Capítulo 9 #2
—Esta —susurró con el tomo entre las manos— o la negociamos muy bien o se queda con nosotros por un buen tiempo. —La última vez que vio en internet una copia como esa en tan buen estado, la estaban vendiendo por más de 700 dólares.
Claire llevó el preciado libro a su estantería predilecta.
Abrió la primera gaveta del mueble que estaba detrás del mostrador, tomó de ella la llave de la cerradura cilíndrica que mantenía sus exclusivos volúmenes a buen resguardo y allí, como si estuviese colocando una reliquia más, puso el ejemplar de Anne of Green Gables con el que Lucas se presentó esa tarde.
Acto seguido, fue por las dos cajas que contenían los libros infantiles y las puso de forma ordenada y cómoda detrás del pasillo del mostrador.
Sabía de sobra que le esperaba una mañana minuciosa al día siguiente catalogando, clasificando y añadiendo al sistema todos esos textos que estaban allí.
Siempre priorizaba la literatura infantil antes que cualquier otro género.
Cada sábado, antes o después de la sesión de cuentacuentos, las ventas eran muy buenas para la librería y no se arriesgaría a prescindir de sus novedades ese mes.
Volvió a la cochera para sacar las cajas restantes.
Una tenía textos de ciencia ficción, aventura y fantasía, otra selección más que prometedora que podría clasificar la semana siguiente; la otra algunos ensayos de temáticas generales, pero también de interés, especialmente para el público más adulto que frecuentaba la tienda, y la última, la única que no había abierto hasta ahora, la sorprendió un poco.
—¿De nuevo, Lucas? —soltó con hastío nomás de reconocer la cinta adhesiva azul con el logo de la UNM Bookstore.
Tiró del precinto haciendo un sonido muy particular en la trastienda y el olor a papel húmedo y tinta vieja se estrelló contra su rostro.
Vio dentro de esa caja textos de teoría, estética y otros apuntes relacionados con el jazz.
Sí, Lucas Harper era un entusiasta del género y la librería se preciaba de tener una pequeña sección en la que los músicos de la ciudad podían encontrar maravillas, pero…
—¡Estos libros se venden muy lento y lo único que hacen es ocupar espacio y acumular polvo! —Arqueó los ojos con desagrado—. Ya veré cómo me las ingenio para que quepan en la estantería sin correr el riesgo de que se desperdiguen por todos lados.
Salió de nuevo del depósito, cerró la puerta y el delicioso aroma de la carne asada de las hamburguesas la atrajo de inmediato.
Caminó de nuevo al mostrador, cogió de la parte superior del mueble las facturas que había tomado de la furgoneta, de la chaqueta de Lucas y sintió una punzada extraña en el pecho.
Le supo mal por un instante lo que había hecho.
¿No era más simple pedírselas, como en pasadas ocasiones?
—No se enojará —se dijo a sí misma, tranquilizándose—. Sabe muy bien que solo lo hago para llevar la contabilidad del negocio y nada más.
Subió la escalera, aún con los tickets entre los dedos.
En la oficina contable, su guarida de luz tenue y estanterías curvadas, alineó las facturas sobre el escritorio, como si ordenara piezas de un rompecabezas que preferiría no armar, al menos no en ese momento.
Entonces el olor a papel húmedo le trajo esa escena que nunca olvidaba del todo: Índigo con apenas medio año, Emily de seis pidiendo otro vaso de leche y Lucas susurrándole derrotado que la librería no cubriría la renta aquel mes.
Recordó el silencio helado de aquella madrugada, la calculadora sin respuestas y el miedo de ver un cartel que dijera «Se vende» en la vidriera.
Apretó los labios; no permitiría que algo así volviera a rozar a sus hijas.
Respiró hondo, sacudió con la yema del pulgar el polvillo gris que se le había pegado al hurgar en las cajas que habían llegado esa tarde de Albuquerque, y dejó la inquietud allí, bien doblada, entre los recibos.
Enderezó los hombros, dibujó la sonrisa que conocían sus hijas y, con paso ligero, fue a reunirse con Lucas y las niñas en la cocina.
II
Con sus lentes de lectura, un poco de música a bajo volumen y la atención puesta por entero en la pantalla del computador que estaba al final del pasillo que estaba detrás del mostrador, Claire se deleitaba con una de las tareas que más le fascinaban de la librería: añadir las nuevas adquisiciones al sistema y, muy especialmente, ponerles precio.
Del lado izquierdo tenía al menos cuatro torres de libros; del lado derecho, solo una, más pequeña, con los textos que ya había incorporado.
Esa tarde de jueves la librería estaba tranquila y silenciosa, así como la calle y era una delicia estar allí, esperando por el calor de la primavera que se tomaría su tiempo en llegar.
Por encima de la música que escuchaba (aunque en realidad estaba deletreando códigos en voz muy baja que iba, poco a poco, incorporando y verificando en el sistema, con la ayuda de un escáner infrarrojo), oyó los pasos de su marido en el piso de arriba y muy pronto, en los peldaños metálicos de la escalera.
Las niñas aún no regresaban del colegio.
