Capítulo 9 #3
Lucas se puso de pie y extendió la mano. La de Aria era cálida y firme y sus ojos color ámbar lo miraron con una curiosidad genuina que lo tranquilizó de inmediato.
—Es un placer conocerlo, señor Harper —su voz tenía un dejo sureño apenas perceptible, como un eco lejano de Nueva Orleans—. La señora Blackwood me comentó que está interesado en nuestro programa.
—Así es —Lucas sonrió—. Vi el panfleto ayer y me pareció… interesante.
La señora Blackwood se aclaró la garganta discretamente.
—Los dejaré conversar con tranquilidad. Aria, puedes usar mi oficina si lo deseas.
—Gracias, pero creo que será mejor que el señor Harper vea el espacio donde trabajaremos —Aria se dirigió a Lucas—. Si tiene tiempo, me gustaría mostrarle nuestro estudio. Está justo al final del pasillo.
Lucas asintió y la siguió por el corredor de la mansión victoriana. El sonido de escalas de piano se filtraba desde algunas habitaciones, mezclándose con el tintineo del brazalete de Aria. Ella se detuvo frente a una puerta de madera clara y la abrió con una llave pequeña.
—Adelante —lo invitó.
El estudio era diferente a cualquier aula de música que Lucas hubiera visto.
En lugar de filas ordenadas de sillas y atriles, había un círculo de cojines coloridos en el suelo, un piano vertical antiguo en una esquina, varios instrumentos de percusión dispuestos y un contrabajo que descansaba contra la pared como si fuera un árbol que hubiera crecido allí naturalmente.
Las ventanas estaban abiertas y pequeñas plantas colgaban del techo, moviéndose con la brisa.
—Esto es… —Lucas buscó las palabras adecuadas mientras giraba, absorbiendo cada detalle.
—¿Diferente? —Aria sonrió—. Esa era la idea. Siéntese donde se sienta más cómodo.
Lucas eligió uno de los cojines cerca del piano, su naturaleza innata de cuentacuentos, ese niño que llevaba por dentro, se avivó al instante. Aria tomó otro cojín, cruzó las piernas con gracia natural y lo miró expectante.
—Cuénteme sobre su interés en el taller —dijo—. ¿Tiene niños que podrían participar?
—Dos, de hecho —Lucas sacó el panfleto de su billetera y lo desplegó—. Indie, de diez años, aunque está cerca de cumplir los once y bueno… Tiene una amiga, Rowan, también de diez. Ambas son… especiales.
—¿En qué sentido? —Aria se inclinó hacia delante y Lucas notó que tenía toda su atención.
—Indie lleva años estudiando piano clásico, pero últimamente… —Hizo una pausa, buscando cómo explicar sin traicionar la confianza de su hija—. Creo que necesita algo más libre, más expresivo. Su maestra actual es muy tradicional.
—Entiendo —los ojos de Aria se suavizaron—. ¿Y la otra niña?
—Rowan acaba de empezar con el contrabajo. Es tímida, pero cuando está con Indie… —Lucas sonrió—. Es como si hablaran un idioma secreto. Musical, quiero decir.
Aria se quedó en silencio unos segundos y Lucas pudo ver que estaba procesando la información.
—¿Puedo preguntarle qué lo motiva a buscar una alternativa para su hija? Es decir, más allá de que la enseñanza actual sea tradicional.
Lucas sintió que podía ser honesto con esta mujer. Su manera de escuchar, de hacer preguntas, lo invitaba a la sinceridad.
—Indie está perdiendo la alegría —dijo simplemente y ella frunció el ceño atisbando preocupación—. Toca de maravilla, su técnica es impecable, pero últimamente… es como si la música se hubiera convertido en una carga en lugar de un regalo.
Aria asintió.
—¿Y usted cree que el jazz podría ayudarla a recuperar esa alegría?
—Siendo honesto, no sé si es el jazz. —Lucas se acomodó un poco en el cojín—. Pero sí sé que necesita un espacio donde pueda experimentar, donde pueda… ¿Cómo decirlo? Donde pueda ser imperfecta sin que eso sea un error.
Los ojos de Aria se iluminaron.
—Señor Harper, creo que usted entiende de qué se trata nuestro taller.
Se levantó con un movimiento fluido y se acercó al piano. Puso las manos sobre las teclas y tocó una progresión simple, pero hermosa, apenas unos ocho compases que parecían flotar en el aire.
—¿Sabe qué acaba de escuchar? —preguntó, girándose hacia él.
—Una melodía preciosa.
—Una conversación —dijo Aria—. Eso es lo que enseñamos aquí. No técnica, no repertorio, no teoría. Enseñamos conversación musical .
Lucas sintió algo parecido al alivio extendiéndose por su pecho.
—¿Cómo funciona?
Aria regresó a su cojín y Lucas notó que se movía con la misma naturalidad con la que había tocado el piano.
—Imagínese que usted llega a una reunión donde no conoce a nadie —comenzó—. ¿Cómo entabla conversación?
—Escucho primero, supongo. Trato de entender el tono, el ambiente.
