Capítulo 10 #4
A solo cinco cuadras de allí o tal vez menos, Claire Harper lucía uno de sus semblantes más duros.
Emily la ayudaba en cuanto podía en la librería, echándole una mano organizando los nuevos libros que Lucas había traído de su último viaje a Albuquerque la semana anterior, cuando Indie bajó las escaleras risueña y emocionada.
Se giró para ver a su madre, concentrada en catalogar los libros de ciencia ficción y fantasía y la llamó con voz cantarina:
—¡Mamá! ¡Hoy papá me llevará a conocer un lugar nuevo! —La mujer la ignoró.
Emily, que vio la escena alzando la vista con discreción por encima de uno de los libreros, notó el rostro de desconcierto de la hermana. Claire jamás, jamás había sido tan despectiva con ellas.
—¡Mamá! —insistió, creyendo que tal vez no la había escuchado, tan concentrada como estaba en lo que hacía.
—Está bien, Indie —susurró Lucas cerca de su oreja, tomándola por los hombros—. Ya sabes que está registrando los libros en el sistema y eso es…
—¡Sí! —Lo apoyó la niña cuanto antes—. ¡La pesadilla de los números!
—¡Exacto! —Le dio un par de palmadas en la espalda—. Espérame en el auto, ¿está bien?
—¡De acuerdo! —Se despidió de Emily y corrió a la trastienda.
Lucas caminó hasta el extremo del mostrador y se puso en un lugar en el que sabía que Claire podría verlo de sobra solo con alzar la mirada de la pantalla del computador.
—Claire… Te lo pido una vez más: ven con nosotros. Podrás conocer a la señorita Sinclair, podrás ver el conservatorio, si quieres, investigamos juntos por las clases de piano clásico allí…
—Te dije que no —dijo en tono grave—. Tengo demasiado trabajo en la librería para meterme en esa casa vieja repleta de termitas.
—De acuerdo. Si lo quieres así, así será.
Caminó hasta el fondo de la librería, le dio un beso a la hija mayor en la mejilla, que lo miraba con ojos suplicantes.
—No tardaré, lo prometo. —Sabía de sobra que lo menos que quería Emily era quedarse sola por mucho tiempo con esa versión distorsionada y hosca de Claire. Le acarició el rostro y se marchó.
Lucas estacionó la furgoneta frente al conservatorio a las 16:55. Desde el asiento del copiloto, Índigo miraba el edificio victoriano con una curiosidad y una emoción que se notaba al instante por la forma como jugaba con el brazalete que llevaba en la muñeca.
—¿Papá? —Su voz sonó más pequeña de lo habitual—. ¿Qué es este lugar?
—¿No lo adivinas?
—¡Una casa embrujada! —Lucas rio—. ¡Una casa llena de espantos como las que salen en mis cuentos!
—Podría —admitió risueño—. Sí que podría.
—¿Vinimos a ver fantasmas?
—Lo dudo. ¿Recuerdas lo que te dije esa tarde sobre tocar La valse d’Amélie donde quisieras?
Indie asintió.
—Bueno, este es un lugar donde esa música tiene sentido. Donde tú tienes sentido.
—¿Me trajiste a una casa abandonada para que tocara piano?
Bajaron de la furgoneta y caminaron hacia la entrada.
Lucas llevaba la mochila de Indie en una mano y mantenía la otra libre para tomar la de su hija si ella la necesitaba, pero la niña caminaba con pasos decididos, como si una parte de ella ya hubiera tomado la resolución de ser valiente ante la casa de los espantos , que resultó no ser tal una vez vio a chicos de varias edades con sus instrumentos merodear sus alrededores.
Todos parecían muy vivos y ella estaba abismada.
En el vestíbulo circular, bajo la gran cúpula de cristal, se encontraron con una escena que los detuvo en seco: Cormac Gallagher estaba de pie junto a una de las columnas, esperando, y a su lado, con un estuche de contrabajo que parecía casi tan grande como ella, estaba Rowan.
—¡Rowie! —Indie corrió hacia su amiga como si estuviese en un sueño.
—¡Indie! —Rowan dejó caer su bolsito y se encontraron en el medio del vestíbulo en un abrazo que parecía contener semanas de historias no contadas.
Lucas se acercó a Cormac con una sonrisa.
—Usted debe ser su abuelo, ¿verdad?
—Cormac Gallagher —se estrecharon las manos con fuerza.
