Capítulo 6 #2
No lo comentó con nadie, ni siquiera con Rory, pero la escuela de música y la amistad con Índigo Harper habían catapultado la vida de Rowan Luna a otro estado de dicha y entusiasmo.
Una vez terminó la comida que le había preparado Moira para el almuerzo, se despidió de la abuela con un beso en la mejilla, alzándose sobre las puntas de sus pies para alcanzarla, y bajó de la buhardilla hasta la cochera del teatro.
Originalmente, se trataba de un depósito que en algún momento Cormac habilitó para que pudiesen albergar en él su vieja camioneta, el auto mediano de Fiona y, como es de imaginar, cientos de cachivaches.
Cuando llegó abajo, vio a su abuelo abatir los asientos posteriores y abrir la portezuela de atrás.
Sabía de sobra que estaba abriendo espacio para introducir en el vehículo el contrabajo que el conservatorio le había facilitado a su madre por algunos meses.
—Ya está —susurró Cormac sin notar que Rowan lo miraba de pie sobre el tercer peldaño de la escalera.
¿Estaba ocasionando mucho trabajo con ese capricho suyo de optar por un instrumento tan grande?
Se avergonzó un poco y bajó la mirada hacia sus dedos.
Sus yemas tenían las puntas enrojecidas del tremendo esfuerzo que debía hacer para presionar las cuerdas adecuadamente.
Pops echó un vistazo por encima de su hombro y le sonrió, bonachón—.
Te diré, esto del contrabajo me encanta, chiquilla.
—¿Sí? —Sus ojos verdes se posaron en él titubeantes.
—¡Claro! —Volvió a mirar el instrumento, lo ató a los laterales para que no se golpeara y lanzó sobre él un cobertor—. A veces me siento como si estuviésemos trasladando un pequeño ataúd.
—¡Pops! —lanzó mientras reía y se ponía en marcha para subir al auto. No se podía creer que su abuelo hiciera un símil tan siniestro.
—¡Hablo en serio! —Cerró la portezuela posterior y se encaminó hacia el asiento del conductor. Tanto él como la pequeña estaban listos para ponerse en marcha al conservatorio—. Lo creas o no, tu abuelo tiene madera de sepulturero, además de ser proyeccionista.
—¿Madera de qué…? —Desvió su mirada de la vía en el preciso momento en el que su abuelo doblaba a la derecha por Harmony Road para tomar la vía que conducía a la escuela de música.
—De sepulturero.
—¿Qué es eso? —Lo miró con curiosidad.
—Ya sabes… Las personas que se encargan de enterrar a los difuntos —se miraron a los ojos y la niña ya sonreía interesada—. ¿Sabías que antes de venir a este país tu tatarabuelo trabajaba en la funeraria de su tío en Galway?
—No —musitó.
—Pues sí… Se encargaba, entre otras cosas, de trasladar a los difuntos, así que algo de eso debo haber heredado… —Le dio un par de palmaditas al estuche del contrabajo, que se asomaba en el agujero entre las dos butacas delanteras—. Esta cosa me recuerda precisamente a eso: una carroza fúnebre.
—¡Pero en esa caja no hay muerte, Pops! —El abuelo puso sus ojos en la nena—. ¡Hay vida!
—¿No me digas? —Sonrió de medio lado, complacido con la sensibilidad de la pequeña.
—¡Sí! ¿Sabes por qué escogí el contrabajo ?
—Porque te gusta llevarle la contraria a tu madre. —La risita de la nena le fascinó.
—No…
—Porque tu nueva amiga te lo sugirió. —De nuevo hubo risas. Sintió que esa era una verdad a medias: no lo propuso, pero sí que lo aprobó y eso contaba tanto como lo otro.
—No… ¡Porque cuando lo escuché por primera vez, cuando el señor Abernathy lo tocaba, sentí cómo vibraba algo aquí en mi pecho! —Señaló—. Y desde entonces, cada vez que lo toco, aunque lo haga fatal, siento que esa cosa cobra vida.
—Pequeña, esa reflexión es precisamente la que diferencia a un verdadero músico de alguien que solo toca un instrumento por salir del paso —volvió a reparar en su perfil. La niña miraba las calles a su alrededor por la ventanilla—. Me recuerdas mucho a tu padre cuando hablas así.
Rowan volteó a verlo de inmediato con ojos curiosos. Pops sonrió al sentir la mirada de la niña sobre sí y, suspirando, prosiguió:
—Sí, sí, mi querida Rowie… Fernando tenía un oído excepcional.
No era un músico estudiado, como lo serás tú algún día, pero podía escuchar una canción solo una vez y reproducirla en su guitarra.
Ya sabes… Esa guitarra vieja que conserva tu madre.
Una vez nos contó que la compró con su primer sueldo y que era su mayor tesoro.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos dos.
Cormac era el único de la familia que no se andaba con rodeos cuando se trataba de hablarle de Fernando Luna.
Permanecieron callados por varias cuadras y solo el zumbido del motor y el tintineo de las llaves colgando del cilindro de arranque de esa camioneta vieja se escuchaba en la cabina de ese auto. La nena respiró hondo y le confesó:
—Estoy nerviosa. —Cormac la miró enseguida y, al ver cómo se pellizcaba un poco sus deditos enrojecidos, lo constató—.
