Capítulo 9 #5
Cuando llegó al Harmony Theatre y leyó la marquesina, sintió nostalgia enseguida.
Ese día estaba en cartelera Cinema Paradiso [46] y supo que, si no fuese una rotunda imprudencia considerando cómo estaban las cosas en casa con Claire, se quedaría encantado de la vida para verla, como lo hizo años atrás, en ese mismo lugar.
Suspiró con desilusión y se aproximó a la boletería, donde vio, a un lado, una cartelera con el póster de esa cinta italiana de finales de los 80.
Cuando alzó la mirada para ver quién estaba detrás del cristal de la casilla, se llevó una buena sorpresa al ver a una mujer adorable, de unos sesenta y tantos años, llorando desconsolada.
Se encimó un poco más sobre la taquilla y notó que en el mueble ante ella estaba puesto, boca abajo y abierto, un ejemplar de La ladrona de libros .
Tan intuitivo como era, supuso que su descontrol se debía a algún pasaje emotivo de esa novela y lo justificó en el acto.
—Hola… —susurró tras ver sollozar a Moira por algunos segundos más.
La abuela dio un salto en la silla y avergonzada, procedió a limpiarse las lágrimas con la bufanda delicada que cubría su cuello.
—¡Oh! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —Se abanicaba un poco con su mano para pasar el bochorno y la emoción—. ¡No debí ponerme a leer ese libro aquí! ¡Qué vergüenza!
—No tiene por qué —le aseguró Lucas sonriendo—. Es un libro que merece cada lágrima.
—¡Sí! —admitió afectada—. Es la segunda vez que lo leo y me parte el alma, pero… ¿Para qué función me dijo que quería su boleto, caballero?
—¡Ah…! —Suspiró y vio de nuevo el cartel—. Me encantaría decirle que para la primera de la tarde, pero… No estoy aquí por eso. —Se miraron a los ojos un par de segundos. Ella parecía confundida—. Verá, mi nombre es Lucas Harper. Soy el padre de Emily y de Indie.
—¡No lo puedo creer! —dijo maravillada—.
¡Claro! ¡El parecido con sus hijas es sorprendente!
—Se tomó la cara entre las manos—. ¡Qué tonta!
¡No sé cómo no lo noté desde el principio!
—Salió en el acto de la casilla de la boletería para estrecharle la mano y darle un par de palmaditas sobre ella mientras él reía, encantador—.
¡Qué gusto conocerlo! Quiero que sepa que tiene a una maravilla de niñas.
Emily e Indie son fantásticas, fantásticas…
Inteligentes, educadas, adorables… Siempre es una bendición tenerlas por aquí.
—¡Gracias! Mis niñas también la adoran y me han hablado mucho de usted, especialmente Emily.
—¿De verdad? —Se ruborizó.
—Absolutamente, sí —le habría encantado quedarse a conversar con aquella abuela preciosa, pero supo que se le hacía tarde para otro asunto que debía atender ese viernes—, pero estoy aquí porque necesito un favor…
—¡Dígame! ¡Lo que sea!
—Necesito hablar con su hija Fiona… ¿Sabe cuándo puedo pasar por aquí para conversar con ella?
—¿Fiona? —Pensó un par de segundos—. Debe estar de regreso después de las 6…
—¿Le parece bien que pase a esa hora? ¿Podría avisarle que me urge un poco hablar con ella?
—¿Pasó algo con las niñas? —Se preocupó en el acto.
—No, no, para nada… —La tranquilizó risueño—. Es solo que… Digamos que tengo una proposición que hacerle… ¿Le podría decir de mi parte que estaré aquí a esa hora?
—Claro, así lo haré. Sí.
—¡Gracias! —Comenzó a retirarse—. ¡La veo más tarde!
Ella le dijo adiós con la mano.
«Lucas, ¿estás seguro de que quieres seguir adelante con esto?
» No había leído ese mensaje de Claire sino hasta ese momento.
«Recapacita. Tal vez solo sea necesario pedirle a esa mujer que se modere tratándose de nuestra hija.
Estoy segura de que si lo manejas correctamente, las cosas mejorarán.
No sé… quizás Indie podría ir a ese taller del que hablas y seguir formándose con la hermana Margaret, ella le ha enseñado tanto…
¡Piénsalo, te lo suplico!» Pero para él no había nada que pensar.
Esa escuela de señoritas siempre había tenido un olor particular: incienso viejo, cera de velas y algo indefinible que Lucas asociaba con la autoridad incuestionable de las religiosas que lo conducían.
Había estado ahí solo lo necesario para ocuparse de las cosas relacionadas con la educación de sus hijas y recordaba haber sentido siempre una extraña opresión en el pecho, como si el aire mismo fuera más pesado entre esas paredes de piedra.
Si la decisión hubiese sido solo suya, no.
Sus hijas no estudiarían allí, pero desde que Emily estuvo en la edad escolar, Claire se empeñó en buscar para ella una escuela conservadora, reconocida, que no solo se convirtiera en oportunidades académicas para el futuro, sino que también la formara como una chica de bien.
—Una chica de bien… —musitó.
¿Qué se supone que era una chica de bien ?
