Capítulo 10
I
Fiona volvió a echarle un vistazo a su reloj, de pie ante la entrada del Harmony Theatre. Rowan, por tercera o cuarta vez en menos de veinte minutos, haló con suavidad el faldón del blazer de su madre y ella, respirando hondo, bajó la mirada para ver sus ojos verdes.
—Rowie, mi amor… Ya te dije hace un momento que no sé si el señor Harper vendrá con su hija. Sé lo mismo que tú: Lucas necesita hablar conmigo. Nada más.
La pequeña bajó la mirada, frunció los labios con desazón y suspiró. No veía a su mejor amiga desde el sábado pasado.
—De cualquier forma —la alentó la madre al ver su visible desengaño—, mañana es tarde de cuentos, te llevaré como todos los fines de semana y entonces verás a Indie… ¿Está bien?
—No es igual —susurró.
—¿Por qué? —Se inclinó hacia delante—. A ver…
—Porque siempre hay muchos niños y… —La miró a los ojos fugazmente. Los de la madre la observaban atentos—. Y no podemos jugar o hablar.
—Ya —suspiró intentando entender los sentimientos de la niña—, pero no dramatices. Compartir con otros niños no está nada mal… Además, la última vez me dijiste que Tommy te caía bien, ¿no?
—Sí —se alzó de hombros—, pero no puedo hablar de ciertas cosas con él.
—¿Qué cosas, por ejemplo?
—Monstruos.
Fiona arqueó los ojos y se tomó el rostro entre ambas manos. Rio suavemente contra sus palmas.
—Pero, Rowan, mi amor… ¿Para qué necesitas hablar de monstruos con un niño de seis años?
—Precisamente. No puedo hablar de monstruos con un niño de seis años. No me entiendes.
La furgoneta de Lucas se detuvo despacio ante la puerta del teatro y Fiona se incorporó al ver la van blanca, reluciente, con el pequeño distintivo de la librería Harper a un costado. Se alisó un poco el blazer, se peinó el cabello metiéndolo detrás de las orejas y se paró muy recta.
—No exageres, mamá —susurró Rowan sin entender tanta formalidad—. Es solo el señor Lucas, no el presidente…
—¡Rowan! —La reprendió—. ¡Deja de decir imprudencias, chiquilla!
Pero su gesto de hastío se vio sustituido por una sonrisa espléndida de felicidad al ver que la puerta del copiloto se abría y que por ella salía disparada Índigo Harper.
—¡Rowie! —Se encontraron en la acera mientras sus padres las contemplaban con una sonrisa—. ¡Rowie! ¡No sabes lo que vengo a contarte!
—¿Qué pasó? —La misma que criticaba a la madre por exagerar, ahora se comportaba como si ambas fuesen las protagonistas de un drama de ciencia ficción.
—¡Vamos al balcón y te lo cuento todo…! —Echaron a correr.
—¡Eh, eh! —Las frenó en el acto Fiona—. Nada de hacer escándalo allí dentro… Hoy el abuelo proyecta Cinema Paradiso y ya saben que esa película, para él, es sagrada…
—¡Prometemos portarnos bien! —aseguró Rowan con expresión de súplica.
—Yo iré con ellas —propuso Emily para tranquilizar a la madre. De cualquier modo, a esas alturas y casi un año más tarde de que esa amistad surgiera a la luz de Spellbound , la adolescente le había tomado el gusto al cine clásico.
Las tres niñas se perdieron por la cortina púrpura que velaba la puerta del fondo y daba acceso al palco principal. Fiona se giró y miró a Lucas con una sonrisa nerviosa.
—Dígame, Lucas… ¿Dónde quiere que platiquemos? Podemos sentarnos en las mesitas que están cerca de la caramelería, compartir allí un café o algo más o… O si prefiere, subir a la buhardilla.
—La caramelería suena bien para mí.
Avanzaron hasta allá y detrás del mostrador repleto de empaques de múltiples colores, vieron a la señora Rosie Murphy encargándose de todo. Fiona procedió a presentarla con un afecto excepcional:
—La tía Rosie —dijo, haciéndola reír con picardía y le dio la vuelta al mueble de la caramelería para ocuparse, ella misma, de lo que le apeteciera comer a Lucas Harper esa tarde.
Una vez que estuvo del otro lado, abrazó a medias a esa mujer regordeta, inconfundiblemente irlandesa, y recostó su mejilla con amor en su rostro.
El padre de Índigo vio esa escena encantado, convirtiéndose en testigo presencial de esa calidez maravillosa de la que Emily le habló alguna vez al referirse a los Gallagher—.
Es de la familia. Siempre viene a echar una mano cuando sabe que tendremos mucho trabajo aquí en el cine.
—¡Soy amiga de Moira desde que éramos niñas! —aseguró con un ligero acento que permanecía a pesar de los años de vivir en Norteamérica—. ¿Sabe dónde se conocieron nuestras madres y nuestras abuelas?
Como era de imaginar, no había nada que le gustara más a un cuentacuentos que escuchar una nueva historia, así que obtuvo la total atención de Lucas.
—¡No! ¿Dónde?
—En el barco que las trajo desde Europa hasta Nueva York.
El sujeto se sintió fascinado ante esa anécdota y supo, en un segundo, que quería saber más, pero Fiona ya estaba allí para recordarle la verdadera razón por la que había ido al cine esa tarde:
—¿Qué comerá, Lucas? —Se echó para atrás y le abrió los brazos mostrándole el mueble repleto de golosinas. Sobre su cabeza había una cartelera vintage en la que anunciaban refrescos, nachos con queso, hot dogs y, desde luego, copos de maíz de varios tamaños.
