Capítulo 7
I
Sobre la librería, en el mismo lugar que servía de residencia a los Harper, Claire y Lucas habían dispuesto una habitación pequeñita que funcionaba como oficina administrativa.
La lámpara del rincón parpadeaba un poco, con pereza, y ella alzó la vista por encima del marco de los lentes de lectura que llevaba esa tarde para reparar en el tubo fluorescente y en el sonido que hacía. Se trataba de un leve zumbido.
Al lado derecho de la libreta que estaba abierta ante sus ojos, tenía una torre de recibos clasificados, revisados y vaciados en su cuaderno contable, mientras del lado izquierdo le esperaba otra tanda de facturas próximas a anexar a sus registros.
Había organizado cada uno de los recibos por fecha, cruzado cifras en su libreta y marcado con tinta roja aquellas operaciones que debían verificarse más adelante.
Le gustaba mantener el orden. Alguien tenía que hacerlo.
Mientras Lucas era el alma soñadora de esa acogedora librería, Claire le ponía cabeza, estructura y sobre todo rentabilidad a las cosas.
Además, ¿para qué negarlo? Tenía sus ligeras obsesiones con el control y eso estaba por encima de todo.
Alargó su mano para beber un sorbo de café.
Eso la ayudaría a mantenerse despierta esa mañana en la que estaba dedicada a esa tediosa tarea.
Fue así como pasó de los recibos y facturas a los reportes bancarios y, nomás bajar la taza de su rostro y devolverla a la mesa, vio una cifra que la colmó de curiosidad.
Entrecerró sus ojos enmarcados por sus lentes de lectura y con la punta de sus dedos sujetó la hoja con ambas manos. Era una transferencia pequeña a nombre de una cuenta bancaria con sede en Santa Fe. La fecha era reciente y no tenía concepto alguno.
—¿Santa Fe? —Sus padres vivían allí y venían de visita a Willowbrook esporádicamente, pero no recordaba haber hecho ningún abono a la cuenta de Patricia o Edward Whitmore, sin mencionar que, reparando en los números de esa cuenta bancaria, tampoco le sonaban conocidos—.
No recuerdo haber autorizado ningún pago por esta cifra, tampoco recuerdo que Lucas haya mencionado algo de esto…
Volvió a echar un vistazo a todos los datos y se limitó a dejar una marca en tinta roja al extremo, en el margen izquierdo, y añadió un «por revisar».
Ya tendría tiempo de consultarlo con su esposo, por los momentos, algo más que la luz parpadeante, que la taza de café a medio beber y que la torre de papeles estaba allí para acaparar su atención: era el rostro travieso de Índigo asomado a medias a la puerta.
—Ya te vi —aseguró con una sonrisa—. No quieras jugar al duende escurridizo conmigo, jovencita.
—No juego al duende escurridizo —replicó y asomó un poco más su rostro—, además… —Miró a un lado y al otro con un gesto teatral—, no debería decir esto, pero… Creo que no me gustaría ser un duende.
—¿No? —Claire volvió a beber de su taza—. ¿No te hace ilusión tener unas adorables orejas puntiagudas?
—No. Creo que se burlarían de mí en la escuela.
—Claro —concedió—. Las niñas que estudian contigo son demasiado conservadoras.
—Además —añadió y por fin puso un pie dentro de esa pequeña oficina, permitiéndole ver a Claire que estaba vestida como para salir a la calle y llevaba en sus hombros su acostumbrada mochila, al parecer repleta de cosas—, la hermana Margaret tendría más de donde tirar cuando me reprenda por no hacer mis ejercicios en la clase de piano.
—Buen punto —intentó reír, pero notar que su hija parecía lista para salir de casa fue más poderoso que el travieso comentario—.
Hablando de la hermana Margaret… Veo con sorpresa que cierta jovencita parece muy arreglada para ir a la calle…
—Cruzó los brazos sobre el escritorio—. ¿Qué fue de tus lecciones y la pieza de Burgmüller que debes terminar de montar?
La nena suspiró con hastío. La caza resonaba en su cabeza día y noche.
Ya casi la tenía dominada, ¿y cómo no? Ni la hermana Margaret, ni mucho menos su madre, le daban tregua.
Sobre el atril del piano vertical de la librería, la partitura de aquella pieza estaba marcada con líneas rojas y notas de advertencia escritas por la mismísima hermana Margaret.
«Ritmo claro. Ataques limpios. Nada de rubato [32] .
» La maestra lo había dicho con firmeza: «No estás tocando una ensoñación, Índigo. Es una persecución.»
—Sí, sí… Ya sé… Nada de rubato , como dijo la hermana Margaret —Claire la miró con atención por unos segundos—. Me pregunto si esa maestra tiene sentimientos.
—Técnicamente los tiene, cariño…
—¿Sabes qué? —Claire miró con una sonrisa como la niña terminaba de colarse en la oficina, se inclinaba sobre la mesa del escritorio y miraba a la madre a los ojos—. La culpa de todo la tiene Brigadoon …
—¡Oh, vaya! —Se sobó las sienes con la punta de sus dedos—. Aquí vamos…
—La melodía se me viene a la cabeza y me distrae, entonces empiezo a tocar una cosa en lugar de otra y todo se sale de control… —Índigo miró a un punto cualquiera de la habitación con un gesto gracioso—. No suena del todo bien, pero es mío.
