No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Era Cinema Paradiso —sonrió, con ese brillo soñador que no moría en su mirada—. Es una película importante, hermosa… ¡Por eso te llamé para que nos acompañaras! ¡Por eso me ofrecí a venir a buscarte y compartir eso contigo…!

—Es una película, Lucas. Solo una película. Mientras tú estabas allá jugando al padre perfecto, yo estaba aquí trabajando. Revisando facturas, cuadrando números, ocupándome de las responsabilidades reales de esta familia.

Lucas sintió el primer destello de irritación. Claire tenía un talento especial para hacer que cualquier momento de alegría familiar se sintiera como un acto de irresponsabilidad. Prefirió cambiar el tema:

—Claire, tengo que hablarte de lo que pasó con la hermana Margaret.

El cambio en la expresión de Claire fue inmediato. La irritación se transformó en algo más agudo, más peligroso.

—Fuiste.

—Sí. Te lo dije. Esta tarde, unos minutos antes de que acabara la lección de Indie.

Se movieron hacia el interior de la trastienda, rodeados de cajas de libros y el olor familiar a papel viejo. Claire se apoyó contra una estantería, manteniendo esa postura defensiva con los brazos cruzados .

—¿Y? —Su voz era cuidadosa, controlada.

—Le mostré las notas que escribió en las partituras de Indie. Le pregunté sobre sus métodos de enseñanza.

—¿Qué te dijo?

Lucas sacó el papel doblado del bolsillo interior de su chaqueta y lo desplegó sobre una caja de libros que estaba entre ellos.

—Me dijo que la música popular francesa confunde a Indie y desarrolla malos hábitos técnicos. Me dijo que Bach no es jazz y que los experimentos creativos adolescentes no tienen lugar en la música clásica.

Claire miró la nota que ya conocía, pero fingió leerla de nuevo.

—Bueno, ella tiene un punto…

—¿Un punto? —Lucas se inclinó sobre la caja—. Claire, le dije que Indie tiene diez años y me respondió que precisamente a los diez años es cuando se forman los hábitos que durarán toda la vida. Como si nuestra hija fuera una máquina que hay que programar.

—Los músicos serios necesitan disciplina, Lucas. No puedes simplemente…

—¡Escúchate! —La voz de Lucas se alzó en el espacio cerrado de la trastienda—. Suenas igual que ella. «Músicos serios», «disciplina», «formación clásica». ¿Cuándo dejaste de hablar de nuestra hija como una niña y empezaste a hablar de ella como de un proyecto?

Claire retrocedió contra la estantería.

—Yo solo quiero lo mejor para Indie…

—Ya hablamos de esto anoche, Claire.

—Quiero que tenga oportunidades, que pueda entrar a un conservatorio prestigioso…

—Te repito: ¿y si ella no quiere ir a un conservatorio prestigioso? ¿Y si ella no quiere ser Lang Lang?

—¡Pues aún estaba a tiempo de lograrlo, de no ser porque a ti te dio el síndrome del padre perfecto de un día para otro! —Lucas la miró desencajado—. Además, ¡tiene diez años! ¡No sabe lo que quiere!

—¿En serio? Porque cuando la veo tocar con Rowan, cuando la escucho improvisar aquí mismo en la librería, sé lo que quiere: quiere hacer música, no ejecutarla. Quiere crear, no reproducir.

Claire se quedó en silencio por un momento, pero Lucas pudo ver cómo trabajaba su mente, buscando una salida, una manera de mantener el control.

—Está bien. —Lucas detectó esa desesperación apenas disimulada—.

Está bien. Que vaya al taller de jazz con la señorita Sinclair, pero no la saques de sus clases con la hermana Margaret, por favor.

Te dije esta tarde que puede hacer ambas cosas.

Puede combinar la formación clásica seria con… con esa improvisación.

—No.

—¿Cómo que no? —Se exasperó—. ¡Es una solución razonable!

—Que no, Claire. Indie no va a volver con esa mujer.

—¿Por qué eres tan radical? ¡Siempre tienes que llevar las cosas al extremo!

—¿Extremo? —Lucas caminó hacia la puerta que daba al interior de la librería, necesitando espacio—.

¿Sabes lo que me dijo cuando le pregunté cuándo había sido la última vez que escuchó a Indie tocar por placer?

Me dijo que el placer viene del dominio técnico.

Que cuando Indie haya desarrollado la disciplina necesaria, entonces encontrará satisfacción en su trabajo —se volvió para mirarla, con las cajas de libros entre ellos como una barricada—.

Su trabajo , Claire. Llamó trabajo a lo que hace nuestra hija de diez años.

—Los grandes músicos empiezan jóvenes, necesitan…

—No. —Lucas puso las manos sobre una de las cajas—. No me hables de grandes músicos. Háblame de nuestra hija. Háblame de la niña que solía inventar canciones en el piano de aquí abajo. ¿Cuándo fue la última vez que la escuchaste hacer eso?

Claire abrió la boca para responder, pero no salió ningún sonido.

—¿Cuándo fue la última vez que la viste sonreír después de una lección de piano?

—Eso… eso no significa…

—¿Cuándo fue la última vez que corrió hacia ti emocionada para mostrarte algo nuevo que había aprendido?

—¡Basta! —Claire se apartó de la estantería—. ¡Ya entendí tu punto!

