Capítulo 6 #3
—Calma, Indie… —Intentó contenerla, pero la chiquilla vivía su propia película.
—¡No quiero despedirme de ti nunca, Rowan! ¡No quiero! —La abrazó y la pequeña de cabello rubio lanzó una risita casi imperceptible ante semejante afectación.
—¡Pero…! —Rio por lo bajo—. ¿De dónde sacas eso, niña, por favor?
Le habría dicho que solo se trataba de una película, pero nadie mejor que ella para entender el pacto que hacemos con la ficción y su poderoso efecto.
Le dio un par de palmaditas en el hombro y la recibió en su pecho en el preciso momento en el que Fiona Gallagher asomaba la cabeza por la ventanilla de la sala de proyección y miraba con curiosidad, a contraluz, esa escena.
—Padre…
—¿Sí? —gruñó Cormac sosteniendo entre sus labios apretados su pipa, con las gafas deslizándose hasta la punta de su nariz y ajustando, con sus dedos más que certeros, mínimamente el enfoque.
—¿Quiénes se han colado al palco? —Continuaba mirando con curiosidad aquello—. Hay un par de personas allí…
—Lo sabes de sobra —sonrió—. Es el puesto de honor de nuestra pequeña Rowie y su inseparable amiguita, Índigo.
—Pero… —No pasó por alto cómo se abrazaban. Alzó su mirada despacio hacia la pantalla y la melancólica melodía, así como la expresión de dolor de Catherine Deneuve, le hizo entender que algo muy triste estaba sucediendo en ese preciso instante en aquella ficción.
Esa tarde de viernes, Fiona Gallagher había llegado más temprano que de costumbre a casa y, por petición de su madre, había accedido a subir a la sala de proyección para llevarle un té a Cormac.
—¿Ese no es acaso el musical francés? —Desvió la mirada de las niñas y la puso en el perfil del padre.
—El mismo —aseguró mirando con ojos entrecerrados la pantalla a través de la ventanilla—. ¿Sabías que cuando se proyectó por primera vez, en Cannes, todo el mundo salió de la sala con el corazón hecho pedazos?
—No… —Sus ojos volvieron a reparar en las niñas.
Ya no se abrazaban, pero la cabecita de Índigo estaba sobre el hombro de Rowan y la de su hija, sobre la de su mejor amiga—.
No, pero no me sorprende —volvió a alzar la mirada hacia la pantalla y suspiró—.
A mí, sin embargo, siempre me ha parecido aburridísima.
—Jacques, Jacques… —susurró dirigiendo sus ojos al cielo—, perdónala, Jacques [29] , porque no sabe lo que dice.
Fiona rio con suavidad. Se cruzó de brazos y, recostándose un poco en la pared donde estaban las ventanillas desde las que se divisaba buena parte de la sala, miró con atención a su padre.
—Y esta película tuya… ¿Es adecuada para unas niñas de nueve años?
—Déjame pensar… —dijo pellizcándose el mentón con suspicacia—.
El primer amor, un embarazo precoz, la amarga despedida, decisiones que cambian nuestras vidas para siempre, matrimonios por compromiso más qu e por amor…
—Cormac y Fiona se miraron a los ojos—. Nada que nuestras pequeñas no puedan entender, ¿no?
—¡Me encanta sobre todo la parte del embarazo precoz, papá! —Se enojó—. ¿Por qué las dejaste entrar?
—Es arte, Fiona —volvió a reparar en la máquina de proyección y a hacer ajustes mínimos en ella—. Además —tomó entre sus dedos su pipa—, las niñas tienen un club de cine. Cualquier club de cine que se precie de ser bueno tiene, sí o sí, que incluir Los paraguas de Cherburgo .
—¡Y un club de cuentos, y un club de música, y un club de marionetas, y un club de títeres, y un club de lectura…! —Se exasperó—. ¿Me quieres decir en qué momento estudian?
—Deberías preguntarles —sugirió—. Tal vez tienen un club de matemáticas y aún no nos lo han dicho.
—¡Siempre te tomas las cosas a la ligera, papá!
—Tomó la taza en la que antes había estado el té que fue a llevar hasta esa sala de proyección.
Ya Cormac lo había bebido. Volvió a mirar hacia la pantalla, divisaba apenas un fragmento de los fotogramas de la película—.
