No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

Ella fue hacia él con una leve carrerilla. La señora Blackwood suspiró con paciencia y Fiona intercambió una mirada con Rory que, con una gran sonrisa, no se imaginaba cómo su hermanita podría tocar un instrumento que fuese casi del tamaño de un refrigerador.

—Hola —el músico le hablaba con tono afable—. Soy el señor Abernathy. ¿Te gustó lo que oíste?

—Sí —aseguró sin dudar—. Sonaba como un elefante y se sentía aquí en mi pecho —el sujeto rio.

—Sí, tienes toda la razón —miró los ojos ávidos de la niña—. ¿Quieres probar?

Una sonrisa como pocas le iluminó el rostro a Rowan y la señora Blackwood caminó a paso ligero hacia ellos.

—Señor Abernathy… Tal vez no sea una buena idea…

—Pero el maestro ya se ponía de pie y preparaba el taburete para Rowie.

Fiona siguió a la directora del conservatorio acompañada de su hijo y ella comenzó a explicarle de inmediato—: Normalmente no comenzamos con niños tan pequeños en el contrabajo, señora Gallagher, pero…

—Suspiró—, pero tenemos tamaños adaptados…

Fiona, un poco nerviosa, vio cómo el maestro ponía en la mano de la niña el contrabajo.

La chica se sentía en la cima del mundo subida sobre el taburete y teniendo ante sí ese enorme instrumento.

La señora Blackwood se extendía en tecnicismos mientras la madre, atónita, notaba de qué manera el maestro le daba algunas indicaciones a la chiquilla acerca de cómo manipular el diapasón y le pasaba el arco.

—Solo pásalo sobre esta cuerda —señaló—, la más gruesa.

Con un esfuerzo evidente, Rowan arrastró el arco sobre la cuerda.

El sonido que emergió fue profundo, áspero, pero sorprendentemente firme para ser la primera vez.

No hubo titubeos en su movimiento y eso hizo que el maestro sonriera complacido y que la directora enmudeciera de un momento a otro.

Rowan, concentrada, arrastró el arco una vez más.

Esta vez, el sonido fue aún más claro. El señor Abernathy levantó las cejas con genuina sorpresa.

—Tiene oído —aseguró complacido—. ¡Y manos fuertes para su edad!

—Pero es tan… —Fiona volteó a ver a Rory, angustiada—. Tan poco convencional —comenzó a preocuparse—: Es enorme, apenas puede sostenerlo… —Miró a Rowan que parecía fascinada—. ¿Cómo lo transportaríamos? —Volteó a ver a la directora—. ¿Tendría que practicar solo aquí?

—Tenemos contrabajos de tres cuartos, incluso de media talla para principiantes —explicó la señora Blackwood, quien ahora observaba a Rowan con nuevo interés—. No es lo habitual, se lo garantizo, señora Gallagher, pero… ¡Pero si la nena tiene la determinación…!

—La tiene —aseguró Rory con una certeza que dejó a la mismísima Fiona pasmada.

Como si su hijo supiera algo acerca de su hermanita que ella, aun siendo su madre, ignoraba.

Rowan volteó a verlo de inmediato con una sonrisa como no la había tenido nunca desde que llegaron a ese lugar.

A él le bastó ver ese brillo en la mirada para entenderlo—.

Es perfecto para ti, Rowie. Es diferente, como tú.

—El contrabajo es el fundamento sobre el que se construye toda la música —aseguró el señor Abernathy, risueño y orgulloso—. La gente solo nota cuando falta, no cuando está ahí, haciendo su trabajo.

Fiona observaba a su hija, quien parecía haber crecido varios centímetros mientras sostenía el enorme instrumento.

Reconoció esa mirada; la misma que Rory notó segundos antes que ella.

Era la misma que tenía Rowan cuando, a los cinco años, se empeñó en leer todos los libros de la sección infantil de la biblioteca de su salón. Y lo consiguió.

—Supongo que necesitaremos un auto más grande —bromeó Fiona, con una sonrisa de contrariedad, aunque en el fondo de su corazón sintiera orgullo.

No podía esperar regresar a casa para conocer la opinión de su padre cuando supiera que su pequeña nena se había decidido por algo tan inusual como el contrabajo.

Rowan arrastró el arco una vez más, produciendo una nota que resonó por toda la sala. Rory la aplaudió, risueño.

—Extraordinario —murmuró el señor Abernathy detallando el perfil de la chiquilla—, simplemente extraordinario.

IV

La librería ya estaba colmada de niños acompañados de sus padres.

