Capítulo 6
I
Era probable que Rowan estuviera nerviosa, pero esa tarde estaba haciendo un esfuerzo extra para que no se le notara.
No tenía la misma suerte de días atrás, cuando Rory se encontraba allí para servirle de escudo en ese nuevo espacio que, aunque le resultaba poderosamente atractivo, no por eso era menos intimidante.
De pie a un lado de su madre, escrutaba con sus ojos verdes profundos todas las cosas que había en el despacho de la señora Blackwood y le sorprendió ver cómo en un estante, uno al lado del otro, había al menos unos ocho bustos que retrataban a grandes figuras de la música, de los cuales no reconoció a ninguno.
Inmediatamente, se preguntó si Indie tendría mejor suerte al saber quiénes eran todos esos sujetos que estaban allí, esculpidos en un material que, por su color y apariencia, parecía mármol.
—No se preocupe, señora Gallagher… —Rowan bajó la mirada hacia la cara graciosa de aquella mujer que se ocupaba de la dirección del conservatorio.
Sonrió imperceptiblemente al recordar lo que le había contado su amiga el sábado pasado: la muy glotona iba a la librería de los Harper solo por las galletas.
Hizo un esfuerzo por no reír—. Como le dije hace algunos días, tenemos un instrumento que será perfecto para la estatura de su pequeña —se puso de pie e invitó a la madre de la niña a imitarla—. ¿La conduzco al salón o…?
—Creo recordar el camino. No se moleste.
Fiona tomó a su niña por los hombros y, tras despedirse de aquella mujer, la condujo fuera de ese despacho. Notó que Rowan se le adelantaba con pasos firmes y ella no perdió tiempo en seguirla muy de cerca.
—Espera, espera, jovencita… ¡Podrías perderte en este lugar enorme! ¡Este no es el cine de tu abuelo! ¿Recuerdas?
—No hay pérdida, mamá —ya estaba en el vestíbulo circular bañado en luz, doblando hacia la escalera de la izquierda—. Recuerdo bien dónde está el salón del señor Abernathy.
—¡Vaya! —La nena subía los escalones sin titubear, mientras ella se estaba quedando sin aliento—. Deberíamos hablar uno de estos días de ese comportamiento tuyo, Rowie… —Se refería a esa actitud en la que la mayoría de las veces parecía actuar como una sabelotodo.
—¡No confías en mí! —Le reprochó la pequeña y Fiona hizo silencio con un dejo de vergüenza—. Desde aquí puedo escuchar el sonido del contrabajo.
La madre se pasmó. En ese momento, en esa escuela de música, había al menos dos millones de sonidos, todos discordantes, además.
Los peldaños de las escaleras crujiendo bajo sus pies, chirridos agudos de violines, teclas de piano graves o agudas, personas vocalizando o cantando quién sabe qué cosas, flautas, metales, instrumentos de percusión y…
¿Rowan se atrevía a asegurarle, con semejante co nvicción, que desde ahí podía escuchar el contrabajo en el tercer piso en medio de esa cacofonía? ¡Tenía que estar bromeando!
Al llegar a la última planta, Fiona pudo identificar mejor ese sonido profundo, denso, majestuoso que su hija le aseguraba haber detectado desde la planta baja y, antes de que la chiquilla asomara su carita pecosa por la puerta, la tomó del brazo y la detuvo en el acto.
Le hizo una mueca graciosa con la mano a la niña, que la miraba a la cara con curiosidad, y tras dar un par de respiraciones profundas que le permitieran recobrar el aliento, dijo con voz cansada:
—Rowie, quiero que sepas que si te arrepientes de haber elegido este instrumento, siempre podrás empezar con otro, ¿está bien?
—La chica arrugó un poquito la nariz con curiosidad y desencanto—.
Ya sabes, nena… ¡Ya sabes! —Fiona se aseguró mejor el bolso que le colgaba del brazo derecho y se inclinó hacia delante para estar casi a su altura—.
¡Es un instrumento enorme, pesado, más grande que tú…
! Quizás lo subestimaste ese día, así que si hoy sales de aquí convencida de que no quieres hacer esto, no me enojaré ni nada. ¡Solo dilo!
—Pero de verdad me gusta el contrabajo —aclaró con voz muy suave.
—¡Aún no has tomado la primera clase, mi amor!
—¡Mamá…! —No podía ser posible que su propia madre la estuviese empujando a desertar… ¡Antes siquiera de empezar!
—¡Lo único que quiero es que no te frustres! ¿Entiendes? —Rowan la miró con ojos inexpresivos—. ¡Lo único que quiero es que sepas que, si este instrumento no es lo que esperabas, tienes la opción de recapacitar!