—Eso, jovencita, tiene un nombre y se llama distracción.
Le ocurre a las niñas que no se toman en serio sus deberes.
—Indie torció los ojos con hastío. Para ella, eso era lo más parecido al arte, por ejemplo—.
Ahora mismo mírate —la señaló—. Vestida como si estuvieses lista para ir al centro comercial.
—No voy al centro comercial —replicó en su afán de no quedarse rezagada en nada.
—Entonces a la tienda de dulces.
—Tampoco. Sabes que no me gustan los caramelos.
—Es cierto —admitió.
—Voy a atender un compromiso.
—¡No me digas! —Casi lanza una carcajada incrédula, a veces la tenacidad de la pequeña la doblegaba.
—Sí, es un compromiso musical con una amiga al que no puedo faltar —la miró—. Como tú, por ejemplo, nunca faltas cuando te comprometes con alguien, ¿verdad?
—Intento no hacerlo —susurró sin poder entender cómo una niña de nueve años la había puesto en aprietos.
—Bien, pues vengo a pedirte que me lleves al Harmony Theatre —Claire suspiró sin mucho agrado—. Le prometí a Rowan que la ayudaría hoy con sus lecciones y Emily está ocupada con sus deberes de álgebra.
—¿Y qué sabes tú de contrabajo? —Se cruzó de brazos, indispuesta.
—Nada —se alzó de hombros—, pero tengo más tiempo estudiando música y puedo echarle una mano. ¿No crees?
—Sinceramente, creo que lo que deberías hacer es permanecer en casa, imitar a tu hermana y ponerte a atender tus deberes y terminar de perfeccionar la pieza en la que has estado trabajando.
—Ya hice los deberes —no mentía. Claire entrecerró los ojos.
—¿Y qué hay de Burgmüller?
—Prometo practicar el doble si me llevas a la casa de Rowie para ayudarla.
—Bien, tenemos un trato.
—¡Genial!
Índigo salió disparada de la pequeña oficina mientras su madre se levantó despacio, apagando la luz y asegurándose de llevar la taza, ya vacía, a la cocina.
Al bajar las escaleras, vio a Lucas organizando algunos utensilios en el mostrador. Estuvo a punto de preguntarle por aquella transacción inusual que había encontrado en los registros bancarios, pero no estaba segura. ¿No era una conversación que podían tener después?
—Me ausentaré por unos minutos —el marido alzó sus ojos hacia ella. Indie ya estaba apremiante en la puerta, sujetando entre sus manos el tirador, lista para salir.
—Bien.
—Al parecer, Indie tiene delirios de maestra de música y se comprometió con su amiguita, la niña vampiro, a ayudarla con sus lecciones de contrabajo.
Lucas volteó a ver a su hija sonriendo. La chica le hizo un gesto gracioso que acabó por robarle una carcajada.
—¡Suerte entonces!
—Por cierto… —Claire no se aguantó—. Estaba revisando los recibos, los extractos bancarios y hallé una pequeña transferencia a una cuenta en Santa Fe que no reconocí…
—¡Ah, sí! —replicó él tan risueño como había estado hasta ahora. Se giró sobre sus talones para terminar de arreglar algunas cosas en el mueble detrás del mostrador—. Repórtalo como una pequeña ayuda a un viejo amigo.
—¿Una pequeña ayuda? —Lo miró frunciendo un poco el ceño.
—¿Filantropía? ¿Donación? —Se alzó de hombros—. Solo es un buen amigo que necesitaba esos 50 dólares para salir de un apuro. Me los devolverá el mes próximo, pero si no lo hace, prometo reponerlos de mi bolsillo.
—No se trata de eso… —balbuceó e Índigo comenzaba a impacientarse—. Es solo que… debiste informarme, es todo.
—Lo olvidé, Claire —volteó a verla con una sonrisa imperturbable—. ¿Te ha pasado que algunas veces tienes mil cosas en la cabeza?
—Supongo.
—¡Mamá! —Índigo llamó su atención y con una mueca histriónica le hizo entender que se les hacía tarde.
—Sí, sí… Vamos… —Caminó hacia la puerta y salió de la librería detrás de su hija.
No exageró ni tan siquiera un poco cuando le aseguró a Lucas que solo demoraría instantes.
En auto, el cine viejo de la ciudad estaba a cinco minutos de la librería.
Claire detuvo su vehículo y, una vez Indie tuvo la autorización de su madre para bajar de él, puso ambos pies en la acera y comenzó a dirigirse hacia la entrada del Harmony Theatre dando saltitos cortos, haciendo que su mochila subiera y bajara sobre sus hombros, sacudiendo todos los utensilios que llevaba en ella. No caminaba, casi danzaba.
La madre quiso echarse a reír al ver a la hija desplazarse con semejante entusiasmo y aclarándose un poco la garganta, llamó su atención:
—Al menos podrías fingir que estás aquí para una clase, ¿no? —La niña volteó a verla y se detuvo—. ¿No se supone que ahora eres toda una maestra de música? Algo me hace pensar que lo del contrabajo fue una excusa y solo querías que te trajera a jugar con tu nueva amiguita.
—Madre… —Se puso la manito en el pecho con solemnidad y Claire no soportó más, por lo que se echó a reír—. Te aseguro que soy una maestra que se toma muy en serio su trabajo.
—No lo dudo —comentó entre risas—. Además, es lo mejor que puedes hacer, porque solo tienes dos horas…