante sus ojos de la manera más hermosa posible, pero también veía otras cosas.

Veía cómo Indie, en los momentos más intensos de la interpretación, buscaba con la mirada a Aria, no a ella.

Veía cómo la sonrisa de aprobación de su maestra iluminaba el rostro de su hija de tal forma que las palabras de Claire ya no conseguían.

Veía cómo Aria movía ligeramente la cabeza siguiendo el ritmo, como una madre orgullosa de su hija.

Y eso la estaba matando.

Porque Claire se daba cuenta, con una claridad dolorosa, de que había perdido a Indie en el proceso de tratar de controlarla.

Que en su empeño por asegurar una formación musical «seria» y «disciplinada», había empujado a su hija hacia los brazos de otra mujer.

Una mujer que había conseguido en seis meses lo que ella no había logrado en años: ver a Indie brillar sin reservas.

Cuando la música llegó a su fin, el silencio que siguió fue absoluto. Era ese tipo de silencio que se produce cuando un público acaba de presenciar algo que sabe que recordará para siempre.

Luego, los aplausos comenzaron. Primero tímidos, luego entusiastas.

Indie y Rowan se miraron, sonrieron y se abrazaron con la euforia de quienes acaban de descubrir que pueden volar.

Aria se acercó a ellas con lágrimas en los ojos.

—Niñas —les dijo, tomándolas a ambas en sus brazos—, acaban de mostrarle al mundo algo extraordinario. No solo su talento, sino su alma.

Claire vio ese abrazo y sintió que se le partía el corazón en mil pedazos, porque era el abrazo que ella debería estar dando. Era el orgullo que ella debería estar sintiendo sin las nubes de los celos. Era la conexión que ella había tenido con Indie y que había perdido por su propia terquedad.

Lucas se acercó a Indie, la alzó en brazos y la hizo girar.

—¡Estoy tan orgulloso de ti! —Le gritó entre risas—. ¡Eso fue increíble!

—¿Te gustó, papá? —preguntó Indie, radiante.

—Me encantó. Pero más importante, ¿a ti te gustó?

—¡Fue lo mejor que he hecho en mi vida! —respondió sin dudarlo.

Y luego, inevitablemente, buscó a Aria con la mirada.

—¿Señorita Sinclair? ¿Cómo estuvo?

—Perfecta, mi amor —le respondió Aria—. Absolutamente perfecta.