Capítulo 8
I
Sola y aburrida, esperaba a Índigo sentada en el jardín anterior del colegio.
Emily había aprovechado ese tiempo para avanzar en sus estudios para su examen de historia de la semana siguiente, pero al levantar su muñeca izquierda y ver de nuevo su reloj, comprobó con desconcierto que la hermana menor se estaba tomando más tiempo del esperado en su clase de piano.
—¿Otra vez? —refunfuñó—. Esto ya se está haciendo costumbre.
¿Habría nuevos inconvenientes con la hermana Margaret?
¿Tal vez alguna reprimenda? Le parecía que esa mujer podía ser tan medieval a veces que no le sorprendería que decidiera castigar a la pequeña de casi once años obligándola a permanecer ante el instrumento hasta que los dedos no le sirvieran para más.
Resopló, indignada, y arrodillándose sobre la hierba, tomó la mochila que estaba a su lado y comenzó a guardar en ella los libros y cuadernos que había estado usando para estudiar. Iría al salón de música a buscar a su hermana ahora mismo.
A pesar de estar concentrada en su resolución, el chirrido gracioso y acompasado de una carriola llamó su atención.
Al alzar los ojos del fondo de su maletín escolar vio, con una sorpresa única, a Rory Luna trasladar hermosos arreglos florales por la caminería pavimentada que surcaba los jardines anteriores del colegio.
No se lo podía creer. ¿Qué se supone que haría el chico allí en ese momento?
Recordó que alguna vez le había dicho que en ciertas ocasiones trabajaba en la floristería de la señora Wolfe, especialmente encargándose de los repartos.
Estaba casi segura de que aquellas flores maravillosas estaban destinadas al auditorio o la capilla del colegio y en solo un instante comenzó a forjar en su mente una estrategia para llamar la atención del muchacho sin ser demasiado evidente.
«Mírame». Pensó sin quitarle los ojos de encima, con disimulo.
«Mírame, Rory, vamos…» Y vio un poco perpleja cómo uno de los porrones de flores se inclinó y el chico, diligente, detuvo en el acto la marcha, caminó hacia el costado de su carriola y, una vez allí, enderezó el hermoso ramo, para evitar daños mayores o irreparables.
Una vez se aseguró de que todos los arreglos estuviesen en su lugar, volvió a tomar la manija de la carriola para seguir adelante, no sin antes alzar un poco la mirada y divisar así, en el jardín, a lo lejos, a la hija de los Harper.
Él también se sorprendió de la coincidencia y ella lo notó en el acto.
No sabía que Emily Harper estudiara en aquella reconocida escuela de señoritas, pero era lo suficientemente sagaz como para imaginar que no se vería nada bien que intentara aproximarse, menos que menos iniciar una conversación, así que solo se limitó a sostenerle la mirada y, tomándose con la punta de sus dedos la visera de la gorra con el distintivo de la floristería, inclinó apenas la cabeza, como lo haría un educado caballero del siglo XIX al saludar, prudente, a una dama que se topa por azar en las calles.
Siguió su camino silbando una melodía y la chica, desanimada, lo vio perderse en los jardines laterales del colegio, los mismos que conducían a la capilla del patio posterior.
Emily suspiró. Tal vez tendría un poco más de suerte a su regreso, pero…
¿Cómo podría acercarse siquiera a saludar sin que eso se convirtiera en una falta grave para los dos, estando donde estaban?
Se puso de pie, se colgó la mochila de los hombros y caminó hacia la calle, atravesando el portal del colegio, a esa hora prácticamente desierto.
Miró de soslayo a la cabina del portero y vio allí al viejo encargado, leyendo el periódico como solía hacerlo al final de la tarde, cuando tenía la certeza de que la gran mayoría de las alumnas se habían marchado a casa.
Se le ocurrió que, a pesar de su despiste, podría tener mejores noticias que ella de las estudiantes de música y se acercó para hacerle una pregunta:
—Hola —musitó, llamando la atención del sujeto en un instante—. Disculpe, pero… Tengo rato esperando a mi hermanita en el jardín, verá… Está en su clase de piano con la hermana Margaret, pero…
—¿En la clase de piano? —Se mostró confundido—. Todas las alumnas de la hermana Margaret se fueron ya… —Emily palideció—. Me consta porque hace un rato estuve hablando con el padre de una de ellas, que vino a recogerla.
—¡Gracias!
Corrió de regreso al colegio, maldiciendo para sus adentros.
Si todas las compañeras de Índigo habían salido ya, ¿dónde se supone que estaba ella?
No podía haber pasado ante sus ojos en el jardín.
¿O sí? Por momentos había estado tan concentrada en sus estudios de historia, que la traviesa bien que se le podía haber escabullido.
—¿Por qué siempre me haces esta mierda, Indie? —dijo entre resoplidos mientras corría hacia el patio posterior y de allí a la sala de música—. ¿Por qué?
En solo minutos, la monja encargada de recibir las flores de las manos de Rory Luna, así como el chico, vieron pasar a Emily a toda velocidad.
