Capítulo 6 #4
A Emily le sorprendió un poco su sencillez, pero más aún, que lo asumiera sin pretensiones.
Algunas veces recibía una mesada modesta de su madre; a veces una propina proveniente de Pops; pero sabía de sobra que las cosas en casa no estaban del todo bien económicamente, así que hacía un poco de dinero extra con tareas sencillas, como empaquetar víveres en la tienda del señor Otis Whiterspoon o repartir los arreglos florales que la señora Wolfe confeccionaba en su floristería.
No en vano, parte de la herencia que les había dejado Fernando Luna era esa Ford Econoline del año 83 color azul, que estaba aparcada justo frente al negocio de los Harper en ese momento, y si algo había aprendido el hijo desde que tuvo autorización para conducir por la ciudad con una licencia especial, fue a sacarle provecho como repartidor.
—Y… —Emily volvió a fijarse en el perfil de Rory, que parecía ignorarla. Su nariz era un poco puntiaguda y su rostro estaba salpicado de pecas—. ¿Sabes qué le gusta leer a tu abuela?
—No exactamente, pero la he visto llorar con cosas como esta —sacó del anaquel una edición preciosa de Sensatez y Sensibilidad [30] , mirando de nuevo a Emily a los ojos.
Devolvió el libro a su lugar—. Cuando eso le sucede, deja el libro abierto, boca abajo sobre la mesa, como si tuviera que hacer una pausa para no ahogarse con sus propias lágrimas.
Emily parpadeó un par de veces, sorprendida.
—¡Vaya! Eso fue muy… —Soltó una risita mínima—. ¿Descriptivo?
—Vivo con ella —se alzó de hombros—. Uno aprende cosas cuando vive con otras personas y presta atención.
La hermana de Índigo se quedó boquiabierta. Ya Rory se había agachado para ver los anaqueles más bajos y esa nueva posición le dio una idea a Emily de cuán alto era para su edad. ¿Qué tendría? ¿Unos 16 o 17? Sacudió un poco la cabeza y retomó la palabra.
—¿Y tú? ¿Lees?
—No —respondió sin alzar la mirada. Tenía el ceño fruncido y ojeaba un libro que le parecía podía ser del interés de su abuela—.
Casi nunca. Hace unas semanas un amigo me prestó uno y aunque le eché un vistazo a las primeras páginas y me pareció bueno, allí quedó en mi escritorio…
Creo que Rowan le sacó más provecho hasta que mi madre se lo decomisó y me obligó a devolverlo —rio desenfadado—.
Sentí que estaba sacando al demonio de la casa.
—¿Qué libro era?
— The Midnight Club o algo así… —Se miraron a los ojos.
—¡Ah! —Inmediatamente Emily hiló toda la historia y también soltó una risa—.
¡Claro! ¿Cómo olvidarlo? —Suspiró, dio un paso al frente y tomó con una seguridad absoluta un libro del segundo tramo del mueble, hizo que la portada del tomo apuntara hacia el rostro de Rory que miró la cubierta con curiosidad—. Este.
Los ojos castaños del hermano de Rowan se elevaron hacia el rostro de la chica.
—¿ La ladrona de libros [31] ? —Sonrió a medias—. Hey, no tengo mucho dinero, pero te prometo que te voy a pagar… —Ambos se echaron a reír.
—Este puede gustarle a tu abuela. Tiene cosas hermosas y tristes…
—Ideal para sus episodios de llanto, entonces —lo tomó de sus manos, poniéndose de pie. Emily volvía a reír.
—No es fácil, pero es inolvidable.
Ambos se miraron a los ojos.
—Entonces lo leeré también.
—¿Para comentarlo con tu abuela?
—No solo por ella —replicó con voz suave, sin prisa.
Emily se quedó perpleja y Rory pasó por su lado, dirigiéndose al mostrador donde se detuvo para esperarla.
Le había prometido, en broma, que no se iría sin pagar el libro y cumpliría con su palabra.
La hermana de Índigo salió de su momentáneo trance y caminó a paso ligero hasta ponerse detrás del mueble y empaquetar el regalo.
—Mi madre es mejor con esto, te lo aseguro… —susurró mientras lo envolvía. Los dedos le temblaban de un modo casi imperceptible.
—A mí me parece que te está quedando muy bien. —Tenía los codos apoyados en el mueble, los brazos cruzados y miraba con atención cada movimiento de las manos de la chica.
—Mamá pasa horas viendo tutoriales en YouTube. Está obsesionada con la técnica japonesa… —Tras colocar la cinta adhesiva con un sticker muy bello que llevaba el membrete de la librería, le alcanzó el libro y Rory lo tomó sonriente, alzándolo ante sus ojos.
—Perfecto —metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y de allí tomó un par de billetes que le entregó a Emily en sus manos con suavidad—. Gracias. Ya te contaré cómo le va a mi abuela con esta novela.
—¡Sí, por favor! —Ella sacaba de la caja registradora el cambio—. Me gustará saber cuántas veces tiene que ponerlo «en pausa» —le entregó el dinero sobrante y se miraron a los ojos—. No creo que sean pocas.
—¡Mucho mejor!
Le guiñó el ojo con picardía, se despidió y, cuando atravesó la puerta de la librería, se cruzó con Nathalie, una de las mejores amigas de Emily.
Rory, con un gesto de su mano, se hizo a un lado para permitir que la jovencita pasara y de allí se fue, silbando, hasta su camioneta vieja, que hizo un chirrido gracioso nomás abrió la puerta del conductor.
—¿Ese no es el chico del cine? —preguntó Nathalie con un gesto retorcido después de saludar. Emily conservaba en su rostro una sonrisa suspendida—. Siempre creí que era un personaje —añadió con sorna—. Si no me hubiese sostenido la puerta hoy, jamás habría notado que era una persona real.
Buscó la mirada de su amiga, sin éxito. La chica miraba con curiosidad cómo la camioneta se sacudía y de qué forma a través del escape salía una repentina humareda. Tras un par de sacudones, la Ford se puso en marcha y Rory desapareció.
—Emily —prosiguió Nathalie al intuir su ligero hipnotismo—. ¿En serio?
Pero la hermana mayor de las Harper no respondió. Solo se quedó un par de segundos más mirando a la puerta, como si el cabello rojizo y revuelto de Rory aún pudiera divisarse en el éter.