Capítulo 11 #3
El chico entendió de inmediato lo que ocurría y metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón, se hizo el desentendido, giró con una naturalidad absoluta y comenzó a deambular hacia el ala izquierda, observando los pósters musicales que decoraban las paredes.
Emily sintió unas ganas enormes de echarse a llorar y alzó los ojos hasta la cúpula de cristal para que no se notase su desengaño.
Era una suerte que los Gallagher estuvieran todos muy concentrados en conversar con otros padres para que ella pudiera transitar sin presiones su tristeza personal.
¿Cómo se supone que podía sentirse Rory después de rechazarlo de esa manera?
¿Entendería su posición? Ya lo habían hablado en un par de oportunidades y él siempre se mantuvo cauto y comprensivo, pero…
¿Por cuánto tiempo iban a seguir jugando a eso?
Era injusto tener a un chico como él esperando por ella…
¡Esperando por una posible aprobación que quizás no llegaría, al menos por parte de su madre, porque Lucas ya había dado su bendición ante esa probabilidad!
Se sintió como una mierda, miró de soslayo a Rory fingiendo leer los carteles y quiso lanzarse sobre él para disculparse. Tuvo que hacer un esfuerzo para recomponer su ánimo y no arruinar así el recital de su hermanita. Esa tarde tenía que ser para Indie y Rowan, para nadie más.
Los padres de Emily ya estaban de regreso de su breve incursión por la planta baja del conservatorio y dos de sus aulas.
Claire no fue efusiva en sus apreciaciones, pero Lucas notaba en su expresión que de momento estaba complacida e impresionada, aunque las escaleras crujieran un poco al paso de los alumnos o aunque alguna que otra pared necesitara un retoque de pintura; sin embargo, no fue la única expresión en la que Harper reparó, porque una vez estuvieron de vuelta con su hija mayor, notó que algo le pasaba y que estaba, aunque estuviera haciendo su mayor esfuerzo por disimularlo, al borde de las lágrimas .
—Hey… —susurró y los ojos de Emily se pusieron rojos en un segundo.
Aprovechó que Claire se aproximaba un poco al grupo de padres, reconociendo en algunos de ellos a un matrimonio que asistía cada sábado a los cuentacuentos de la librería sin falta—.
¿Y esto? —Le tomó el brazo con amor—. ¿Pasó algo mientras nos ausentamos?
Emily desvió fugazmente su mirada hacia la silueta de Rory, cada vez más lejos, revisando la hilera de carteles que decoraban el corredor de la izquierda.
Lucas siguió su mirada y, al ver al chico Gallagher irreconocible con ese traje gris, de no ser por su inconfundible cabellera rojiza y revuelta, suspiró.
—Ya veo… —La abrazó y la besó en la cabeza—. No pasa nada, nena. De verdad, no está pasando nada… Anda. Respira profundo y quédate tranquila, ¿sí? —La miró a los ojos y le tomó el rostro entre las manos—. No querrás que Indie te vea así.
La hija lo obedeció y un par de minutos después, cuando parecía más repuesta, el padre se dio la media vuelta y con pasos largos llegó hasta donde estaba el hijo de Fiona.
—¡Rory!
El muchacho dio un respingo, volteó a ver a Lucas y le sonrió. Se estrecharon las manos con fuerza.
—¿Cómo estás? ¿Nervioso por la sorpresa que nos darán las niñas?
—Un poco —reconoció tras saludarlo con el mismo afecto—. Le hice creer a Rowan que todo le saldría de maravilla, pero ahora no estoy tan seguro —rieron.
—¿Sabes algo de lo que tienen preparado?
—No mucho —dijo sin vergüenza—. No soy un especialista en música, la verdad.
—Pues no nos queda más que esperar a la presentación del dúo Gallagher Harper —alzó sus ojos en un gesto casi incrédulo—. Quién podría imaginar que esas niñas unirían así a las dos familias, ¿verdad? —Los dos hombres se vieron a los ojos—. ¡Y lo que aún está por llegar!
Involuntariamente, los ojos castaños de Rory se fueron por un segundo hasta Emily, que los miraba con un gesto de confusión y curiosidad.
Volvió a mirar a Lucas Harper, que le sonrió y le dio un par de palmadas firmes en el hombro.
El hijo de Fiona recuperó de pronto la seguridad, la chispa, y ese hombre de pie a su lado lo supo al instante.
—¡Familiares y amigos! —La señora Blackwood ya se dirigía a todos los padres que esperaban en la entrada del conservatorio—. Los invito a pasar al salón de jazz para el recital…
Se escuchó un coro de voces tenues, en el que había algunas expresiones de satisfacción, otras frases interrogativas o comentarios casuales.
—Bien, llegó la hora. —Lucas y Rory se unieron a esa pequeña multitud.
El estudio de jazz se había transformado para la ocasión. Los cojines habituales habían sido reemplazados por sillas dispuestas en semicírculo, creando un espacio íntimo pero formal y los instrumentos esperaban en sus lugares como actores antes de una función.
