Capítulo 9
I
Empujó hacia abajo una de las manecillas del volante, haciendo que la luz parpadeante de su camioneta de carga se encendiera, indicándoles así a los otros conductores que, como él, ingresaban a la pequeña ciudad por la vía principal, que se desviaría por la calle a la izquierda.
De allí siguió todo el tiempo derecho hasta llegar al centro, donde estaba un minimarket que se caracterizaba por su colorida marquesina.
Sonrió de lado al ver que en la calle lateral del establecimiento aquel, cerca de la puerta de servicio, estaba una camioneta vieja de color azul y se apresuró un poco al entrar en el estacionamiento, aparcar su furgoneta, apagar las luces y detener el motor.
Se bajó despacio, sintió el característico frío de esa noche de comienzos de febrero y tomó la chaqueta que llevaba colgada de la parte posterior de su butaca.
Se abrigó muy bien con ella, cerró la portezuela y giró para entrar al minimarket, metiendo ambas manos en los bolsillos.
Apenas hizo este gesto tan sencillo, se detuvo, frunció el ceño con curiosidad y tomó con su mano izquierda algunos papeles que estaban allí y que revisó apoyándose en la generosa luz que se colaba por la cristalería de la tienda y de los reflectores de la marquesina.
Lucas encontró allí una factura de combustible que había conservado de la estación de servicio de Albuquerque antes de tomar la vía hacia Willowbrook.
Supo que era un soporte importante para la contabilidad de Claire y la guardó en el bolsillo derecho, hasta ahora vacío.
La segunda factura correspondía al refrigerio de la mañana, también la conservó y la tercera…
La tercera reflejaba el almuerzo que tomó a mitad de tarde, antes de abandonar aquella ciudad para regresar a casa.
Suspiró e hizo una bola dentro de su mano izquierda con esa última papeleta y, avanzando de nuevo hacia el supermercado, la echó como si nada en el tarro de la basura junto a la puerta.
Apenas atravesó el umbral del minimarket, un timbre cantarino sonó, anunciando la llegada de Lucas.
Se inclinó a tomar una cesta de la entrada y echó un vistazo al extremo derecho, donde estaban las cajas registradoras y en una de ellas, la del fondo, vio la silueta de Rory Luna.
Sonrió satisfecho y fue por su compra. Se demoró lo justo en escoger los ingredientes que necesitaba para la cena de esa noche y se dirigió a la misma caja en la que una mujer regordeta que ya conocía le saludó con respeto.
Al fondo, vistiendo un delantal y una gorra con el distintivo del minimarket , el hijo de Fiona también le sonreía e inclinaba la cabeza con gentileza, mirándole a los ojos.
—Rory… —susurró con un gesto afable y correspondió al saludo. Pr estó atención al acto mecánico de la empleada al pasar cada artículo por la caja registradora mientras el chico, presto y cuidadoso, se hacía cargo de sus víveres.
Una vez pagó el importe por su compra, se acercó al pelirrojo y le extendió la mano con un billete de veinte dólares en ella. Por un momento el joven expresó un gesto de genuina sorpresa y Lucas, tomándolo por el antebrazo y dando un par de palmadas afectuosas sobre su hombro, le susurró:
—Por tu ayuda… —Se miraron a los ojos—, especialmente con mis chicas .
—¡Gracias! —Le sonrió con franqueza—. Para mí es un gusto.
Lucas tomó su paquete, se dio la media vuelta y salió del minimarket risueño.
Cuando volvió a su furgoneta, notó con curiosidad que una papeleta de un color azul neón estaba sujeta a uno de los cepillos del limpiaparabrisas.
El hombre miró a un lado, a otro y alzándose de hombros, tomó entre sus manos lo que resultó ser un panfleto.
Lo leyó, al comienzo superficialmente, fijándose en sus líneas expresivas que, no supo por qué, le recordaron a los carteles de Toulouse-Lautrec, hasta que vio que en él se anunciaba un Taller de Jazz Infantil.
—Vaya… —susurró y esta vez el trozo de papel obtuvo toda su atención.
Sin bajarlo de sus ojos, que seguían reparando en detalles como fecha, dónde se dictaría y quién sería el responsable, abrió la puerta lateral de su furgón, puso la bolsa de sus compras junto a las cajas de libros que traía consigo desde Albuquerque y se dispuso a subir al auto.
Su amago inicial fue el de guardar el panfleto en el bolsillo de la chaqueta, pero se detuvo, lo dobló en cuatro y lo metió en su billetera. Subió a la furgoneta y desapareció por la misma calle por la que había llegado a la tienda del señor Whiterspoon.
Claire, que limpiaba en ese preciso momento la superficie del mostrador de la librería, vio la furgoneta de Lucas pasar ante la fachada de la tienda con la luz intermitente encendida y detenerse a un costado, enfilando el vehículo hacia la cochera que estaba a un lado del local.
Alzó la mirada hacia el Kit-Cat Klock y se dio cuenta de que eran las 18:43.
Frunció un poco el ceño al notar que ese miércoles regresaba de Albuquerque más tarde que de costumbre y suspiró.
