No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Lucas cerró la puerta detrás de él y se apoyó contra el marco.

La oficina era pequeña, casi claustrofóbica, con estanterías que llegaban hasta el techo y pilas de facturas organizadas en orden cronológico perfecto.

En la pared, un calendario mostraba el mes de febrero marcado con círculos rojos y notas escritas en la letra pequeña y precisa de Claire.

—Claire, necesitamos hablar.

—Ah, ¿ahora sí? —Levantó la mirada—. Porque esta tarde, cuando te pregunté dos veces adónde ibas, parecías tener mucha prisa como para hablar.

—Fui al conservatorio.

El bolígrafo se detuvo a medio camino hacia el papel.

—¿Al conservatorio? ¿Para qué?

Lucas se movió hacia la silla frente al escritorio, pero no se sentó. En cambio, puso las manos sobre el respaldo, como si necesitara algo sólido que lo mantuviera centrado.

—Para buscar alternativas para Indie.

—¿Alternativas a qué? Indie está perfectamente bien con la hermana Margaret. Su técnica está cada vez mejor…

—Claire. —Su voz cortó el aire entre ellos—. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con la hermana Margaret?

—¿Qué clase de pregunta es esa? —Bajó la mirada, evasiva, como si esas columnas de cifras pudieran servirle para esconderse entre ellas—. Hablo con ella cuando es necesario —mintió. En su vida había cruzado una sola palabra con la religiosa—. En las presentaciones, cuando…

—¿Cuándo fue la última vez que estuviste en una de sus clases? ¿Cuándo fue la última vez que viste cómo le enseña a nuestra hija?

Claire dejó el bolígrafo sobre el escritorio con un golpe seco.

—No necesito supervisar cada minuto de las lecciones de piano de Indie. La hermana Margaret tiene décadas de experiencia, sus estudiantes van a conservatorios prestigiosos y eso es un hecho…

—Hoy conocí a una mujer llamada Aria Sinclair —Lucas se sentó, acercándose al escritorio—. Es directora del Taller de Jazz Infantil en el conservatorio. Pasé dos horas con ella, Claire. Dos horas hablando de música, de niños, de lo que significa enseñar de verdad.

—¿Jazz? —La palabra salió de su boca como si tuviera mal sabor—. ¿Llevaste a Indie a hablar de jazz?

—No llevé a Indie a ningún lado. Fui yo.

Solo yo —respiró hondo—. Fui porque quería entender por qué nuestra hija llega a casa cada miércoles, cada viernes, con los hombros tan tensos como las cuerdas de su piano.

Porque quería saber por qué practica de una forma cuando está sola o en casa de los Gallagher y de otra completamente diferente cuando está aquí.

Claire se irguió en su silla.

—Indie necesita disciplina. Necesita estructura. Si queremos que llegue a ser una pianista profesional…

—¿Queremos? ¿O solo lo quieres tú?

El silencio que siguió fue tan denso que Lucas pudo escuchar el tictac del Kit-Cat Klock allá abajo en la librería.

—Inscribí a Indie en el taller de la señorita Sinclair —las palabras salieron simples, directas, sin adornos. Como había aprendido en años de narración: las verdades más importantes no necesitaban decoración.

Claire se puso de pie tan bruscamente que la silla rodó hacia atrás y golpeó la estantería.

—¿Que hiciste qué?

—Martes y jueves, de cinco a seis y media. Grupos pequeños, enfoque en la expresión personal, técnica enseñada a través de la exploración musical. La señorita Sinclair cree que Indie tiene un talento extraordinario, pero que está perdiendo la alegría.

—¿La alegría? —Casi suelta una risotada—. ¡Indie ama el piano!

—¿En serio? —Lucas se puso de pie también y de repente la pequeña oficina se sintió como una caja de fósforos—.

¿Cuándo fue la última vez que la escuchaste tocar por placer?

¿No para una lección, no para una práctica, no para que la hermana Margaret no le hiciera un montón de anotaciones horribles en sus partituras, sino simplemente porque quería hacerlo?

—Ese es… ese es el punto. Los músicos profesionales no tocan solo cuando «quieren». Tocan porque es su trabajo, su compromiso…

—¡Tiene diez años, Claire! ¡Diez años!

La voz de Lucas se alzó, rebotando contra las paredes cubiertas de libros contables. En algún lugar de la casa, una puerta se cerró.

—Y precisamente porque tiene diez años es que no podemos perder tiempo. —Claire rodeó el escritorio, acercándose a él—. Si hubiera empezado antes, si hubiéramos sido más estrictos desde el principio…

—¿Como qué? ¿Como darle clases a los tres años? ¿Prohibirle jugar para que practicara escalas?

—No seas ridículo.

—¿Ridículo? Claire, ayer Emily me llamó mientras estaba en Albuquerque porque Indie salió llorando de su lección con la prestigiosísima hermana Margaret. Llorando porque, según su excelsa maestra, había «arruinado» una pieza que había tocado a la perfección la semana anterior.

