No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Indie estaba nerviosa, pero sus nervios eran de una naturaleza diferente.

No eran los nervios que experimentaba cada vez que tenía que practicar ante la hermana Margaret, vigilándola como una efigie acusadora.

Tampoco eran los nervios que le provocaban un temblor mínimo en las manos cada vez que estaban por iniciar una tarde de cuentos en la librería.

No. Era una clase de nervios distinta, porque en el fondo de su corazón lo menos que quería era decepcionar a Aria Sinclair.

Sentada ante el piano, practicaba con un ahínco supremo.

Claire la miraba pasmada desde el mostrador de la librería, mientras permanecía atenta a lo que pudiese necesitar esa mujer madura que había entrado a la librería y que ya tenía más de veinticinco minutos husmeando aquí, husmeando allá y con al menos dos libros en sus manos.

La madre no le había exigido, menos que menos sugerido que ensayara. No.

Esa era otra de las diferencias que Claire estaba notando con asombro: esa chiquilla, de once años, se estaba haciendo cargo de sus propias habilidades con coherencia.

Ya no había que pedirle que se sentara al piano para negociar con ella, ahora más bien era prudente sugerirle que descansara un poco.

No, no estaba obsesionada, simplemente el instrumento tomaba posesión de ella.

Con un dominio pleno de ese lenguaje que era la música, podía tener monólogos extensos todos los días, cada día.

—Indie —susurró Claire en un momento en el que la pequeña se detuvo a reflexionar. Los ojos verdes de la chica se pusieron en ella—. Me parece que deberías ir a arreglarte. El recital será en tres horas.

—Solo un repaso más…

Antes de que hundiera los dedos en las teclas, Claire la detuvo:

—¿Y tu examen de matemáticas? —La chica resopló—. Era hoy, ¿no es verdad?

—Sí.

—¿Y bien? No estarás descuidando los estudios por el piano, ¿no?

—No, mamá —su tono fue cansino. Antes, Indie le habría salido con una de las suyas, ahora no disimulaba su hastío. ¿Estaba sonando la hora de la adolescencia?—. No he descuidado nada por nada. El examen fue hoy y me fue… ¡Me fue como me va en todos los exámenes de matemáticas!

—¿Estuviste luchando con las ecuaciones a brazo partido? —Lo dijo con un tono casi teatral, como si intentara jugar con ella. La niña la miró un par de segundos y aunque fue incómodo, en sus labios se dibujó una sonrisa mínima.

—Sí. Por suerte, Emily estuvo estudiando conmigo ayer y todo salió bien… —Se alzó de hombros—. Ya sabes, a Em se le dan mejor los números que a mí…

Y antes de que la mamá formulara una pregunta más, hizo sonar el piano como una cascada que humedeció el silencio.

Complacida, la mujer que deambulaba en la tienda se acercaba a Claire para pagar por todos los libros que llevaba, haciéndola agradecer que ese distraerse en otra cosa la alejara de la extraña sensación que le producía ver que no podía volver a conectar con Indie como en algún momento lo hicieron.

Mientras Claire registraba cada uno de esos tomos para emitir la factura con un gesto apesadumbrado, la cliente ante ella miraba admirada a la pequeña.

—¿Es su hija?

Claire dio un respingo en el preciso momento en el que el lector infrarrojo hizo su acostumbrado sonido.

—La menor, sí.

—¡Es asombrosa! —miró el perfil de Claire con la cabeza gacha, atenta a los libros y a verificar en el sistema los códigos y precios—.

Debo confesarle que demoré mi visita en su librería no solo porque tiene unos tomos maravillosos, sino también para poder escuchar a la chica.

Esa niña no solo tiene técnica; tiene algo que no se puede enseñar: presencia musical…

La madre alzó un poco los ojos, abismada, y vio que la mujer ante ella tenía los ojos cerrados, movía la cabeza al son de lo que oía y sonreía, sonreía como si le estuviesen haciendo un regalo a sus oídos esa tarde.

—Ah… —musitó en tono imperceptible—. Ese rubato no se enseña. O lo tienes o no lo tienes.

Aún pasmada, Claire vio cómo los ojos azules de esa mujer se abrieron despacio y de qué manera brillaban, como si contuviera una lágrima en ellos, o dos.

—¡Dios mío! —dijo como si acabara de caer del cielo en esa librería—.

¡Discúlpeme! ¡Me dejé llevar por la emoción!

—Respiró hondo—. Solía dar conciertos antes de que mis manos decidieran jubilarse antes que yo —rio—.

Pero en mis años activos toqué en salas de todo el país y esa niña…

He escuchado a cientos de niños prodigio.

La mayoría tocan las notas correctas. Muy pocos hablan con el instrumento. ¿Quién le está enseñando?

