Capítulo 11
I
Allí, en su claustrofóbica oficina contable, presionó la parte superior del bolígrafo para introducir la punta, lo puso despacio sobre el manojo de papeles con el cual trabajaba y se quitó los lentes.
Entrelazó apenas la punta de sus dedos delicados y el suspiro que salió de su boca rompió sobre sus yemas.
Cerró los ojos y sintió a Chopin con una emoción única.
Tras algunos segundos de dejarse envolver por la música proveniente del instrumento de su hija, de la melodía impulsada por ese talento sólido, abrió despacio los ojos y miró de soslayo un papel que estaba sobre su mesa de trabajo, encabezando una torre de facturas y similares.
Alargó su mano, lo tomó y le echó un vistazo por enésima vez esa semana.
Se trataba de una invitación al recital de cierre, por ese año, del taller de jazz infantil.
Volteó la hoja y allí no solo estaba el repertorio, también estaba, al final del todo, un pequeño resumen de Aria Sinclair, la que ahora estaba a cargo de la formación musical de su hija, acompañándola además de en el afortunado taller, en sus estudios de piano clásico.
Sí, como Lucas había prometido, Aria pasó a ocupar el lugar que había dejado vacante la hermana Margaret, de una forma, además, absoluta.
Indie no solo la amaba, no solo sentía una admiración casi ciega por ella, también le había enseñado tanto.
Claire leyó, por milésima vez, esas letras muy pequeñas que rezaban: Licenciatura en Interpretación Musical en Tulane University, Maestría en Educación Musical en Berklee College of Music y estudios de jazz con maestros en Nueva Orleans y Nueva York.
Respiró hondo y bajó el papel, lo puso sobre sus anotaciones, lo cubrió con la palma de su mano derecha, con la izquierda se tomó a medias el rostro y de nuevo volvió a prestar atención a lo que Indie tocaba.
Le daba un nuevo repaso a su pieza de Chopin y la seguridad de su interpretación, esos rubatos fantásticos, le demostraron que, aunque fuese un hueso duro de roer para su orgullo, nunca, en cuatro años con la hermana Margaret (de la cual nunca supo su currículum, salvo haber escuchado comentarios y recomendaciones), avanzó tanto como en seis meses con Aria Sinclair.
¿Lo admitiría? ¿Admitiría que Lucas había tenido la razón esta vez?
Recordó que dos tardes atrás, mientras ella estaba ocupada con las sempiternas tareas de la librería, él había regresado de cumplir su acuerdo al dejar a las niñas en el conservatorio y le había mostrado esa invitación.
Ella la miró con un gesto inexpresivo y susurró, en el fondo con la soberbia impulsando a través de sus labios cada palabra:
—Trataré de ir, Lucas, pero no te prometo nada.
—Recordó la expresión de su marido. Era tan indescifrable como la de ella, con la diferencia de que parecía más sereno—.
Entiende: es una tarde de viernes, tendríamos que cerrar la librería por dos o tres horas para que asista toda la familia y…
¡Y no tengo a nadie de confianza que pueda quedar encargado!
—Solo creí que para Índigo podría ser importante verte allí, pero sí.
Entiendo que hay responsabilidades… —No se ofuscó, no le insistió, ni siquiera hizo un amago por hacerle ver las razones por las cuales su conducta no era la más adecuada.
No. Solo le sostuvo la mirada tres segundos más y se marchó, dejándole el papel en las manos y con él, la decisión. La elección.
¿Elegiría ir? Cavilaba cuando sintió un sobresalto al notar que la música se detenía. Dos caras del mismo estupor que inició con las primeras notas y volvió con la interrupción que se vio justificada por la dulce voz de Lucas allá abajo:
—¡Fantástico! —La felicitaba el padre y con toda la razón—. Eso se oyó asombroso.
—¡Gracias, papá! —No pudo ver el rostro de Indie, ya de once años, pero lo imaginaba. Podía figurarse su sonrisa y su gesto ufano de niña segura de sus capacidades.
Había cambiado tanto en meses y no era un asunto que tuviese que ver solo con la música.
En especial y aunque le doliera admitirlo, había cambiado con ella .
Claire suponía que su hostilidad habría sido suficiente para abrir entre ella y su hija menor una grieta, que no por ser angosta es menos profunda.
La chica, en su presencia, se había vuelto más cauta, más reservada, mientras que a Lucas se abría en todo su esplendor cuán risueña, amorosa y ocurrente era.
Intentó restarle importancia a eso, de no ser porque al escuchar a la chica afirmar allá abajo, con esa pasión:
—¡Amo a la señorita Sinclair, papá! ¡Fue lo mejor que pudo pasarme en la vida! ¡Gracias!
Sintió que le enterraban un puñal de celos en el corazón.
II
Esa tarde de jueves, Rowan había practicado la misma frase musical seis veces en los últimos diez minutos, pero cada repetición sonaba diferente. No más difícil o más fácil; simplemente diferente. Como si estuviera probando matices de sabor en la misma receta, buscando el que se sintiera más… suyo.
—¿Otra vez esa parte, mi amor? —preguntó Fiona desde la cocina, donde preparaba la cena con un ojo puesto en su hija y otro en las verduras que cortaba.
—Es que no me sale como quiero —murmuró Rowan, ajustando la posición de sus dedos en las cuerdas—. Suena bien, pero no suena como debería sonar.
