No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 5 #5
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Capítulo 5 #5

Por su parte, Rowan e Indie estaban en su propio mundo, como era usual en ellas cada vez que se reunían.

Habían subido hasta el peldaño más alto de la escalera de caracol para hablar allí, huyendo un poco de la multitud de niños que se acercaba con cualquier excusa a la menor de los Harper, así como del vocerío.

El pequeño Tommy, con un visible gesto de decepción, las miraba pensando que de seguro lo reprenderían si se atrevía a poner un pie en esa peligrosa estructura de metal .

—¡Tommy! —dijo Índigo por segunda o tercera vez desde que estaban allí—. ¡Ve a tu puesto, los cuentos están por comenzar!

—Quiero ir hasta allá —y las señaló. Rowan miró al pequeñito y a su amiga.

—¡Nada de eso! —replicó Indie un poco exasperada—.

Ya sabes que está prohibido subir hasta aquí —en la parte baja de la escalera había una cadena de la cual colgaba un cartel que era bastante explícito al mantener al margen a los curiosos—.

Además, es peligroso —volvió a reparar en Rowan, pero antes le echó un vistazo al Kit-Cat Klock .

En siete minutos o un poco más, su padre comenzaría y ella ya debería estar ante el piano.

—Mamá me llevó al conservatorio —le dijo por fin la otra, entusiasmada, e Índigo abrió la boca con una enorme emoción—. Empezaré a estudiar música la próxima semana—. La directora es una señora graciosa, que parece la versión buena y bajita de Agatha Trunchbull [24] —las dos se echaron a reír.

—¡La señora Blackwood!

—¿La conoces? —Índigo afirmó con un gesto enfático de su cabeza—. ¿Tú también estudias en el conservatorio?

—No —encogió los hombros—. En mi escuela.

Tengo clases de piano con la hermana Margaret, pero la señora Blackwood visita con frecuencia la tienda.

Dice que viene a buscar las novedades en la sección de música, pero la verdad es que viene por las galletas —volvieron a reír—.

¡Ama las galletas de papá! Siempre revisa los libros, pero nunca se lleva ninguno.

Solo compra dos bolsas de galletas y desaparece.

—Eso explica muchas cosas —volvieron a reír.

—¿Qué instrumento escogiste? —Le tomó la manito con emoción, sacudiéndosela.

Rowan sintió cómo se le hacía un agujero en el pecho. ¿Qué haría de decepcionar a Indie? Pensó en lo que le dijo Rory e intentó ser optimista.

—El contrabajo… —murmuró.

La cara de sorpresa inicial era una cosa de nada en comparación con la expresión que Índigo tenía ahora. De hecho, tuvo que cubrirse la boca con ambas manos para no soltar un chillido o una carcajada.

—¡No puede ser! —gritó, aunque con el vocerío que había en la librería, pocos lo habrían notado—. ¡Es genial, Rowie, genial! —Dio palmadas eufóricas—. ¿Te imaginas? ¡Podemos hacer un dúo alguna vez! —La rubia comenzaba a reír aliviada y entusiasmada—. ¡Tendremos nuestra propia banda de jazz!

—Un club de jazz… —Aunque no sabía con exactitud a qué se refería exactamente con aquello del jazz .

—¡Me encanta, Rowie, me encanta! ¡Es la mejor noticia que me han dado nunca!

—El señor Abernathy, mi nuevo maestro de música, dice que tengo buen oído y manos fuertes…

—¡Vaya! —Aunque no entendía para qué podría alguien necesitar manos fuertes al tocar un contrabajo. Nunca se había aproximado a uno.

—Indie —abajo, la voz de su padre las hizo a las dos dar un salto. Las niñas repararon en él en el acto y Lucas le sonrió—, es hora de la función, chiquilla.

—¡Sí! —Vio a su padre entrar por las cortinas posteriores del teatrino y se puso de pie—. Baja despacio —previno a Rowan, descendiendo—. ¡Y ven conmigo!

La nena Gallagher la obedeció y vio cómo Índigo le hacía espacio suficiente para que se sentara a su lado en el banquillo del piano, dando palmaditas sobre él.

La chica de cabello negro se inclinó sobre su instrumento para comenzar con la improvisación de aquella tarde, mientras Rowan, con el cuerpo en dirección hacia el frente, tenía uno de los mejores puestos para ver esa función de títeres.

Emily y Claire, que se aseguraban de que todos los niños tuviesen chocolate y galletas, no pasaron por alto el privilegio de la chiquilla rubia.

¿Índigo Harper permitir que alguno de los pequeños se sentara junto a ella en el banquillo?

Imposible. No supieron qué hacía a la hija de Fiona Gallagher tan especial y digna de ese puesto de honor, pero atareadas como estaban, ni se lo cuestionaron.

Lucas corrió un poco la cortina, le hizo un gesto con su mano a la hija y ella, por petición de su padre, comenzó a interpretar en el piano una melodía traviesa y colorida que servía de introducción a la tarde de cuentos.

Las voces que colmaban la librería se fueron apagando de a poco y más de uno de los chiquillos, incluida Rowan, contuvo el aliento cuando vieron las cortinillas del teatrino abrirse, dando inicio a la función.

Las risas y sorpresas no se hicieron esperar.

Era evidente de dónde le venía a Índigo la creatividad y el talento a la hora de inventar historias, porque su padre era magistral en lo que hacía.

Fiona, fascinada, miraba con admiración los títeres, a la audiencia cautivada, pero muy especialmente a su hija riendo a carcajadas, recostándose a veces con ternura y complicidad del hombro de la chiquilla al piano, que también la miraba compartiendo sus risas y su dicha con ella.

Nunca, en nueve años, había visto a su pequeña tan feliz y las lágrimas se le vinieron a los ojos solo de pensarlo.