Hoy se supone que practicaré nuevas posiciones con el señor Abernathy y…
Y a veces siento que soy un desastre —volteó a verlo—.
¿Crees que algún día seré buena? Mis manos son tan pequeñas —las miró ante sí—.
A veces siento que estiro los dedos hasta más no poder y que van a romperse.
Cormac comenzó a disminuir la velocidad, estaban ya en la avenida que conducía al conservatorio.
—¿Recuerdas esa película que a veces proyecto en mi cine? ¿La de Glenn Gould [26] ?
—¿El pianista aquel?
—Sí, él. Ese tipo tenía manos normales, chiquilla, pero hacía magia con ellas —estacionó su auto frente al imponente edificio victoriano donde funcionaba el conservatorio—.
No son las manos, Rowie. Es lo que hay aquí —le dio un par de toquecitos con la punta de su dedo en el pecho de la pequeña—.
Y de eso, mi linda niña, tienes de sobra.
Bajaron de la camioneta y Cormac sacó el contrabajo de ella. Rowan, con la mochila en sus hombros, le abría sus brazos para que le entregara aquel estuche.
—¿Estás segura? —La miró y dudó—. No tengo problemas en ir contigo hasta el tercer piso y dejarte con el señor Abernathy.
—Algún día tendré que hacerme cargo, Pops. Esta vez quiero llevarlo yo.
—Bien —la ayudó a tomarlo—. Supongo que ya estás creciendo —la vio ponerse en marcha hacia el conservatorio—. Por favor, no caigas por las escaleras —se rascó la nuca con un gesto gracioso—. Fiona me matará si te pasa algo.
—¿Me esperarás? —dijo luego de reír con la sugerencia de su abuelo.
—¡Claro! —Le aseguró—. Te estaré esperando aquí mismo con uno de mis mejores libros y mi termo de café.
No podía asegurarse a sí misma que el trayecto desde la entrada del conservatorio hasta el tercer piso llevando a cuestas un contrabajo de un cuarto había sido sencillo, pero si había algo que caracterizaba a Rowan Luna, aun siendo tan pequeña, era su determinación.
Sí, era una nena perseverante que no comulgaba para nada con la idea de jugar a la desvalida.
Algunos niños que subían o bajaban esas escaleras la miraban con un dejo de admiración y muchos de ellos, respetuosos, se hacían a un lado o esperaban a que ella pasara, para no entorpecer las cosas.
Llegó al tercer piso cansada, pero satisfecha.
A partir de esa tarde, ningún otro adulto se haría cargo de una responsabilidad que era solo de ella.
Al entrar al salón donde la esperaban el señor Abernathy y sus dos compañeros de clase, que luego de semanas ya la saludaban como si nada, el maestro le echó una mano para prepararlo todo.
—¿Lista para algunos dedos adoloridos, pequeña contrabajista? —Rieron.
—Supongo que sí —se acomodó e imitó lo mejor que pudo la postura que el maestro siempre le sugería.
—¡Entonces vamos por esa nota! ¿Qué me dices?
—La pequeña sonrió lo mejor que pudo—. Y recuerda, linda: la paciencia es la madre de todos los sonidos hermosos.
Tus manos crecerán, tus dedos se fortalecerán, pero sobre todo, chiquilla, mientras todo eso sucede, encontrarás tu propio camino para domarlas…
—La nena tomó aire y contuvo un poco el aliento al escuchar a su maestro hablarle con tanta convicción y mostrarle su mano grande y nudosa—.
Te garantizo que esta mano que ves aquí tampoco podía al principio.
Y ahora mírala… —Rio—. Volvamos a intentarlo —esa tarde trabajaban en un mi bemol grave en la primera posición en la cuerda de la—.
Sin prisa, Rowan, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo o un poco más.
La chica asintió con convicción y recordó las palabras de su abuelo: «No son las manos». Respiró hondo, colocó los dedos sobre las cuerdas aunque le dolían y dio lo mejor de sí en esa tarde de estudio, tanto como lo había hecho en todas las anteriores.
III
Índigo Harper aprendió a amar los musicales gracias a Rowan Luna.
Mientras un verdadero estallido de color tomaba posesión de la pantalla de ese cine, la hija de Claire y Lucas llevaba a su boca, casi absorta, uno que otro copo de maíz mientras, embelesada, se hacía parte del drama protagonizado por Catherine Deneuve [27] y Nino Castelnuovo [28] .
La música la envolvía, tanto como lo hacían los colores, la seductora novedad de todo lo que veía, pero el aciago momento en el que Guy recibía esa carta que lo enviaba sin remedio y dilación a Argelia había llegado y con él la amarga despedida que hizo a la nena de nueve años aferrarse al bracito de la chica sentada a su lado, hundir su rostro en la manga de su suéter y susurrar, entre lágrimas:
—¡Ay, no! ¡No!
Rowan se sobresaltó.
—¿Lloras? —Volteó a verla, angustiada. Nada podía alarmarla más que ver a Índigo en ese estado.
—¡Sí! —reconoció en voz baja, sollozando, para no incomodar a la audiencia. Esa tarde de viernes, el cine de la avenida Harmony estaba casi repleto—. ¡Qué horrible tener que despedirte de la persona que amas!
Y allí estaba ya Catherine Deneuve de pie en ese andén, mirando cómo el hombre de su vida se alejaba de ella sin remedio.