—¡Lucas! —dijo cuando supo que estaba detrás de ella en la tienda, sin apartar la mirada del computador—. ¡Lucas, los libros infantiles que trajiste son un sueño!
—¡Lo sé! —aseguró orgulloso.
—¡Además, cada uno está impecable! ¡Le sacaremos una ganancia muy buena! —Sonrió, entusiasmada—. ¡Te felicito, mi librero estrella!
—¡Gracias, gracias!
—Aunque no puedo decir lo mismo de esos libros de jazz… —Se giró en la silla luego de incorporar ese último texto a la base de datos y su gesto de sorpresa fue genuino al verlo arreglado como para ausentarse de la librería—. ¿Saldrás?
—Sí —le aseguró con una sonrisa.
—¿Y a dónde vas? —Lo miró de arriba abajo—. Creí que me apoyarías aquí todo el día…
—Y lo haré, desde luego —comenzó a encaminarse a la trastienda para ir hasta la cochera y sacar de ella su furgoneta—. Te prometo que volveré muy pronto.
—Pero… ¿A dónde vas? —insistió.
—Te lo diré luego —le guiñó el ojo con picardía—. No comas ansias, ¿bueno?
Pero eso, tratándose de Claire Harper, era sencillamente imposible.
A Lucas le tomó solo diez minutos llegar al conservatorio de Willowbrook.
Bajó de su furgoneta con una sonrisa y se encaminó hacia esa vieja mansión victoriana, ahora repleta de sonidos.
Una vez estuvo en la escalinata principal, llevó su mano al bolsillo interior de su chaqueta, sacó de él su billetera y le echó un vistazo al panfleto de la tarde anterior.
Alzó la vista y vio, sentado en un escritorio antiguo, a un portero que amenizaba las horas de su guardia vespertina con crucigramas o sudokus .
—Buenas tardes —saludó con simpatía y el hombre alzó sus ojos de la hoja que estaba llena de letras y borrones con un gesto de pereza.
Habría puesto su mirada en Lucas, de no ser porque el azul neón del flyer era poderosamente atractivo—.
Vengo a pedir información sobre este taller. ¿Sabe con quién tengo que hablar o…?
—La directora. La señora Blackwood le dará toda la información que necesita.
—¡Espléndido! ¿Y podrá atenderme ahora? ¿Debo pedir cita?
—Si me permite unos minutos… —Se levantó de su silla con exasperante lentitud—. Le avisaré que usted está aquí. ¿Su nombre es…?
—¡Lucas Harper!
—¿Tiene a alguien estudiando acá?
—¡De momento no! —Sonrió, aunque fue inevitable recordar a Rowan.
—Bien, bien… Volveré en unos minutos. No se vaya.
Y regresó, claro que sí, pero seguido de la misma señora Blackwood.
Cuando Lucas la divisó, de inmediato recordó cuánto amaba las galletas de su librería y con qué agrado curioseaba la sección musical.
Muchos de los libros de teoría musical o de jazz que Claire menospreciaba porque salían «muy lento de los anaqueles» los había adquirido, entre otras personas, esa mujer.
El padre de Emily e Índigo descubrió, en la sonrisa que se formaba en el rostro de la directora del conservatorio, que ella también lo reconocía y sintió que todo se volvía más familiar.
—¡Señor Harper! —Le estrechó la mano—. ¡Qué gusto verlo por acá! Ya era hora de que nos visitara, considerando que voy casi todas las semanas a su librería… —Rio y le dijo, cómplice—: Las mejores galletas de Willowbrook, se lo aseguro.
—¡Gracias! —Él también reía—. Me parece que mi esposa me comentó alguna vez que usted era la encargada de dirigir este maravilloso lugar —miró desde allí la enorme cúpula de cristal y las escaleras a cada lado—, pero le confieso que lo olvidé por completo.
—Me dice el señor Robinson que está interesado en el taller de jazz.
—¡Mucho! —Fue entusiasta al máximo.
—¿Vamos a mi oficina?
—La sigo —y en solo minutos ya la señora Blackwood le explicaba, con detenimiento, los horarios, los días y el costo mensual de la actividad.
—Así que dura varios meses. —Eso le gustó aún más—. Creí que era una actividad puntual.
—No. Estamos fortaleciendo el área de improvisación musical en el conservatorio y nos lo planteamos como algo a largo plazo.
—Me parece formidable —volvió a echar un vistazo a un nuevo documento donde se especificaban todos y cada uno de los detalles.
—Si tiene tiempo, puedo ponerlo en contacto con la encargada del taller. —Lucas la miró al instante—. ¿Quiere entrevistarse con ella?
—¡Desde luego!
La señora Blackwood regresó al cabo de cinco minutos acompañada de una mujer que Lucas calculó tendría unos treinta años, de cabello castaño cobrizo recogido en una trenza suelta que se deslizaba sobre su hombro izquierdo.
Llevaba una falda de tela fluida color tierra, una blusa de seda color marfil y un brazalete de plata del que colgaban pequeños instrumentos musicales que tintinearon suavemente mientras caminaba hacia él .
—Señor Harper —dijo la directora con su voz formal, pero cordial—, le presento a Aria Sinclair, quien dirige nuestro Taller de Jazz Infantil.