—Los niños son dramáticos, Lucas. Indie es…

—No. —Lucas puso las manos sobre el escritorio, inclinándose hacia ella—.

No confundas drama con histrionismo, porque no es lo mismo.

Indie es muchas cosas. Es intensa, es perfecta, es increíblemente talentosa.

Pero no es dramática y cuando llora después de una lección de piano, que en teoría debería hacerla feliz, hay una razón real.

Claire cruzó los brazos sobre el pecho .

—¿Y cuál es esa razón, según tu nueva experta en jazz?

—La razón es que nuestra hija está aprendiendo que la música es un lugar donde los errores son castigados en lugar de explorados. Está aprendiendo que su valor como persona está atado a qué tan bien puede ejecutar las expectativas de otra gente.

—Está aprendiendo disciplina.

—Está aprendiendo a tener miedo.

Las palabras se quedaron suspendidas entre ellos. Lucas vio algo cambiar en la expresión de Claire, una grieta microscópica en su certeza, pero desapareció tan rápido que pudo haber sido una sombra.

—¿Y tu solución es el jazz? ¿Improvisación? ¿Dejar que haga lo que se le ocurra?

—Mi solución es una maestra que cree que la técnica debería servir a la expresión, no al revés.

Una mujer que pasó veinte minutos explicándome cómo los niños aprenden armonía de manera natural cuando se les da la oportunidad de experimentar.

Que me dijo que los mejores músicos del mundo son aquellos que nunca perdieron la curiosidad.

—¿Y qué pasa con sus clases de piano junto a la hermana Margaret? ¿Con las audiciones? ¿Con su futuro?

—¿Qué pasa si su futuro no es el que tú has planeado para ella?

Claire retrocedió como si la hubiera abofeteado.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que tal vez, solo tal vez, Indie debería tener algo que decir sobre su propia vida.

—Tiene diez años, Lucas. Los niños de diez años no saben lo que quieren hacer con sus vidas.

—No. Pero saben lo que los hace felices y saben cuándo algo los está lastimando —Lucas se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo con la mano en la manija—. Una cosa más…

—No me digas que esto no acaba acá —dijo sin fuerzas.

—Mañana iré a hacer algo que tú has postergado por cuatro años. Mañana iré a hablar con la hermana Margaret…

—¡Lucas! —Palideció.

—Mañana, esa mujer tendrá que darme algunas buenas explicaciones sobre la nota que dejó en la nueva partitura de Indie —Claire lo miró confundida— y que por lo visto, tú no has leído.

—Yo no…

—Espera… —Se ausentó de la pequeña oficina solo un minuto. Regresó con un manojo de papeles y lo extendió ante el rostro de su esposa—. Vamos. Lee.

Ella bajó la mirada despacio y él notó cómo un calor repentino le fue escalando por las mejillas.

Supo, por el brillo en sus ojos y su rubor, que no le había sentado muy bien ese: «Esto no es un circo; toca como está escrito o no toques.

» Transcurrieron algunos segundos y Lucas le extendió la mano para que ella le devolviera las partituras, las mismas que le servirían de evidencia para su descontento.

Ella las alargó despacio, con pulso tembloroso.

—La primera clase es el martes que viene. Ya está pagada.

—Lucas…

—Y antes de que digas que no te consulté, recuerda que yo tampoco fui consultado cuando decidiste que Indie tomaría lecciones con la hermana Margaret a sus seis años.

Recuerda que nunca me preguntaste si pensaba que una monja de setenta años que no ha tocado música moderna en cuatro décadas era la mejor opción para enseñarle a nuestra hija artística y sensible —se volvió para mirarla una última vez—.

Por una vez en estos últimos años, Claire, déjame a mí también intervenir en la formación de mi hija.

Abrió la puerta y salió, dejándola sola con el resplandor azul de su lámpara de escritorio y el eco de palabras que no podrían ser retiradas.

Al otro extremo de la residencia de los Harper, detrás de la puerta cerrada del cuarto de Emily, Indie se acurrucó más profundo bajo las mantas que su hermana mayor había extendido sobre ambas.

Las voces de sus padres se habían alzado lo suficiente como para atravesar las paredes, aunque las palabras exactas se perdían en la distancia.

—¿Están peleando por mí? —susurró Indie.

Emily le acarició el cabello.

—Están peleando porque te aman. Los dos. Simplemente no se ponen de acuerdo en algunas cosas.

Claire se quedó de pie en su oficina, mirando los números organizados en sus libros de contabilidad.

Por primera vez en años, no podía concentrarse en las cifras.

En su lugar, se encontró recordando a Indie a los seis años, tocando una melodía inventada en el piano de la librería, riéndose cuando se equivocaba y empezando de nuevo con una variación diferente.

¿Cuándo había sido la última vez que había escuchado a su hija reírse mientras tocaba el piano?

¿Cuándo había dejado de escuchar?

IV