Al fondo, Lucas había dejado dispuesto su teatrino, ya que esa tarde había decidido recurrir a los títeres para narrar con ellos todas las historias que tenía para compartir con los pequeños.

Faltaban solo quince minutos para que la actividad diera inicio e Indie estaba ansiosa.

Ansiosa y petrificada. Sentada en el taburete junto al mostrador, no hacía otra cosa que mirar fijamente hacia la calle.

¿No se supone que Rowan ya debería estar allí?

¿Vendría? ¿O la dejaría esperando por ella?

La sola idea hizo que sus ojos se humedecieran un poco y era una verdadera suerte que todos los Harper estuviesen yendo de acá para allá, tratando de controlar la situación lo mejor posible mientras la actividad comenzaba, para que no notasen sus lágrimas.

A pesar de estar entregada por entero a la tarea de atender a los chiquillos y a sus padres, organizarlos en el espacio y acudir, solícita, a las necesidades de algún posible cliente, Claire no pasó por alto que su hija menor, como una estatua de sal, estaba con una actitud tensa, casi conteniendo el aliento, mirando hacia la puerta sin pestañear.

En circunstancias normales, la pequeña estaría colaborando con la organización, correteando con otros niños, sentada ante su piano inventando historias cortas que sirvieran de antesala a las narraciones de su padre, pero ahora… Ahora parecía completamente abducida .

—Indie… —susurró Claire encimándose sobre el mostrador, abriendo el exhibidor donde estaban las galletas tibias para tomarlas de allí y ofrecer a los asistentes la primera ronda de postres de aquella tarde—.

Indie —la tomó con suavidad por el hombro y la chica al fin la vio—.

¿Estás bien? —Se miraron a los ojos un par de segundos—.

Hace solo un momento estabas ensayando tu lección de piano y ahora…

—Rowan no ha llegado, mamá —y los ojitos volvieron a humedecerse un poco, mientras la madre la miraba boquiabierta.

—Indie —fue dulce con ella, aunque no podía dar crédito a la actitud de su hija, que siempre tuvo una facilidad absoluta para socializar con otros niños—, debe estar por llegar de un momento a otro…

—Miró hacia la calle. Toda la acera frente a la librería estaba ocupada por los vehículos de otros padres que no pertenecían al vecindario, pero, aun así, acudían a la tarde de cuentos—.

Tal vez la señora Gallagher está buscando un lugar donde dejar su auto…

Las campanillas sonaron, madre e hija voltearon al mismo tiempo y allí estaba ya la nena rubia pasando por la puerta de cristal de la tienda, seguida de Rory y de su madre.

Índigo se olvidó de todo y, como una sonrisa que viaja en meteorito, así se le estampó en la carita esa expresión de júbilo.

Bajó del taburete de un salto y se precipitó hacia su nueva amiguita, abrazándola y llevándosela consigo hasta el rincón del fondo de la tienda, donde estaban las escaleras de caracol.

—Vaya por Dios… —murmuró Claire, que las vio pasar como dos golpes de viento. Reparó en la madre de Rowan y en el chico alto y apuesto que estaba a su lado—. ¡Fiona!

—¡Hola! —se peinó un poco. Estaba asombrada al ver la librería tan llena de gente—. Este es mi hijo mayor —lo señaló—: Rory.

Claire lo saludó con gentileza y el chico le sonrió con su habitual calidez.

—Llegan justo a tiempo —aseguró—. Ya vamos a comenzar —salió de detrás del mostrador con una bandeja de galletas—. Voy a atender a los pequeños y en un minuto estoy con ustedes.

—Adelante —la tranquilizó Fiona. Pensó un par de segundos—. Claire, si crees que hay algo en lo que podamos ayudar…

La esposa de Lucas se detuvo en seco y los miró con un gesto gracioso.

—Ahora que lo mencionas… —Y no bastaba sino ver cuán despeinada estaba para suponer que sí; sí que necesitaba una mano extra esa tarde.

—¡Lo que digas! —Le aseguró Fiona sacudiendo su mano—. No nos molesta. Tú solo dinos lo que quieres que hagamos y lo haremos lo mejor que podamos.

La madre de Índigo volvió sobre sus pasos y le extendió la bandeja de galletas a Rory, que la tomó enseguida.

—¿Te importaría repartir estas galletas a los niños y a sus padres por allá? —Señaló—. Mientras yo puedo comenzar con el chocolate caliente y Fiona podría…

—¡Sí, claro! —respondieron los Gallagher, prestos. Rory hizo lo que se le pidió al instante y la madre se quedó con Claire, ayudándola en lo que necesitase.