—¡Vaya! —Sus ojos brillaron con avidez y comenzó a sacar la billetera de su bolsillo posterior—. Quiero un refresco grande, un hot dog y copos de maíz medianos…
—Sabia decisión —le aseguró Rosie—. Los copos de maíz de Fiona son los mejores de todo Willowbrook…
—El librero se percató de cómo la madre de Rowan ya se encargaba de la máquina, con ese toque especial que solo ella sabía darle y que era, por decirlo de alguna manera, su secreto—.
Ha intentado enseñarme a Moira y a mí a replicar su fórmula mágica, pero…
¡No hay manera! ¡Nunca damos con el truco !
—Vaya… —Se admiró él del misterio—. Si tan solo supiera cómo funciona esa cosa… —Vio y escuchó los granos de maíz caer en esa cacerola grande y los inconfundibles pops , así como el olor delicioso, no se hicieron esperar.
Cuando intentó pagar por todo lo que le habían servido, Fiona lo detuvo con un gesto sutil de su mano.
—Ni se le ocurra. Tómelo como una cortesía, Lucas —y él no refutó, en especial porque no se imaginaba cómo le iba a decir a esa mujer adorable que había cometido la locura de inscribir a su pequeña en un taller de jazz en el conservatorio, sin siquiera consultarle.
Mientras Lucas se sentaba a disfrutar de su singular merienda en una de las mesitas aledañas a la caramelería del cine, Indie y Rowan ya habían ocupado su lugar especial y Emily se estaba llevando esa tarde una sorpresa de las buenas.
Hacia la derecha, en el segundo bloque de butacas que estaba justo en el pasillo central vio, cerca de la última fila, a Rory Luna cómodamente sentado comiendo con avidez sus copos de maíz, los mismos que le había preparado su madre minutos atrás, cuando ellas no habían llegado al Harmony.
—¡Hey! —Le dijo en voz baja, pues ya había visto pasar como dos cometas a las niñas.
Aún la sala estaba iluminada a medias, porque la segunda función de la tarde no había dado inicio y abajo, la gente se amontonaba un poco en el pasillo en busca de un buen puesto.
Era una de esas proyecciones gratamente afortunadas.
Rory se puso de pie y le sonrió a Emily. Se hizo a un lado con suavidad, como todo un caballero le extendió el brazo y en ese gesto la invitó a sentarse a su lado. Ella aceptó encantada, susurrándole al pasar ante él:
—¿Qué haces aquí? ¿Estabas limpiando la sala?
—No, no. De eso me encargaré a eso de la medianoche, cuando hayamos terminado las funciones por hoy —la chica se sorprendió de saberlo trabajando hasta tan tarde—. Hoy Pops proyecta Cinema Paradiso y eso es algo que no me puedo perder.
—¡Vaya! —Se sentó por fin y él a su lado—. Ya tengo curiosidad…
—¿Estás lista para algunas lágrimas? —Le sonrió y la miró con sus ojos castaños profundos y adorables.
—¿Puedo poner la película en pausa , como tu abuela hace con los libros?
—Me temo que no… —Rieron y voltearon a ver a las niñas. Indie hablaba frenética y Rowan la escuchaba boquiabierta—. Veo que nuestra pequeña pianista está muy emocionada hoy.
—Ni te imaginas —susurró y volvieron a verse—. Papá decidió que ya no estudiaría más con la monja loca que le enseñaba piano.
—¡No me digas! —Volvió a reparar en Indie—. Ahora entiendo por qué su expresión es de fuegos artificiales… ¡Hasta yo estaría feliz si me dijeran, de la noche a la mañana, que dejaré de ver al señor Thornton!
—¿Quién es?
—Mi profesor de matemáticas.
Emily escrutó su rostro con suma atención, él le extendió el recipiente de cartón y la invitó a comer de sus palomitas y ella tomó algunas con las puntas delicadas de sus dedos. Se las metió a la boca y su expresión fue de asombro instantáneo.
—Las mejores que has probado en tu vida, ¿a que sí?
—¡Totalmente!
—Las hace mamá… —Le guiñó el ojo con picardía—. Te daré un secreto: si quieres pr obar estas delicias, ven siempre a las últimas funciones. Mamá se encarga de la caramelería por las noches y todo, ¡todo le queda estupendo! ¡Sus hot dogs son una maravilla!
—¿En serio? —Sintió un poco de hambre.
—Lo juro… ¿Puedes creer que hay gente que solo pasa por el cine para comerlos o para llevar palomitas?
—Hay gente que solo pasa por la librería por las galletas…
—Ya ves… —Se puso de pie y dejó a Emily un poco perpleja. Le pasó el recipiente con los copos de maíz, aún hasta arriba—. Ten.
—¿A dónde vas?
—Iré por unos hot dogs , unas bebidas y un poco más de palomitas… Además… —Miró a las niñas más allá—. Te apuesto que ellas también querrán algo, a esta hora ya deben tener hambre.
Emily lo miró abandonar el balcón a paso lento y sintió un revoltijo en el pecho, así como un calor en las mejillas que la volvía un poco loca. ¿Acaso no era, después de su padre, uno de los hombres más atentos que había conocido jamás? Suspiró con emoción.