Los hijos de Fiona le parecían excepcionales y sabía de sobra que, a juzgar por la situación económica de los Gallagher, ellos no tenían acceso a esa educación de élite por la que había apostado su esposa y sin embargo, por lo que había visto y por lo que sus hijas le habían referido, tenían todo lo necesario y más: inteligentes, honestos, sensibles… ¡Con pensamiento crítico!
—Y esos son valores que no se aprenden en la escuela.
Ahora, caminando por el corredor hacia el aula de música, esa sensación de opresión en el pecho había regresado amplificada. Sus pasos resonaban contra el piso de granito perfectamente pulimentado, anunciando su presencia de una forma más dramática de la que él hubiese deseado.
Se detuvo antes de doblar la esquina hacia el salón. Había llegado quince minutos antes de que terminara la lección de Indie, con la excusa de recogerla temprano, pero en realidad había venido por algo diferente.
En el bolsillo interior de su chaqueta, doblada con cuidado, estaba no solo la partitura con la nota insultante que había mostrado a Claire, sino también una sorpresa más que había descubierto la noche anterior, en la habitación de Indie, metida entre las partituras de La valse d’Amélie .
Una nota escrita con la letra angular y precisa de la hermana Margaret: «Indie debe concentrarse en el repertorio asignado.
Esta música francesa es demasiado avanzada y fomenta malos hábitos interpretativos.
No se permiten desviaciones del programa establecido. »
Había leído esas líneas una docena de veces y cada vez sentía la misma mezcla de indignación y algo más profundo: una tristeza por su hija, que había tenido que esconder su alegría musical como si fuera algo vergonzoso.
El sonido del piano llegó hasta él antes de doblar la esquina. Una escala de do mayor, ejecutada con precisión mecánica, sin la menor variación de dinámicas o fraseo. Se detuvo y presionó la espalda contra la pared, asomándose apenas por el marco de la puerta entreabierta.
Indie estaba sentada en el banco del piano, la espalda perfectamente recta, los hombros tensos como alambres. Sus pequeñas manos se movían sobre las teclas con una precisión que Lucas reconoció: la que nace del miedo a cometer un error.
La hermana Margaret estaba de pie junto al piano, una figura imponente vestida de negro, con las manos entrelazadas a la espalda y una expresión que habría hecho temblar a un adulto.
—Para. —La voz de la monja cortó el aire como un látigo—. ¿Qué fue ese rubato en el compás doce?
—Yo… no sé. —La voz de Indie sonó pequeña, apenas audible.
—¿No sabes? ¿Acaso estás tocando música que no comprendes?
Lucas vio a su hija encogerse, como una flor cerrándose ante una tormenta.
—Sí comprendo la música, hermana Margaret. Es solo que…
—No hay solo que , Indie. O comprendes o no comprendes.
Y si comprendieras, sabrías que Bach no admite interpretaciones personales.
Bach es matemática, es disciplina, es perfección.
No es un lugar para tus fantasías creativas —la palabra fantasías salió cargada de desdén, como si la creatividad fuera una enfermedad contagiosa—.
Vuelve a tocar la escala y esta vez, mantén el tempo exactamente como está marcado.
Sin ornamentos, sin rubatos, sin nada que no esté escrito en la partitura.
Lucas vio las manos de su hija posicionarse sobre las teclas. Había un temblor microscópico en sus dedos que él reconoció: la misma tensión que había notado las últimas semanas cuando practicaba en casa bajo la supervisión de Claire.
Indie comenzó la escala de nuevo. Esta vez sonó aún más mecánica, si eso era posible. Como si estuviera tocando una máquina en lugar de un instrumento musical.
—Mejor. Pero aún hay tensión en tu muñeca izquierda. ¿Cuántas veces tengo que repetirte que la tensión es el enemigo de la técnica correcta?
—Lo siento, hermana.
—No quiero disculpas, Indie. Quiero concentración. Quiero que dejes de pensar en esas composiciones inadecuadas que has estado practicando en secreto y te enfoques en el trabajo real.
Lucas sintió que la sangre se le subía a la cabeza. ¿Composiciones inadecuadas? ¿Se refería a La valse d’Amélie ?
—Ahora vamos con Invención No. 1 [47] y esta vez, quiero que recuerdes que Bach escribió cada nota por una razón específica. Tu trabajo no es interpretar, es obedecer.
Indie posicionó sus manos sobre las teclas, pero Lucas vio algo en su postura que lo destrozó: era como si su hija se estuviera preparando para recibir una reprimenda en lugar de para hacer música.
No pudo soportar un segundo más.
Tocó la puerta con los nudillos, dos golpes firmes pero educados, y entró sin esperar respuesta.
—Buenas tardes, hermana Margaret. He venido a recoger a Indie un poco más temprano.
La monja se volvió hacia él con una expresión de sorpresa que se transformó en algo más difícil de descifrar. La niña no estaba precisamente menos abismada de ver a su padre allí.
—Señor Harper —lo miró de arriba abajo—. La lección no ha terminado aún.
—Lo sé. —Lucas sonrió, pero su tono hizo que Indie levantara la vista del piano con curiosidad—. Esperaba poder hablar con usted unos minutos, si es posible.