No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 7 #3
18%

Capítulo 7 #3

—Cualquier cosa —se alzó de hombros—. Solo quería saber si el piano sonaba bien… —Indie pensó un par de segundos y volteó a ver a Rowan emocionada—. ¿Quieres que te muestre lo que estoy montando ahora?

—¡Claro! —La admiraba tanto. Para ella, Índigo Harper era como la encarnación de Mozart o, en el caso de Rowan y su contrabajo, de Domenico Dragonetti [35] .

La pequeña ante el piano tocó La caza de Burgmüller y su sorpresa fue colosal al notar que allí, en esa buhardilla donde solo ellas estaban, acompañadas de la luz del sol de la tarde que se filtraba por los cristales polvorientos del techo, la lección le había salido casi perfecta.

—¡Mi mamá nunca me lo creerá! —No daba crédito a lo que acababa de ocurrir—. Tienen semanas reprendiéndome por esto y la he tocado para ti… —Se miraron—. ¡Cómo nunca!

—¡Bravo! —Aplaudió varias veces mientras la otra se ponía de pie y hacía una venia graciosa.

—¿Puedo tocarla de nuevo?

—Sí —se alzó de hombros—. Es linda. Puedes tocarla todas las veces que quieras.

Y así fue. Dos veces más, Índigo no bajaba de su nube de dicha. Quizás lo único que necesitaba, sin saberlo, era relajarse. Sentir que no estaban allí la hermana Margaret o Claire esperando más, siempre más, cada vez más de ella.

Tras celebrar su logro por algunos minutos con una danza graciosa que hizo a Rowan reír hasta las lágrimas, volvió a sentarse ante el piano muy seria, o al menos eso le hizo creer a su nueva mejor amiga.

—Bien, pero no estamos aquí para hablar de Burgmüller… Estamos aquí para es tudiar tu lección.

Rowan suspiró con desazón. Casi prefirió que se enfocaran en Indie por esa tarde.

—Bueno —susurró con timidez. Se colocó en posición, aclaró un poco su garganta y tocó tres notas suaves: Do, La, Re.

—¿Lo haces siempre? —Índigo la miraba con curiosidad.

—Sí —suspiró—. Son las notas que mejor me salen y suelo tocarlas siempre antes de comenzar —se miraron a los ojos—. Me dan confianza.

—Es bonito —admitió con un gesto precioso. Los múltiples lunares de sus mejillas sonrosadas parecieron avivarse en su rostro con esa sonrisa y esa mirada dulce—. Los violinistas afinan en la. Pero tú tienes tu propio idioma.

Rowan no respondió. Solo bajó la mirada.

Su cabello rubio caía en ondas hacia delante cada vez que se inclinaba a mirar la posición del arco.

Índigo lo notó, frunció el ceño y volvió a su mochila intentando no interrumpir a su amiga, que ya libraba una batalla con su amado elefante .

De uno de los bolsillos laterales del bolso, la chica sacó una cinta de raso color púrpura y cuando la nena al contrabajo reparó en ella, esta le sacudió el listón de un lado a otro con una sonrisa pícara.

—Mira —su vocecita aguda sonó cantarina—. Es de tu color favorito.

Se acercó a ella, se puso de pie a sus espaldas y con manos rápidas, pero suaves, le ató el cabello en una coleta baja.

—Así podrás ver mejor, Rowie.

La nena asintió en silencio. Toda la confianza que le daba a Índigo tocar el piano sin la mirada escrutadora de su maestra o de su madre a Rowan se le desvanecía con cada nota errada o difícil, con cada rasgueo del arco que sonaba como un trozo de madera que se desliza sobre una piedra.

Rowan luchaba por seguir la partitura. Había un pasaje difícil, rápido, que parecía burlarse de sus dedos doloridos, a pesar de los apósitos que los rodeaban.

Su respiración era irregular, y cada error la hacía detenerse.

Sí, todo parecía indicar que el pasaje que la había estado atormentando toda la semana la esperaba de nuevo en la partitura como un animal feroz a punto de devorarla.

Atacó las primeras notas lo mejor que pudo, pero su pulso era irregular. El miedo hacía que presionara demasiado las cuerdas, que moviera el arco con prisa. El sonido que salía era áspero, descontrolado. Se detuvo, frustrada.

Índigo no dijo una palabra. Simplemente puso las manos sobre el piano y tocó una nota larga, grave, como un suspiro cálido. Luego otra. No seguía la partitura; estaba inventando algo nuevo, algo que sonaba como «Está bien, inténtalo otra vez».

Rowan la miró con ojos húmedos, un poco confundida y a la vez conmovida.

—No toques lo que está escrito —murmuró Índigo, sin dejar de tocar—. Toca lo que sientes. Yo te sigo, vamos.

—Pero, el señor Abernaty…

—Olvídate del viejo con cara de lunático mientras yo me olvido de la vieja con cara de globo.

—Ambas se echaron a reír. Índigo vio con una emoción latente en el pecho cómo Rowie aprovechaba para enjugarse una pequeña lágrima de frustración que se había escapado de su ojo y corría por su mejilla—. ¡Vamos!

Esta vez, Rowan cerró los ojos. Respiró hondo y, en lugar de atacar las notas, las buscó despacio, como quien camina por un sendero conocido en la oscuridad.

A tientas, pero sin prisa. El piano de Índigo se movía con ella, creando un suelo firme bajo sus pasos inseguros.

Cuando Rowan dudaba, Índigo sostenía la armonía hasta que ella encontrara su camino.

Cuando Rowan se adelantaba, Índigo la alcanzaba con una sonrisa en las teclas .

No estaban tocando la partitura. Estaban creando algo nuevo: un diálogo donde una preguntaba y la otra respondía, donde los errores se volvían puentes hacia notas inesperadas y hermosas.

Y por primera vez en semanas, Rowan sintió que el contrabajo no era su enemigo.

Era su voz .

Cuando Emily llegó en su bicicleta al teatro, habían pasado tres horas desde que Claire había dejado a la niña allí.

La chica de quince años subió su bicicleta a la acera, la tomó del manubrio y entró con ella hasta el lobby del lugar.

El corazón le latía aprisa en el pecho y no era precisamente un asunto que podía atribuirle solo a la pedaleada hasta allí.

Miraba de un lado a otro a esperas de toparse de nuevo con el cabello rojizo y revuelto de Rory, sin éxito.

—¡Chiquilla! —Fue Moira quien le habló. Emily reparó en un segundo en la dulce abuelita que caminaba hacia ella desde el puesto de caramelos—. Debes estar aquí por tu traviesa, ¿verdad? —La saludó apretando con afecto sus manos. La joven asintió.

—Sí. Vino a ensayar con su nieta o… ¡O algo así!

—Claro —aseguró—. Hace un rato subí a echarles un vistazo y, en efecto, estaban muy concentradas. Te digo —añadió con una expresión de sorpresa casi cómica—, me maravilló verlas así. Casi parecían más grandes de lo que realmente son.

—¡Qué bueno! —No tenía motivos para dudar de la apreciación de Moira, pero conociendo a Indie como la conocía, le era difícil imaginarla como una niña que puede tomarse las cosas en serio.