Los padres ocuparon sus asientos con el murmullo contenido y la inquietud propia de los recitales infantiles. Claire quedó sentada entre Lucas y Fiona, una cercanía que meses atrás habría resultado impensable.
Al fondo del estudio, junto a otros maestros del conservatorio, el señor Abernathy observaba en silencio, atento a cada detalle.
Aria apareció en el centro del espacio con una naturalidad luminosa. Llevaba un vestido amarillo que parecía flotar al moverse y el cabello recogido en una trenza que descansaba sobre su hombro derecho. Alzó las manos y la sala obedeció.
—Buenas tardes, familias —dijo, y su voz llenó el estudio sin esfuerzo—. Hace seis meses, ocho pequeños músicos llegaron a este lugar. Algunos venían del piano clásico, otros del violín; algunos nunca habían tocado en público. Lo único que compartían era el deseo de hacer música.
Mientras hablaba, su mirada recorría el rostro de cada padre con una atención personal, como si nombrara en silencio la historia de cada niño.
—Hoy van a escuchar algo muy especial: conversaciones entre sus hijos y los grandes maestros del pasado y del presente. Cada uno ha tomado una pieza conocida y la ha hecho suya. Lo que van a escuchar no es solo música. Es identidad.
Claire sintió un pequeño escalofrío al escuchar esas palabras. Era lo opuesto a todo lo que había creído sobre la educación musical.
—No van a oír estas piezas ejecutadas según una partitura. Van a escuchar cómo sus hijos conversan con Beethoven [51] , con Debussy [52] , con Pachelbel [53] … cómo toman la música de estos genios y la hacen suya. Porque eso es lo que hace un verdadero músico: no imita, interpreta.
Aria se acercó al piano y tocó una frase musical simple, de apenas cuatro compases.
—Esta es una pregunta musical —explicó—. ¿Quién me quiere responder?
Anne, una niña pecosa de mejillas adorables, se acercó a su violín y respondió con una melodía diferente, pero que se sentía como una respuesta natural.
—Perfecto. Eso es una conversación y eso es lo que van a escuchar hoy, comenzando con la interpretación de Sophie y Anne.
Los padres aplaudieron entusiasmados y Sophie, una niña de nueve años con coletas rubias, se sentó al piano mientras Anne, la niña pecosa del violín, la esperaba.
Comenzaron con las primeras notas reconocibles de Für Elise de Beethoven, pero lo que siguió no era la versión solemne que todos conocían.
El piano de Sophie hacía las preguntas melódicas de Beethoven, pero más alegres, más saltarinas, como si le estuviera preguntando al compositor si podía jugar con su música.
El violín de Anne respondía con las mismas melodías, pero transformadas en algo travieso, juguetón.
Los padres escuchaban fascinados. Era indudablemente Für Elise , pero sonaba como si Beethoven hubiera tenido nueve años cuando la compuso.
En la zona donde estaban los otros maestros, la profesora de violín se inclinó hacia Abernathy.
—Jamás pensé que vería a una niña hacer que Beethoven sonara divertido —murmuró con una sonrisa de asombro.
—¡Lo mismo estaba pensando justo ahora!
El salón de jazz se colmó de aplausos genuinos.
No podían juzgar aquella interpretación de otra cosa que no fuese genial e innovadora.
Llegó la hora de recibir al segundo dúo y Aria Sinclair, que hacía las veces de maestra de ceremonia, los llamó al frente para que demostraran con hechos todo lo que les había dejado su incursión por ese taller.
David se acercó a la batería con la expresión de un niño que toma muy en serio su responsabilidad, mientras Elena se posicionó junto al piano vertical.
Las primeras notas que salieron del piano fueron reconocibles: Claro de Luna de Debussy, pero Elena no tocaba la pieza como la había escrito Debussy.
La tocaba como si fuera un secreto que le estaba contando a David, en fragmentos susurrados, como recuerdos que aparecen y desaparecen.
David respondía con ritmos suaves que sonaban como gotas de lluvia, como latidos del corazón, como el tiempo pasando muy despacio.
Era Claro de Luna para una tarde lluviosa, para quedarse en casa soñando despierto.
La señora Blackwood, desde su lugar junto a Abernathy, sonrió con aprobación. Esto era lo que habían esperado cuando decidieron fortalecer el área de improvisación del conservatorio.
Los aplausos para David y Elena se desvanecieron gradualmente y en ese breve silencio que siempre precede a la siguiente presentación, Claire se inclinó hacia Lucas. Había estado revisando el programa que tenía en su oficina y algo la molestaba.
—No entiendo por qué Indie y Rowan insistieron en hacer pareja otra vez —murmuró en voz baja, pero no lo suficientemente baja—. Había otras opciones válidas. Podrían haber explorado trabajar con otros niños…
Lucas se tensó y le lanzó una mirada de advertencia.
—Claire, por favor —susurró—, ellas se entienden de un modo especial.
—Pero podrían haberse desafiado más con…
—Claire. —Su tono fue firme pero controlado—. No es el momento ni el lugar.