—Exacto, y después interviene, ¿verdad? Tal vez hace un comentario, una pregunta. Si alguien más responde, usted responde a su vez.
Lucas asintió.
—Así trabajamos aquí. Los niños aprenden a escucharse mutuamente, a responder con música, a hacer preguntas con sus instrumentos, a dar respuestas.
Al principio son conversaciones simples —tocó unas notas sueltas en el aire, como si tuviera un teclado invisible—.
Después se vuelven más complejas, más íntimas.
—¿Y la técnica?
—Se desarrolla naturalmente —Aria sonrió—.
Cuando un niño quiere expresar algo específico y su instrumento no le permite hacerlo, me pide ayuda.
Ahí es cuando enseño técnica. No antes, no como un fin en sí misma, sino como una herramienta para decir lo que necesita decir.
Como si aprendieran algo de vocabulario .
—¿Cómo maneja usted a los niños que ya tienen formación clásica?
—¿Se refiere a cómo deshago años de rigidez?
—preguntó Aria con una sonrisa comprensiva—.
Con mucha paciencia y con mucha gentileza.
Los niños que han sido sobreentrenados técnicamente a menudo han perdido la conexión con su instinto musical.
Mi trabajo es ayudarlos a recordar por qué empezaron a tocar en primer lugar.
—¿Y si son tímidos? Como Rowan.
—Los tímidos son a menudo los más expresivos una vez que encuentran su voz.
— Aria se acercó al contrabajo y puso una mano sobre sus cuerdas—.
Este instrumento es perfecto para niños introvertidos.
Habla desde lo profundo, desde el lugar donde viven las emociones grandes. Una vez que conectan con eso…
Dejó la frase en el aire y regresó junto a Lucas.
—¿Cuándo empezaría el taller?
—La próxima semana. Martes y jueves, de cinco a seis y media. Grupos pequeños, máximo ocho niños. —Aria lo miró—. Pero antes de que tome una decisión, necesito que entienda algo importante.
—¿Qué?
—Lo que hacemos aquí puede ser… perturbador para algunos padres.
Los niños empiezan a hacer música que no suena como lo que sus padres esperarían.
A veces suena caótico, a veces suena demasiado adulto, a veces suena completamente inventado —hizo una pausa—.
Y los niños cambian. Se vuelven más seguros de sí mismos, más dispuestos a tomar riesgos, no solo musicales.
Lucas pensó en Claire y en su necesidad de control, en su miedo al caos.
—¿Me está advirtiendo sobre algo?
—Le estoy preguntando si está preparado para que sus niñas especiales descubran quiénes son realmente como músicos, porque una vez que eso sucede, es muy difícil volver atrás.
Lucas se quedó en silencio unos segundos, mirando alrededor del estudio: las plantas que se mecían suavemente, los instrumentos que parecían estar esperando ser tocados, los cojines dispuestos en círculo como una invitación permanente a la conversación.
—Señorita Sinclair, creo que eso es exactamente lo que necesitan.
Aria sonrió y Lucas sintió que había encontrado lo que estaba buscando, aunque no hubiera sabido definirlo hasta ese momento.
—Entonces —dijo ella—, hablemos de los detalles con la señora Blackwood e inscribamos a esas niñas increíbles … ¿Le parece?
III
Se había encargado ya de cerrar la cortina metálica de la librería y estaba revisando que todo estuviera en orden por esa noche.
Lucas esperó en la penumbra hasta escuchar los pasos de Emily e Indie dirigiéndose a sus habitaciones.
Para ese momento estaba más que convencido de que Claire ya había desaparecido en su oficina, como hacía todas las noches después de cenar, para revisar las cuentas del día y planificar el siguiente.
Se quedó un momento más en la librería, disfrutando de esa oscuridad absoluta, pero muy en especial del olor a papel antiguo y tinta.
Aquella noche la familia Harper había compartido una cena silenciosa, matizada por las preguntas casuales de las niñas y las respuestas monosilábicas de Claire, quien había pasado toda la tarde esperando una explicación que él no había dado.
Fue inevitable para él preguntarse en ese momento si las niñas habían notado o no la tensión.
Estaba seguro de que Emily estaba nerviosa y que Indie, con su astucia innata, quizás sospechaba que algo no estaba como solía estar.
Respiró profundo. Como cuando se preparaba para contar una historia particularmente difícil en la librería, sabía que las primeras palabras determinarían el tono de todo lo que vendría después.
Subió despacio, como si evitara alertar a Claire con sus pasos y una vez arriba, al dirigir la mirada hacia el pasillo de la derecha, vio la puerta de la oficina entreabierta, emanando el resplandor azulado de la lámpara de escritorio, parpadeando con suavidad.
Claire estaba inclinada sobre los libros de contabilidad, el cabello cayéndole como una cortina que ocultaba su expresión. Sin embargo, Lucas conocía esa postura: los hombros tensos, la forma en que sostenía el bolígrafo como si fuera un arma…
Tocó y empujó la puerta.
—¿Puedo pasar?
Claire no levantó la vista de inmediato. Terminó de escribir una cifra en la columna de gastos antes de responder.
—¿Ahora vas a pedirme permiso?