Caminó hacia la trastienda y una vez en ella, tomó la puerta lateral de la izquierda que la comunicaba con la cochera larga y angosta en la que no solo estaba ya la furgoneta, sino también la SUV de la familia.
—¡Hola! —saludó él risueño, de pie ante el puesto del conductor, deshaciéndose de su chaqueta de nuevo y colgándola, como lo había hecho antes, de la parte posterior de la butaca.
—¡Hola! —Ella también sonreía, parecía de buen humor—. ¿Cómo estuvo todo por Albuquerque?
—¡Genial! —aseguró complacido, abriendo la puerta lateral para tomar de allí el paquete con los comestibles—.
Fui a la venta de la biblioteca, cargué dos cajas de primeras ediciones infantiles y un tomo de historia local que llevaban meses esperándome —cerró con un sonido contundente la camioneta y comenzó a rodearla por la parte posterior, mientras Claire lo escuchaba decir, entusiasmado—: ¡Además, no lo vas a creer!
Encontré un Anne of Green Gables [45] de 1911, casi intacto; y Title Wave sacó un lote de jazz en vinilo.
Ah, y la autopista estuvo despejada por la mañana: salí a las 6:00, pero a las 9:00 ya estaba revisando estanterías.
—¡Vaya! —De nuevo lo tuvo ante sus ojos y reparó en el paquete de víveres que llevaba—. ¡Ya quiero ver ese libro del que hablas! —Le sonrió, con dulzura—. ¡Dudo que lo venda, te lo advierto!
—Siempre podrás ponerlo en tu vitrina de libros que no son para cualquiera, ya sabes… —Le dio un beso dulce en los labios—. ¿Qué hay de cenar?
Ella bajó en el acto sus ojos hacia el interior de la bolsa de papel que él traía en sus manos.
—Por lo visto eso que tienes ahí —rieron—. No hay nada de comer aún, estaba terminando de asear la librería…
—Está bien —la detuvo antes de que continuara justificándose—. Compré todo para hacerles unas hamburguesas a las niñas.
—¿Hamburguesas? —Se sorprendió—. Hace unos días preparaste tu pollo especial y hoy les harás hamburguesas —él asintió entrando por fin a la trastienda con ella siguiéndole los pasos—. Creo que las consientes demasiado.
—Alguien tiene que hacerlo, Claire —le guiñó el ojo y comenzó a subir las escaleras de caracol. Vio que se quedaba rezagada y se extrañó—. ¿No vienes?
—¡Adelántate! —Lo alentó sonriendo—. Bajaré las cajas de la furgoneta… ¡Ya sabes! ¡Me muero por ver ese libro de comienzos del siglo pasado! —Él se echó a reír.
—Bien, tomaré un baño y me ocuparé de la cena. No te embeleses demasiado con Anne, ¿de acuerdo?
—¡De acuerdo! —Lo vio perderse escaleras arriba y desde ahí escuchó la voz de él llamando a las niñas y cómo ellas salían a recibirlo con un regocijo tremendo, en especial Índigo.
Claire dio un suspiro, caminó hasta la entrada de la librería, verificó que el cerrojo estuviera puesto, apagó todas las luces de la tienda, dejando solo los reflectores suaves de la vitrina encendidos, y regresó al depósito, cerrando la puerta a sus espaldas.
Volvió a la cochera, se subió al puesto del conductor de la furgoneta de Lucas y echó un vistazo al salpicadero.
En la parte inferior, cerca de la palanca de cambios, encontró un par de papeletas.
Ambas correspondían al peaje I-25 N. Las sacudió un poco entre sus manos a sabiendas de que irían a parar a sus registros contables.
Husmeó un poco más, sin encontrar nuevas evidencias y encendiendo las luces del vehículo, iluminó el odómetro, donde comprobó el kilometraje.
Le pareció que la cifra era coherente para un nuevo viaje de ida y vuelta a Albuquerque.
Miró un par de segundos a través del cristal del parabrisas sin prestar atención realmente al otro vehículo que estaba allí estacionado y bajándose del asiento, revisó todos los bolsillos de la chaqueta de Lucas.
Allí encontró la factura del combustible y una que, por la hora y descripción, correspondía con el almuerzo, que al parecer había tomado a eso de las 12:23.
Vio de soslayo el termo de café que su marido siempre llevaba consigo a sus viajes fuera de la ciudad para beberlo durante el trayecto y permanecer lúcido tan temprano por la mañana.
Lo tomó para llevarlo a la cocina y lavarlo.
Una vez culminada su revisión, fue por fin por las cajas de libros y se sorprendió al ver que eran cinco de buen tamaño, con una selección formidable de textos infantiles, casualmente el género más rentable de la librería.
Al abrir las tapas de cada una, vio que la factura detallada estaba sobre las pilas de libros dentro.
Miró con atención todo el trabajo que le esperaba en el transcurso de la semana, catalogando y clasificando todo eso, además de registrándolo en el sistema de ventas de la tienda .
Suspiró complacida y en la última caja que abrió, metido en un sobre de plástico especial, encontró esa joya de la que le había hablado el marido y supo que no, que esa no estaría a la venta así por así.