Capítulo 8 #3
—No conozco a esa mujer, no he tenido el placer de entrevistarme con ella, pero me basta ver los apuntes que le deja en las partituras a mi hija para saber que escribe como un asesino en serie. —El marido no estaba para bromas, mucho menos para exageraciones.
—No entiendes nada de esto —susurró como si se mofara—. La hermana Margaret es una mujer estricta, disciplinada, que está enseñando a Indie a ser ordenada y perseverante.
—Lo dudo —se cruzó de brazos incrédulo.
—La hermana Margaret es exactamente lo que una niña como Índigo necesita.
—Subestimas a nuestra hija, Claire —Lucas conservaba una expresión de seriedad que su esposa no había visto nunca—.
Índigo no necesita a una carcelera. Me niego a que mi hija tenga por maestra, por madre, a unas carceleras —Claire lo miró con estupor—.
Índigo necesita a una persona que, con intuición, frescura y sabiduría, aliente su imaginación; aliente su talento.
Tú no lo ves, es evidente que no lo ves, pero nuestra hija es una artista y a los artistas no se los puede contener, al menos, no así.
—¿Así que en nombre del arte la dejarás hacer lo que le dé la gana? —musitó.
—No. En el nombre del arte, no dejaré que la encarceles usando como jaula su propia pasión. Ya no más, Claire —alzó un poco la voz, sin gritar—. ¡Ya no más!
—Me preocupa que justo ahora me digas todo esto.
—Se dio la media vuelta y tomó de una gaveta que estaba detrás del mueble del mostrador una hoja que comenzó a doblar casi nervioso, haciendo con ella una grulla de papel.
No miraba a los ojos al marido, que no le perdía ni pie ni pisada a su expresión rígida—.
Me mortifica que justo ahora, cuando Indie está a un paso de entrar en la adolescencia, tú y yo estemos en los dos extremos de la balanza.
—Me parece que la que está perdiendo la perspectiva aquí eres tú, Claire —la mujer detuvo el doblés en el acto y lo miró ofendida—.
Disculpa si te irrita lo que digo, pero necesito que lo veas, que cuanto antes lo veas.
Estás muy equivocada si crees que Indie será una adolescente como Emily —fue enfático como nunca—: Indie no es Emily.
Emily es nerviosa, sumisa, dubitativa, muchas veces insegura, por momentos influenciable…
Para Emily es más fácil seguir nuestras reglas, porque no sabe imponer sus propias normas, ¿no lo ves?
—Claire volvió a poner la mirada en el papel que flexionaba como si quisiera ignorarlo, pero a la vez le inquietaran sus contundentes verdades—.
Indie, por el contrario, es impulsiva, atrevida, sabe tomar decisiones en función de lo que quiere.
Su motor es su pasión y su lenguaje es la forma en la que se expresa a través de la música, de las historias y eso…
¡Eso, aunque te duela, encuentra su horma perfecta en una niña como Rowan!
—La esposa resopló con hastío—. Conoció los musicales gracias a ella, el cine mudo gracias a ella, ahora ambas estudian música y tarde o temprano, cuando la niña del teatro tenga un poco más de conocimiento, tendrán otro lenguaje más para comunicarse que no solo será su imaginación salvaje, los códigos que están aprendiendo del cine, ¡también la música!
—¿Y se supone que debo alegrarme por eso? —susurró.
—¡Yo me alegro! —admitió honestísimo—. ¡Yo lo celebro cada vez que las veo juntas, porque es hermoso ver cómo ellas dos encontraron la forma de acompañarse!
En especial porque es un alivio que ahora, cuando Indie está a punto de entrar en la adolescencia, tenga al menos en esa niña inteligente y gentil a una gran amiga.
—Vaya consuelo —farfulló.
—Por otro lado… Aprovecho la oportunidad de decirte que no me parece razonable que, tras el incidente que ocurrió hace casi un año, tengas a Emily viviendo en el celibato.
—¡Lo que me faltaba! —gritó, perdiendo la compostura y aplastando la grulla que acababa de terminar con un golpe seco de su puño sobre la mesa—. ¿Ahora también cuestionarás eso? ¿Qué prefieres? ¿Un embarazo precoz? ¿Ser el hazmerreír de todo el vecindario?
—Claire, el vecindario se puede caer a pedazos si le da la gana —su calma contrastó con la indignación de la mujer—. Una manada de imbéciles sin cerebro y sus habladurías no pesarán más que la felicidad de mis hijas. ¡Nunca un puñado de desconocidos estará por encima de la dicha de mis niñas!
—¿Y un novio hará a Emily feliz?
—¡Absolutamente! —Hasta rio un poco al admitir semejante cosa—.
¡Pero no solo la hará feliz! También le demostrará que confiamos en ella, pero muy especialmente, la preparará para lo que se viene, ¿o acaso olvidas que en menos de dos años ya deberá ir a la universidad?
¿Pretendes que se enfrente a eso sin experiencia?
¿Luego de haber vivido su adolescencia en una cámara de cristal hecha por ti, por tu manía de control y sobreprotección?
Claire abrió despacio la boca para argumentar alguna nueva altanería cuando la silueta de un cliente aproximándose a la librería la contuvo.
—Esta conversación no acaba aquí —anunció.
—Como quieras —musitó él y decidió largarse a la trastienda antes que socializar con la persona que ya tomaba entre sus manos el tirador de la puerta de cristal para abrirla a su paso—.