—Está bien —musitó encogiéndose de hombros sin darle demasiada importancia a las palabras de su madre—, pero no me arrepentiré. Además —la miró con un dejo de emoción y orgullo—, Indie me felicitó por haber escogido este instrumento…
—¡A ver, Rowie! —La tomó por los hombros—. Está bien que tu nueva amiga te apoye, sé que es importante para ti, pero… ¡Pero ella no sabe nada de esto! —Sonrió mientras la nena la miraba con rostro inexpresivo—. O al menos, sabe tanto como tú… —reflexionó—. ¡O menos!
—Se hace tarde para la clase, mamá —señaló con su dedito pulgar hacia la puerta.
—¡Sí! ¡Cierto!
Rowan giró sobre sus pies y empujó hacia abajo el enorme picaporte que mantenía esa puerta de madera cerrada.
—Estaré abajo —le aseguró Fiona, nerviosa, peinándose un poco con los dedos—. ¡Si necesitas algo, estaré abajo esperando por ti!
—Gracias, ma… —Cerró la puerta y, al dirigir su mirada dentro del salón, vio que el maestro ya la esperaba con una sonrisa. Allí estaban dos chicos más, de unos doce años.
—¡Hola! —El señor Abernathy se acercó, cordial. Volteó hacia sus alumnos, les hizo un gesto con su mano, los chicos detuvieron cuanto hacían y repararon en él de inmediato—. Chicos, les presento a su nueva compañera —aquel hombre de cabello blanco y la nena intercambiaron una mirada—. ¡Rowan!
Los chicos la miraron un par de segundos, tan tímidos como ella, y retomaron su lección.
El maestro la condujo hacia un rincón en el que la esperaba el instrumento que el conservatorio le cedería por algunas semanas.
Fiona se había apoyado en las palabras de la señora Blackwood, resuelta a no invertir ni un solo centavo en un contrabajo que quizás la nena abandonaría de un momento a otro .
—¡Bien! ¡Tu primer día oficial como estudiante de contrabajo! —Abernathy se mostraba risueño y entusiasmado—. ¿Cómo te sientes?
Rowan lo miró un par de segundos. No sabía por qué, pero ese sujeto con cara de chiflado le caía mejor que todos sus maestros de la escuela.
Ahora que lo contemplaba con atención, recordó una cinta que su abuelo solía proyectar en su cine acompañada de otras producciones similares: Frankenstein de 1910.
La niña reconoció en la expresión de Abernathy, en sus cabellos, rasgos parecidos a los de Charles Ogle [25] al interpretar a la criatura creada por el científico y casi se echa a reír al pensar en el maestro de francés de Índigo y su parecido con Nosferatu.
—¿Sabe? —El maestro la miró sonreír con un dejo de curiosidad—. Usted me recuerda a alguien.
—¿Sí? —Su sonrisa se hizo más pronunciada en su rostro—. ¿A quién? ¡Cuéntame!
Rowan abrió un poco sus labios, pero solo de imaginar el escándalo que se armaría en la escuela de música cuando, en su primera clase de contrabajo, le dijera a su maestro que tenía semblanza de monstruo, comprendió que su observación no era tan buena idea después de todo.
—No lo sé —miró a un lado, haciéndose la desentendida—. Ya lo olvidé.
Por suerte para ella, Abernathy se echó a reír, sin una pizca de curiosidad ante el supuesto despiste de la chiquilla.
—Ven acá, Rowan… Comencemos. —Abernathy tomó el instrumento que, en comparación con el que había tocado la primera tarde, parecía diminuto.
La niña miró con un dejo de nerviosismo sus gruesas cuerdas y el brillo del mástil, ligeramente curvado—.
Este instrumento puede parecer un verdadero desafío al principio, chiquilla, pero te aseguro que una vez aprendas a dominarlo, se convertirá en tu propia voz.
—¿Y si mi voz es más como la de un gato atrapado en lo alto de un árbol?
Abernathy lanzó una carcajada resonante que llamó la atención de los otros alumnos de inmediato. Giró hacia ellos y, enjugándose una lágrima de risa, se disculpó, pidiéndole a los chicos que continuaran, volvió sobre la nueva integrante de su clase:
—Entiendo que estés nerviosa, Rowan, pero nada se construye en un día, ¿sabes? —Le pidió que se sentara y allí la orientó con dedicación y precisión en cosas como la forma en la que debía tomar el instrumento, la inclinación de la muñeca al manipular el arco y cómo debía presionar las cuerdas.
Es cierto, la primera nota que tocó aquella tarde fue notable en afinación, pero ahora que debía enfrentarse al instrumento con formalidad, notó que el sonido era tosco y desafinado.
—Perfectamente normal tratándose de tu primer día, pequeña —la alentó Abernathy—.
Tus manos aún no tienen la destreza para presionar las cuerdas y aún no conoces la técnica para manipular el arco, pero…
¡No te rindas! —La nena lo miró a los ojos—.
¡No te rindas! ¡Verás que en algunas semanas te sentirás más segura! ¡Sí, señor!
No supo por qué, quizás era demasiado pequeña para entenderlo, pero su conexión con ese sujeto no solo fue inmediata, también especial.
II