—Lucas Harper —ambos voltearon hacia las niñas.
Se separaron, pero no soltaron sus manos. Se miraron en silencio, como si el simple hecho de estar ahí todavía les resultara imposible.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué viniste al conservatorio? —preguntó Rowan.
—¿Este es el conservatorio? —Ahora lo miró con una atención única. Sus ojos brillaban como nunca—. ¿Conoceré al señor Abernathy?
—¡No lo sé! —dijo eufórica—. No lo creo… ¡No lo sé!
—¡Oh! Acabo de darme cuenta de algo…
—¿De qué?
—¡No le traje galletas a la señora cara de globo! —Se miraron y comenzaron a reírse, esa risa cristalina que solo tienen los niños cuando descubren que el mundo puede ser más mágico de lo que esperaban.
—Niñas —interrumpió una voz cálida desde el pasillo—. ¿Serían ustedes Índigo y Rowan?
Todas las cabezas se volvieron hacia Aria Sinclair, que avanzaba hacia ellos con una elegancia sin esfuerzo.
Llevaba un vestido fluido color lavanda y el mismo brazalete de instrumentos musicales que tintineaba con cada paso.
Su cabello castaño cobrizo caía libre, enmarcando un rostro de calidez inmediata.
—Soy Aria Sinclair —se dirigió a las niñas, ignorando por el momento a los adultos— y ustedes deben ser las dos músicas de las que me habló el señor Harper.
Indie y Rowan se miraron, sin soltar las manos.
—¿Músicos? —murmuró Rowan, como si la palabra fuera demasiado grande para ella.
—Por supuesto. —Aria se agachó para estar a su altura—. ¿No es eso lo que son? Índigo toca piano, Rowan toca contrabajo y según me han contado, cuando tocan juntas, crean algo especial.
Indie se irguió un poco, esa confianza familiar regresando a sus ojos.
—Hemos estado practicando juntas —y su complicidad con esa mujer se encendió como una chispa desde el segundo uno, porque se acercó para susurrarle cerca de la oreja—: En secreto.
—Los mejores músicos siempre empiezan en secreto —Aria sonrió—. ¿Están listas para conocer a sus compañeros de aventura?
Las guió por el pasillo hacia el estudio, con Lucas y Cormac siguiéndolas a cierta distancia.
Lucas notó cómo el abuelo observaba todo con detenimiento: las paredes cubiertas de fotografías de músicos, el sonido lejano de escalas y arpegios que se filtraba desde otras aulas, la luz dorada que se derramaba desde las ventanas altas.
Cuando llegaron al estudio de jazz, Indie y Rowan se detuvieron en el umbral, impresionadas.
Era exactamente como Lucas lo recordaba: los cojines dispuestos en círculo, las plantas colgantes moviéndose, los instrumentos que parecían estar esperando a ser tocados, pero ahora había algo más: seis niños de edades similares ya estaban allí, algunos sentados en los cojines, otros explorando los instrumentos con curiosidad reverente.
—Adelante —las animó Aria—. Busquen un lugar donde se sientan cómodas.
Indie y Rowan se dirigieron hacia dos cojines que estaban uno junto al otro, cerca del piano vertical. Indie dejó su mochila y ayudó a Rowan a colocar su estuche de contrabajo contra la pared, en el lugar perfecto junto al instrumento que ya estaba allí.
—¿Se quedan? —preguntó Indie volteando hacia su padre.
—Solo hasta que estés segura de que quieres quedarte —respondió Lucas—. Después la señora Gallagher vendrá por ustedes.
Aria esperó hasta que todos los niños estuvieran sentados en el círculo antes de tomar su lugar en el centro. Se sentó con las piernas cruzadas, como una más del grupo, sin esa autoridad intimidante que tanto Indie como Rowan asociaban con las clases de música.
—Antes de tocar una sola nota —comenzó Aria—, quiero que me cuenten algo. ¿Cuál es el sonido más hermoso que han escuchado en sus vidas?
Un niño de cabello rizado alzó la mano.
—¡El océano!
—Excelente. —Aria asintió—. ¿Alguien más?
—La risa de mi abuela —dijo una niña pequeña que tenía un violín en el regazo.
—Mi gato ronroneando —añadió otro.
Cuando llegó el turno de Indie, no dudó:
—La lluvia en el techo de nuestra librería por las noches.
—¿Y tú, Rowan? —preguntó Aria.