—¿En serio? Porque cuando le dije a la hermana Margaret que Indie no volvería la próxima semana, pareció sorprenderse. Como si fuera inconcebible que alguien no valorara sus métodos.

—¿Le dijiste qué?

—Que mi hija no será más su alumna.

El silencio que siguió fue pesado, cargado de todo lo que no habían dicho en años. Claire se quedó inmóvil entre las cajas de libros infantiles, procesando las palabras.

—¿Cómo te atreviste a hacer eso? ¡Te pedí esta tarde que recapacitaras!

—Me atreví de la misma forma en la que tú te atreviste a poner a nuestra niña en manos de esa mujer cuando solo tenía seis años.

—¡Eso era diferente!

—¿Por qué? ¿Porque entonces yo no tenía derecho a opinar sobre la educación de mi propia hija?

Claire se apoyó contra una caja, como si necesitara el soporte.

—Esto se puede arreglar, Lucas. Mañana mismo voy a hablar con la hermana Margaret. Le voy a ofrecer una disculpa genuina y le voy a pedir que reciba de nuevo a Índigo. Esto se puede arreglar.

—No.

—¿Cómo que no?

—No vas a ir a disculparte por proteger a nuestra hija.

—¡No estabas protegiendo a nadie! ¡Estabas siendo impulsivo y destructivo! ¡Siempre igual, Lucas! ¡Siempre tus impulsos emocionales por encima del sentido común!

—¿Sentido común? —Lucas la miró—. ¿Sabes qué tiene sentido común? Que una niña de diez años sea feliz haciendo música. Que no salga llorando de sus lecciones. Que no tenga que esconder las canciones que le gustan como si fueran algo vergonzoso.

—¡Indie necesita estructura! ¡Necesita disciplina! ¡El mundo no va a tratarla con algodones!

—Indie necesita un padre que la proteja de gente como la hermana Margaret y eso es lo que va a tener.

Lucas se dirigió hacia la puerta de la librería.

—¿A dónde vas?

—A partir de ahora —se volvió para mirarla una última vez—, yo me haré responsable de la educación musical de mi hija y asumiré todas las consecuencias.

—¿Sabes lo que acabas de hacer? —Su voz tembló .

—Sí —respondió con una calma que lo sorprendió a él mismo—. Acabo de decidir ser el padre que mis hijas necesitan, no el padre perfecto del que te acabas de mofar. No. —Recalcó—: El padre que mis hijas necesitan; no el que tú quieres que sea.

Abrió la puerta de la librería y desapareció en la penumbra del local, dejando a Claire sola en la trastienda, rodeada de cajas de libros infantiles y los restos de una discusión que había cambiado todo entre ellos.

—Moira… —dijo Pops saliendo de su habitación y ajustando el corbatín que sobresalía un poco sobre el cuello en V de su jersey de cuadros—. ¿La señorita Luna ya está lista?

La abuela echó un vistazo desde la mesada de la cocina y vio que la pequeña Rowan había terminado su merienda.

—Sí, señor Gallagher. La señorita Luna ya está más que lista.

—¿Lista para qué? —preguntó mirando al abuelo y a la abuela sin entender nada.

—Lista. —El abuelo fue escueto—. Tengo instrucciones explícitas de su madre de llevarla hoy a un lugar muy especial y necesito que salgamos cuanto antes, porque debo estar aquí a tiempo para la primera función de esta tarde.

Más confundida de lo que lo había estado nunca, se levantó de la mesa del comedor de un salto, fue por su suéter color púrpura, su favorito, y tomó un pequeño bolsito que hacía juego con él y que siempre llevaba a todos lados, aunque no tuviera nada de mayor importancia dentro.

—Estoy lista, Pops —anunció haciendo sonreír a los abuelos con su expresión de niña grande—. No me llevarás donde la señorita Rayburn a que me reprenda, ¿verdad?

—No.

—No hay más quejas de mí en la escuela, ¿verdad? —Quería estar segura—. Desde que empecé en el conservatorio me he portado bien…

—Lo sabemos, preciosa —le aseguró la abuela orgullosa.

—No hice nada malo en la sala de cine, ¿verdad? —Pops comenzó a reír—. No he vuelto a dejar mis muñecas ni mis libros en las butacas y el señor Barnaby no ha vuelto a salir de mi habitación desde que esa mujer que vino una vez al cine casi se lo lleva…

—¡Por dejar tus cosas en todos lados, jovencita!

El abuelo rio recordando ese angustiante día en el que tuvo que correr para alcanzar, media cuadra más abajo del cine, a una mujer para que le devolviera el amado espantapájaros de crochet de su nieta.

—No, no y no. No irás a ver a la señorita Rayburn, no estás en problemas en la escuela y no volviste a hacer de las tuyas en el cine, así que ve a buscar ahora mismo a tu elefante y vamos ya, que te enterarás a su momento de todo.

—¿Al elefante? —Volteó a ver su contrabajo infantil desde allí—. Pero… —Hizo memoria—. Hoy es martes… Hoy el señor Abernathy…

—¡Niña, niña! —Pops dio un par de palmadas sonoras haciéndola dar un salto—. ¡A buscar el contrabajo dije ya, que se hace tarde!

Rowan corrió colmada de curiosidad hasta su cuarto.