—¡Harper! —La llamó en el acto la hermana Grace y la chica se frenó al instante.
Ambas se miraron. Desde donde estaba, Emily pudo incluso reparar en la expresión curiosa de Rory—.
¿A dónde vas con tanta prisa, niña? —Alzó la mirada y desde allí vio el reloj de la torre principal del colegio—.
Además… Mira ya la hora, chiquilla… ¡Deberías estar en casa hace mucho!
—Mi hermana… —dijo con el poco aliento que le quedaba— creo que se retrasó en su clase de piano y… ¡Y voy por ella!
—Indie —musitó la hermana Grace sacudiendo la cabeza de un lado a otro—.
Dios mío de mi vida con esa pequeña —vio a Emily asentir, alzar los hombros con resignación y volver a retomar su camino, esta vez a paso veloz—.
De cualquier modo, la hermana Margaret terminó su clase hace más de 45 minutos —la previno y la hermana mayor pareció maldecir con disimulo—.
Estaré aquí arreglando las flores con este jovencito, Harper.
Avísame una vez encuentres a Indie y cuando estés a punto de volver a casa.
—Así lo haré —se perdió por un pasillo que conducía al segundo módulo de aulas, así como a la sala de música.
Colorada del esfuerzo y de la indignación, subió por un laberinto de escaleras y se quedó pasmada al escuchar, con un ahínco apasionado, el sonido de un piano.
—¡Indie! —Aceleró la marcha en un último esfuerzo y sí, apenas entró a la sala de música desierta, vio, inclinada sobre el piano y como en trance, a la hermana .
Se quedó clavada al suelo nomás entrar allí, porque aquello que sonaba le parecía majestuoso, conmovedor, envolvente.
¿Por qué creía haberlo escuchado antes? ¿Dónde lo oyó alguna vez?
Pero más aún, por qué la pasión con la que su hermana lo interpretaba le despertaba unas ganas absurdas de llorar.
Supuso que, gracias a su emoción estética, bien que podría perdonar el retraso de la pequeña, pero eso no la salvaría de una buena reprimenda.
El piano enmudeció, no así la voz de Emily:
—¡Índigo! —Escuchó al fondo el hondo respiro de la hermana menor.
No suspiraba de hastío; exhalaba de emoción—.
¿Sabes la hora que es? ¡La hermana Margaret terminó la clase hace más de 45 minutos!
—Sus pasos apresurados aproximándose al piano sonaban sobre el parquet—.
¡Mamá debe estar que se muere en la librería!
Se detuvo al lado del instrumento y frunció el ceño al ver la actitud de la chica.
Parecía ausente, como si estuviese en mitad de un trance.
Por un instante le pareció mayor, mucho mayor como para una niña que en cinco meses cumpliría los 11.
Conociéndola como la conocía, no se dejó engañar por su histrionismo y se cruzó de brazos, indignada.
—¿Y bien? —Por fin se miraron a los ojos—. ¿Qué estabas tocando?
— La valse d’Amélie [37] —susurró con parquedad haciendo alarde de sus clases de francés, desmereciendo con su actitud la belleza de esa melodía preciosa compuesta por Yann Tiersen.
—¿Es algo que te asignó la hermana Margaret? —Ahora Emily parecía confundida.
—No. Es una pieza que estoy montando en secreto, por mi cuenta, desde hace seis meses.
—¡Ah! —Resopló—. ¡Ya volvemos con eso! ¿Y qué me dices de las lecciones de…?
Le cerró la boca en el acto interpretando impecablemente Andaluza de Enrique Granados [38] .
—¡Vaya! —dijo la niña con sonrisa retorcida al terminar—. Tienes la misma cara de tonta que puso la hermana Margaret hace un rato.
Emily se indignó, pero no dijo ni media palabra. Vio a su hermana cerrar la tapa del piano, ponerse de pie y en ese gesto de altivez se sorprendió un poco al notar cuán alta estaba para su edad. ¿Sería un asunto de altura o también tendría que ver con su actitud?
Indie se inclinó para recoger la mochila que estaba en el suelo, justo al lado del instrumento, se la colgó de los hombros y susurró, agotada:
—Vamos.
Comenzaron a salir de la sala de música y la hermana mayor retomó la palabra:
—¿Qué canción era esa?
— Andaluza .
—Esa no, Indie. No quieras jugar a la interesante conmigo —pasaron como pudieron al mismo tiempo por la puerta del salón, a pesar de sus mochilas—. Hablo de la anterior, de la que tienes meses montando en secreto.
— La valse d’Amélie, te lo dije.
—¿De dónde salió?
—De una película que vi hace meses en el Harmony —la miró de soslayo y eso no impidió que a su memoria regresara uno de los recuerdos más hermosos de su vida, cuando esa sala antigua de cine, teñida por los tonos cálidos del film de Jean-Pierre Jeunet [39] , la llevó a ella y a su amada mejor amiga por un viaje de sentimientos inimaginados, incluidos los sueños…
¡Los sueños en la vigilia!—. Creo que estabas con nosotras esa tarde, Em.