Capítulo 7 #2
—¿Tan poco? —protestó y perdió por completo el papel.
—Sí, jovencita. Emily vendrá por ti en dos horas. Si cumplimos nuestro acuerdo, tendrás práctica doble de piano esta noche, luego te darás un buen baño, tomarás la cena y estarás en la cama lista para dormir a las nueve.
Índigo se tomó la carita con las manos y se la haló hacia abajo, deformando su nariz redondeada y dejando muy colorados sus cachetes.
—¿Y si practico aquí? —Señaló hacia el teatro.
—¿Aquí? —Alzó la ceja con desconfianza.
—Sí. Lo creas o no, tienen un piano viejo —la madre se tomó la frente con la punta de los dedos y suspiró.
¿Qué no era viejo en ese lugar?—. No es tan bonito ni brilla tanto como el que tenemos en la librería, pero está bien afinado.
La señora Gallagher lo cuida mucho. Dice que es una herencia de su abuela.
—¿A dónde quieres llegar? —Miró a la hija como si en el fondo no supiera sus planes.
—A que podría practicar mis lecciones aquí y adelantar trabajo. Así puedo quedarme un poco más, ¿no?
—Tres horas, Indie y ni un minuto más.
—Bien —alzó sus hombros menudos—. Tú ganas, mamá… —Dio un paso hacia ella y la besó en la mejilla con amor, poniéndose en punta de pie—. Gracias por traerme. —Se dio la media vuelta y entró al teatro dando saltitos.
¿Por qué Claire sintió que de nuevo Indie le había tendido una trampa?
Suspiró, alzó los ojos y sí, allí estaba el Harmony Theatre con sus rasgos que lo hacían inconfundible, pero que, ante su mirada, podían volverse insoportables: el toldo de un color rojo carmesí rasgado y tostado por el sol; la madera un poco hinchada de la puerta lateral, como si un chapeado nuevo y una mano de barniz no fuesen suficientes para corregir ese detalle; y, en la marquesina misma, el matiz que más le incomodó.
Esa tarde se anunciaba A place in the sun [33] .
¿Quién había puesto las letras? Lo ignoraba.
No conocía aún a todos los Gallagher, salvo a Fiona y sus dos hijos, pero el que sea que asumiera la tarea había dejado, por descuido, la letra inicial caer hacia un lado, por lo que se podía leer realmente Place in the sun.
No supo por qué, pero sintió una punzada sutil en el pecho.
Apretó los labios finos y caminó hacia el cartel que estaba junto a la boletería y allí vio el póster de la película.
Entonces lo recordó. Sí, la vio alguna vez cuando aún era una jovencita, en la casa de sus padres en Santa Fe.
De seguro se trataba de una de esas transmisiones clásicas de la televisora local en las que se revisitaban películas inolvidables e imprescindibles. Esta era una de ellas.
Recordó la tragedia de un hombre que, cegado por la codicia, decide vivir una doble vida a cualquier costo y eso la hizo ratificar esa punzada en el pecho, en el estómago, que había experimentado antes.
¿Era ella, como el personaje de Montgomery Clift en esa cinta, una persona que ambicionaba demasiado?
Recordó a Lucas y la transferencia que notó esa mañana.
¿Había exagerado con esos 50 dólares injustificados?
—Qué estupidez… —musitó y se dio la vuelta decidida a volver a su auto.
Después de todo, nada podía cambiar el hecho de que era un verdadero misterio y toda una sorpresa que un lugar como ese, como el cine viejo de la ciudad, siguiera manteniéndose en pie.
—En pie y aparentemente rentable —aceleró despacio y se marchó.
La madre de Índigo quizás estaba a un par de cuadras de distancia del viejo edificio cuando ya la niña entraba a la buhardilla que servía de hogar a los Gallagher.
En pocos minutos, Rowan la puso al corriente: Fiona, como era usual en ella, estaba en su trabajo; Rory también, o al menos en algo parecido.
Aprovechaba algunas tardes para ayudar en la tienda de víveres del señor Whiterspoon o en la floristería de la señora Wolfe, al parecer recibía muy buenas propinas, en especial cuando se le solicitaba llevar la mercadería o los arreglos florales a domicilio.
Mientras todo eso pasaba fuera, en las calles de Willowbrook, en el teatro Moira y Cormac se encargaban de las cosas del cine: la abuela se turnaba entre la taquilla y la caramelería y Pops estaba allí, atento y riguroso a su proyector.
—¿Qué película tienen hoy? —preguntó Indie mirando con avidez todas las cosas que conformaban el hogar de los Gallagher.
No era suntuoso, para nada, pero era limpio y ordenado.
No pasó por alto que su amiga llevaba esa tarde un hoodie que, por la longitud de sus mangas, parecía haber pertenecido a Rory en algún momento.
Inclinó la cabeza ante esa rareza, porque era negro y no; la niña vampiro de esos cabellos ensortijados de un hermoso rubio irlandés no solía vestir de negro.
—Una que no te gustaría —aseguró mientras caminaba con Indie siguiéndole los pasos hasta su habitación, donde le esperaba el contrabajo. Abrió la puerta de su dormitorio y allí estaba él en su estuche. Parecía un elefante viejo y sabio que espera ser despertado de su profundo letargo.
—¿Sí? —Arrugó la nariz con desilusión—. Pensé que la época de las películas aburridas había acabado.