—¿Y cómo debería sonar? —Moira alzó la vista desde el sillón donde zurcía uno de los suéteres de Cormac. Esa noche la tía Rosie estaba en la boletería y Fiona se encargaría de la caramelería apenas terminara sus quehaceres en la cocina.
Rowan se detuvo, el arco inmóvil. Su ceño se contrajo, perdida en el interior del sonido .
—Como… como cuando Indie toca algo y yo sé qué quiere decir sin que me lo explique, pero cuando yo toco, a veces siento que le estoy hablando en un idioma que no es el mío.
—¡Ajá! —Cormac emergió de pronto en la buhardilla con una sonrisa de complicidad. Se estaba tomando un descanso antes del comienzo de la segunda función de ese día—. Ese es precisamente el problema, pequeña mía.
—¿Cuál problema, Pops?
—Que sigues creyendo que tienes que hablar el idioma de alguien más en lugar del tuyo propio.
Rowan bajó el arco y lo miró con esos ojos verdes que siempre lo desarmaban.
—Pero mañana va a estar el señor Abernathy en el recital, la señora Blackwood y todos los padres de los otros niños del taller… ¿Y si mi idioma no les gusta?
—¿A quién le importa? —Rory salió de su habitación, secándose el cabello con una toalla después de haberse dado un baño al volver de sus quehaceres en la tienda del señor Whiterspoon—.
El señor Abernathy ya sabe que tocas bien.
Los otros padres no te conocen, así que no tienen expectativas.
Y nosotros… —Señaló a la familia—, nosotros te amamos tanto que podrías tocar el contrabajo con los pies y seguiríamos aplaudiendo.
—¡Rory! —Lo regañó Fiona con una sonrisa—. No le des ideas raras.
—No son ideas raras —protestó Rowan con una seriedad que contrastaba con el comentario absurdo—. He visto violinistas que tocan su instrumento en posiciones muy extrañas.
—Cierto —concedió Moira—. Pero creo que lo que tu hermano quiere decir es que mañana no es un examen. ¡Es una celebración!
—¿Una celebración de qué?
—De lo que has aprendido —dijo Fiona, acercándose para sentarse en el brazo del sofá—. De lo que han aprendido Indie y tú juntas. ¿Recuerdas cómo tocabas cuando empezaste?
Rowan hizo una mueca.
—Como si estuviera arrastrando un gato por las cuerdas.
—¡Exacto! —Rory se echó a reír—. Y ahora suenas como… como…
—¿Como qué? —preguntó ella, expectante.
—Como si el contrabajo fuera parte de ti. Como si hubiera estado esperando toda su vida que tú llegaras a tocarlo.
—¿De verdad? —Sus ojos se iluminaron, como si temiera creerlo demasiado pronto.
—De verdad —confirmó Cormac—. Además, ¿sabes qué he notado?
—¿Qué?
—Que has estado haciendo algo diferente cuando practicas. Algo que no hacías antes.
Rowan se sonrojó, como si la hubieran descubierto en algo secreto.
—¿Te refieres a…?
—Me refiero a que a veces dejas el arco a un lado y tocas las cuerdas con los dedos. Como si fuera una guitarra gigante.
—¡Ah, eso! —Se avivó aún más el rubor—. Es que… a veces siento que quiero que el sonido sea más… más inmediato. Como cuando Indie toca una nota en el piano y es perfecta desde el momento en que la toca.
—¿Y cómo suena cuando haces eso? —preguntó Fiona con genuina curiosidad.
—Diferente. Más mío .
—Entonces hazlo mañana —dijo Rory con una sonrisa cómplice—. Si sientes que es lo correcto, hazlo.
—¿Pero qué van a pensar el señor Abernathy y…?
—¿Y qué importa? —interrumpió Moira con suavidad—. Mi niña, el señor Abernathy te aprecia porque ve en ti algo especial. No algo que encaje en un molde, sino algo único.
—Además —añadió Cormac—, los mejores artistas siempre han roto las reglas cuando era necesario. Charlie Chaplin no siguió las reglas del teatro cuando empezó en el cine. Buster Keaton no siguió las reglas de Chaplin. Cada uno encontró su propia manera de contar historias.
—¿Y tú crees que yo puedo encontrar mi propia manera de… de tocar historias? —Miró al abuelo con ojos enormes y un brillo especial en ellos.
—Pequeña mía —Cormac se acercó y le revolvió el cabello con ternura—, creo que ya la encontraste. Solo tienes que confiar en ella.
Rowan miró su contrabajo como si el vínculo entre ambos se hubiera vuelto irrevocable.
Después levantó la vista: Fiona sonreía con orgullo contenido; Moira brillaba de emoción; Cormac la contemplaba con la calma antigua que parecía sostenerlo todo; Rory la miraba como si no hubiera nada en el mundo que ella no pudiera lograr.
—¿Saben qué? —dijo tomando el arco con renovada determinación—. Creo que voy a practicar una vez más, pero esta vez voy a tocar como yo quiero tocar. No como creo que debería tocar.
—¡Esa es mi niña! —murmuró Fiona.
Sentada en el apoyabrazos del sofá, Fiona escuchó algo que no había escuchado antes en la música de su hija: no había miedo.
III