No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

—Podrías esperarla, si quieres.

—¡La esperaré!

A Moira le pareció adorable su lealtad. La puerta de la buhardilla ya estaba abierta y pudieron ver a través de ella no solo el hogar de los Gallagher, sino también a Pops en la mesa del comedor inclinado hacia delante, con sus gafas a punto de precipitarse por la punta de su nariz, husmeando algo en una caja de poca altura, pero de buen porte.

A su lado, una canasta llena con los inconfundibles panecillos irlandeses de Moira no solo podía divisarse, también era la responsable de colmar ese lugar de un olor a bocadillos recién horneados que les abrió el apetito a las niñas en un segundo.

—¡Vaya! —lanzó Cormac con una sonrisa bonachona—. ¡Tenemos a una Harper extra hoy! —Emily se ruborizó un poco—. ¿A qué debemos el honor, señorita Emily?

—Solo quería acompañar a Indie, si no es molestia…

Pops estudió los rostros de las niñas por apenas un par de segundos y entrecerró un poco sus ojos. Bajó la mirada despacio hacia el interior de su misteriosa caja antigua.

—¡Para nada, pequeña! Siempre hay espacio para más compañía aquí arriba —alargó la mano y bebió un sorbo de su taza de té.

Índigo se aproximó a él atraída por la curiosidad que le producía esa caja, así que lanzó su mirada hacia ella y descubrió dentro cientos de fotografías. El abuelo parecía tenerlas clasificadas rigurosamente y, por lo visto, se estaba dedicando a limpiarlas un poco con un paño que tenía a un lado.

—¿Y esas fotos? —Quiso saber al instante la pequeña, mientras Emily prefería guardar un poco más las distancias, aunque también sintiera atracción por aquello.

—¿Nunca te ha pasado que has vivido un momento tan feliz que quieres detener el tiempo?

—La nena miró maravillada cómo Pops sacudía apenas entre sus dedos una imagen a color en la que Dorothy, Toto y sus nuevos amigos comienzan a transitar el camino de ladrillos amarillos hacia la Ciudad Esmeralda en El mago de Oz [40] — .

Pues bien, eso es precisamente lo que hacían los directores con sus películas, con sus personajes…

Detenían el tiempo por arte de magia para compartirlo con nosotros.

—Pero… ¿Cómo? —Emily es taba fascinada.

Moira sonreía complacida mientras servía té para las niñas.

—Con fotógrafos, claro… Esta —sacudió una nueva imagen, esta vez con Ingrid Bergman en ella— era la forma que teníamos de promocionar las películas antes, chiquillas…

Las poníamos en una cartelera y, si no te enamorabas del film solo de ver estas bellezas —esta vez tenía en sus manos a Gene Kelly colgando de la emblemática farola en Singing in the Rain—, o no tenías ni un centavo en el bolsillo para pagar tu entrada o no tenías corazón en el pecho, así de simple.

—¡Hey! —Indie se emocionó al ver esa imagen—. ¡Es el sujeto de Brigadoon !

—Claro que sí —le aseguró Pops.

—¿Es ese un musical?

—¡Uno de los mejores, nena! —dijo con pasión—. ¡Uno de los más grandes!

—¿Lo pasará en su cine? —Casi se le sale el corazón del pecho.

—¡Pronto, Indie y serás mi invitada de honor!

Cormac había hecho su magia. No había situación familiar que le pudiera a la dicha de la niña ahora.

Las chicas bebieron el té que Moira les había servido, mientras Pops continuaba compartiéndole imágenes de su gran colección de postales cinematográficas, uno de sus mayores tesoros en el mundo, sin duda.

Algunas de esas escenas estáticas, que los fotógrafos se encargaron de documentar en los sets de grabación, ofreciendo una vista ligeramente distinta de la que captaba el camarógrafo, fascinaron a Indie y la pequeña sintió que le faltaba tanto… ¡Tanto por ver!

—¿Y todas esas películas las puso en su cine?

—Todas, claro que sí… —Le guiñó el ojo—. ¿Cómo crees que conseguí todos estos stills ?

La niña no se lo creía. Emily veía el perfil de su hermanita fascinada mientras bebía de su taza a sorbos pequeños.

Tácitamente, habían decidido esperar por los demás antes de tomar esa merienda de mitad de mañana, sin embargo, ni siquiera todas las imágenes que Pops atesoraba con tanto amor fueron suficientes para contener la naturaleza inquieta de Indie, que ya se ponía de pie y se aproximaba al piano antiguo del salón.

Los abuelos repararon en ella y Cormac sonrió con sutileza al verla deslizar la punta de sus dedos sobre la tapa que cubría las teclas.

—¿Sabes qué me gusta de ese piano? —musitó él con un tono de misteriosa confesión. La niña volteó a verlo al instante—. Allí donde lo ves, viejo y polvoriento, ese piano ha visto de todo. Alegría, tristeza, celebraciones, despedidas… —Pensó en Fernando Luna—. Y sigue sonando igual de hermoso.

—¿Puedo…? —Indie señaló el instrumento con timidez.

—Por supuesto. Ese piano existe para ser tocado, no para decorar.

Indie se sentó y tocó los primeros compases de La valse d’Amélie [41] .

La melodía llenó la buhardilla con su nostalgia característica.