Estaré dispuesto a retomar esta charla en cualquier momento y te advierto que mi perspectiva no cambiará, así que no te hagas ilusiones.
Si tengo que defender a mis hijas de ti, lo haré, que no te quepa la menor duda.
—Tomó la grulla aplastada y la colocó sobre el mostrador a la altura de los ojos nerviosos de Claire, que contemplaban aquel objeto devastado como si se tratase de una metáfora. Se marchó.
III
Esa mañana de sábado la bicicleta de Emily avanzaba más despacio que de costumbre en dirección al centro de la ciudad.
Su mirada, turbada, estaba puesta con atención en la vía y lo único que le indicaba que Indie estaba allí, con ella, era no solo el peso de su vehículo al pedalear, también las manos suaves de la pequeña de diez años sujeta a su cintura.
Estaba muda, cosa rara, rarísima en ella.
La hermana mayor alzó un poco su mirada y allí estaba ya el perfil del teatro. Suspiró, puso un poco más de empeño, aumentó la velocidad y en solo segundos ya se detenían ante la fachada. Les sorprendió ver la entrada principal cerrada. Ahora que lo consideraban, nunca la habían visto así.
—¿Y ahora? —musitó Emily mirando con detenimiento esa robusta reja antigua que, aunque permitía ver el lobby a oscuras, bloqueaba el acceso por completo.
—Deben estar en casa.
—¿En casa? —Volteó hacia ella de inmediato.
—Sí, sí —señaló con el dedo hacia una ventana imperceptible en lo alto, que su hermana a duras penas divisó—. Viven allá arriba. ¡Como nosotros! —aclaró con una sonrisa a medias—. Que vivimos en el piso de arriba de la librería.
—Entiendo… —Su voz sonó imperceptible. Vio a Indie despedirse con la mano, desanimada y la detuvo en el acto—: ¿Sabes qué? Me quedo contigo.
—¿Segura? —Se sorprendió—. Creí que tenías muchas cosas que hacer… Mamá dijo que…
—Sí, ya sabemos de sobra lo que dijo mamá —masculló irritada y comenzó a sacar su teléfono del bolso cruzado que llevaba a un costado—. Le avisaré a papá, ¿vale? Además… —Volvió a alzar sus ojos—. Hay que buscar la manera de llegar allá arriba.
—Deben tener un timbre o algo así —se alzó de hombros y decidió ir a investigar.
Mientras, Emily subía la bicicleta a la acera y se colocaba el teléfono en la oreja para hablar con Lucas, quien la atendió de inmediato desde la trastienda.
—¡Hola, princesita! ¿Estás bien? ¿Pasó algo?
—No, no… —Lucas la escuchó distinta en el acto. Frunció un poco el ceño—. Es solo que me voy a quedar aquí un rato, acompañando a Indie… ¿Estás de acuerdo? —titubeó—. ¿Puedo?
—¿Todo bien, nena? —La chica guardó silencio.
—Creo que sí, pero… —Alzó los ojos y vio a la hermana ponerse de puntillas ante la puerta del garaje del teatro.
Desde allí no podía asegurar con exactitud qué hacía, pero sin dudas le pareció que oprimía un timbre o algo similar—.
Indie no está muy animada, ya sabes, no está como suele estar… ¿Entiendes?
—Perfectamente —susurró y comprendió en el acto lo que intentaba hacer Emily. Se sintió orgulloso de ella.
—Te prometo que volveremos a casa antes de la cena.
—Pierde cuidado, mi amor. Si necesitas que vaya por ustedes, solo dilo. Tu bicicleta cabe de sobra en mi furgoneta…
—Lo sé, papá…
—Y… ¡Emily!
—¿Sí?
—Gracias por cuidar de tu hermana, eres una chica maravillosa. —Lucas tomó una profunda inspiración y la hija lo escuchó exhalar—. Los momentos difíciles pasan, ¿de acuerdo? Las familias a veces necesitan… reajustarse. Pero siempre, siempre, nos cuidamos entre nosotros. ¡No lo olvides!
—¡Está bien, papá! —Sonrió.
—Diviértanse. Las veo en la cena.
Emily abandonó esa llamada en el momento preciso en el que vio a Moira Gallagher asomarse por una portezuela lateral y reír entusiasmada al descubrir que quien tocaba esa mañana era nada más y nada menos que Índigo Harper.
Animada, la abuelita adorable las invitó a pasar, asegurándoles mientras Emily dejaba su bicicleta en la cochera, que habían llegado en muy buen momento, porque estaban preparándose para tomar una pequeña merienda.
—¿Merienda? —indagó la hermana menor con gesto gracioso—. ¿Merienda a las 10:00?
—Indie… —musitó Emily avergonzada ante su indiscreción.
—¿Y por qué no? —Les dijo Moira desenfadada, ya las niñas se adelantaban a ella por la escalera—. ¿Acaso el Sombrerero Loco y la Liebre no merendaban todo el día?
—¡Es verdad! —reconoció la chiquilla sonriendo—. ¡Qué envidia!
—No tienes por qué sentir envidia, Indie, porque compartirás una merienda conmigo y con el abuelo.
—¿Y Rowan?
Emily habría preguntado de inmediato: «¿Y Rory?», imitando a la hermana, pero le bastó ver a la abuela con curiosidad.
—Regresará en cualquier momento, no te preocupes. Fue con su madre y con su hermano a la tienda por algunos víveres.
—¿La esperaremos para la merienda? —insistió la nena.