—Es un drama. —Rowan ya alargaba sus brazos, cubiertos por las mangas de ese hoodie , hacia su instrumento.
Índigo se preguntó cómo pretendía ella sujetar esa cosa con las manos escondidas debajo de ese suéter—.
No sé mucho sobre la película. Es una de esas que Pops prefiere que no vea, pero creo que va de un hombre que quiere ser rico a como dé lugar.
—Ah… —Y no pudo seguir evitando hablar sobre ese detalle que la incomodaba—: Rowie… —La nena volteó a verla con sus ojos verdes preciosos. Un rebote de luz proveniente de la ventana se mezcló con ellos—. ¿Estás jugando a Slenderman [34] o…?
—¿Slend…? —Pero no pudo terminar la frase, porque soltó una genuina carcajada.
La forma como movió los brazos al reírse y el modo en el que las mangas se balanceaban de allá para acá, ratificó ese símil que Índigo había mencionado, haciéndola reír también a ella—.
¿Lo dices por esto? —Alzó los brazos. Las mangas se balanceaban. Ambas seguían riendo.
—¡Claro!
—¿Cómo sabes de Slenderman ? —La curiosidad fue tremenda, pero como ocurría con muchas cosas más, no eran precisamente miedosas y a veces lo creepy o tenebroso las reunía—.
Yo sé un par de cosas por Rory. Mamá no sabe, claro, porque nos daría una buena riña a los dos por andar hablando de cosas que no son para niños…
—Lo sé por Emily —reía—. No es que a ella le guste, nada de eso. Mi hermana es una cobarde, por eso un día sus amigas le hicieron una broma en el colegio… Pero… —Señaló de nuevo las mangas—, sigues sin decirme…
—Bueno…
La pequeña niña de ojos verdes y cabello negro se asombró un poco al ver cómo Rowie pasaba de la risa a la melancolía en un instante. Vio cómo la nena ante sí levantaba con su mano derecha la manga del brazo contrario y en un instante notó que sus dedos estaban muy lastimados.
—¡Rowie! —Avanzó hacia ella de inmediato, tomó su manito entre las suyas y contempló cuán enrojecidas estaban sus yemas.
Ya habían hablado antes de eso, pero Indie no imaginó que era para tanto.
Rozó la punta de sus dedos con los suyos, apenas, como si ejecutara una nota sobre el teclado de su piano que ni siquiera desea sonar—. ¿Te duelen? ¿Te arden?
—Las dos —admitió—. Pero no puedo dejar que mamá lo vea.
Si se da cuenta de que el contrabajo me está haciendo daño, me obligará a dejarlo y a tomar otro instrumento —se alzó de hombros—.
Ya sabes cómo es mamá —Indie la miró a los ojos—.
El señor Abernathy me dice que estas son mis heridas de guerra…
—Alzó su manita ante la mirada de la otra—.
En algún momento me acostumbraré, no dolerá y todo estará bien.
¡No me puedo rendir nomás haber comenzado!
—Parecen partituras con cicatrices… —Vio a Rowan depositar sus ojos tristes sobre sus dedos. Indie lanzó una sonrisa radiante—. Traje algo que tal vez ayude.
—¿Algo?
Siguió a la morena con sus ojos. La chica avanzó hasta la mochila y sacó de ella un bolsito blanco con cremallera gris. Dentro había algunos utensilios de primeros auxilios y, entre ellos, una banda adhesiva color piel. Rowan miró todo eso con curiosidad.
—Emily fue de excursión hace unas semanas —explicó—. Al parecer, fue un paseo de su grupo en la escuela y caminaron todo el día, llegó con los pies hinchados y llenos de esas burbujitas horribles que tanto duelen y que salen cuando tienes zapatos nuevos, ¿sabes?
—Ampollas —puntualizó.
—¡Sí! ¡Eso! Es la misma palabra horrible que usó mamá.
—Indie pasó a desenrollar pequeñas tiras de apósito, colocándolas con minuciosidad sobre los deditos de Rowan que la miraba boquiabierta—.
Papá fue a la tienda y compró esto y mi pobre hermana dio gracias al cielo…
¡Y bien! —Vio a Rowan mover sus deditos de un lado a otro ante sus ojos.
Aquellas cintas de adhesivo casi pasaban desapercibidas al mimetizarse tan bien con su piel—. ¿Cómo se siente?
—Bien… —susurró incrédula y en su rostro, antes acongojado, se fue dibujando una sonrisa—. ¡Se siente muy bien! Aún duele —Indie asintió con una expresión cómica, como si en ese momento jugara a la doctora—, pero creo que mis dedos podrán resistir una batalla más.
—¡Grandioso! —Aplaudió un par de veces y puso en el bolsillo del hoodie de Rowan el resto del adhesivo. Aún quedaba mucho en la bovina—. Ahora busquemos al elefante y hagámoslo sonar.
Con una paciencia que a Indie sorprendió, Rowan se preparó, tomando de la mesa del comedor una silla y reclinando sobre su menudo cuerpo el contrabajo.
Aún parecía enorme para ella, a pesar de que era adecuado para su edad.
La menor de los Harper se sentó ante el piano viejo de la abuela de Fiona y tocó un par de acordes, corroborando que estaba afinado.
—¿Qué es eso? —Quiso saber Rowan.