Capítulo 8 #7
—Mi amor… —La estrechó entre sus brazos y la cobijó en su pecho. Ella continuó llorando y él besó su cabeza—. Eso no solo está bien. Eso, Emily, es la vida . La vida consiste precisamente en probar todas las combinaciones posibles para conseguir resultados distintos.
—Pero, mamá… Mamá…
—Mamá piensa diferente, es verdad. Mamá piensa de otro modo porque tiene miedo.
—¿Miedo de qué? —Resopló indignada—. ¡Los Gallagher no nos harán nada! ¡Los Gallagher son personas increíbles !
—Mamá le teme a las cosas que no puede controlar, princesa.
Teme que te hagas adulta, porque en un par de años ya no tendrá el mismo control sobre ti, gozarás de la libertad de tomar tus propias decisiones y no podrá estar siempre allí para protegerte.
No deberá estar siempre allí para protegerte.
¿Entiendes? —Emily cabeceó un sí , reflexionando entre sus brazos—.
Teme que Indie pise la adolescencia —volvieron a verse a los ojos—.
Si me lo preguntas, creo que eso es lo que más teme justo ahora, porque no sabe qué clase de chica será tu hermana y…
—Rio por lo bajo con una suavidad acariciadora— y las prevengo de una vez: no será un hueso fácil de roer…
¡No, señor! —Ambos rieron a los susurros.
—Papá… No te molesta que Rory nos traiga a casa, ¿verdad?
—Sinceramente, lo agradezco. A él lo conozco de la tienda del señor Whiterspoon.
Suelo dejarle muy buenas propinas porque…
—Respiró hondo y alzó la vista hacia un punto indeterminado—, porque no sé…
Me hace pensar en… —En su rostro se dibujó una sonrisa casi imperceptible— en mí cuando tenía su edad.
Si quieres mi opinión, es un chico excepcional.
Es educado, responsable, inteligente… Así que respondiendo a tu pregunta: No.
No me molesta que Rory las traiga a casa.
Solo te pediría que la próxima vez le digas que no se olvide de pasar por aquí a saludar, a darme un buen apretón de manos.
—¿Le darás propina por traernos? —Lucas rio con ganas ante esa posibilidad.
—Podría, pero no. No creo que sea un gesto que amerite propinas. Eso sería insultarlo y es lo último que quiero.
Emily le sonrió con alivio y Lucas divisó algo más en su mirada, donde ya se habían disipado las lágrimas.
—Te gusta ese chico, ¿no es verdad?
La hija se puso tan colorada que hundió en un segundo su rostro en el pecho del padre, al tiempo que lo cubría con sus manos, como si esconderse de ese modo no fuese suficiente para ocultar su verdad.
Lucas soltó una carcajada traviesa, abrazando a su hija con mucha más fuerza y besando su cabeza una y otra vez.
—¡Es un gran muchacho, Emily!
No la importunaría más por esa tarde, así que luego de darle un sonoro beso en las mejillas, las mismas que aún tenía coloradas, la dejó marchar a su habitación para ocuparse de sus tareas.
Reflexionó un par de segundos y decidió ir a echarle un vistazo a Indie.
Se fue a hurtadillas hasta el dormitorio de su hija menor y vio, por la rendija de la puerta entreabierta, que la chiquilla estaba acostada sobre su cama.
Desde allí podía ver sus piecitos ir de acá para allá, cubiertos por unas medias de color celeste con nubecitas, mientras sobre su cabeza sostenía un objeto que Lucas no identificó a simple vista. ¿Era un juguete?
Risueño y curioso, le dio un par de golpes al marco de la puerta y en un tris el mismo artefacto inentendible se deslizó de las manos de la niña y cayó con fuerza sobre su cabeza, haciendo un sonido contundente y tintineante.
—¡Ay! —Se quejó la pequeña.
El padre, muerto de risa, entró en la habitación y se apresuró a socorrerla.
No se sorprendería si en los siguientes minutos se le formaba un chichón en la frente.
Se sentó en la cama, la vio tomarse la cabeza con ambas manos mientras giraba de un lado a otro, al borde de las lágrimas, y le pidió ver su rostro para cerciorarse de que todo estuviera bien.
—Sí —comprobó él mientras veía el gracioso gesto de dolor de la pequeña—.
Todo en orden. Tienes dos cejas, dos ojos, una nariz y una boca…
¡Ah! —Señaló con su dedo—. ¡Y un cuerno de unicornio que viene en camino y que tienes bien merecido por…
! —Miró de soslayo el objeto que estaba a un lado de la cama: la alcancía de cerdito de su hija—.
¡Por estar vaciando tu alcancía en secreto!
Notó que la chica había estado usando una regla escolar para tratar de extraer por la ranura el dinero que tenía ahorrado allí y que, a juzgar por el peso de la hucha, no era poco. Indie seguía lamentándose. Lucas supuso que lo hacía para distraer su atención de una posible reprimenda.
—Y bien… —Tomó el cochinito entre sus manos firmes y lo sacudió un poco—. Me parece que un bandido estaba robando el banco del pueblo y el sheriff llegó justo a tiempo para impedir el desfalco, ¿cierto?
—¡Ay! —Su exclamación fue fingida.
—¿Para qué quieres todo ese dinero? —Sobre la cama ya estaba un billete de cinco dólares y algunas monedas. En suma, no pasaba de los siete dólares.
—Tengo una deuda que pagar… —dijo con voz dramática, aun sobando su frente.
—¿Una deuda? —Lucas recordó de inmediato la anécdota de Emily—. No me digas. ¿Te estás haciendo mayor tan rápido que ya tienes deudas? ¡Cómo pasa el tiempo!
—Hablo en serio, papá —se sentó en la cama. Él notó a través de sus deditos que, en efecto, se le había hinchado la frente.
—Espera, chica lista. Voy por un poco de hielo —se puso de pie, llevándose la alcancía consigo—.
Mejor me llevo a la señora PiggyPop de aquí antes de que la dejes sin un solo centavo —se ausentó unos minutos y regresó con una compresa fría que puso sobre la frente de la niña, a la que obligó a tenderse de nuevo en la cama—.
Ahora —Lucas seguía jugueteando con la hucha en las manos— hablemos de esa deuda. ¿Necesitas un préstamo?
—No —refunfuñó.
—Se supone que no puedes tomar el dinero de la señora PiggyPop hasta la próxima Navidad. Ese es el trato, ¿no es cierto?
—Sí —musitó.