Moira se tomó con suavidad el pecho y Cormac, como si le hubiese alcanzado un sentimiento muy profundo, se echó hacia atrás, recostando toda su espalda en la silla y respiró hondo.

—Ah… —El abuelo sonrió con un gesto mágico—. Amélie Poulain. Jean-Pierre Jeunet. Una película sobre encontrar la magia en lo ordinario.

Indie sonrió complacida al ver que Pops reconocía la melodía de inmediato. Le puso más pasión a lo que tocaba.

—La proyecté aquí por primera vez hace algunos años. Fue hermoso ver cómo hipnotizó a la audiencia en ese entonces, pero hace poco, cuando volví a incluirla en la programación del cine, vi con admiración cómo una niña pequeña con ojos brillantes no parpadeó en toda la función.

Emily sonrió al entender que se refería a su hermanita. El abuelo echó un poco hacia delante su enorme caja de postales cinematográficas, se puso de pie, recogió su taza de té a medio beber de la mesa y se fue hasta un costado del piano, recostando uno de sus codos de él mientras la niña tocaba.

—¿Sabes qué me fascinó de esa película, Indie? —La nena lo escuchaba a pesar de estar atenta a su interpretación—. Que Amélie no siguió las reglas normales de la vida. Creó sus propias reglas para hacer felices a otros. Y Yann Tiersen [42] , el compositor, hizo lo mismo con la música.

—¿Cómo? —Se detuvo y lo miró con una avidez que superó por mucho la curiosidad que le produjeron las fotos.

—No siguió fórmulas, pequeña. Mezcló piano clásico con acordeón callejero, melodías simples con armonías complejas.

Los críticos musicales más serios habrían dicho en ese momento que estaba mal —hizo un gesto con sus dedos gruesos y fuertes señalando comillas—.

Pero creó algo que tocó millones de corazones.

Indie, movida por una emoción estética tremenda, retomó su interpretación, esta vez con más confianza y pasión.

—La música, como el cine, cuenta historias que las palabras no pueden contar —continuó Pops mientras las que le acompañaban lo escuchaban con atención—. Y las mejores historias… bueno, las mejores historias se cuentan mejor cuando hay más de una voz.

—¿Como un dúo? —La niña pensó de inmediato en Rowan.

—Exactamente. Como cuando Chaplin [43] trabajaba con su compositor favorito.

—¿Chaplin es el del sombrerito gracioso y el bigotito?

—¡Ese! O cuando un director encuentra al actor perfecto.

La magia ocurre cuando dos talentos se complementan —como si tuviese la capacidad de intuir los verdaderos planes de la niña, alzó la mirada hacia la habitación de su nieta, con la puerta apenas abierta.

A través de esa rendija se veía el estuche del contrabajo recostado en la pared—.

¿Sabes? Mi Rowie ha estado luchando con su contrabajo.

No porque no tenga talento, sino porque está tratando de sonar correcta en lugar de sonar como ella misma.

—¿El señor Abernathy es muy estricto con ella? La hermana Margaret es una vieja bruja —rieron con suavidad, en especial Emily.

—Abernathy es un buen maestro —le aclaró Moira con sutileza a la chiquilla.

—Pero a veces hasta los buenos maestros olvidan que primero hay que enamorarse del instrumento antes de dominarlo —añadió Pops, pensativo.

Emily, que había estado escuchando en silencio, habló con suavidad:

—¿Cree que Rowan podría… tocar algo así? —Señaló con su mirada a su hermana, aún en el piano.

—¿Esta melodía? —Pops sonrió—. Con la guía correcta y la paciencia correcta… —Él y la niña de diez años se miraron a los ojos, la música había cesado—. Creo que podría cr ear algo hermoso.

—¿Se imaginan? —soltó Indie, girándose sobre la banqueta para ver a la abuela y a su hermana con los ojos brillando—. Rowan y yo tocando juntas…

—Los mejores duetos no son cuando dos personas tocan lo mismo —reflexionó el abuelo—. Son cuando cada una aporta algo único y juntas crean algo que ninguna podría lograr sola.

Los ojos verdes de la nena se depositaron en el vacío tras escuchar esa frase. Cormac le acarició la cabeza con su mano grande y susurró:

—Ven acá, chiquilla, acabas de ganarte algo…

Se incorporó apartándose del piano y caminó hacia la mesa mientras la niña se levantaba de la banqueta con curiosidad. Lo vio husmear de nuevo en su caja de fotos y sí, allí estaba ya un production still nada más y nada menos que de Amélie .

—Ah, aquí está nuestra pequeña mágica de Montmartre… —dijo refiriéndose a esa imagen protagonizada por Audrey Tautou [44] . Se la alargó y la nena la tomó con manitas temblorosas—. Ten. Es tuya.

—¿De verdad? —Casi se desmaya.

—Palabra.

E Indie comenzó a dar gritos. Eufórica, indiscutiblemente eufórica, pero cuidando su amada postal, apoyándola del piano, empezó a jugar con el instrumento improvisando una melodía juguetona, casi infantil, que le robó una sonrisa a todos los que estaban allí.

Cuando se abrió la puerta de la buhardilla, Fiona y sus hijos no daban crédito a lo que sucedía.

El olor de los panecillos de Moira aún estaba allí, más que nunca, colmándolo todo, pero a eso se sumaba la algarabía del piano, las palmadas de la abuela y de Emily siguiendo el ritmo de lo que Indie tocaba.