Deberías sacarlas de la sala antes de la escena de la prostituta.
—Déjalas —insistió—. Cuando tú y yo fuimos niños, siempre encontramos la manera de enterarnos de las cosas y lo sabes —Fiona se sonrojó—.
Es mejor poner a los chicos al alcance de aquellas verdades que puedan entender, poética, metafóricamente, que apartarlos de ellas, para que luego la vida se las muestre del peor modo posible… ¿No lo crees?
Fiona suspiró y se dirigió a la pesada puerta de esa sala.
—A veces no te soporto, papá.
—Lo que no soportas son las verdades, Fiona…
—La miró sonriendo justo antes de que ella se retirara—.
¡Hey! —La hija volteó a verlo de inmediato—.
Sé que llevas una carga muy pesada sobre tus hombros, mi chiquilla —la mujer arrugó sus labios y sus ojos se humedecieron—.
Sé que temes no estar a la altura, que te causa mucha duda lo que Fernando podría pensar o creer acerca de cómo te has hecho cargo, prácticamente sola, de sus hijos…
Pero te aseguro algo: ¡eres una madre maravillosa, Fiona!
—Una lágrima se deslizó por la mejilla de ella—.
Temerosa e insegura la mayor parte del tiempo, pero humanamente insuperable, y ese par de chicos excepcionales que tienes lo demuestra.
IV
Las campanillas de la librería anunciando la llegada de un posible nuevo cliente: el sonido que Emily Harper más odiaba en el mundo, en especial cuando sus padres la dejaban a cargo para ir a atender otros asuntos, como ir de compras o resolver otras responsabilidades del hogar, más allá de su negocio.
La hermana mayor de Indie suspiró, dejó de nuevo en la caja de cartón que estaba sobre el suelo el tomo que estaba a punto de colocar en los anaqueles de la sección de literatura universal, asegurándose de respetar el orden alfabético de los autores y, antes de erguirse sobre sus pies, escuchó una voz suave de hombre, dubitativa, decir allá, al frente:
—¿Hola…?
Cuando los ojos de Emily se asomaron por uno de los costados del librero ante el cual trabajaba, vio la figura de Rory Luna a contraluz.
Por la chaqueta que llevaba, parecía que el hermano mayor de Rowan hubiese sido arrastrado hasta la librería por un golpe de viento que lo había depositado allí, como si se lo hubiese traído enredado consigo desde otro siglo.
La chica Harper no podía ni siquiera imaginar que esa chaqueta verde oliva que llevaba cubriendo su torso era de los años treinta y que había pertenecido, además, a Fernando Luna.
Le llamó la atención ver su cabello rojizo revuelto.
Era desaliñado, pero no supo por qué su descuido podría lucir tan adorable.
—Hey… —Emily esbozó una sutil sonrisa. Pensó que, después de todo, Rory Luna no estaba allí con intenciones de comprar nada—.
Por aquí —le indicó y él de inmediato reparó en ella.
También sonrió—. Hoy no hay cuentacuentos —comentó bromeando— así que no te preocupes, no te pondremos a repartir chocolate entre los niños.
—Ah… —dijo rascándose la nuca—, qué pena… Y yo que me había preparado para eso.
Emily volvió a reír, saliendo de una vez por todas de detrás del mueble y caminando despacio hacia él.
—Y bien… —Se cruzó de brazos y lo miró de arriba abajo con disimulo. Reparó en unas botas que hacían juego con la chaqueta y en su jean desteñido. De verdad, parecía un chico de otro momento—. ¿Qué te trae por acá?
—Mi abuela —puso sus ojos en el librero que estaba más cerca de la puerta, donde solían acomodar junto al mesón de la entrada las novedades, y comenzó a husmear entre los lomos de los tomos, sin saber exactamente qué estaba buscando—.
Estará de cumpleaños el domingo y entre las opciones de regalo que tenía en mente está un libro…
—Sacó del bolsillo superior izquierdo de su chaqueta una lista garabateada con su letra y, sin mirar a Emily, señaló con su dedo la línea en cuestión—: ¿Ves?
Es una de las pocas cosas que puedo comprarle con el dinero que logré reunir en estas semanas —lo dijo sin vergüenza ninguna.