—Aria Sinclair —repuso de inmediato—. Antes estuvo con una religiosa que enseña en su colegio, pero ahora …

—¿Aria Sinclair le está enseñando? —La desconocida sonrió con reconocimiento genuino—. Trabajé con ella en algunos seminarios en Santa Fe. Es una de las pocas maestras que entiende que la técnica debe servir a la música, no al revés. Su hija está en las mejores manos posibles.

—¡Gracias!

Claire le pasó por encima del mostrador la bolsa con sus libros, la mujer ante ella pagó el importe y en lugar de marcharse, dio algunos pasos hasta el final de la librería.

Se detuvo a ver a Índigo con una sonrisa suspendida y, una vez la chica terminó, la aplaudió con un regocijo conmovedor.

La nena dio un salto, ajena a todo lo que sucedía.

—¡Maravilloso, preciosa, maravilloso!

Indie solo atinó a agradecerle con una sonrisa abochornada.

Tanto ella como su madre vieron a la desconocida salir y una vez se perdió calle abajo, la niña corrió escaleras arriba a cambiarse para el recital.

Claire se quedó por segundos pensativa y Lucas, pasando por la misma puerta por la que acababa de salir la clienta con un par de ramos de flores que le entregaría a las niñas luego de su presentación, la sacó de su arrobo.

—¿Y las niñas?

—Arriba —susurró—. Indie acaba de subir para arreglarse.

—¡Excelente! —Comenzó a avanzar hacia la escalera.

—Lucas. —Él se giró a verla—. Iré con ustedes.

—¡Grandioso! —Le tomó la mano por encima del mueble que los separaba—.

¡Gracias! Significará mucho para Indie. Subiré a dejar estas flores arriba, donde ella no las vea, y bajaré para ayudarte a cerrar la tienda…

—Pensó—. Creo que podríamos tomarnos la tarde e ir a algún restaurante a celebrar, ¿no? ¡Un recital no se tiene todos los días!

—Suena bien —le sonrió con suavidad y Lucas sintió la dulce paz de una tregua.

IV

Cuando los Harper llegaron al conservatorio, ya los Gallagher estaban allí.

La primera en notarlo fue Emily, en especial porque vio a Rory de pie a un lado de los suyos, vistiendo un traje gris que le quedaba muy bien.

Debajo del saco, una camisa negra y una corbata del mismo color le daban un tono sofisticado que ella jamás se imaginó que podría presenciar en un chico tan sencillo como él.

Las familias se saludaron con la habitual calidez e Indie se despidió aprisa, sabiendo que debía presentarse en el salón cuanto antes.

Claire la miró perderse por el pasillo central de la planta baja y, abismada, comenzó a reparar en los detalles de esa mansión victoriana que tenía muy bien guardados sus secretos.

Lucas vio de soslayo cómo su esposa comenzaba a avanzar, fascinada por la luz que entraba por la cúpula y excusándose un momento con los Gallagher la alcanzó, susurrando cerca de su oreja:

—Las termitas hicieron un buen trabajo aquí, ¿no?

—Cállate —y lo hizo reír después de mucho tiempo de desencuentros—. Sabes de sobra que cuando la ves por fuera no te imaginas nada de esto.

—¿Te doy un pequeño recorrido? —La tomó por la mano y avanzaron por el pasillo por el que su hija había desaparecido, mientras Emily los miraba alejarse con una sonrisa leve .

Esperó algunos segundos más y, cuando sus padres ya no estaban a la vista, reparó en Rory, avanzó hasta él, que ya la recibía con una sonrisa adorable y, delicada como nunca, se encimó un poco, tomando con sus manos el nudo de su corbata.

—Ven acá… —Él ya reía con suavidad—. Tienes ese nudo hecho un desastre —se tomó su tiempo en componerlo.

—Lo siento. Le pedí ayuda a Pops, pero estaba muy atareado con su corbatín.

Una vez Emily dejó la corbata de Rory perfecta, deslizó sus manos, la punta de sus dedos por su pecho y dio un paso atrás. Al alzar sus ojos, los del chico estaban sobre ella de una forma sobrecogedora. Le costó un mundo respirar.

—No me quitaré la corbata nunca más, quiero que lo sepas —le advirtió haciéndola reír.

—Qué tonterías dices, Rory…

—Imagíname con el delantal de la floristería o con el uniforme de la tienda del señor Whiterspoon y esta corbata. —Emily rio con ganas ante esa posibilidad—. ¡Me darán muy buenas propinas gracias a ti!

—Eres un tonto… —Pero con tonterías o sin ellas, ya estaba tomándole con disimulo el dedo meñique.

Él no tardó en estrechar la mano de ella entre las suyas con una delicadeza única, acariciando con su pulgar esos nudillos preciosos.

—Qué suaves son tus manos… —susurró arrobado con ansias de besársela.

Emily vio, a un costado del hombro de Rory, la silueta de su padre acercarse con su madre siguiéndolo por el pasillo del fondo y, evitando ser brusca, retiró su mano con disimulo, cruzándose despacio de brazos.